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Balance de una cumbre cantada

  Rubén Sánchez David
  Docente de la Universidad del Rosario
   
 

La VI Cumbre de las Américas, celebrada en Cartagena de Indias, quiso ser la “cumbre del diálogo” y para ello se revistió de una triple encarnación: una treintena de jefes de Estado congregados para diseñar una estrategia común orientada a la solución de los problemas más acuciantes del hemisferio, un foro social y el mayor cónclave de empresarios de la historia latinoamericana.

Considerada un éxito por algunos de los asistentes que pensaron que América Latina había llevado la batuta en las discusiones que tuvieron lugar con una libertad inusitada y un fracaso por otros por falta de consenso en torno al tema de Cuba y de las islas Malvinas, lo cierto es que nadie ignoraba que el grueso de las pretensiones de la mayoría de países latinoamericanos eran inaceptables para Washington. El presidente Obama, no podía dar su asentimiento a la asistencia de Cuba a las próximas cumbres, a menos que los dirigentes de la isla aceptaran el requisito de cumplir la Carta Democrática de la OEA, ni avenirse a discutir seriamente la despenalización de las drogas, menos ante las elecciones presidenciales de noviembre, como tampoco a una toma de posición favorable a la reivindicación argentina sobre las Islas Malvinas. Así mismo, si bien hubo un acuerdo unánime por parte de los países latinoamericanos sobre  la necesidad que Cuba pueda asistir como miembro de pleno derecho a la próxima cumbre, en lo que respecta a la lucha contra las drogas la posición fue menos clara y la convergencia de opiniones más difusa. El tema de la despenalización de la droga fue uno de los temas candentes de la cumbre, pero el acuerdo al que se llegó giró en torno a la importancia de la lucha policial contra el narcotráfico, ligada a la inseguridad ciudadana, considerado el verdadero flagelo de América Latina.

Además, de los grandes temas que impidieron la firma de una declaración final hubo desacuerdos menores alrededor del contencioso entre Bolivia y Chile sobre la histórica reivindicación por una salida del país andino al Pacífico, o los desencuentros entre Canadá y Perú por el daño al medio ambiente de las empresas mineras canadienses, pero, también se avanzó en el reconocimiento de que, como lo subrayó el presidente Santos, existe un “gran potencial para desarrollar proyectos ambiciosos”. En este orden de ideas, se acordó unánimemente dar a la OEA dos mandatos referidos a los temas en desacuerdo. El primero, relativo a las Malvinas para que se busque una solución pacífica en el marco de los acuerdos que sobre el tema se tomaron hace años y el segundo sobre las drogas, de modo que la OEA pueda iniciar un estudio sistemático de las vías posibles para enfrentar el problema.

La atención se ha centrado en los aspectos negativos de la cumbre y poco se ha hablado de los cinco acuerdos rubricados por todos los países.

En primer lugar, se acordó trabajar en una agenda que desarrolle políticas sociales y de empleo digno para erradicar la pobreza, las desigualdades y la inequidad social. En segundo lugar, fortalecer la cooperación y la coordinación de fuerzas policiales para enfrentar la lucha contra el crimen organizado de cualquier tipo. En tercer lugar, priorizar la construcción de redes eléctricas, las redes ferroviarias y las redes de carreteras en pro de la integración física de la región. En cuarto lugar,  difundir el uso de las TIC’s sobre todo en las áreas de la salud y la educación, dos campos en los que América Latina no es competitiva y, por último, desarrollar políticas y programas trasnacionales que limiten el impacto ambiental, social y económico de los desastres naturales a la vez que desarrollar estrategias comunes para la gestión de riesgos y la prevención de desastres naturales.

Para el presidente Santos: “La cumbre fue un éxito porque no se trataba de arreglar todos nuestros problemas, pero sí de ser capaces de exponerlos y hablarlos sin tapujos ni cortapisas y por primera vez en la historia de las cumbres ha sido así”. Según él, el gran acuerdo de la cumbre fue aceptar que “la prosperidad económica es la verdadera prosperidad social”, tema que, de alguna manera, asoció a la entrada en vigor el próximo 15 de mayo del Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos, pronosticando que “si Estados Unidos se da cuenta que sus intereses estratégicos de largo plazo no están en Afganistán o Pakistán, sino en América Latina, tendremos grandes resultados”.

El punto de vista del Presidente colombiano, coincidió de alguna manera con el del presidente Obama quien afirmó: “Tenemos que aceptar que estamos en un mundo nuevo y que tenemos que relacionarnos de otra manera” dando un impulso al comercio y al libre mercado desde una posición de igualdad. “Para las Américas, este es un momento muy prometedor”, manifestó Obama en una reunión con empresarios de la región. “Se calcula que el comercio a través del hemisferio es sólo la mitad de los que podría ser. Tenemos que hacerlo mejor”.

Para algunos analistas, el renovado interés de los Estados Unidos por América Latina después de años de olvido obedece a las enormes oportunidades económicas que ofrece la región en la actual coyuntura y a la necesidad de contener la penetración de China mediante la revitalización de mercados para los productos norteamericanos, de modo que pueda fortalecer su influencia política en lo que antiguamente se entendía como su patio trasero y que hoy aspira a ser autónomo. No se puede olvidar que las cumbres de las Américas fueron concebidas para tratar temas diplomáticos, pero también asuntos comerciales de importancia continental y que la primera de ellas se puso en pie para darle vía libre al ALCA.

Edición N° 00299 – Semana del 20 al 26 de Abril de 2012
 
 
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