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Paz, mediante la victoria o mediante la justicia

  Alberto Anaya Arrieta
  Economista y Teólogo
   
 

Como lo he expresado y escrito en distintos escenarios, según lo relatan pensadores, historiadores e investigadores, la historia de la humanidad, su evolución hasta nuestros días, está ligada a acontecimientos que giran en torno a la caza y a la recolección, la agricultura y la cría de animales, la artesanía y las primeras relaciones comerciales. La concurrencia de costumbres y estilos de vida permitió generar espacios y mecanismos de convivencia (no de coexistencia). El trabajo y el compartir comunitario, hacía parte de las primeras expresiones de las personas en comunidad. Las relaciones que se generaban en torno a la caza, a la recolección de los frutos de la tierra, a la siembra y domesticación de animales; el ofrecer los productos, el intercambio de pareceres en las actividades laborales, económicas y sociales, siempre creaban opiniones diferentes (recordemos que cada criatura humana es una unidad distinta), y esto a su vez formaba un conflicto, un problema, una crisis. Fueron más los momentos de diálogos, que la violencia directa, para dirimir las dificultades que se presentaban en la confluencia de pensamientos y culturas.

Las características de trabajo comunitario y de convivencia en medio de las diferencias, en la evolución humana, han marcado fuertemente la historia de la sociedad, sus tradiciones y costumbres. Han sido un bien, que hemos, lentamente, olvidado y le hemos cedido el lugar, al egoísmo (individualismo) y a la avaricia. Sí, el trabajo social y comunitario, lo que esto genera y produce, ha puesto a funcionar procesos que han enaltecido al ser humano; dio lugar a convivencias en comunidades y a construir pueblos, naciones y estados. Ha sido, indudablemente, factor generador de procesos de desarrollo y de progreso; pero también, de horrores construidos por la barbarie de unos cuantos, que han evolucionado (o involucionado) con emociones y sentimientos egoístas, con ansias de poder ilimitados. El instrumento de la guerra (la violencia directa y armada) para dirimir los conflictos, para imponer un nuevo orden político, económico y social, o unas nuevas costumbres teológicas, surge, no en los estadios primarios de la humanidad, sino mucho tiempo después. Aunque los momentos y espacios de armonía y convivencia no violenta, han sido interrumpidos por las distintas acciones bélicas de conquistas, que los historiadores nos han referenciado en sus investigaciones, su enraizamiento sigue allí, firme y duradero en las estructuras sociales, como sentimientos y emociones posibles. Esa misma historia nos ha enseñado, que “la victoria no instaura la paz, sino que establece una tregua. Después, la violencia regresa una vez más, y siempre peor que antes” [Borg y Crossan 2009:164].

No obstante, como decía antes, el amor y la paz, ha estado siempre ahí, porque es inherente al hombre y a la mujer, es un bien humano. Pero, la acción y evolución de la fuerza de las armas, de los odios, del horror y la crueldad de quienes las han utilizado o fomentado su uso, han querido sepultarlos, extinguirlos. Pero no han podido. Por ello, seguimos siendo seres con una voluntad inquebrantable de paz, de amor y de convivencia solidaria, de no violencia, le seguimos apostando a esos componentes de unidad, para avanzar en el progreso y desarrollo individual y social. Es la única fuerza, poder y energía que puede transformar el actual estado de cosas. Atributos que viven en nosotros, que hacen parte de nuestra vida, que no tenemos que buscarlos en otros lugares. Nadie se puede autodenominar como poseedor de la fórmula del amor y de la paz, en tanto somos nosotros los depositarios de esos atributos o características. Esa es una de las enseñanzas fundamentales de un hombre importante en la historia de la humanidad, me refiero a Jesús. Cosa muy distinta, interpretan y enseñan muchos líderes de instituciones y comunidades eclesiales que se proclaman cristianas, acerca de su obra y vida.

Si nuestra naturaleza humana fuese violenta (la dinámica de los conflictos armados nacionales e internacionales, durante el desarrollo de la humanidad, ha llevado a pensar a muchos estudiosos e investigadores de las ciencias sociales y humanas, que la cultura de la violencia es inherente al ser humano. Me resisto a semejante afirmación absurda), no estarían los mercaderes de la guerra y de la muerte, desgañitándose con sus gritos y convenciendo a nuestros semejantes para que se vinculen en los procesos que llevan consigo el sufrimiento y el dolor, el aniquilamiento físico y moral, que produce la confrontación violenta y bélica; no estarían los ideólogos y agitadores del autoritarismo (los mesías y supuestos salvadores), proclamando nuevamente los anhelos de conquistar el poder y enrumbar el país con todos sus habitantes, a una confrontación armada. ¿Cuánto costaría la prolongación del conflicto armado en Colombia? En vidas humanas, en las relaciones sociales, en la ecología, en las estructuras institucionales, en la infraestructura del país. En la conciencia, es decir, en las emociones y sentimientos de las personas, afectos, pensamientos, actitudes, deseos, horizontes y metas como conductas y valores rectores.

Recuerdo en estos momentos, al gran teólogo jesuita, Bernard Lonergan [1988:103-124], que escribía afirmando, que somos ante todo, seres trascendentes (léase espirituales) en busca de sentido, que cuestionamos sin restricciones, que no estamos confinados a un hábitat, sino que vivimos en un universo y perseguimos nuestro propio horizonte. Que en el encuentro e intercambio de las subjetividades, exaltamos distintas manifestaciones de unidad, de símbolos, de lenguajes y de hechos de vida. Estas circunstancias reafirman que somos únicos en medio de la diversidad.

¿Cuánto le cuesta al Estado colombiano el conflicto armado interno, es decir, el enfrentamiento bélico, los procesos judiciales, la depredación ecológica en las zonas donde se desarrollan los enfrentamientos, la corrupción administrativa? Si el Estado invirtiera en la población, todos los recursos que hoy se designan al conflicto armado interno, seguramente los colombianos gozaríamos de mejores obras de infraestructura social y no se generarían protestas en varias partes del país por mejoras en los servicios públicos domiciliarios (como agua potable); y en cuanto a la educación, no estaríamos los estudiantes y padres de familias exigiendo garantías y calidad; respecto al área de la salud, tampoco habría protestas, por parte de los trabajadores del Distrito Capital, por las deudas que tienen las EPS del régimen subsidiado, las cuales ascienden a más de 260 mil millones de pesos. Porque no solamente es hablar de los costos que se destinan en la Fuerza Pública para el conflicto armado interno, sino también del gasto que se realiza, en la misma dirección, en los entes de justicia y control, como la Fiscalía General de la Nación, la Procuraduría General de la Nación y la Contraloría General de la República. Para rematar, cuánto costará la reparación económica y la restitución de tierras a las víctimas del desplazamiento forzado y otros delitos por razones de la violencia paramilitar.

Los colombianos de bien, es decir, los que nos amamos y amamos a nuestros semejantes, los que añoramos una Colombia próspera y en paz, en convivencia solidaria; los que anhelamos fuentes de producción que garanticen el desarrollo y el empleo, los que deseamos una justicia actuando en derecho y en libertad, anhelamos una patria donde la seguridad y la convivencia practicada y salvaguardada por un Estado Social de Derecho, verdaderamente democrático, sea una cultura inherente en la institucionalidad y prolongada a la sociedad en general.

Una paz lograda a través de la victoria ¿qué ha implicado en Colombia?

La combinación de todas las formas de luchas, que históricamente en Colombia era reivindicada por la insurgencia y algunas organizaciones de izquierda, fue aprehendida por los líderes del proyecto refundación del Estado. Consigna como “la combinación de todas las formas de lucha” que era tradición escucharla en algunos círculos revolucionarios, fue (¿fue?) una dinámica imperativa en la ideología que permeó el accionar de los grupos de autodefensas, solo por mencionar algunas características de la historia reciente de violencia paramilitar, es decir, desde los años ochenta del siglo pasado.

Repasando brevemente el daño ocasionado, desde que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, junto con la fuerza pública, algunos gremios económicos, líderes regionales y nacionales de los partidos políticos tradicionales, y ciertos sectores de la izquierda, se prestaran o vincularan a las estructuras mafiosas del narcotráfico y de las ideologías autoritarias, fortaleciendo el proyecto paramilitar de refundación del Estado (información que sólo unos cuantos años después de las desmovilizaciones colectivas de las autodefensas, se comienza a conocer, como resultado de las distintas investigaciones, con base en las versiones de los postulados, adelantadas por fiscales de la Unidad de Justicia y Paz, de la Fiscalía General de la Nación, así como las declaraciones rendidas por los implicados en los distintos medios), encontramos que el accionar de estas estructuras delictivas, ahondó en la fragilidad de la democracia colombiana, provocando inestabilidad política, económica y social, consecuencias que, gradualmente conocidas, son elementos que se han venido incorporando en el proceso de construcción de la memoria histórica de violencia política (estructural).

Por otro lado, es decir, respecto a los grupos insurgentes revolucionarios, ¿qué implicaciones tiene una paz lograda a través de la victoria? Bueno, la exaltación de la guerra como forma para alcanzar el poder, ingenuamente sigue siendo, la doctrina rectora de las FARC y del ELN. Nunca tuvieron legitimidad en las mayorías del pueblo colombiano, de lo contrario, otra cosa muy diferente hubiera sucedido. Es improbable que los jefes rebeldes (los acontecimientos y el replanteamiento de sus tácticas así lo demuestran), tomen conciencia de la imposibilidad de este hecho. Pero, ¿por qué persisten en la lucha armada? Siguen con la retórica, de la guerra de guerrillas o de movimientos (dieron el salto a la guerra de posesión -e iniciaron la conformación de un ejército- y con esto creyeron que las puertas del poder, estaban a la vuelta de la esquina). Nuevamente han tenido que regresar a la ofensiva en unidades pequeñas y móviles y seguirán retrocediendo cada vez más, porque la solución bélica a la crisis que vive Colombia ha tenido un rotundo fracaso. No porque la solución militarista del anterior régimen tuviera éxito, porque el fin del fin, nunca se vio y nunca se verá por esa vía; aunque redujo el movimiento de la insurgencia, no las acabó. Vienen retrocediendo (aunque algunos afirman que se están reacomodando), porque muchos colombianos no creemos en la violencia, como forma para solucionar los conflictos. Y, por qué creerles ahora, cuando nunca han tenido incidencia en las decisiones de los movimientos y expresiones de la civilidad. Su base social se reduce a la presión armada que ejerce en sus zonas de influencia o, como en sus primeros tiempos, en un accionar foquista o partisano en territorios eminentemente campesinos.

La violencia armada no es la salida a la crisis que vivimos los colombianos. La consigna “búsqueda de la paz con justicia social” mediante las armas, es legitimar procesos que tienen al país, con una alta tasa de víctimas de desplazamiento forzado, homicidios, hurto de tierras y bienes en las zonas de guerra, violaciones de los derechos humanos, desaparecidos, huérfanos y viudas por razones del conflicto armado interno.

Una paz lograda a través de la justicia ¿qué implicaciones tendría?

La democracia colombiana, el orden social y político vigente, aun se encuentran en construcción, somos débiles institucionalmente, no tenemos presencia institucional y democrática en el ciento por ciento del país. Todavía siguen imponiendo un orden (Gobierno) las agrupaciones delictivas del nuevo paramilitarismo (las que eufemísticamente se les ha llamado desde el régimen anterior Bacrim) y las organizaciones guerrilleras, tanto en el campo como en la ciudad. Cualquier irregularidad que se presente en el escenario político, la dualidad de los discursos, las contradicciones de las propuestas, tendrán su efecto en esta frágil democracia, como lo advierten algunos analistas y politólogos, llevará al traste las buenas intenciones de aquellos que vienen construyendo una nueva mirada para atender y desmontar de una buena vez, el conflicto armado.

No obstante nuestra debilidad estructural, el logro de la paz mediante la justicia, es una apuesta que debemos mirar y evaluar. Se viene construyendo un escenario normativo y jurídico, promovido, concertado y consensuado desde distintas instancias del Estado, al que algunos líderes políticos, instituciones universitarias y generadores de opinión nacional e internacional, ven como una posibilidad real de comenzar a construir paz; de revitalizar el Estado configurando una nueva gobernanza, para hacer de Colombia, de sus instituciones y sociedad, un Estado fuerte y confiable.

O le apostamos a una salida violenta (aspecto que no es viable: el gobierno no ha podido derrotar militarmente a la subversión, ni la guerrilla está en capacidad del asalto al poder por la vía de las armas) o nos fortalecemos institucionalmente en unas medidas normativas de carácter político y constitucional, para enderezar a Colombia y elevarnos por encima de las vicisitudes que nos vienen golpeando. Esto es, un régimen donde las oportunidades de construir, desarrollar y fortalecer un proceso fuerte de democracia, con la participación de todos los sectores, incluyendo la insurgencia desmovilizada militarmente y sujeta a los mecanismos, políticos, económicos y judiciales, que surjan de los acuerdos y consensos. Una sociedad comprometida consigo misma, dará como resultado fuertes redes sociales que trabajarán sólo para su bienestar y desarrollo, mostrando compromiso y mayor sensibilidad a los problemas de toda la población.

Claro, todo este proceso se construye gradual y colectivamente, con una concepción incluyente y pluralista fuertemente permeada por una dinámica pedagógica que sensibilice el espíritu de todos los hombres y mujeres, que laboriosamente aportarán sus ideas y esfuerzos. Todos estos planteamientos pueden parecer utopías o pensados para construir sociedades angelicales, ¡pero no! Debemos desafiar nuestros sueños incrédulos y desesperanzadores, debemos retar las posibilidades de una Colombia distinta, y mirar un nuevo horizonte, de lo contrario, los jinetes de la construcción de odios, miedos y autoritarismo continuarán sembrando más dolor y barbarie en el propósito por ganar su guerra.

Tenemos dos modelos contradictorios de apostarle a la paz en Colombia. Con el primero está demostrado su fracaso, el otro, aun no lo hemos comenzado a construir, no será suficiente, pero será un paso en la dirección contraria a los vientos de la intolerancia y exclusión social, política y económica. El segundo, necesitará de un liderazgo fuerte y comprometido con la nación, el cual no pueda ser sacudido u orillado fácilmente por las corrientes impetuosas del pensamiento extremista; deberá estar rodeado y blindado por la sociedad, expresando y actuando en correspondencia al destino que hemos fijado como un nuevo horizonte; y como lo propone el Consejo Gremial Nacional, “para alcanzar niveles de desarrollo y prosperidad humana sostenidos, es necesario lograr cambios profundos en valores y estructuras económicas, culturales, sociales y morales.” Y lo reafirman las teorías de la modernización, cuando advierten, que “este proceso demandará una restructuración social en todo nivel: desde el nivel más básico, como la familia, hasta las instituciones estatales más altas”. Entonces, para salir de la crisis en que estamos sumergidos, necesitamos del aporte de todos; es decir, deberá ser un proceso integral, donde participen todas las fuerzas vivas del país.

Este nuevo orden social y político de democracia, no será la panacea, pero será un peldaño en la construcción de una colectividad donde la justicia ceda el paso a una sociedad construida en amor. Pero este será tema a desarrollar en otro momento, porque significa hablar de unas relaciones sociales construidas en un amor verdadero, teniendo presente algunas enseñanzas de maestros actuales, con referencia a enseñanzas de otros grandes maestros antiguos: El amor no es una emoción. Es tu propia existencia.

Referencias bibliográficas

    Borg, Marcus J. y Crossan, John Dominic. La Primera Navidad: lo que los evangelios enseñan realmente acerca del nacimiento de Jesús. Navarra: Verbo Divino, 2009.
    Lonergan, Bernard Joseph Francis S.J. Método en Teología. Salamanca: Sígueme S.A., 1988.
    Consejo Gremial Nacional. Prosperidad: agenda empresarial 2010-2014. Bogotá: Consejo Gremial Nacional, 2010. www.andi.com.co/Archivos/file/Biblioteca/ (consultado el 12 de junio de 2012).
    Biblioteca Luis Ángel Arango. Teoría de la Modernización. http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/ayudadetareas (consultado el 12 de junio de 2012).
Edición N° 00307 – Semana del 15 al 21 de Junio de 2012
 
 
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