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Un año de Gobierno de Dilma: sorpresas y desafíos

  Cándido Grzybowski
  Sociólogo – Director de Ibase
   
 

Después de un año de Gobierno de Dilma Rousseff en la Presidencia de la República, pienso que vale la pena hacer un balance desde una perspectiva ciudadana, así es como la concibo. Claro que es un punto de vista a partir de un lugar que ocupo en una organización de ciudadanía activa, como Ibase. No tengo pretensiones de ser una voz representativa de quien quiera que sea, sólo defiendo la legitimidad de mi análisis.

Voy a comenzar por la parte donde Dilma ha revelado más de lo que se esperaba. Como primera mujer presidenta del Brasil, Dilma es, por ella misma, un gran cambio de expresión de la sociedad brasilera, con sus diversidades, desigualdades y contradicciones, incluyendo el poder político. No es aquel encuentro entre pueblo y nación encarnado por Lula, migrante nordestino, operario, identificado con la cultura popular. Pero es fundamental que se reconozca cuanto Dilma representa de enfrentamiento y ruptura a la estructura patriarcal del poder en Brasil. Por lo que sé, ella no tiene una historia de militancia ciudadana en el feminismo, pero se está portando como sí lo fuese, lo que permite una actitud extremadamente relevante en la perspectiva democrática de transformación del Brasil, de inclusión, justicia social, participación y sustentabilidad. No podemos avanzar como nación sin enfrentar la profunda desigualdad de género y machismo en el Brasil. Esto no quiere decir que las otras fuertes desigualdades brasileras sean menos importantes, en verdad ellas se integran y combinan, haciendo extremadamente difícil cualquier cambio. Por consiguiente, es relevante tener una mujer Presidenta comprometida con la justicia social.

Desde mi punto de observación, análisis y participación en la vida política de Brasil y del mundo, registro otra estimulante e impactante sorpresa de Dilma como presidenta. Se trata de la dirección que ha trazado hasta aquí en el delicado campo de las relaciones internacionales. Lula tuvo un gran merito de instaurar una agenda de Brasil emergente en una estructura mundial muy polarizada por los países desarrollados sobre el manto de la hegemonía de los Estados Unidos, dando especial atención a las relaciones Sur-Sur y a las posibilidades de cambio en el cuadro del poder global. Solo que Lula no siempre pautó una agenda en condiciones democráticas y de derechos humanos. Él atropelló y actúo pragmáticamente. Dilma en este punto es más coherente y tiene más cuidado con la legitimidad democrática de actuación brasilera, siendo un gran país emergente sin bomba atómica, algo que vale la pena resaltar. Ella no se comporta dominada por un llamado “interés nacional” por encima de cualquier principio ético y valor democrático. Además, ¿qué es al final el “interés nacional” según los representantes de las clases dominantes conservadoras -que les gusta “restregar” en nuestra cara-, en un país tan profundamente diverso, desigual y con tantos excluidos? El cambio de Gobierno Dilma se nota claramente en la nueva postura diplomática brasilera en el Consejo de Seguridad de la ONU y en los Foros de Derechos Humanos. El discurso de la presidenta Dilma en la apertura de la Asamblea Anual de la ONU es una verdadera posición y definición del rumbo del Brasil democrático, estando a la par de activistas de derechos humanos y de ciudadanía en el Brasil y en el mundo. Destaco esto sabiendo que tal posición está en el centro de muchas contradicciones del Gobierno Dilma. Pero para otro mundo, el cambio que se señale es un fuerte indicio de que Dilma se está haciendo la pregunta sobre qué Brasil el mundo necesita, antes de decidir estrategias y políticas internacionales.

Además, ella está haciendo una limpieza ética en el Gobierno, poniendo fin a la corrupción. Para el gusto de muchos y de la gran prensa – esto ha contribuido a un gran apoyo a Dilma y su Gobierno. Según el sondeo de opinión, es bien cierto que muchos ministros fueron sustituidos por causa de la corrupción. Pero este hecho en sí no me parece que indique un gran cambio en la “Política” (con P mayúscula). El poder en Brasil –en los tres poderes, lo digo de pasada- es visceralmente tomado por la corrupción con raíces profundas en el patrimonio y el clientelismo, y desde hace mucho hasta hoy, tiene siete vidas. Habría cambios sustanciales si entrase en la agenda democrática brasilera una profunda reforma de la “Política”, que superase el distanciamiento, la zanja y las barreras existentes en la relación ciudadanía – poder. Esto nada tiene que ver con el debate de la reforma política instaurado en el Congreso, como aparece en una obra crítica que dice que cambia para que nada cambie. Tal vez, lo que hizo Dilma hasta el momento en este campo no pasa de una gestión delicada en la confederación política de intereses privados agarrados al poder. ¿Tiene algún sentido la sustitución de unos ministros por otros del mismo partido, como si fuesen los dueños de hecho del poder público? La ciudadanía no está en este juego y por esto la tentativa de recrear algo parecido al movimiento de ética que permita entrar en una dinámica más fuerte. En este campo, Dilma prestaría un servicio relevante a la democracia si fuese más osada y determinada en el enfrentamiento de éste estructural desafío político, un desafío no resuelto por la Constitución de 1988 (a pesar de sus enormes avances en derechos de ciudadanía).

En este punto pienso que cabe destacar otro desafío estratégico para el Gobierno de Dilma: la cuestión de participación ciudadana. Dilma, no carga una historia de relaciones con amplios sectores contradictores de la ciudadanía real del Brasil, como Lula por ejemplo. Esto se refleja en una especie de burocratización de la participación ciudadana en las políticas públicas en el gobierno, como ha ocurrido en este primer año de gobierno. Es claro que se tiene una sintonía fina con la ciudadanía y esto hace una enorme diferencia.

En el Gobierno Lula, el palacio de “puertas abiertas” a la diversidad brasilera y el estímulo a la participación en más de 50 Conferencias Nacionales y no sé cuantos Consejos movilizó millones de brasileras y brasileros, así estos espacios hayan tenido poco poder real, generando muchas frustraciones, pues eran y son, por encima de todo, espacios consultivos para construir consensos y agendas posibles. Pero en términos democráticos el Brasil ganó del Gobierno Lula la mayor escuela del mundo de aprendizaje de la ciudadanía política, que comienza por reconocer la diversidad y la necesidad de construcción democrática de consensos y pactos, definiendo la dialéctica de los derechos y de las responsabilidades compartidas, para que se logren algunos avances posibles. Millones de personas que se comprometen y se vuelven a comprometer desde lo local a lo nacional, en debates de ideas, sentidos, posiciones y proyectos, dieron una cara nueva a la democracia brasilera, reconocida en todo el mundo. Sin embargo, el poder político no cambio por esto y aún va a demorar el cambio, pero la democracia se fortaleció como estrategia y proceso capaz de operar cambios sustentables en el largo plazo, como son las revoluciones democráticas.

Dado el momento histórico del Brasil, en este campo fundamental de la democracia, donde la contribución del PT hizo la diferencia (como las experiencias de presupuesto participativo, por ejemplo) Dilma parece que no se mueve con facilidad y visión estratégica. El combate a la corrupción sin participación ciudadana no pasa de un simple maquillaje en el gobierno. La presidenta Dilma pasa una imagen de ejecutora y que lo más importante en el gobierno es la eficiencia en sí, como algo tecnocrático. En la democracia la eficiencia, es sin duda, muy importante y necesaria, hasta mucho más que en los gobiernos autoritarios, donde el poder bruto, de dominación sin contestatarios se puede dar el lujo de ser ineficiente. Pero la eficiencia por sí sola no cualifica el gobierno democrático, un gobierno por definición inestable y de incertezas, impregnado por las contradicciones de la sociedad donde la democracia las transforma, pasando de ser fuerzas destructivas (la lucha de clases de la sociología y la ciencia política) en fuerzas de construcción y transformación pactada. La dinámica ciudadana –la lucha de clases opera según valores y principios democráticos aceptados por todas y todos- constituye y cualifica el gobierno y sus políticas.

En un país como el Brasil de hoy, con un Congreso y un Judiciario dominados por el corporativismo, la estrategia posible para hacer avanzar los necesarios y deseados cambios democráticos reside en la tensión generada por la participación ciudadana en la “Política” grande. Claro que representantes y negociadores revestidos de mandato por el voto legal y legítimo, independiente y efectivo, así como quienes son buenos formuladores y gestores de políticas son indispensables en las democracias. Pero todo esto es resultado y no puede ser la última palabra. La ciudadanía activa es parte instituyente y constituyente del juego, o más bien, de la lucha por la democracia, por más que a los conservadores no les guste la idea. Lo que sucedió y está sucediendo en el mundo árabe es el mejor ejemplo de lo que estoy hablando. La forma de definir lo que se hará y cómo se hará en las democracias, es más importante que el resultado mismo. En la democracia, el fin no justifica los medios. Por el contrario, son los medios los que cualifican los fines. Es bueno recordar que ciudadanía es tanto el derecho a tener derechos como la responsabilidad por los derechos. Lo que implica en la participación ciudadana la responsabilidad de la propia condición de ciudadanía. Debido a esto, la lucha democrática impone a sus dirigentes y representantes, y a la misma élite gobernante tener la capacidad y sabiduría para sujetarse a la ciudadanía, para tomar partido en las tensiones, en los abucheos y aplausos, así como en muchas de las críticas y de las mismas manifestaciones de apoyo, pues estas, junto con el acto fundamental del voto, son maneras efectivas de la participación de los instituyentes y constituyentes del poder político, que somos todos nosotros, ciudadanos y ciudadanas. La democracia es el voto, pero también es ruido y confusión, es plaza pública, es la manifestación que se toma la calle, es la alianza en defensa de las causas. Una sintonía fina con la ciudadanía y la condición sine qua non para la efectividad de cualquier gobierno o institución democrática. Finalmente, un gobierno democrático no puede estar de espaldas a la participación.

Para mi, -un simple activista de “largo aliento” por la justicia social-, lo más relevante en el Gobierno de Dilma es el objetivo que se tiene en cuatro años para erradicar la miseria, un flagelo en el que están condenados más de 16 millones de ciudadanos y ciudadanas en el Brasil. Se trata de una tarea ética ineludible y urgente porque es posible, teniendo en cuenta el empuje económico de nuestra economía. Salta a la vista, y sin embargo, no explica la falta de participación ciudadana en el diseño de los objetivos y la ejecución del programa “Brasil sin Miseria”. También me incomodo la ausencia de la presidenta Dilma en la reciente Conferencia Nacional de Seguridad Alimentaria, a pesar de la participación del Ministro Gilberto Carvalho, quién no logró mitigar el problema. El hecho es que la ausencia de la Presidenta en éste tipo de eventos, porque no solo es algo muy simbólico, sino que son escenarios que contribuyen a indicar el rumbo que Brasil necesita y dirigir sus acciones, esto es muy simbólico. Estoy también profundamente inconforme e incómodo con la decisión gubernamental de excluir a ASA –Articulación del Semi-Arido” en la implementación de los tanques de agua en el Nordeste, tal vez una de las políticas más innovadoras hasta ahora en términos de efectiva participación en su diseño e implementación. ¡Lamentablemente! Todo en nombre de la eficiencia, supongo.

Por último, pero no menos importante, destaco el modo como Dilma y su Gobierno ha dado continuidad a una agenda de desarrollo, basada en los grandes proyectos y grandes corporaciones empresariales, sin discutir tal agenda con amplios segmentos de la ciudadanía activa. Otro lado igualmente grave en esta agenda es su elaboración y defensa con renovado entusiasmo. Me parece que es un gran error, que nos va a pasar la cuenta de cobro pronto. Brasil es un proyecto de desarrollo jalonado por la acumulación capitalista, un proyecto que, en todo el mundo, muestra evidentes señales de crisis y agotamiento. La gran riqueza que esta acumulación genera se concentra en pocas manos y es hecha a costas de la destrucción ambiental, con amenaza de la sustentabilidad de la vida en el planeta. Se trata de producir lujo y basura en beneficio de pocos (los movimientos de “indignados” que se extienden por todo el mundo, insisten en el 1% como el tamaño de los verdaderos beneficiados). El tal modelo de desarrollo, en su remolque de crecimiento continuo no vislumbra la posibilidad de hacer justicia social. Este desarrollo se alimenta de la destrucción ambiental combinada con la desigualdad y la injusticia estructural entre quienes habitamos el planeta tierra y de las generaciones futuras.

La globalización de las últimas tres o cuatro décadas se aceleró y exacerbo todas las contradicciones del modelo. La amenaza no es más aquí o allá, ésta tiene dimensiones planetarias. Por tanto, no lleva más democracia y mucho menos mantiene condiciones de sustentabilidad para una vida digna y el bien vivir. Para la dignidad humana, con garantía de todos los derechos de los seres humanos, para la sustentabilidad de la vida de nuestra biosfera, para la preservación del propio planeta necesitamos salir de la lógica desarrollista actual, al menos comenzar a ir en otra dirección, desarmando la bomba del reloj de la civilización industrial consumista, social y ambiental depredadora.

¿Será que el Gobierno de Dilma no ve la posibilidad histórica que está en su puerta con la Conferencia de Río+20, para asumir un papel osado y relevante, tanto ética como políticamente el impulso para los cambios que se hacen necesarios en el mundo?. No hay nada que esperar de Estados Unidos, Japón, ni siquiera de Europa en crisis. La China del capitalismo salvaje y de los otros países emergentes lo más probable es que aparezcan negociadores para hacer activa oposición a cualquier compromiso de cambio de fondo. La Conferencia de Río+20, de junio próximo, podrá ser una oportunidad única, bajo la dirección de Dilma, de arrastrar otros gobiernos y de pactar con la sociedad civil de Brasil y del mundo una dirección para otro paradigma, otra economía, otro modo de dirigir las sociedades y nuestra relación con la naturaleza.  Pero, para ejercer un papel así, es necesario -al menos- disponerse al diálogo democrático, poniendo en la mesa de negociación la propia cuestión del desarrollo y de alternativas a éste. La agenda desarrollista actual del Gobierno de Dilma no coincide con lo señalado. Queda en un deseo y un clamor: me gustaría ser sorprendido este año con la voluntad y la determinación de la Presidenta Dilma de hacer con que nos enorgullezcamos del Brasil emergente, apuntando a los caminos democráticos posibles para una civilización sustentable.

Edición N° 00288 – Semana del 26 de Enero al 2 de Febrero de 2012
 
 
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