La justicia como farsa y la solidaridad como burla

José Darío Castrillón Orozco
Psicólogo

En el país del todo vale, donde el fin justifica los medios y donde todos los fines están justificados, hay vestiduras rasgadas y hasta clamores de justicia. Conmueve la opinión el asesinato de un bebé en Cundinamarca, realizado por su progenitor, al menos aparentemente. No es para menos, por la crueldad del acto, por la indefensión de la víctima y por actuar el victimario contrario a lo que se espera de un padre, en caso de ser él el autor. Casos de infanticidio han sacudido al país, donde han presentado al padre como el autor material del crimen y luego de practicadas las pruebas, años después, se aclara que no fue él. Como sucedió con la violación y asesinato de una niña dentro de una estación de policía en Bogotá. Cosas a tener en cuenta en temporada de falsos positivos…

Cuando se atropella de esa forma a un indefenso es a toda la humanidad la que se violenta, pero, no dejan de extrañar las expresiones lastimeras cuando esos actos son moneda corriente, cada día perecen entre seis y ocho niños por causas violentas, según denuncia la Asociación Nacional de Pediatría. Peor aun, cuando los hechos que han contado con la simpatía de la ciudadanía.

Los ingredientes de esta tragedia están presentes en las demás miserias cotidianas. Incluso, están calcadas: en la masacre de San José de Apartadó fue descuartizado un bebé, junto con sus padres y vecinos, sin que esos que dicen “los buenos somos más” hayan lamentado algo, menos que hayan pedido justicia. Más bien han justificado el acto, acusando de subversivos a los campesinos asesinados.

Contrario a lo que dicen hoy, no han pedido para estos criminales cadena perpetua ni pena capital. En cambio, hasta han favorecido con su voto y con su opinión una coalición que los tiene en el Gobierno, buscando desesperadamente la impunidad.

Se puede pensar que este presunto filicida es un mal ciudadano, dado que no cumple con los preceptos de la ley, ni con los de las religiones, menos con los de la ética moderna o clásica, pero, si se mira desde el ángulo de quien obra dentro del horizonte ético de su entorno tal vez no lo sea.

Aunque los articulados jurídicos se atiborren de normas y prohibiciones, quien verdaderamente traza los cánones de lo permitido y lo prohibido es el Gobierno. El comportamiento de los dirigentes de la sociedad es el modelo perfecto para los dirigidos. Y cuando este comportamiento está disociado de la ley escrita, el valor de la ley se desvirtúa, alcanzando de lleno al terreno del todo vale.

Y todo vale no privilegia el camino del cumplimiento de la norma, pues, cuando la vía del crimen da tan altos rendimientos, o sea, cuando el crimen sí paga, la senda de la ley es para lerdos, o para los que fracasan en las bregas delincuenciales. Sí a lo anterior se le suma que la obra fraudulenta del éxito (social, político, económico), se corona con la impunidad, el atajo se torna en camino real y la fraternidad en complicidad.

Por esto, el infanticida que conmueve a Colombia puede considerarse el prototipo del buen ciudadano, entendido como aquel que ha aprendido bien la lección y actúa tal cual lo hacen los dirigentes. Para él, el más vulgar de los fines se convierte en elemento irreductible que sólo espera de algún joseobdulio para ser convertido en doctrina. Una vez privilegiado el fin no se ha de reparar en los medios, como lo hace la oficialidad del Estado.

Y tal actuación estatal no se hace sólo desde el capricho de la mafia enquistada en el poder, se ejerce justo por estar consentida por las mayorías nacionales que avalan los abusos, las trampas y los crímenes oficiales. Se debe aventurar la pregunta ¿a cambio de qué se pervierte de tal forma la ciudadanía?, porque si las acciones del Ejecutivo no mejoran, sino que empeoran las condiciones de vida, si no resuelven los problemas nacionales, y antes los agravan y multiplican; esta degradación moral social ha de tener algo en retribución.

La condescendencia con el mal de los dirigentes tiene la contraprestación imaginaria que a ellos les está permitido hacer iguales males. Como en una analogía del padrenuestro, donde el “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quien nos ofenden”, se transmuta en: consentimos los engaños oficiales porque esperamos que nos dejen hacer trampas semejantes; permitimos el abuso con los débiles, así como esperamos que nos dejen abusar también de ellos; toleramos el robo de los recursos públicos para autorizarnos también a enriquecernos sin fatiga; Y entre un largo etcétera de lacras, hacemos caso omiso de la crueldad desplegada con las víctimas, para que se condone la propia crueldad desatada contra nuestros semejantes más indefensos. Pero, mientras la sevicia de los paramilitares se dirige contra campesinos y ciudadanos indefensos, a cualquier parroquiano que no tiene la organización y los recursos de ellos, y que pretende ejercer su cuota de sadismo, sólo le resta proceder contra los niños, así sean sus hijos.

Tiene razón la mayoría pro gobiernista cuando alega en los foros, ante el desprecio de la minoría que ellos no son estúpidos, ni están engañados. En verdad no lo son en el sentido que son muy “avispados” o “muy vivos”, entendiendo por esto que están dispuestos a sacar partido de todo y de todos, empleando cualquier medio para ello. Probablemente, quien quiera que haya sido el asesino del niño ha obrado con tal crueldad por sentirse fuerte y poderoso, es decir autorizado, al militar en la mayoría que cohonesta con cualquier tipo de trapisondas, y que espera en contraprestación que se le permita obrar contra los más vulnerables. Quizá de ahí provenga el sentimiento que hace de las mayorías nacionales las más felices del planeta.

Incluso se entra a servir en el cinismo vulgar (no en el de Diógenes de Sínope que denunciaba: el poder es impunidad). Prueba de ello es que a la puesta en escena de la supuesta indignación, a la que llamaron los medios, salieron en primer lugar los promotores del todo vale como el Presidente y su corte de parapolíticos; El Fiscal general que pide cadenas perpetuas para los violadores de menores al detal, mientras propicia la impunidad de los violadores y asesinos en masa, entorpece los procesos y en su piñata de absoluciones es el refugio de los políticos cuestionados; Salió el Ministro de los falsos positivos que abona su carrera a la presidencia con la sangre de los jóvenes de Colombia; Salió un Gobernador promoviendo el referendo contra los violadores, mientras él, elegido con votos de los paramilitares, se dedica a timar al departamento. Salieron los defraudadores del Estado, cavilando su próxima jugada; los asesinos de los siete u ocho niños que engrosarán las estadísticas de mañana, pasado mañana, y del 2010. Salieron los convencidos de que una buena causa, la de ellos, amerita un buen crimen, el de cualquiera… aun el de un recién nacido.

Exhalando ese tufo de hipocresía olvidan que cuando la fortaleza no radica en la sociedad entera, sin exclusiones, para dar poder a instituciones justas y legítimas, todos y cada uno somos frágiles. Esos que entonan “los buenos somos más” pretendiendo que los dejen abusar de los demás, olvidan que ellos son los demás de los demás. Olvidan que la relación entre el fuerte y el débil es relativa, y que sin la justicia que pretenden denegar todos somos débiles.

La degradada conciencia ética de los colombianos hace posible una predicción: el sino nefasto ha de continuarse, nuevas tragedias se gestan, y cada nuevo horror superará al anterior en sevicia. La potencialidad de maldad, en la fiera que acecha en cada humano, ha sido invocada por los desmanes del Gobierno, mientras las mayorías eufóricas celebran que cualquiera está autorizado a ser victimario, dejando de lado que cada uno ha sido graduado de víctima.

Octubre de 2008

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