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  Elecciones en Bogotá: el triunfo de Petro y los progresistas
  Álvaro Villarraga Sarmiento
  Presidente de la Fundación Cultura Democrática
   
 

Lo sucedido en las elecciones de Bogotá difiere notablemente de lo ocurrido en otras regiones con elementos tan importantes como: el triunfo en la Alcaldía de un candidato independiente de la izquierda democrática y la derrota del conjunto de los candidatos de la coalición de Gobierno, el desarrollo de elecciones en ambiente político intenso, pero de altura, transparente y pacífico, en contraste con pugnas intolerantes e interferencias ilegales y de violencia tanto previa como posterior en muchas partes y la ratificación de la predominancia de un voto libre, consiente y de opinión que una vez más ratificó la posibilidad de lograr un proceso de “reglas ciertas y resultados inciertos”, es decir, de garantías democráticas para la elección. Por supuesto, no significa la desaparición definitiva de expresiones de clientelismo, irregularidades e intolerancia, pero sí precisamente la derrota de tales tendencia y la afirmación de premisas hacia una nueva cultura política democrática.

Resulta explicable el alto impacto político y de expectativa nacional e internacional ante el rotundo triunfo de Gustavo Petro para la Alcaldía del Distrito Capital y la elección simultánea de una importante bancada de concejales, de forma que irrumpe el nuevo proyecto político Progresistas siendo fuerza de Gobierno y mayoritaria en Bogotá, a la vez  que anuncia su proyección nacional, contribuyendo a dinamizar el cambio en el mapa político existente. Pero además, se suman aspectos como haber derrotado en el principal escenario de la confrontación política nacional –en todo caso se trata de la capital del país- al uribismo y sus aliados en esta contienda, a la vez que desplazó allí mismo al PDA como alternativa de Gobierno y de alternativa política progresista, en situación explicable y merecida por su consecuencia con el control político y la lucha contra la corrupción, pero que a la vez consigue proyectar una nueva apuesta programática contemporánea que agrega al énfasis social el ambiental, el ético y el del poder ciudadano.

El mismo Gustavo Petro y distintas voces también subrayamos el que este nuevo triunfo de la izquierda democrática en Bogotá cobra así mismo un ingrediente nuevo que resulta de alta significación estratégica y coyuntural. Se trata de un mandatario local procedente de la insurgencia, de uno de los pactos de paz exitosos experimentados en el país y conlleva el compromiso político con el mayor legado de ellos para el país, la Constitución Política de 1991, y conlleva necesariamente un mensaje de cuestionamiento a la alternativa de la guerra y el autoritarismo promovida en los ocho años recientes de los mandatos presidenciales de Uribe, para contribuir de nuevo a las dinámicas que se abren paso hacia recuperar un tratamiento político, social e institucional progresista, en aras de construir la paz, y de buscar en tal marco explorar las posibilidades de la solución política ante las expresiones aún persistentes de conflicto armado.

El balance hace relación también a la intensa disputa política y de opinión ciudadana librada en Bogotá, con una ardua campaña desarrollada por todos sus candidatos, en el curso de las cuales se fue despejando la tendencia creciente al respaldo de la candidatura de Gustavo Petro, lo cual generó unas resistencias muy fuertes desde sectores de las élites y los principales medios de comunicación. Si bien las encuestas registraban el ascenso notable y sostenido de Petro durante el último mes en todas las encuestas, se publicitó de manera amañada un supuesto empate existente entre las tres principales candidaturas cuando Gina Parody si bien registró un ascenso luego del respaldo de Antanas Mockus tuvo luego un estancamiento a manera de techo y cierto descenso y Enrique Peñalosa inició un descenso que puso en riesgo su segundo lugar frente a Parody. Pero para ello se recurrió hasta a la mentira como la de estirar el margen de error de las encuesta a cinco, luego a cinco por arriba y por abajo, hasta llegar al absurdo estadístico de afirmar empatadas las expectativas de favorabilidad cuando divergían en más de diez puntos. Por supuesto que expresa tanto la animadversión tradicional de los sectores de la derecha como las prevenciones sembradas en años recientes de estigmatización y ataque desde el Gobierno Uribe a los procesos de paz y sus protagonistas, opositores políticos, defensores del derecho y promotores de cualquier alternativa social y de cambio progresista.

En términos de los resultados electorales conseguidos que han sido ampliamente divulgados el verdadero y único claro ganador fue Gustavo Petro y su movimiento político Progresistas, con más de 720 mil votos, 8 concejales y elección de ediles en todas las localidades donde logró inscribir listas. La coalición entre el Partido Verde, La U y el Partido Conservador es derrotada en contraste con otras regiones del país donde especialmente La U fue fuerza mayoritaria y expresión de coalición entre simpatizantes del Gobierno y del uribismo, aún cohabitante, junto con otros aliados ocasionales. Los verdes entregan resultados negativos en su centro de origen y actuación y consiguen triunfo importante de Sergio Fajardo en Antioquia, que mantiene una distancia crítica por la cuestionada aproximación de su partido al uribismo e integración acrítica al Gobierno Nacional y cierta exaltación al valioso y valiente triunfo de Marcelo Torres en Magangué, cuya agrupación política hace parte de Progresistas, pero que por carecer éste proyecto de aval nacional recurrió a la cobertura de los verdes. Así mismo, si bien Gina Parody gana espacio político y respaldo merecido, se expresa tras su candidatura la debilidad política un tanto sorprendente que registró Antanas Mockus. Otras apuestas fueron realmente minoritarias, de forma que adquiere significación en ese medir de fuerzas que hubo entre los partidos de la coalición de Gobierno el que Cambio Radical con Carlos Fernando Galán prácticamente triplicara la votación ante el Partido Liberal representado en la menguada candidatura de David Luna.

El balance de lo sucedido también conlleva un compromiso asumido por el alcalde electo Petro, para aplicar con acierto su programa que si bien es rico en iniciativas de educación, atención a la niñez temprana, salud, defensa del ambiente, derechos de las víctimas, recuperación de la seguridad y emprendimiento de una lucha eficaz contra las mafias de la corrupción, entre otros aspectos, quedó un ambiente de cuestionamiento de la viabilidad y financiación de sus metas en ciertos sectores así como el reto de nombrar un gabinete y unos equipos técnicos realmente capaces y eficaces. Es claro también que Petro como lo ha entendido, tendrá que buscar un entorno político de alianzas y entendimientos suficiente, de concertación, consulta y participación ciudadana, pues de no ser así serán muchos los interesados en confrontar y tratar de minar sus proyectos. Por supuesto, con la oportunidad de retomar una dinámica política de transparencia, sano debate y actuación institucional coherente, en ruptura con el peso del clientelismo y la corrupción que además ha pervivido en sus expresiones con fuerza desde anteriores administraciones. La decisión de Progresistas de marginarse de la elección del Contralor y el Personero resultan en tal sentido ser un excelente mensaje de respeto y no interferencia en los organismos de control.

En el ámbito político un buen Gobierno de Progresistas tiene la oportunidad de catapultar una retoma de iniciativa nacional de su proyecto político en el ámbito nacional, necesariamente con entendimientos e integración de esfuerzos con otras vertientes que se expresan con sus matices y circunstancias regionales. Resulta claro que el PDA al estar atrapado en los últimos años por concepciones, discursos y prácticas políticas propias de una izquierda política sectaria tiende a la marginalidad y sufre un duro golpe político en Bogotá que desata un fuerte debate que se proyectará hacia el próximo Congreso Nacional anunciado. Sin embargo, en sana lógica no resulta conveniente ni coherente pensar en una hipótesis de integración entre estas dos vertientes, Progresistas y la expresión actual del PDA, pues es claro que conllevan apuestas y posibilidades distintas, de forma que resulta desgastante y negativo para sus proyectos hacerlo. Además, una era la coyuntura política de aproximación y unidad entre una amplia franja de vertientes de izquierda y democrática bajo el régimen al extremo reaccionario y regresivo de Uribe, que lo requería, y otra es la coyuntura actual cuando se ha reconformado una coalición distinta de Gobierno y se teje la emulación de propuestas y apuestas políticas en todos los ámbitos. Por supuesto sin detrimento a la búsqueda de consensos nacionales en temas centrales y de niveles de aproximación política y acuerdos con distintas posibilidades entre diversas vertientes.

Edición N° 00279 – Semana del 4 al 10 de Noviembre de 2011
 
 
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