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Un modelo de desarrollo sostenible que nos involucre
a todos y a todas

  Alberto Anaya Arrieta
  Economista y Teólogo
   
 

Están próximos a tratar nuevamente en la Conferencia de Río+20, los ‘líderes’ del mundo, las posibilidades de un modelo de desarrollo sostenible para este planeta que cada día más sus habitantes avanzan inexorablemente hacia un deterioro social, económico y político de la calidad de vida, del tejido social, del ambiente, de las instituciones (léase gobernabilidad) y sobre todo de la ética, dignidad y conciencia de los individuos, que hacen parte de los siete mil millones de habitantes que tiene esta hermosa guardería terrenal.

Colombia, al igual que muchos países de este universo, viene construyendo un proceso de toma de conciencia del cuidado integral que debemos poseer para que podamos avanzar y ser coherentes con el propósito universal de consolidar una conciencia de conservación sano, habitable y en desarrollo constante esta parte de la extensa geografía global para que la satisfacción de nuestras necesidades básicas (alimentación, vivienda, educación, salud, vestido, trabajo), no se vean deterioradas más de lo que están. Por ello se está proponiendo una temática que abarca el tipo de ciudad que queremos, alimentos de calidad para toda la población, disminuir la dependencia de los combustibles fósiles y cómo adaptar las instituciones a estos nuevos retos. Muy importante los temas planteados, pero dónde queda las materias que tienen que ver con la industria, con las fábricas, con la corrupción, con nuestros recursos no renovables que se están destinando al beneficio de multinacionales en deterioro de nuestra “economía verde” y del tejido social de los que habitan esa zonas. Actividades que van en contravía con el discurso que nos pretenden vender que el sistema político colombiano, está interesado en debatir pública y democráticamente unas políticas que buscan favorecer el desarrollo sustentable de manera integral.

Interiorizar esta política no es nada fácil, por cuanto tenemos muy arraigado una cultura del desorden, de la anarquía, del daño y de la destrucción. No obstante esta conducta, debemos perseverar y tomar partido en las distintas iniciativas que sobre este tema se viene haciendo desde el sector público, privado y solidario, desde las instituciones académicas y eclesiales, de los medios, de los analistas e investigadores sociales.

Pero, qué es este cuento del desarrollo sostenible. Existen muchas opiniones al respecto, pero me parece que la definición que nos brinda la Comisión Brundlandt1, se ajusta, por ser sencilla, a nuestra compresión: “Se llama desarrollo sostenible aquel desarrollo que es capaz de satisfacer las necesidades actuales sin comprometer los recursos y posibilidades de las futuras generaciones. Intuitivamente una actividad sostenible es aquélla que se puede mantener. Por ejemplo, cortar árboles de un bosque asegurando la repoblación es una actividad sostenible. Por contra, consumir petróleo no es sostenible con los conocimientos actuales, ya que no se conoce ningún sistema para crear petróleo a partir de la biomasa. Hoy sabemos que una buena parte de las actividades humanas no son sostenibles a medio y largo plazo tal y como hoy están planteadas.”

Interiorizando la definición de la Comisión Brundlandt, el medio ambiente es fundamental y pieza clave en todo proceso y políticas que involucren desarrollo sustentable como estrategia integral que exija compromiso de todos los actores de la sociedad. Porque implica tener presente el cuidado y conservación de los elementos abióticos (el medio y sus influencias) y bióticos (organismos vivos). El agua, el suelo, las plantas, los animales y los seres humanos nos complementamos, somos parte esencial y natural, de toda esta existencia física.

Ahora, podemos tomar la decisión si trabajamos para reorientar nuestras costumbres depredadoras, cambiar nuestros hábitos de concebir la naturaleza, el cosmos, construyendo nuevos escenarios donde la vida sana, abundante, amorosa, libre y alegre se contagie del cuidado y protección de la naturaleza o por el contrario nos definimos en ahondar las diferencias sociales, económicas, políticas e ideológicas, priorizando la destrucción de esta hermosa guardería terrenal, lo que implicaría arrasar con el agua, con el suelo, con las plantas, animales y con la vida humana misma.

Es hora y ahora, como viene planteando hace muchas décadas Leonardo Boff, una nueva espiritualidad que nos de un sentido profundo de vivir en la naturaleza, una espiritualidad que nos envuelva y nos sacuda para que tomemos conciencia, aquí y ahora, de lo que significa esta vida terrenal. Una espiritualidad que nos reconcilie con este mundo para que sea posible una convivencia con la naturaleza. Una espiritualidad que convoque, que concerte, incluyente y que proponga una agenda al sistema político vigente, a la sociedad y a la misma Iglesia, para que salgamos de esta crisis crónica del desarrollo sostenible sin destrozar a la naturaleza ni afectar a la humanidad. Una espiritualidad que nos exhorte a una ecología de vida, con sus contenidos, pasiones y prejuicios, porque mucha de la agresividad contra la naturaleza está en nuestro interior, en nuestra mente, en nuestros pensamientos. En la mente y pensamientos del empresario e industrial de las grandes empresas y fábricas que sacrifican sin misericordia los recursos naturales y en los individuos que hacen parte del sistema político porque es ahí donde se diseñan las políticas públicas; en la academia, porque es ahí donde se forman (o se aconductan) ciertas conciencias individuales que afectan luego a la conciencia colectiva. Una espiritualidad comprometida con la vida y desde la vida hacer una terapia que nos lleve de nuevo a vivir en armonía con la naturaleza, en conformidad con la naturaleza, para que la naturaleza vuelva a vivir en armonía con nosotros.

En este sentido, propongo construir ética e integralmente un proceso para que ese modelo de desarrollo sostenible tan anhelado local, regional y universalmente, nos involucre a todos y a todas.

Edición N° 00293 – Semana del 2 al 8 de Marzo de 2012

1 En 1983 la ONU estableció una Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, dirigida por una mujer sueca, Gro Harlem Brundtland, quien había sido nombrada primer ministro en su país. Bajo el nombre de Comisión Brundtland, se inició una gama de estudios, mesas redondas y conferencias públicas en todo el mundo; al cabo de tres años, en abril de 1987, fue publicada la información generada en este tiempo bajo el nombre de “Nuestro Futuro Común” o también conocido como “Reporte Brundtland”, en el cual se recalca que “la humanidad debe cambiar sus estilos de vida y la forma en que se hace el comercio, pues de no ser así, se iba esperar un padecimiento humano y una degradación ecológica inimaginables”. http://www.zaragoza.unam.mx/licenciaturas/biologia/-desarrollosustentable/paginaweb/comisionbrundtland.htm (consultado el 27 de febrero de 2012)

 
 
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