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“¡Siempre hemos pensado diferente…!”

  Alberto Anaya
  Economista y teólogo
   
 

Leyendo cuidadosa y atentamente (en la página web del grupo insurgente) la carta que firma Timoleón Jiménez, comandante del Estado Mayor Central de las FARC-EP, con fecha 3 de marzo de 2012, dirigida a la señora Marleny Orjuela, dirigente de ASFAMIPAZ (Asociación de Familiares de Militares y de Policías secuestrados por las FARC), me da un consuelo que, entre líneas deja ver una sensibilidad y sentimientos propios de un hombre que representa una nueva postura política e ideológica -voto para que así sea- de un movimiento guerrillero, que nació no para la toma del poder, sino para la defensa inmediata de los bienes y de la vida de campesinos, que eran atropellados y asesinados, en aquel entonces, por el Ejército colombiano. Es decir, es un movimiento insurgente con unas “raíces societales”, con objetivos limitados a la reforma agraria y a la resistencia campesina liberal y comunista.

Dice el señor Jiménez que los medios y el Gobierno actúan siempre para difamar las actitudes de reconciliación de las FARC y que las clases privilegiadas han hecho un credo de la guerra, y en cambio, -dice el señor Jiménez en la carta- “siempre hemos pensado diferente”. Admite que el sistema imperante no es una democracia real. Esboza la necesidad de parar el derramamiento de sangre por el enfrentamiento armado, los desplazamientos por causa del conflicto bélico. Y sigue enumerando las barbaridades que cometen los otros actores del conflicto.

Señor Jiménez, pertenezco a una generación de colombianos que ha crecido viendo, escuchando y leyendo como el horror se apoderó de la patria y hago parte de una historia de la que soy un fragmento, un actor, sin embargo, han sido otros los que la han diseñado y escrito a sus acomodos. Historias ciertas, amañadas o totalmente falsas. Por ello, a pesar de la observación favorable que hice en el primer párrafo, no creo en la totalidad del mensaje que trasmite a través de la señora Orjuela. Es una enumeración de sucesos que han hecho los otros. ¿Pero dónde está la relación de las grandes atrocidades que ustedes también han edificado durante cerca de 50 años? Claro, no es el escenario adecuado, ni el momento para poder hablar de las crueldades que se cometen en nombre de las mayorías, en nombre de un hipotético sistema ideal diseñado por ustedes, cuando realmente se conoce que el modelo de sistema social, político y económico que ustedes pretendían construir en Colombia, ha colapsado hace un par de décadas.

También se viene debilitando la falta de empatía por el dolor ajeno. Ya son pocos los Eichmann que creían obrar bien, obedeciendo las órdenes de sus superiores, como lo hicieron los que, de parte de los aliados, bombardearon Dresde o Hiroshima. O aquellos individuos que en aras de un ideal revolucionario, creyeron obrar bien y lanzaron cilindros bombas, el 2 de mayo de 2002 en Bojayá, Chocó, contra la población civil inocente; o los paramilitares que creían que estaban del lado bueno, y participaron en las interminables relaciones de masacres, con garrotes, machetes y motosierras, que ha venido señalando la justicia. Muchos y muchas, desde la institucionalidad del régimen, creyeron obrar bien, porque estaban realizando con ‘orgullo de patria’, una orden que salía del palacio, para interceptar y perseguir ciudadanos y ciudadanas ajenas a las ideologías totalitarias del gobernante. Eso tiene un nombre, señor Jiménez, y lo señala López, citando lo que revelaba Hanna Arendt, en relación con el suceso antisemita del nazismo, “la esencia diabólica del fanatismo ideológico”, que junto con virtudes subsidiarias como la obediencia, la jerarquía y el orden, se transformaron en instrumentos del crimen1.

Nuevamente, este contexto de violencia estructural que vivimos en Colombia, me hace recordar, parte del interrogatorio que se le hace en Jerusalén a Eichmann. Le preguntaron que si tenía sentimientos de culpa. Respondió que sí. Cuando niño había faltado dos veces a la escuela. El auditorio pensó que iba a manifestar sentimientos de culpa porque había asesinado a muchos hombres y mujeres en los campos de concentración nazi. Su franqueza era coherente con el hombre que había sido moldeado por el régimen. Cuando faltó a clases había quebrantado el orden, más no cuando cumplía las órdenes de su superior, en este caso el sistema criminal organizado y ejecutado en la Alemania de la segunda guerra mundial.

No quiero un régimen totalitario, así el discurso sea el de construir y garantizar un bienestar y seguridad para las mayorías. ¿Acaso el totalitarismo de hace unas décadas derrumbado por las mayorías oprimidas, no se había erigido sobre la base del bienestar social e igualitario de las mayorías? ¿Qué sucedió? ¿Por qué se vinieron abajo las dictaduras de Europa del Este? ¿Cuántas víctimas causaron los regímenes implantados en esa parte del mundo? ¿Cuánto daño ha causado el totalitarismo en nuestra patria Colombia, en la historia reciente? Me resisto a pensar y creer, que nos sometan al sistema alemán de Hitler o soviético de Stalin, del siglo pasado.

Pudo más el grito de libertad, de solidaridad, de fortalecer un tejido social en torno a principios y virtudes inherentes en el ser humano, como la libertad, el amor, la paz y la alegría, más que la demagogia de vivir en condiciones distintas a las que se viven en un sistema capitalista salvaje y totalitario, excluyente y miserable.

No señor Jiménez, no seré partidario de construir sistemas dictatoriales de derecha ni de izquierda. No podría vivir, en medio de la necrofilia, del odio la vida, de la fuerza para destruir y acabar con mi semejante. Mi espíritu libertario se niega a ser encarcelado en supuestas rejas de oro.

Por eso señor Jiménez, no le creo todavía. Para mi la libertad no tiene barreras, es absoluta, por lo tanto, es un imperativo, y aplaudo, sí, aplaudo la liberación de esos hombres que de manera miserable han vivido por cerca de una década en las peores condiciones de existencia humana. Encadenados y exhibidos como trofeos, alejados de sus familias, amigos y paisanos.

Una de las cosas que más admiro del proceso de desmovilización y de reintegración en la sociedad de hombres y mujeres que militaron en el paramilitarismo, es el derecho de las víctimas y de la sociedad a conocer la verdad y  la no repetición de los hechos que dieron lugar a sus dolores, traumas y miedos. Aunque no se conoce mucho todavía, al menos algunas víctimas de este conflicto interno que vivimos los colombianos, han sabido de la suerte que corrieron sus familiares y amigos; vienen recuperando sus bienes, de donde fueron expulsados violentamente.

Por eso señor Jiménez, no más retórica. Es momento de los hechos, hay que avanzar más, para así poderle creer. Hay que silenciar los fusiles (con ello demostraría quiénes son los que están sembrando campos minados y haciendo atentados terroristas contra la sociedad civil) y de esta manera comenzar un camino, que no será nada fácil. Será como subir varias veces una de esas tantas montañas empinadas que tienen nuestras cordilleras, con fusil, morral y aperos de guerra, en un tiempo determinado. Demostrar con hechos, que siempre han pensado diferente, como usted lo afirma en la misiva en cuestión, para bien de esta patria, de sus ciudadanos, de sus instituciones y ahí sí, empezar a ejercer con vehemencia un juicio crítico, cuestionador -no hacer simple oposición-, a la cultura de la muerte, los que odian la vida, el culto a la fuerza, al horror de los mesías autoritarios que han conducido por dos centurias los destinos de los habitantes de Colombia. Con un juicio crítico, donde confluyamos, con el concurso de la institucionalidad, la sociedad civil y los actores generadores de violencia, seguramente lograremos enderezar los rumbos equivocados del sistema democrático, y encauzarlos para bien de todos, de las mayorías y de las minorías. No más culto a la guerra.

Lo contrario al amor a la muerte, es el amor a la vida. Y este amor, no es un rasgo único, es todo un modo de ser, de vida y se manifiesta en nuestras emociones y sentimientos, en nuestra mente y pensamientos, en nuestros gestos y símbolos. Eso somos nosotros, los seres humanos, señor Jiménez, somos amor a la vida, pero hay que mostrarlo, sin mucho esfuerzo, sin discursos, simplemente con hechos. “Por nuestros frutos nos conocerán.”

Por último, las exigencias de la historia algunas veces son arduas y difíciles. Hoy nos exhorta y convoca, por tanto, debe ser recreada e interrogada. Ser fieles justo en este tiempo en que nos inquiere, nos interpela. Nos encontramos en un escenario y momento, donde podemos comenzar a hablar y llevar a la acción la construcción del proceso de un hombre nuevo, de una mujer nueva, al que se refería Jesús y Marx, por el cual ambos, en momentos y circunstancias diferentes de la historia, construyeron con sus vidas, en aras de la libertad, del amor, para vivir profundamente en paz y alegría, un nuevo paradigma posible de alcanzar. Paradigma que aún no hemos logrado colectivamente, como sociedad, como pueblo; por lo tanto, es indispensable seguir avanzando con todas y todos en la búsqueda de definiciones esenciales para abrir nuevos escenarios distintos a la violencia crónica que hasta ahora, lo que ha enseñado, es que no debemos seguir mediante el uso de la fuerza de las armas y del discurso déspota, construyendo vida y sociedad para los nuevos hombres y nuevas mujeres. La historia nos interroga e interpela, y ha llegado el momento de encontrarnos frente a frente con una exigencia ética, moral y política para que volvamos a soñar en ese horizonte anhelante, que nos lanza señales de ánimo y de mucho valor, porque la causa es grande, dispendiosa y amerita ánimo y mucho valor.

Señor Jiménez, he aquí pues mis emociones y sentimientos más puros como ser que viene viviendo un proceso de espiritualidad comprometida con la existencia libre, alegre, amorosa y noviolenta activa de los hombres y mujeres en esta parte del mundo. Un ser comprometido con un proceso de espiritualidad que no está subordinada al hecho religioso. Un proceso de espiritualidad inmersa en los sucesos de la vida y de la historia, coherente con el orden y la justicia como relación social vigente, en el trato mutuo entre las personas y la institucionalidad.

Edición N° 00296 – Semana del 23 al 29 de Marzo de 2012

1  López, Mario. 2009. Política sin violencia: la noviolencia como humanización de la política. Bogotá D.C.

 
 
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