¿Ruptura y transformación o Cambio y continuidad?

José Francisco Puello Socarrás
Corporación Conciencia Política
josephco@yahoo.com

Desde que se anunció el triunfo electoral en la “carrera” por la presidencia de los Estados Unidos (como coloquial y, sobre todo, colonialmente traduce José Obdulio Gaviria, asesor de Uribe Vélez, para referirse a las elecciones) el 4 de noviembre pasado, la constante ha sido el despliegue de un paroxismo que, a sólo pocos días del triunfo de Barack Obama, resulta ya fastidioso y particularmente asfixiante.

La noticia alrededor del mundo ha sido propagada con imágenes cada vez más dramáticas que van desde masivas explosiones de júbilo - enmarcadas en llanto y en una gritería que apenas se logra escuchar con alguna fidelidad el Yes, we can - hasta los festejos transatlánticos en Kenya, nación donde el Presidente electo de los Estados Unidos tiene parte de sus raíces. A lo largo y ancho de las calles usamericanas las minorías étnicas, especialmente las afroamericanas, a las cuales pertenece el ganador, son reiteradamente expuestas, de una manera casi clínica, por los medios de comunicación de todo el mundo, cuidando incluir siempre en los recuadros uno que otro caucásico entre la masa victoriosa.

Más allá de los Estados Unidos, el triunfo de Obama sobre McCain ha desatado también una euforia sin igual. Los motes no han bajado de “instante glorioso” y “triunfo popular”. En todo caso, en todas partes el éxito del Senador demócrata ha sido interpretado como un cambio radical, sin antecedentes y promisorio para la sociedad y la política estadounidenses, sin dudar en calificar el hecho como una ruptura fundamental en la historia de ese país y, por su posición global, en todo el mundo.

Y cómo no reconocerlo. Nunca en la historia de los Estados Unidos – país que hasta hace poco segregaba a la población negra - había sido elegido un Presidente negro. De hecho, algunos analistas, todavía ponen en tela de juicio si el triunfo de Obama sucedería en “condiciones normales”. Si bien EUA no es un país xenófobo, no hay signos que permitan decir que el racismo haya sido totalmente erradicado. Afortunadamente, éstas expresiones se han ido superando poco a poco, más por situaciones sociales y demográficas que por convicciones políticas de esa clase, una minoría blanca que detenta el poder. Por esto, algún analista usamericano denominó a la elección de Obama un verdadero “serendipity político”, un golpe de suerte, para referirse a que en parte el suceso Obama habría que conjugarlo también con el impacto que ha tenido en el público la recesión económica y el crash de las bolsas y con el espectacular desgaste político y social de la administración Bush.

A lo anterior, hay que sumar el impacto del manejo sin precedentes que asumió la campaña demócrata desde hace un par de años, estratégica y financieramente – especialmente la de Obama - para “volver al poder” y la capacidad de Mr. Barack como político de profesión y, como lo demostró, como un político por vocación. Desde luego, no hay que minimizar ninguna de estas situaciones.

Pero tampoco hay que hacerlo con la influencia que ejerció la particularidad de “esta” coyuntura. Es más, el mismo Obama lo sabía. Así fue registrado cuando entre sus múltiples alocuciones elogió al ex presidente Ronald Reagan, “héroe” republicano no sólo de Hollywood sino de la etapa más ortodoxa y reaccionaria del neoliberalismo usamericano, de quien decía: (Reagan) “entregó el mensaje correcto, en el momento correcto”. En todo esto, no sólo ha triunfado Obama sino igualmente la falta de información, por lo menos la desinformación y, como suele suceder con la superficialidad típica de las imágenes mediáticas del negocio de la comunicación, la falta de análisis. Pues el significado de lo que representa y podría representar Obama en el poder no puede ser sino calificado, en general y con contadas excepciones, de cándido. Se han o minimizado o sobreestimado las apreciaciones y en su gran mayoría no se han ofrecido perspectivas que vayan más allá de la coyuntura o del espectáculo.

Como fue la constante en los debates, el tema económico, desde luego, acaparó la mayor atención de las discusiones. ¿Qué se puede esperar en este aspecto? Dime con quién andas…

Una vez elegido y tras las elegías de su discurso triunfal es razonable interrogarse si la era Obama supondrá alguna transformación por lo menos en términos de las tendencias vistas en la economía estadounidense en tiempos recientes. Particularmente, frente al rol que desempeñaría esa potencia en sus desempeños domésticos. Bajo la rigidez con la que pueden aparecer las preferencias en este aspecto, esperar pequeños cambios que en la retórica de la situación actual no planteen sino giros insinceros y resulte ser uno de los pronósticos. Se trataría entonces de meros ajustes, más bien pocos sustanciales, dirigidos a gestionar políticamente las crisis social y económica que soportan hoy por hoy, no tanto las élites como sí el pueblo de los Estados Unidos. Obama, como se anticipaba desde algunas voces, insinúa representar una “tercera vía” que intentará despresurizar los potenciales problemas que tanto preocupan a los Grandes Poderes Transnacionales en los EUA y fuera de él, sabiendo que es sumamente aventurado volver a la Segunda Vía (la del “Estado de Bienestar circa” como en Clinton) o seguir en la Primera Vía (como lo hizo Bush Jr.). Lo de Obama – de ser acertados este tipo de cálculos – sería un paso adelante, nunca un paso atrás y menos “progresista” de lo que podría pensarse.

A decir la verdad, muchos de estos síntomas ya son prolijos e identificables desde la misma campaña presidencial. Sin embargo, el lobby (cabildeo) al cual se ha sometido en los últimos días el electo Presidente, empiezan a despejar las interrogantes sobre las posibles ambigüedades de sus propuestas que, en materia económica específicamente, fueron absurdamente tildadas de ¡“socialistas”! Una de las más contundentes expresiones de la actitud del nuevo Gobierno tiene que ver con el staff económico que empieza a perfilar y la composición de su próximo equipo de trabajo. Las cabezas más visibles de su próxima gestión, reconocidos doctores en economía procedentes de las típicas universidades élite donde han surgido inveteradamente los Money-doctors del statu quo y que sin excepción alguna pertenecen al mainstream de economistas estadounidenses, hacen pensar que virajes “inesperados” en la “Obamanomics” resulta poco probable. En estos aspectos, el refrán: “Dime con quién andas y te diré quién eres” termina siendo palmariamente revelador.

El rumbo de estos hechos contradice los rumores de incluir en la dirección de los asuntos a economistas pertenecientes a corrientes críticas (no tradicionales), del tipo de James Galbraith – hijo del fallecido John Kenneth Galbraith -, alternativa con la cual se especuló en plena campaña. Estas tentativas, aplaudidas por unos y escandalizadas por otros, se disipan a medida que pasa el tiempo.

El “corazón” de su equipo empezaría con Jason Furman, asesor económico determinante para su campaña. Trabajó como asistente especial para el Consejo de Política Económica durante la administración Clinton y después para el neoliberal heterodoxo, Joseph Stiglitz, en el Banco Mundial. Igualmente, ha asesorado, entre otros a las campañas de Al Gore y John Kerry en el 2.004. Recientemente, ha colaborado con la Institución Brookings y el Tides Center, éste último beneficiario de grandes contribuciones por parte de conocidas figuras públicas en los Estados Unidos como el especulador George Soros, del cual ya sabemos qué tipo de proyectos está dispuesto a ofrecer “ayudas”.

A su lado, estaría un viejo compañero de Furman, Robert Rubin, uno de los directores del CityGroup, no olvidemos, grupo de consabida inclinación conservadora, sponsor oficial del Consenso de Washington antiguamente y estrechamente involucrado con los acontecimientos (y sobre todo, con los intereses) de la actual crisis. Es considerado un partidario estricto de la disciplina fiscal y, en parte de la opinión pública, es visto como uno de los culpables de los problemas actuales por su protagonismo en la expedición de leyes regulatorias a la industria en 1.999, durante la administración de Bill Clinton. Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro, al final del mandato Clinton quien con Timothy Geithner, actual presidente de la Reserva Federal del Banco de Nueva York, serían dos de los seguros candidatos para ocupar la secretaría del Tesoro. La lista la completan: Austan Goolsbee y el reconocido Paul Volker, ex presidente de la FED en las administraciones Carter y Reagan. Volker pasó de celebridad por acabar con la “super-inflación” de los EUA en los 70 y 80 a verdugo de la actual crisis en cuanto muchos le atribuyen una responsabilidad enorme en el marasmo reciente. Igualmente, habría que considerar a David Cutler y Jeff Liebman. En lo fundamental no sería necesario hondar en más detalles biográficos que sin duda resultan suficientes para dar con la tendencia.

Y es que, desde ya, los consejos en materia económica, desde las ideas disponibles que promueve su grupo de asesores, convergen. Hay buenas señales para que un “nuevo pacto” o “un consenso” de políticas y medidas económicas no superen ciertos límites.

En conjunto, son previsibles los argumentos: que en cuanto a la economía no sea el político que naturalmente tiende a ser sino que se deje guiar por su pragmatismo; que acuda al saber de los expertos, para lo cual tendrá que desligarse de los líderes del Congreso, en especial de las posiciones de Nancy Pelosi; que, para el caso de las políticas de salud haga suyas algunas ideas republicanas como lo hizo su copartidario Clinton cuando estuvo en la Presidencia. Justamente, así sucedió en temas trascendentales como la Welfare Reform en 1.996. Es más. Furman, a quien apenas hemos descrito, ha convergido mucho antes en varios puntos sobre este tema con el mismo McCain; tozudo a la hora de actuar en la “responsabilidad fiscal” del Gobierno y, con seguridad, le harán ver que la promesa de “recortar impuestos” al 95% de los americanos simplemente sería inviable sin restricciones al gasto público; que se olvide de sus posturas “progresistas”, ubicadas a la izquierda del Partido Demócrata como Senador y, desde luego, reniegue de sus votos contra el Libre Comercio (República Dominicana, Corea del Sur y Colombia) – hay que recordar que fue con Clinton que se expidió el NAFTA -, entre otros temas que causan angustias entre las filas del establishment. En fin, las decisiones “correctas” de la administración Clinton pueden dar una muy buena luz sobre las definiciones económicas que enfrentará Obama y la manera cómo podrían eventualmente ser resueltas. No sin razón, muy buena parte de su nuevo equipo reproduce el viejo equipo de Bill. Insistimos, estos hechos – como otros: incrementar las tropas en Afganistán, la política energética basada en biocombustibles, en este caso, con nefastas consecuencias para América Latina - no causan extrañeza. Por el contrario, deben iluminar las apreciaciones.

Recordemos que Obama siempre intentó refutar que lo etiquetarán como “liberal” y nunca evitó deslindarse de neoconservadores como Francis Fukuyama (autor del Fin de la Historia), quien entre otras veddettes “intelectuales” del ala radical del GOP adhirieron públicamente a su campaña (The Economist los llamó “Obamacons”, conservadores partidarios de Obama). ¿Podrá Obama deslindarse, por ejemplo, del complejo militarindustrial o de la élite financiera-especulativa con quien ha mantenido históricamente estrechas relaciones y que apoyaron firmemente su campaña? ¿De hacerlo efectivamente, estará dispuesto asumir las consecuencias y soportará las presiones hasta intentar consolidar sus promesas? En lo inmediato y en lo prematuro de su elección, las cartas están sobre la mesa. No obstante, existen más elementos que ponen un gran interrogante y hasta comillas en sus principales pronunciamientos y promesas.

Hasta nuevo aviso – consideramos - hay que seguir interpretando el triunfo de Obama, por un lado, como estrictamente coyuntural y, por el otro, como exclusivamente electoral. Más producto de las circunstancias - un castigo a la administración Bush (y sus seguidores) y de los efectos psicológicos y cuasi-espirituales de las crisis - que como una victoria ideológica. Ciertamente, allí residirá la grandeza del pueblo usamericano. Decidir asumir las riendas de su destino histórico y de sus condiciones de vida pues se encuentra potencialmente frente a una oportunidad crucial. Constituirse por sí mismo en una fuerza social y para sí mismo en Sujeto Político y obligar que las promesas sean realidad. No simples cambios retóricos sino profundas transformaciones. Es claro que sin un sujeto político que sea capaz de producir rupturas concretas no se podrán materializar todas esas esperanzas que hace unos pocos días pudieron desnudarse y que por ahora resultan ser simples confesiones de espíritu. Decimos: por ahora. Obama, en este sentido, podría convertir el drama de su elección en un final feliz o en la más perfecta tragedia, no sólo personal sino – más importante aún - colectiva.

Ojalá que ese conjunto de “colores vivos” que unieron a millones de esperanzas del pueblo estadounidense alrededor de un horizonte que inspira a primera vista cosas distintas, no se desespere de esperar. Que no suceda como en los posters de la empresa Benetton que desde hace tiempo promociona sus productos bajo el cliché: “United Colors of Benetton”. Allí, en la virtualidad de la publicidad se anima la “unidad”, falsa desde luego, entre la gente de diferentes razas y culturas mientras que en la realidad del negocio al asiático, al negro, al indígena, al latino, se los utiliza mediáticamente y, a la final, son explotados por la maquiladora italiana. El tiempo dirá si las palabras se convierten en hechos y se cumple el entusiasta – pero desafortunadamente hasta ahora, infundado y descuidado – vaticinio de un puñado de optimistas.

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