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  Un domingo de lucidez
  José Darío Castrillón Orozco
  Psicólogo
   
 

Bello, Antioquia, es un municipio habitado por pobres en un 96% por ello carga los estigmas de su composición social: tierra de matones y rameras: tierra azarosa. Colmado de necesidades básicas insatisfechas, distintas violencias recorren desde hace 30 años sus calles sumando víctimas al producto interno brutal. También es lugar de tragedias naturales, que en cada temporada toman su ración de damnificados. La última de renombre fue la avalancha en el sector de La Gabriela, donde un barrio fue sepultado. Sede de crecientes, inundaciones, incendios.

Recorrer sus calles es constatar el desgreño administrativo, es un pueblo feo y desaliñado. También es sucio, desordenado. Está situado al norte de Medellín hacia donde corren las aguas pútridas del río, del mismo nombre de la ciudad. Bello es sede de dos cárceles, del manicomio y hasta hace poco tenía el basurero metropolitano.

Sacrificado en una planeación infame donde la vivienda suntuosa se construye al sur de Medellín, Bello fue destinado a vivienda para menesterosos. En ese municipio no existen residencias de estrato seis. Parece un subproducto del desarrollo de la capital de la montaña, a la que se ha integrado espacialmente por conurbación.

Desde los años 80’ del siglo pasado distintos grupos armados, tanto de derecha como de izquierda, se instalaron allí. Desde entonces la violencia en ese municipio ha venido en crescendo. Ya en los años 90’ se da un control paramilitar total en su territorio, el cual se mantiene en la actualidad, encontrándose que para las elecciones del año 2011, no hay un sólo barrio de esta ciudad que no esté bajo el control de una banda de estas.

Con los anteriores datos parece que se estuviera hablando de una población diminuta y remota, pero no es así. Bello cuenta con casi 400.000 habitantes, es el segundo municipio de Antioquia, y el undécimo de Colombia. Tiene un potencial electoral de 279.417 votantes, esto lo convierte en coto de caza para los gamonales locales y regionales.

Los últimos patrones de la votación son los Suárez Mira, una familia del terruño, que por la actividad proselitista de uno de los suyos colonizó el espectro político local. Fue este Óscar Suárez Mira, un chofer de bus que de la mano de Fabio Valencia Cossio llegó a ser alcalde del municipio, y de la de Luis Alfredo Ramos senador de la República. Hoy, de la mano de la Corte Suprema de Justicia está en la cárcel por concierto para delinquir agravado, por nexos con grupos paramilitares.

Entre tanto, su hermana, Olga Suárez Mira, es actual senadora de la República y fue antes alcaldesa de ese municipio. También ha sido acusada de alianzas con la criminalidad. Durante su administración se destinaron cuantiosas partidas del erario para las bandas locales, con el argumento de construir la paz. Esta no llegó, pero unificó la criminalidad que organizada terminó por repartirse el territorio cuadrícula a cuadrícula, sin los ancestrales enfrentamientos entre bandas.

De los vínculos entre dirigencia política bellanita y criminalidad se conoce por la detención de los ex acaldes Rodrigo Arango y Óscar Suárez; o por operativos contra la banda de Pachelly, nombre de un barrio de ese municipio, donde a la par de integrantes armados se capturan funcionarios de la administración municipal.

El dominio de los Suárez es tan absoluto que en las elecciones del 30 de octubre de este año, se dieron el lujo de imponer un candidato único para esa Alcaldía, único es sin contrincantes. Ese candidato ganaría las elecciones con sólo su voto, la ciudadanía no tenía opciones. Además, Bello no ha dejado de ser un municipio aterrorizado con una población sumida en la desesperanza, huérfana de ejercicios participativos.

Intimidados, humillados y ofendidos, como en el relato de José Saramago, Ensayo sobre la Lucidez, los bellanitas se levantaron con un día lluvioso. Acaso dijeron como en el inicio de la novela “Mal tiempo para votar”. Y como en aquella obra la mayoría depositó su voto en blanco.

¡Qué sorpresa! Ni los mismos sufragantes esperaban tal resultado. Menos la camarilla goda que ha manejado el poder local y que iba a la jornada como un paseíllo previo a la victoria absoluta. No hay precedentes de ello en el país, acaso haya otro caso en el mundo.

Esa población que no ha importado para sus gobernantes, decidió devolverles su desdén y, en las urnas, les dicen que ellos no cuentan para la ciudadanía. No optaron por la abstención, pues, si ella puede ser un indicio de rechazo o de desobediencia civil, no marca claramente una posición por ser un acto sumamente pasivo en las lindes con la negligencia, o con la indiferencia.

Contrario a ello, el voto en blanco es un ejercicio de ciudadanía activa que se toma todas las molestias para ejercer la participación, aun en medio de la intimidación, aun cuando es mal tiempo para votar. De este modo no queda duda de la expresión de rechazo a una administración, a una corruptela, al unimismo impuesto desde un poder cooptado por unos intereses de clan, a la tradición de abandono y rapiña para ejercer la administración pública. En ese blanco puede caber el rechazo a la violencia, a la ineficiencia, a la miseria, a lo que no se desea.

El voto en blanco es una herramienta de participación que otorga la carta constitucional. Ha existido desde tiempo atrás, de una eficacia tan reducida que se ha banalizado tanto que algunos politiqueros arteros pretenden matricularlo como propio de su partido cobrarlo en dinero. Quienes han enarbolado la bandera del voto en blanco han arado en el desierto y han pasado como figuras demenciales.

En verdad, nadie creía en ello, ni los mismos que votaron en blanco. Pero, funcionó. Cuando se promulgó la carta de 1991 pocos creían en la acción de Tutela, pero al irla utilizando se fue haciendo parte del pueblo que, literalmente, la usa hasta para remedio. Casi nadie cree en la revocatoria de mandato o en la acción de cumplimiento, tampoco hay fe en la moción de censura. Definitivamente, tiene razón el poeta William Ospina cuando afirma: “El poder sólo entrega lo que el pueblo le exige”.

En muchas partes del mundo están indignados. En esas partes tienen razón. En Bello también tienen razón, también están indignados, pero a diferencia de ellos Bello recuperó la dignidad.

Edición N° 00279 – Semana del 4 al 10 de Noviembre de 2011
 
 
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