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Sin mediar palabra

  Álvaro González-Uribe
  Abogado, columnista y escritor. Investigador, Universidad del Magdalena, Santa Marta. http://eltallerdeaureliano.blogspot.com
   
 

“El individuo se encontraba departiendo con sus amigos cuando llegaron dos sujetos en una moto de alto cilindraje y sin mediar palabra le propinaron cinco disparos. La víctima fue llevada al centro hospitalario adonde llegó sin signos vitales. Los motorizados huyeron del lugar pero las autoridades tienen serios indicios de su identidad que no fueron revelados para no entorpecer la investigación”.

El anterior párrafo no es una cita textual de la crónica roja de algún periódico, pero podría serlo y quizás ya lo ha sido, razón por la cual está entre comillas. Lo escribí yo con elementos que recuerdo estar leyendo desde hace cerca de 40 años en Colombia. Siempre las mismas frases y términos, precisamente porque los hechos han sido los mismos durante todo ese tiempo.

Es la otra guerra de Colombia, la guerra a gotas, la guerra “sin mediar palabra”, la guerra de las esquinas, de los semáforos, de las entradas a las casas, de los establecimientos públicos de barrio.

No sé si alguien lleve estadísticas sobre las personas asesinadas de esta manera, pero creo que las cifras darían para definir una guerra. Y sigue pasando. De hecho cuatro noticias que leí hace tres días motivaron esta columna, y estoy seguro de que en varios periódicos de Colombia hoy mismo hay notas iguales referidas a distintos “occisos” y “sujetos”. Los “occisos” son siempre personas del común porque la gente importante no es tildada de tal.

Algunos periódicos muestran a las victimas desfiguradas en el suelo sobre un charco de sangre, otros más discretos ponen una foto del lugar o de las ventanillas rotas del vehículo donde viajaba el occiso. Amarillistas o del color que sean muestran el caso, y los lectores pasamos la noticia rápido para ir al TLC, al futbol, o al último twitter de cualquier señor famoso.

Cada esquina de todas las ciudades grandes, medianas y pequeñas de Colombia debería tener una cruz, como se acostumbraba poner en las carreteras cuando alguien moría en un accidente de tránsito. Colombia es un reguero de sangre lavada.

Duelen las masacres, taquilleras (obvio), que son varios asesinatos en un sitio al mismo tiempo, ¿y cuando son decenas de personas asesinadas en diferentes lugares casi al mismo tiempo cómo se llama? Duelen todas, pero duelen más la costumbre, la ausencia de asombro y el silencio. Duele la falta de respuestas y de Estado, duele la falta de dolor.

No alcanzan consuelos, ni esperanzas, ni promesas, ni clamores, ni rabia, ni venganzas, ni siquiera alcanzan las oraciones ni los dioses. Silencio. Quizás una viuda, una madre o unos niños en una funeraria lloran, y ya. A seguir la vida para que pueda madrugar la muerte.

¿Las causas? Ya ni importan, solo se lee “la víctima presentaba antecedentes penales o no”. Vamos a recoger al muerto siguiente.

Y otro lugar común son los presuntos asesinos, el presunto motivo, el presunto asesinato, el presunto cómplice, la presunta “arma homicida”… Yo creo que Colombia ya es presunta…

Seres casi anónimos que caen diariamente en nuestras calles. Muertes desapercibidas o si mucho arrinconadas en una pequeña nota de prensa, o bueno, sí: en la primera página colorida de un tabloide sensacionalista que desde una percha en la acera vocifera sangre a diestra y siniestra.

Quizás, quién lo creyera, el hecho que aún se vendan como empanadas esos tradicionales tabloides con fotos de cadáveres en primera página es una buena seña: no hemos perdido la capacidad de asombro ante la muerte rapaz.

La Colombia ultimada, la Colombia baleada, la Colombia propinada, la Colombia a quemarropa, la Colombia muda sin mediar palabra, la Colombia sorda entre el silencio de los disparos callejeros y de los gritos anónimos de dolor.

Edición N° 00301 – Semana del 4 al 10 de Mayo de 2012
 
 
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