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El conflicto como constructor de realidades

  Alberto Anaya
  Economista – Teólogo y Magíster en Teología
   
 

Colombia ha estado atravesada por el conflicto, al igual que todos los pueblos de la tierra. El conflicto hace parte de la evolución o desarrollo de la humanidad. Sin él, seguramente estaríamos anclados y a merced de la ignorancia primitiva de los primeros hombres y mujeres de nuestra historia. Cuando surge el conflicto (crisis, contradicciones, problemas) por la interactuación de los individuos al interior de las sociedades, es porque esta se encuentra en constante movimiento dialéctico, por lo tanto, surge el diálogo, el debate, el consenso, la concertación, etc., para darle fluidez al conflicto.

El conflicto construye una realidad y esta se expresará mediante procesos que conduzcan al logro del objetivo; y cuando esta realidad en proceso se aparta de los objetivos iniciales, el conflicto evoluciona -¿o involuciona?- hacia un estadio donde los argumentos, la sensatez, etc., son reemplazadas por acciones distintas como la violencia, bien sea física, verbal, sicológica, directa o indirecta.

Cuando nos quedamos en el conflicto -sin ver el horizonte que nos aguarda la construcción de la historia nuestra-, involucionamos, retrocedemos hacia los estadios primarios de la conducta humana. El conflicto nos empuja a construir realidades.

El conflicto que generó la presencia violenta de los españoles en el siglo XV, entre otras muchas cosas, evolucionó hacia una organización de nuestros ancestros, y dio origen a una lucha desigual. Obviamente fuimos dominados con violencia. Más tarde, varios siglos después, el conflicto, avanzando inexorablemente para construir vida e historia, plantea la necesidad de una independencia, y es entonces cuando el conflicto da un salto, cambia de escenario, el de los intereses de nuestros aborígenes y criollos. Intereses que no eran tenidos en cuenta.

Ese salto de libertad que nace y se fortalece al interior del conflicto, dio origen a la República y a las guerras sucesivas que pararon en la que se conoce como la guerra de los mil días. Sucesos inspirados por aquellos, que la historia contada señala como libertadores, quienes nos mostraban una realidad, la realidad de ellos, ajena, a esas alturas, de los individuos que hacían parte de todo un pueblo que reclamaba libertad.

De una realidad violenta generada por los invasores españoles, pasamos a otra realidad diseñada por los libertadores y luego a otra construida en la República. Cada vez más, a medida que el tiempo transcurría, la realidad de una minoría -que se viene expresando en nombre de la mayoría- asentada en el gobierno era la realidad de la nación, la realidad oficial, y por consiguiente, la realidad que debíamos leer, comentar y vivir.

Entonces, esa estructura de pensamiento y de vida, se desarrolla, se fortalece y se adapta a la realidad nuestra. Es entonces la violencia la variable que plantea la medida inmediata excelsa y acertada de solución del conflicto. Nos llenaron de argumentos, y las manifestaciones de esas minorías, justificaban los odios y rencores, la codicia y el engaño.

Esta medida extrema toma lugar y se posiciona, cuando la conducta humana involuciona hacia estadios de irracionalidad propia de los animales y de esta manera agrede o elimina al contrario, para imponer mediante la fuerza un modelo diferente al previamente concertado, implantando realidades extrañas y foráneas, acompañadas de una serie de reglas que buscan el aconductamiento del individuo y de la colectividad.

Si algún miembro de la sociedad se expresa contrario a esas medidas, lo tildarán de beligerante y terrorista, enemigo de la institucionalidad, por consiguiente habrá que eliminarlo, apartarlo del resto, con medidas como el homicidio, desaparición, secuestro, desplazamiento forzado. Y la violencia, además de ser ejercida desde lo gubernamental, la practican las expresiones que han surgido como respuesta a la exclusión social y a la violencia institucional.

La violencia como respuesta a la violencia, solo genera más violencia, y si no hacemos un alto en el camino y evaluamos las cosas sucedidas hasta ahora, la violencia continuará como el estandarte y los resultados serán impredecibles.

No hemos sido lo suficientemente capaces de conjurar mediante mecanismos sociables y humanitarios las razones por las cuales pasamos del conflicto a la violencia, por ello, estamos participando -por acción u omisión- en un ámbito que traerá mucho traumatismo a los individuos y a la sociedad. Tampoco hemos fomentado escenarios donde confluyan iniciativas que reclamen paz en libertad, sin la fuerza violenta de las armas o del discurso incendiario.

En consecuencia, debemos considerar el diálogo y el debate -con todas las expresiones y movimientos sociales, culturales y políticas-, como un primer escenario que plantee propuestas concretas encaminadas a  generar un cambio de actitud en los individuos y en la sociedad,  que permita dar ese gran salto del “discurso” a la práctica. Tenemos muchas iniciativas, grandes decisiones, que han surgido y vienen surgiendo de espacios institucionales públicos y privados (administraciones locales y regionales, eclesiales, académicas, políticas, culturales, gremiales) que anhelan un bienestar social, económico, político y cultural, para cambiar la realidad actual. Pero nos hemos quedado en los buenos propósitos y deseos. En lo coyuntural. ¡En apagar el fuego y ya! En asistencia humanitaria y pare de contar. Y el doliente que se entienda como pueda. No, eso no puede seguir siendo así.

De esta manera y desde estos ámbitos, es que podemos construir estadios iniciales de realidad, no la realidad que señalan los otros, los que históricamente han detentado el poder de la nación, porque esas realidades sólo han consolidado 200 años de exclusión y marginalidad, de directrices mal intencionadas para pensar y hablar como se nos ordena, de lo contrario seremos unos insubordinados y desadaptados sociales a los que habrá que corregir con mano dura o con ‘piquetes eléctricos’ como sugieren voceros enfermos de nuestra actual sociedad.

No debemos temerle al conflicto, este nos ayudará -¡y de qué manera!- a avanzar como individuos y como sociedad. Cuando somos plenamente conscientes de los problemas, de las crisis y de las contradicciones, estos elementos nos ayudarán a evaluar, mejorar, corregir y construir procesos de la realidad que queremos. ¡En nombre de la vida y de la historia, hagamos del conflicto un punto de partida para crecer como individuos, construir sociedad  y erigir realidades¡

Edición N° 00287 – Semana del 20 al 26 de Enero de 2012
 
 
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