De Tucurá y frasquillo… a los reasentamientos
Uno de los efectos de la construcción de la hidroeléctrica Urrá I

Víctor Negrete Barrera y Beatriz Márquez Rodríguez
Centro de Estudios Sociales y Políticos. Universidad del Sinú

El 25 de noviembre del 2009 Tierralta, situada en el alto Sinú, sur de la costa Caribe colombiana, cumplirá 100 años de vida. Este hecho ha motivado a la alcaldía, algunos grupos de la comunidad e investigadores locales a registrar baúles viejos y memorias de ancianos para reconstruir los principales acontecimientos que le han dado la fisonomía y la identidad que tienen hoy sus hombres y mujeres. Una tarea dispendiosa, grata y necesaria que pronto dará frutos para sorpresa de muchos.

El lugar escogido por los primeros pobladores para fundar el pueblo es un plano atravesado por el río Sinú y la quebrada de Juí, rodeado de cerros por el lado sur. Cuando el cielo está diáfano es fácil observar a lo lejos, más allá de los otros cerros, la cúspide del misterioso y espléndido Murrucucú.

A simple vista la demora en formar el pueblo se debió quizás a la existencia de tres pueblos prósperos situados aguas arriba y aguas abajo del lugar escogido: Tucurá, Frasquillo y Río Nuevo, creados probablemente en la última década de 1800. Al parecer eran suficientes, no había necesidad de crear un nuevo pueblo. A esto se le sumaba la lluvia frecuente, lo inhóspito de las condiciones, los animales peligrosos, las molestias de las plagas y los desbordamientos del río en época de invierno. A pesar de estas adversidades el sitio era recorrido permanentemente por cuadrillas de hombres en busca de animales de caza, oro, maderas finas, raicilla de ipecacuana, tagua, canime, caucho, almendro, algarrobo y zarzaparrilla, entre otros.

En verano algunos construían campamentos para pasar la temporada de caza o recolección. Obligados por la permanencia  debieron “abrir claritos” en la espesura y más tarde ensayar con los cultivos rápidos. Así, poco a poco, a medida que conocían y domesticaban el terreno y las condiciones fueron extendiendo la permanencia y construyendo ranchos más estables, con cuartos cercados para las mujeres y otros familiares que llevaron de acompañantes. De esta manera, a ambos lados del río, fueron formándose pequeños núcleos de parientes o paisanos, separados unos de otros.

En uno de estos grupos estaban los Martínez Zurita, nacidos en tierras indígenas de Tuchín en las sabanas y San Sebastián en el bajo Sinú, prolífica y dinámica parentela de derribadores de montañas, cosechadores, pescadores y constructores de casas. Entre ellos sobresalía Enrique, hombre de baja estatura, pelo aindiao, emprendedor y de palabra, mestizo, fuerte y magro. El colono sinuano en el exacto sentido de la palabra.

Tiempo después, llegó de los lados de Montería Santiago Canabal Romero, al parecer cartagenero y orfebre de oficio. En un principio estuvo dedicado a comprar caucho, raicilla de ipecacuana, canime y tagua en canoa; después a la orfebrería, con oro de aluvión que conseguía en las playas cercanas, en especial en un terreno conocido como Playa Rica ocupado por Concepción León, sus hermanas Pastora y Ana María y otros parientes.

En estas actividades y durante el tiempo que permaneció en la zona formalizó relaciones con Pastora León y después, con Ubensa Mejía, según indagaciones del profesor Jorge Rosso Chávez. Éstos hechos le crearon cierto sentido de pertenencia con el lugar, en especial con el vecindario de los Martínez Zurita que le sirvió de base durante algún tiempo. La decisión de organizar  el pueblito que crecía espontánea y desordenadamente nació en los meses lluviosos de 1909, durante las acostumbradas inundaciones del río. Como ya conocían los sitios bajos, los más expuestos a las crecientes, buscaron uno de tierra alta y plana. La idea de trazar calles, plaza y dejar espacios para iglesia, escuela y otros servicios de uso colectivo  fue de Santiago y el terreno donde distribuyeron los primeros lotes lo cedió Enrique. Apenas empezó el verano de noviembre, por la fecha del día 25, empezó también, a nacer el pueblo de Tierralta como lo llamaron después.

Y es justo en éste pueblo, acostumbrado a recibir miles de desplazados desde hace 25 años, repatriados de Venezuela, desmovilizados de las Autodefensas Unidas de Colombia y las guerrillas, trabajadores rasos y profesionales del departamento, el país y el exterior, víctimas, comerciantes paisas y siriolibaneses, narcos, gente pobre y buena en busca de un mejor futuro, donde llegaron los indemnizados y Urrá S.A decidió construir los asentamientos para albergar las 590 familias desalojadas de las tierras que serían inundadas.

Urrá I y los reasentamientos

En 1995 funcionarios de la empresa Urrá S.A notificaron a los moradores de 21 poblaciones situadas a 30 kilómetros aguas arriba de Tierralta que las tierras que ocupaban serían inundadas para formar el embalse de 7.400 hectáreas que necesitaba la hidroeléctrica Urrá I. Estos pueblos con una población de novecientas familias fueron Tucurá, Frasquillo, Las Claras, Buenos Aires, Punta Piedra, Gallo, Nain, Puerto Nuevo, Lourdes, La Despensa, Río Verde, El Limón, Chibogadó, Quebrada Torres, Caña Fina, El Cristo, La Osa, 40, Llanos de Urrá, Las Nubes y Gilgal.

A los que laboraban, tenían vínculos esporádicos con la zona o vivían de manera estable pero no les interesó reasentarse, los indemnizaron; a poseedores con mejoras hechas, casa, cultivos, animales y otros bienes los reasentaron en predios situados a cinco kilómetros de la cabecera. Unas 300 fueron indemnizadas y 590 familias trasladadas a 12 reasentamientos: Campobello, Campamento, El Rosario, San Rafael, Las Delicias, Campo Alegre, Zona 6 Platanera, Nuevo Ceibal, Nuevo Oriente, Nueva Unión,  Frasquillo Núcleo y Frasquillo Puerto. En la actualidad casi la totalidad de los indemnizados viven en condiciones precarias.

Recordando a Tucurá y Frasquillo

Vicente Pérez, Manuel Ortega y Manuel Flórez nos ayudaron a reconstruir algunos aspectos de la vida de estos dos pueblos. De Tucurá nos dijeron que en 1967 vivían en el pueblo 35 familias. Contaban con cancha deportiva, acueducto con tanque elevado, una pista de aterrizaje donde llegaba tres veces por semana una avioneta llamada La Mensajera procedente de Montería, Apartadó, San Pedro y lugares aledaños. Tenían un colegio con internado regentado por religiosas hasta cuarto de bachillerato, hoy 9 grado, iglesias evangélica y católica con sacerdote y monjas, puesto de policía,  puesto de salud con médico y enfermera permanentes y un cementerio que poco usaban.
Disponían de tres proveedoras de víveres y abarrotes, tres carnicerías y pesca abundante. No conocían el hambre. El pueblo era una sola calle larga de doscientos metros y varios callejones. Las casas eran grandes y frescas, piso de tierra, limpio y parejo, paredes de madera y techo de paja. El jornal era de ocho pesos y la jornada de trabajo comenzaba a las siete de la mañana y terminaba a la una o dos de la tarde. La Acción Comunal gestionaba y conseguía materiales y obras que les servían a todos. En las noches mientras las mujeres peinaban sus largas cabelleras, dormían a los menores y narraban cuentos de sus respectivas tierras  los hombres jugaban cartas y dominó sin ninguna preocupación.

Fue un centro maderero y platanero de importancia. Cada día llegaban cerca de 500 mulas cargadas con vigas de distintos tamaños, solo Martín Pérez, era propietario de 300 mulas y de cualquier platanal sacaban quincenalmente unas 4.000 unidades. Con 100,  200 o hasta 300 vigas armaban los planchones  cargándolos con plátano, cerdos y otros productos conducidos por dos hombres hasta el puerto de Montería donde los esperaban los compradores dos o tres días después. Era otra forma de vida la que tenían en ese corregimiento con el puerto lleno de embarcaciones multicolores,  reconocen con tristeza y nostalgia.

Del caserío de Frasquillo cuentan que en 1985 lo formaban 65 viviendas. Como puerto comercial importante tuvo su plaza espaciosa, un colegio de primaria con dos sedes, puesto de salud con dos enfermeros permanentes y la visita de un médico cada ocho días, dos iglesias evangélicas, seis carnicerías, tres proveedoras amplias, cuatro restaurantes, una farmacia, un matadero, seis cantinas y un billar.

El pueblo lo componían tres calles con la plaza. Había casas con pisos de tierra y cemento, paredes de madera y cemento con arena y techos de palma y láminas de zinc. La Acción Comunal trabajaba y conseguía.

La situación de Frasquillo, mejoró notablemente a partir de 1982, cuando el batallón Vergara del Ejército nacional le construyó la vía que lo comunicó con Tierralta, la cabecera. Aunque, no desapareció del todo la comunicación fluvial, la mayor parte del comercio de la madera,  maíz, marranos y plátano lo hacían en camiones todos los días. Fue una lástima que lo hayan inundado, dijeron resignados.

Testimonios

Benito José Hernández Taleigua.

Don Benito, nació el nueve de septiembre de 1972, en el hospital San José de Tierralta, se crió en la vereda Punta de Piedra a la que nostálgicamente llama “Paraíso Perdido”, ubicada en el municipio de Tierralta. Ahí vivió muy feliz por 23 años, hasta que en 1995 el Proyecto de Urrá I lo desplazó al reasentamiento San Rafael, lugar que denomina  como “peladero” por lo improductivo. A partir de ese momento conoce y vive en carne propia la “miseria plena y profunda”. Pero, lo que convierte esta vivencia en una mucho más dolorosa es el hecho de haber abandonado su tierra, donde afirma tenía mil maneras de ganarse el sustento con la comercialización de madera, de oro, con las cosechas o con la pesca. Estos oficios, expresa, le dejaban buenos ingresos en contraste con su actividad actual, el mototaxismo, que no le aporta “para librar la moto”, incluso muchas veces tampoco para la comida.

Don Benito recuerda con aflicción como en su “Paraíso Perdido”, todo era abundancia, a pesar que la finca no era de su propiedad, él la trabajaba, la sembraba sin ser molestado. Contrario a lo que vive en el  reasentamiento donde Urrá le asignó seis hectáreas de tierra, respecto de las cuales manifiesta que de haber sido suyas antes de la fabricación del muro de Urrá, habría salido de la pobreza vendiendo el material para su construcción, pues en esos nuevos terrenos “sólo hay piedra, ni el pasto se pega”. Don Benito exclama: “no es justo pues que me sacaran de mi tierra engañado prometiéndome mejor vida, cosa que no es así”. Para él la única manera de sobrevivir es con el mototaxismo porque es imposible trabajar de dependiente de alguien más, debido a que todos los reasentados se encuentran en las mismas condiciones.

Félix José Hernández Padilla

Don Félix José llegó al Alto Sinú en el año 1956 a la edad de 15 años. Sus principales actividades económicas eran la fabricación de canoas, los cultivos de maíz, ñame, yuca, batata, ahuyama, ajonjolí, frisol, la cría de marrano y su señora se dedicaba a la cría de gallinas. Se conmueve al contar como al caer la tarde cogía su atarraya de 5 metros y con ella se desplazaba a la quebrada y en menos de dos horas pescaba de 7 a 8 peces. “Que tan bien estábamos en el Alto Sinú, estábamos bien de todo, no nos faltaba nada”, se lamentaba.

Narra además como en el año 1991 Urrá hizo el censo de las 590 familias y cuatro años después los sacaron de su tierra para llenar la represa, los desplazaron al reasentamiento San Rafael donde sufren necesidades. Ahora escasea la comida, cuando antes se ayudaban entre unos y otros con los burros para llevar la abundante cosecha a la casa, la comida la tenían a manos llenas, “Urrá nos quitó el plato y la cuchara a todos”.

Vicente Pérez

El testimonio de don Vicente Pérez es un cuadro comparativo que bien ilustra el dramático cambio de vida que al igual que él, sufrieron y actualmente padecen los campesinos reasentados  a causa del proyecto Urrá I.

Antes

Vivienda: Don Vicente vivía en un predio con casa de 25 por 30 metros en Tucurá. Cocinaban con leña y alumbraban con linternas y mechones. El agua era limpia, provenía de quebradas y riachuelos no contaminados.

Actividad económica: En su finca disponía  de cuatro hectáreas de cultivos de plátano, maíz y arroz. La producción permanente era plátano, también, vendía maíz. En la misma finca tenía una división que separaba los cultivos del ganado, treinta cabezas  de las cuales diez eran vacas para ordeñar, así que también vendía leche y sus derivados. Para arrear el ganado se ayudaba con sus cuatro caballos, tenía además  ochenta y cuatro aves de corral.

La mínima ganancia que obtenía don Vicente eran cuatrocientos mil pesos quincenales por cinco mil plátanos y diez mil más con la venta de leche y sus derivados.

Alimentación: Para el sustento diario de su familia ordeñaba las vacas, preparaba mantequilla y queso; tenía criaderos de pollos y cerdos, además sembraban peces en determinados sitios del río Sinú. Consumían todo tipo de frutales en cantidades, en especial coco, mango, guayaba, guineo, sin preocuparse del costo. Don Vicente es claro al expresar que “siempre tenían para alimentación en abundancia”.

Salud: Si bien el paludismo era común en la zona, tenían un puesto de salud dotado con un registro de malaria, un botiquín bien equipado, un médico general permanente y si alguien se agravaba, lo transportaban de inmediato en Jonson por el río.

Recreación: Los niños disponían de una cancha donde jugaban fútbol y béisbol, los adultos jugaban cartas y dominó en las noches, las mujeres dedicaban el día a las tareas domésticas y  las noches acudían al rosario que organizaban las monjas del convento. 

Después

Vivienda: Don Vicente a pesar de no querer abandonar su tierra, en la que habitó desde principio de los 70, se vio obligado a salir para establecerse en Campobello. En este nuevo lugar le dieron una casa de iguales proporciones a la anterior pero de material, así que el frescor que ofrecían los elementos rústicos con que estaba construida su casa en Tucurá, se había perdido por completo con el cemento que formaba las paredes de su nueva vivienda. A su nueva forma de vida se sumaba el incremento de sus gastos, el pago de los servicios de energía,  agua y gas propano.

Actividad económica: A don Vicente le asignaron cuatro hectáreas de tierra para sembrar plátano pero esas tierras no eran aptas, así que de esos cultivos nunca obtuvo cosecha, imposibilitando la práctica de una de las actividades económicas que más reportaba ingresos. El ganado que tenían en Tucurá lo trajeron hasta Campobello, donde ensayaron las vueltas comunitarias, a través de las cuales el ganado de todos los pobladores pastaba en los mismos sitios pero esta técnica no resultó y para no dejar morir los animales tenían que mandarlos a pastar en otras fincas y partir utilidad con el dueño del predio. Sin importar la estrategia que utilizaran, el ganado se fue desnutriendo, lo que forzaba a venderlo a pérdida.

La empresa Urrá prometió a los campesinos el pago de sustento diario y  sostenimiento de la parcela, ellos a cambio tenían que trabajarla. El subsidio que les prometieron duró sólo tres meses. Don Vicente Pérez, en su parcela  tenía a cargo algunos trabajadores pero en vista de la mala situación en Campobello no era posible económicamente el pago de jornaleros; sin embargo, por su avanzada edad, se vio obligado a contratar un joven para trabajar la parcela y le pagaba con el único ingreso que obtenía de la empresa, circunstancia que lo privaba del sustento propio.

Alimentación: Don Vicente trasladó hasta Campobello todas sus aves de corral, las cuales tuvieron que ir sacrificando rápidamente para poder alimentarse en vista de la falta de empleo. Don Vicente cuenta como él y su familia tienen días en que sólo es posible una comida y la carne, el pollo, el cerdo y el queso, son alimentos a los que en escasas ocasiones pueden acceder. 

Salud: “Regular” es la palabra que don Vicente utiliza para definir el servicio del puesto de salud en Campobello. El médico está dos o tres días a la semana sin enfermeras permanentes. Para reclamar las medicinas formuladas, tienen que salir del pueblo, inclusive, describe su sentimiento de impotencia cuando ve a un vecino al borde de la muerte sin poder trasladarse hasta el hospital de Tierralta por no tener dinero.

Recreación: Los niños en Campobello tienen lugares de esparcimiento, hay canchas donde jugar. En Campobello no hay estación de policía, la fuerza pública sólo hace eventuales rondas, sin embargo, el orden público en el lugar se encuentra alterado porque la desesperación por el desempleo y el hambre los hace reñir entre ellos mismos. Cuenta que el egoísmo es un elemento añadido a su nueva vida, lo poco que cada quien obtiene es para sí y para su familia, ya nadie se detiene a pensar en los semejantes. Por último, lanza una expresión  que ilustra claramente su sentir: “la vida en Campobello es mala, aún más si se compara con la vida que teníamos en Tucurá”.

Manuel Dionisio Flórez y Manuel Ortega

Don Manuel Flórez y don Manuel Ortega al igual que don Vicente vivieron el drama de los reasentamientos promovidos por el proyecto de la hidroeléctrica Urrá I, al respecto agregan que las trabajadoras sociales y demás profesionales que llegaron a ofrecerles el proyecto, les indicaron que de no aceptar ser reasentados, de igual forma “a quienes no vendieran, el agua los sacaría”. El relato se centró en la experiencia de don Manuel Dionisio Flórez, su narración fue enriquecida con las vivencias que recordaba don Manuel Ortega.

Antes

Vivienda: A partir de 1985, don Manuel vivió en el caserío denominado Frasquillo. Ahí tenía una casa de techo de palma de10 por 6 metros, lo que la hacía fresca, ideal para las altas temperaturas de la zona. Como Tucurá, no contaban con energía eléctrica ni gas propano y el agua, obtenida de fuentes limpias, era buena

Actividad económica: Don Manuel se dedicaba a comercializar carne: compraba el ganado, lo sacrificaba y lo vendía a los habitantes del pueblo. Esta actividad de carnicero le reportaba satisfactorios ingresos. Al día ganaba de quince mil a treinta mil pesos, lo suficiente para sufragar gastos de vivienda, alimentación, vestido y educación.

Alimentación: Don Manuel cuenta que la comida era abundante y variada, su familia y él se alimentaban de carne de res, aves de corral, pescado, frutas, verduras, maíz, yuca, ñame y plátano, gracias a  un amigo que le permitía sembrar en su tierra, sólo para consumo propio, no para comercio.

Salud: El servicio de salud, a pesar de sus limitaciones, era bueno. El médico sólo iba cada ocho días pero, había dos enfermeras que permanecían en el pueblo y un buen botiquín. 

Recreación: Los hombres cada fin  de semana o por las noches se iban al billar,  las mujeres  dedicadas por completo al hogar, los niños iban a  las playas del río y divertían jugando fútbol. “Lo que más extraño es la alimentación, el trabajo constante y la tierra fértil”, expresa en su característico acento cordobés don Manuel Dionisio y en este sentir coincide con él don Manuel Ortega.

Después

Vivienda: Don Manuel Flórez llega a Campobello en 1995, le adjudican una casa de material que por supuesto, es más costosa que la que habitaba en Frasquillo pero, ahora debe soportar las altas temperaturas del Alto Sinú entre las paredes de cemento. Sus gastos se han incrementado porque debe pagar servicios de energía eléctrica, agua y además, comprar cilindros de gas para cocinar.

Actividad económica: En su nuevo lugar de habitación a don Manuel Flórez le es imposible ejercer su acostumbrada actividad comercial de venta de carne. Durante tres meses le dieron contratos para sembrar, le pagaron y después le  retiraron la ayuda. Hoy sólo le queda la tierra pero no es apta para sus cultivos, por tanto no le produce siquiera para el consumo propio. Actualmente  se ve obligado a alejarse hasta por quince días de su familia para trabajar como jornalero en otra localidad llamada Río Verde, lo que gana le alcanza para sobrevivir pero, “nunca es igual que antes”.

Alimentación: Debido a la escasez de trabajo la alimentación en Campobello no es buena. Don Manuel, manifiesta su pesar al ver a sus hijos salir para el colegio sin desayuno; incluso, en ocasiones es difícil  obtener una comida diaria.  Está situación ha fomentado lo que el mismo don Manuel llama “egoísmo entre los habitantes de la vereda”, los campesinos han perdido su carácter jovial, lo que ha generado un ambiente hostil en el pueblo.

Salud: Don Manuel,  reconoce que en un principio el servicio de salud era muy malo y con el tiempo ha mejorado. Tienen un médico y una enfermera que los asiste los martes pero las medicinas tienen que reclamarlas con el carnet de seguridad social en Tierralta.

Recreación: Don Manuel Ortega, lanza una expresión “Los niños en Frasquillo eran más sanos” y luego explica que los jóvenes al ver la pobreza en sus hogares se ven obligados a desempeñarse en actividades ilícitas para poder mandar dinero a sus familias.

Reflexión

Las experiencias aquí relatadas nos obligan a pensar en la penosa situación que padecen las 590 familias que con motivo de la construcción de la represa de Urrá fueron expulsadas de sus tierras y reubicadas en terrenos que como nos informan, no les proporcionan las condiciones de vida que antes tenían y  les prometieron que conservarían.

Es este un llamado a la reflexión, pues cuando vemos una construcción  como Urrá, no nos detenemos a pensar qué hay realmente detrás de toda esta obra. Y la respuesta la encontramos precisamente en personas de edad avanzada como Vicente Pérez, Manuel Dionisio Flórez y Manuel Ortega. Estos señores al igual que cientos de campesinos fueron quienes pagaron la cuota más alta para hacer cumplir el mandato de ley que estipula que el interés general prima sobre el particular.

Ahora bien, sin pretender criticar la búsqueda desesperada de progreso que ha emprendido el hombre desde hace siglos, lo cierto es que cada paso que se dirige a crear beneficios para una comunidad debe incluir una evaluación minuciosa de los riegos de pérdida, es decir, que se debe evitar el progreso a costa de prescindir de manera absoluta de lo preexistente.

Ya desde el siglo XIX, Goethe, hacía referencia a las consecuencias desastrosas que podría traer consigo la construcción de obras  de la magnitud que tiene hoy la de Urrá. Sólo se espera que quienes lideraron este proyecto de la hidroeléctrica Urrá I y se empecinan en construir Urrá II no sigan  transgrediendo los parámetros de la naturaleza ni el bienestar de las comunidades. Estos testimonios deben servir para no repetirlos.

Tierralta y Montería, julio de 2008

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