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La guerra en la vorágine de los significantes

  José Darío Castrillón Orozco
  Psicólogo
   
 

La opinión nacional se conmueve con el caso del periodista francés Romèo Langlois, quien para el Gobierno está secuestrado y para las FARC se trata de “una captura en combate” y de un prisionero de guerra; para el ministro francés de Asuntos Extranjeros Alain Juppé, es un rehén. Aunque, corrige el embajador de Francia en Colombia Pierre-Jean Vandoorne: “Langlois no es un secuestrado sino un preso provisional”. En Macondo es habitual este desmadre de significantes y contagia a los foráneos.

Las circunstancias propician el hecho: Langlois, un civil, andaba con una patrulla del Ejército y vestía prendas de uso militar en el momento de su captura y por su parte los guerrilleros atacaron vestidos de civil, según denuncian fuentes oficiales. Aunque todas las versiones deben estar en entredicho: sobre lo que pasa en Colombia, la verdad es que nada es verdad.

Todo dentro del contexto de una guerra que no es guerra. Según quien hable puede ser conflicto, amenaza terrorista, conmoción interior, o guerra irregular. Para no tomar en consideración los informes que presentan los gobiernos colombianos donde queda la conclusión que no pasa nada, es asunto de mala prensa. Esto lo noveló Gabriel García Márquez cuando en Cien años de soledad, tras la masacre de 3.000 trabajadores en las bananeras, el jefe militar exclama: “Acá no pasa nada. Macondo es un pueblo feliz”.

Curiosamente quienes más se empeñan en negar la guerra son los que con tozudez se oponen a la paz. Cualquier iniciativa de salidas no cruentas tiene la batalla feroz de los negacionistas, quienes llegan a combinar todas las formas de lucha en el empeño de mantener una guerra que para ellos no existe. Con tanto ahínco promueven matar gente que cualquiera puede pensar que cobran comisión por cada muerto.

Sorprendentemente estos azuzadores de la matazón no van a la guerra, mandan a otros a pelear por ellos. Tampoco envían sus hijos a pagar el servicio militar, sino que sobornan a oficiales para que los exoneren de ir a la guerra, que no es guerra, pero de la que quieren preservar a su prole. De este modo sus vástagos sólo participan del conflicto cuando salen a marchar con la consigna “los buenos somos más”, mientras insultan y les gritan ¡terroristas! a quienes piden paz.

Llamativo que en un país que está en guerra desde cuando era chiquito, la paz tenga tan mala imagen. Es de reconocer que en este Macondo la paz no sea un objetivo en sí. Porque, partiendo del aforismo de Carl Von Clausewitz: “La guerra no es más que la continuación de la política por otros medios”, se podría esperar que la búsqueda de la paz pretenda continuar la guerra en forma civilista. Sin embargo, la experiencia colombiana al respecto enseña que las negociaciones entre los actores armados, estos tratan de emplear la paz para escalar la guerra. Pretenden la política para continuar la misma guerra con peores procedimientos.

Por ello, los periodos más brutales de la historia nacional cuando es más azaroso vivir, son los que se dan antes, durante y después de diálogos de paz. Antes y durante por el intento de la partes de mejorar la posición negociadora; después por el afán de los guerreros de mostrar quien quedó más fortalecido. Todos quedan fortalecidos: en la confrontación colombiana la mayor parte de los caídos no están entre los guerreros, son de la población civil. Es una guerra que beneficia a algunos, la promueven otros, la pelean unos diferentes, caen quienes nada tienen que ver y la pagamos todos, menos los primeros.

En Colombia la paz es algo muy peligroso. De negociaciones de paz resultan exterminados quienes firman los acuerdos. Se cumplieron 22 años del asesinato de Carlos Pizarro. También salen más tropas para escalar la confrontación y luego de los últimos diálogos de paz se involucró a una potencia extranjera en el conflicto interno; con el pretexto de un acuerdo con los paramilitares se les entregó a estos el monopolio de los negocios ilegales en el país. En fin, en ese proceso se desmovilizaron a los que no eran y los que sí eran volvieron a ser lo que eran, pero con otro nombre.

Porque, los paramilitares, cuya existencia fue negada durante varias décadas, fueron declarados extintos mediante alquimia de estadísticas. A partir de entonces son bandas criminales, paras de nueva generación, mafias, combos, post paramilitares, autodefensas, neoparamilitares, y el repertorio sigue. Ellos también. Como las brujas, el Gobierno no cree en ellos, pero que los hay, hay miles.

Y, aunque se diga que no pasa nada, los efectos se sufren: los organismos de seguridad generan inseguridad, a los defensores de Derechos Humanos les violan sus derechos, el imperio de la ley lo defiende la ilegalidad, los inmorales dictan la moral, se reforma a la justicia para asegurar ciertas impunidades, el honor militar lo invocan cobardes con miedo de responder a la justicia… Todo es y no es, en el mismo lugar, al mismo tiempo y en la misma circunstancia. Parafraseando a Gonzaloarango, en Colombia se puede seguir siendo dejando de serlo. Hay tanta confusión en nombrar el horror que se padece porque esto no tiene nombre. Acaso sea necesario señalar los fenómenos con el dedo. Por eso, en medio de tanta angustia inefable sólo queda hacer de semejante situación un chiste para después, revolcados en la mayor crisis humanitaria del mundo occidental, declararnos el pueblo más feliz: Macondo es un pueblo feliz.

Ahora se vuelve a hablar de posibilidades de paz. Ojalá que esta apertura a la solución no violenta dejara espacio para representar esta realidad ominosa, los colombianos necesitan entender qué está pasando para resolverlo. Ya se estableció desde el psicoanálisis: aquello que se excluye de lo simbólico, de la capacidad de representación, regresa por lo real, por la muerte.

Cabe esperar que el periodista Langlois no sea nada de lo que dicen que es, para que se le permita seguir siendo lo que era. Para que regrese por los caminos de la vida.

Edición N° 00302 – Semana del 11 al 17 de Mayo de 2012
 
 
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