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Limpiar la guerra en la guerra

  Álvaro González-Uribe
  Abogado, escritor y columnista. Miembro Centro de Investigación en Gobierno y Políticas Públicas, Universidad del Magdalena, Santa Marta - http://eltallerdeaureliano.blogspot.com
   
 

La dimensión de la obra de Wuislawa Szymborska, la poeta polaca que murió hace dos semanas, se irá conociendo mucho más con su muerte, como sucede siempre con las muertes y también con los premios, en especial con los nobeles.

Quién creyera que dos eventos tan opuestos tienen el mismo efecto fructífero: el mayor conocimiento de la obra de un autor, que precisamente es el objetivo de todos quienes escribimos, simplemente que nos lean; que nos lean en la casa, en el barrio, en la vereda, en el país o tras las fronteras; que nos lean los amigos, los familiares, los extraños, qué mas da, simplemente que nos lean, y en eso nos igualamos los desconocidos, los famosos, los mediocres, los buenos, los malos, todos los que escribimos cualquier cosa.

Está sucediendo con Wuislawa Szymborska. Inteligente, bella y profunda pero fácil, la obra de la polaca es de una pasmosa universalidad dada su cotidianeidad y su lenguaje sencillo, y, aquí lo tremendo y en veces dramático: debido también a que algunos de sus poemas tocan tragedias humanas de todos los tiempos y territorios, como es el caso de “Final y principio” (1993), puesto en Colombia, mi país de guerra:

“Después de cada guerra/ alguien tiene que limpiar./ No se van a ordenar solas las cosas,/ digo yo./ Alguien debe echar los escombros/ a la cuneta/ para que puedan pasar/ los carros llenos de cadáveres./ Alguien debe meterse/ entre el barro, las cenizas,/ los muelles de los sofás,/ las astillas de cristal/ y los trapos sangrientos./ Alguien tiene que arrastrar una viga/ para apuntalar un muro,/ alguien poner un vidrio en la ventana/ y la puerta en sus goznes./ (…)”.

En Colombia alguien está haciendo esto -alguien lo debe hacer-, el desconsuelo es que lo hace desde hace mucho tiempo en un ejercicio perpetuo, porque en Colombia no hay un después de la guerra. "Se encuentra estable", diría un parte médico oficial. Cada explosión, cada ataque, cada impacto, cada acto de guerra es un “déjà vu” permanente.

Limpiar de guerra la guerra en plena guerra, quizás para que no se amontone tanto y no se tape la esperanza. Toca hacerlo. Limpiarla de ladrillos y tejas partidas, de humo, de huesos enterrados, de carne expuesta. Limpiarla de minas de minas antipersonas para que los ciclistas puedan seguir rodando así sea entre las balas, y para que los niños puedan jugar pelota entre los colores de la montaña.

Limpiar la guerra en guerra, también de venganzas y odios aunque lleguen otros frescos, secar lágrimas, lavar pañuelos, cubrir recuerdos con cruces y flores, rellenar agujeros y cráteres, zurcir corazones, pedir perdones, y, claro: restituir tierras y reparar a las victimas, pero todo eso en la mitad de la guerra; toca hacerlo, aunque el viejo o nuevo verdugo esté al acecho para dar el zarpazo.

En Colombia tenemos poetas, muy buenos poetas de muchos temas, maravillosos temas. Sin embargo, nuestra guerra necesita más poetas que la escriban, que la piensen, que la entiendan, que la sientan y que la lloren para que la limpien de a poco. Mientras tanto, hay Szymborskas que con sus palabras universales lo hacen, quizás sin ni siquiera saberla o haber sabido de ella. La guerra es la misma siempre y en todas partes: la de Polonia y la de Colombia, la mundial y la de secesión, la de los seis y la de los mil días, la de lanzas y la de misiles.

Szymborska. Se la recomiendo amable lector para que montado en su poesía le dé un viaje al mundo, a los sitios recónditos de su propia mente, a sus vivencias simples y difíciles, a la historia de su país; para que recorra el pensamiento y el sentimiento convertidos en palabras de la calle, de la banca del parque, de la tienda de la esquina, de la batalla del día.

Edición N° 00291 – Semana del 17 al 23 de Febrero de 2012
 
 
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