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Entre la indignación y la esperanza

  Olga Amparo Sánchez Gómez
  Casa de la Mujer
   
 

“A las mujeres nos violan, nos asaltan y nos golpean, nos ultrajan, nos humillan, nos deshumanizan, nos manosean, nos prostituyen, nos martirizan; y sobre el hecho, los varones afirman y aseguran en su ciencia, su literatura, en su práctica cotidiana, en sus chistes y en sus relaciones sociales, que a las mujeres nos encanta”  Martha Cecilia Vélez S.

¿Cómo expresar en palabras la indignación y la rabia sin caer en posiciones fundamentalistas que nieguen la condición humana de los victimarios? ¿Cómo continuar creyendo que es posible un mundo a la medida de las mujeres, cuando hechos como el cruel asesinato de Rosa Elvira Cely nos llenan de rabia, dolor e impotencia? No es tarea fácil, uno de los caminos para no claudicar y no negar nuestra condición humana es continuar refugiándonos en el feminismo como teoría y como práctica de vida.

Tantas “rosas elviras” habitaron este territorio y, sus vidas y sueños fueron truncados por el odio del patriarcado hacia las mujeres; a ellas no se les permitió elegir, sus cuerpos fueron habitados en contra de su voluntad, fueron humillados, mutilados, violados y sus vidas fueron cercenadas. Pero quizás la gran derrota de los victimarios patriarcales, es que no han logrado arrebatarnos la capacidad de resistir y subvertir, no han amilanado nuestra condición humana. Y… ¡Cuantas “rosas elviras” son sobrevivientes de las crueles violencias que se ejercen contra sus cuerpos! ¡Cuantas vidas mutiladas por el solo hecho de haber nacido con un cuerpo de mujer y haberse atrevido a desafiar el orden patriarcal! ¡Tantas lágrimas derramadas en la oscuridad de una alcoba o en el rincón de una cocina! ¡Cuantos gritos y aullidos de auxilio que no encontraron eco! ¡Tanto dolor sobre la tierra de miles y miles de mujeres que exigen el derecho a vivir libres de violencias. ¡Cuantas vidas inmoladas en nombre del amor! ¡Tantas mujeres que siguen creyendo que se merecían la violencia porque infringieron las normas del patriarcado! ¡Tantos varones que continúan creyendo que las mujeres somos de su propiedad y que nuestro cuerpo es un objeto que se toma y se deja!

Cuanta indolencia del Estado colombiano que continúa considerando que los delitos contra las mujeres son de segunda categoría; tanta insensibilidad de funcionarios y funcionarias que aún creen que las mujeres somos las responsables de la violación a nuestros derechos humanos. Cuanta desidia del sistema de justicia que no cumple con sus obligaciones constitucionales e internacionales y con la debida diligencia o sea  prevenir, proteger, investigar y sancionar con oportunidad y eficacia los delitos cometidos en contra de las mujeres. Tanta falta de sensibilidad y responsabilidad del sistema de salud que considera que la salud es bien transable y no un derecho. Seguramente Rosa Elvira no hubiera sobrevivido debido a la crueldad con la cual fue violada y fue maltratado su cuerpo. Pero el sistema de salud fue negligente e inhumano y le negó la posibilidad del transito final sin dolor y el haber estado acogida por los seres que la aman. Su gran “pecado” fue no ser una mujer con recursos para ser remitida al hospital más cercano. Tanta pero tanta irresponsabilidad del Estado con el dolor y la tragedia que a diario vivimos las mujeres a lo largo y ancho de este país. ¿Y hasta cuando los medios de comunicación continuarán recreado, reforzando simbólicos y valores culturales que colocan a las mujeres como objetos consumibles y desechables?

Seguiremos señalando en tono desafiante y decidido el desprecio del patriarcado por las mujeres, no dejaremos de darle nombre a nuestra opresión y subordinación. No son ya “murmullos entre dos en los lugares apartados de las cocinas, ni en los momentos entre una compra y otra en las plazas de mercado, ni ante las azarosas aguas de los ríos, que, espejos ellas, nos han invitado una y otra vez a la reflexión, a hablar entre nosotras de la vida, de nuestros rostros tristes, sometidos, silenciosos que vemos en sus aguas” (Vélez S; Martha Cecilia). Afirmamos ya no a una sola voz sino a múltiples voces que están surgiendo nuevas formas de violencia en contra de las mujeres y no porque las formas tradicionales como la violencia física, la psicológica, el abuso sexual, la violación o el asesinato de mujeres por los varones que dicen amarlas hayan dejado de ser una realidad en la vida de las mujeres.

La familia patriarcal en la cual el varón era el jefe y la máxima autoridad está en crisis porque las mujeres hemos luchado, en todas las partes del mundo, para ser sujetos de derechos y para obtener el estatuto de ciudadanas emancipadas, y esto, ha alterado las relaciones de opresión y subordinación en las cuales se cimentaba ese modelo de familia. Las mujeres tenemos mayor control sobre la sexualidad, la reproducción, disputamos poder en lo público y lo privado y ganamos aún en contra del patriarcado autonomía en nuestras vidas. Los agresores se resisten a dejar de tener poder individual y colectivo sobre las mujeres y de ello emergen nuevas formas de violencia como el asesinato de mujeres por el solo hecho de serlo sin que el victimario tenga alguna relación con ella y las redes globales de trata de mujeres. Formas, que buscan mostrar a las mujeres que deben volver a la familia, no porque este espacio sea el más seguro para ellas, sino porque se considera que desde allí es más fácil controlarlas y disciplinarlas. Pero este regreso es inviable  debido a los cambios sociales, económicos y culturales que están sucediendo desde hace más de tres décadas.

Las violencias en nuestra contra no debilitarán nuestra voluntad, continuaremos transitando en el re-encuentro con otras mujeres para darnos crédito con la esperanza de que otras mujeres sientan ese crédito como una deuda, como un vínculo por el dolor vivido, por las mordazas que nos inmovilizaban, por las rebeldías compartidas. Continuaremos construyendo la relación crédito- deuda como expresión de intereses y carencias recíprocas; relaciones en las cuales no exista la necesidad de representaciones sino de representarse cada mujer a sí misma, para no ser delegada sino protagonista, con la esperanza y la pretensión de que las diferencias no sean motivo de exclusiones y separaciones sino que se convirtieran en estilos de vida.

No todo está perdido, haber vivido lo peor nos da la esperanza de espera lo mejor. Rosa Elvira, como otras mujeres, deja a las mujeres, la sociedad, una gran lección: la resistencia. Pero a nosotras aún nos queda tiempo para continuar resistiendo, subvirtiendo y exigiendo justicia. Su capacidad, nuestra capacidad de sobreponernos a la adversidad y de continuar soñando, creando, esperando y construyendo son nuestro aliento y nuestra esperanza. La rabia y la indignación son el motor que da vida a nuestras vindicaciones.

Hoy levantamos nuestras voces airadas para exigir al Estado colombiano el cumplimiento de sus responsabilidades constitucionales e internacionales, no basta con declaraciones y comunicados; es necesario tener programas efectivos que prevengan la violencia en contra de las mujeres, acciones que protejan su vida y la integridad física, sexual y afectiva; investigaciones prontas y efectivas que protejan los derechos de las mujeres y sanciones que contribuyan a disuadir a los victimarios y a construir simbólicos y prácticas que desnaturalicen la violencia en contra de las mujeres.

Hemos transitado por un largo camino pero no se ha puesto fin al sistema social-patriarcal, queda un largo trecho por recorrer, persisten las ganas, los deseos y las rebeldías para lograr un mundo a nuestra medida. Por supuesto, ésta no es una tarea que compete sólo a las mujeres o a sus organizaciones; es necesario que la sociedad colombiana la asuma como su problema… porque de la manera en que lo resolvamos o lo ignoremos, dependerá la estructura y la forma que tenga la sociedad del futuro.

Edición N° 00306 – Semana del 8 al 14 de Junio de 2012
 
 
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