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RÍO + 20

  Amylkar D. Acosta M.
  Ex presidente del Congreso de la República
   
 

“Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida” Woody Allen

La próxima semana tendrá lugar en Río de Janeiro la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, más conocida como Cumbre de la Tierra Río + 20 debido a que se realiza 20 años después de la primera en 1992, la cual contó con la asistencia de 172 gobiernos incluidos 108 jefes de Estado y de Gobierno. En aquella ocasión se acordó una hoja de ruta encaminada fundamentalmente a lograr un desarrollo económico que involucrara además la erradicación de la pobreza y la inequidad y desde luego frenar la depredación del medio ambiente. Desde entonces la cuestión ambiental hace parte de la Agenda internacional.

Para poner en contexto y ponderar la importancia de este evento es conveniente hacer una referencia, así sea breve, a sus antecedentes más remotos. En diciembre de 1972 la comunidad internacional reunida en Estocolmo bajo los auspicios de las Naciones Unidas se ocupó y preocupó por el cambio climático, que ya para entonces era motivo de alarma. Allí se aprobó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Declaración de Principios y el Plan de Acción. Posteriormente, en 1988) se creó por parte de las Naciones Unidas el Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), al cual se le asignó como función primordial analizar de forma exhaustiva, objetiva, abierta y transparente la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender los elementos científicos del riesgo que entraña el cambio climático atribuibles a causas antropogénicas, así como su impacto.

A propósito del IPCC, en el año de 2007 se reunió el Panel de expertos que hacen parte del mismo integrado por 2.500 científicos oriundos de 130 países, arribando a la conclusión de que “el calentamiento se debe, con un 90% de certeza, a la actividad humana”. Es de anotar que en el 2001 el grado de certeza era del 61%; es decir que esta vez se tuvieron mayores y mejores elementos de juicio para atribuir a la actividad humana tan alta proporción entre las causas que provocan el calentamiento global. Y la explicación es muy sencilla: el continente libera espontáneamente 60 GT de C y captura 63 GT de C al año, por su parte el océano libera 90 GT de C y captura 90 GT de C al año, para una reducción neta de 4.7 GT de C anual. Entre tanto las emisiones de C atribuibles a la actividad humana eran del orden de los 8.7 GT al año; si a estas les restamos las 4.7 GT que se reduce naturalmente, nos encontramos con un saldo de 4 GT/año de concentración de C en la atmósfera. El Panel, además, pudo establecer una gran correlación entre el mayor grado de concentración de CO2 en la atmósfera y el aumento de la temperatura promedio.

Lo más preocupante es la tendencia de una concentración cada vez mayor, como lo demuestra el hecho mientras para el año 1997 registró 348 partes por millón, en 2000 alcanzó niveles de 370 partes por millón de CO2, ya en el 2005, cuando el ex vicepresidente de EEUU Al Gore publicó su magnífico libro Una verdad incómoda ya el registro era de 381. A pesar de estas evidencias no faltan los escépticos, que conjeturan que el fenómeno del calentamiento global es cíclico y se ha alternado históricamente con períodos prolongados de glaciación. Lo cierto es que desde el año 1980 hasta la fecha el aumento de la temperatura ha sido monótonamente creciente.


FUENTE: CORPOICA

Esta Cumbre está precedida de reiterados intentos, infructuosos todos ellos, de alcanzar consensos en torno al Post Kyoto, pues es bien sabido que este Protocolo aprobado en 1997 y que entró en vigencia sólo en 2005, cuando alcanzó la ratificación de 55 países, llega a su fin este año. Las reuniones de Bali, Indonesia, Cancún, México y Copenhagüe, Dinamarca, en donde tuvo lugar en 2009 la XV Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (UNFCCC), pusieron de manifiesto el poco interés y la poca voluntad política, especialmente por parte de los países desarrollados, de adquirir compromisos concretos y vinculantes de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Es de anotar que EEUU, que es responsable del 25% de la totalidad de las emisiones de GEI, se abstuvo de ratificar el Protocolo de Kyoto. Por lo demás, los países desarrollados que se comprometieron a reducir en un 5% sus emisiones con respecto a sus emisiones en 1990, a duras penas redujeron un 3%. Además, la Convención sobre el Cambio Climático, que fue uno de los acuerdos más importantes de la Cumbre de 1992, se volvió agua de borraja y terminó en un rotundo fracaso.

Con estos antecedentes y dada la coyuntura actual en que la Unión Europea esta sumida en una gran crisis, EEUU con su economía rengueando, sin que el desempleo ceda y en vísperas de elecciones presidenciales y sus prioridades son otras bien diferentes al ambiental, el pesimismo invade todos los pronósticos de lo que será esta Cumbre. Lo que no advierten sus gobernantes y menos sus electores es sobre la gran imbricación existente entre la economía y la energía, pues como lo sostiene el Consejero de asuntos energéticos del Presidente Obama Mike Froman, “seguridad energética, economía, ambiente, cambio climático y seguridad nacional están todos interconectados y tenemos que verlos en perspectiva horizontal”. Así de claro, de modo que si no se actúa rápido y de manera contundente para reducir las emisiones de GEI la economía global podría colapsar.

De allí la importancia de que Río + 20 sea la oportunidad de renovar y redoblar los compromisos en torno al PNUMA, hacer de este una agencia especializada que conduzca finalmente a la propuesta largamente acariciada de contar con una Organización Mundial para el Medio Ambiente (OMMA) que haga posible la gobernanza global del desarrollo sostenible. Es fundamental que de esta Cumbre salga también un espaldarazo a la UNFCCC, que hasta ahora ha sido tan tibio. Un aspecto absolutamente indispensable para poder avanzar en los consensos es que los países desarrollados entiendan la necesidad de establecer responsabilidades compartidas pero diferenciadas entre ellos y los países emergentes.

El fenómeno del calentamiento global, sus estragos y secuelas no dan más espera. Según Al Gore la población  se ha multiplicado por 4 en los últimos cien años y con ella lógicamente la presión en el uso de los recursos mineros y energéticos en todo el orbe, los cuales contribuyen a las 90 millones de toneladas diarias de GEI que se emiten a la atmósfera, las cuales a su vez causan el efecto invernadero redundando en el aumento de la temperatura. Y por cada grado que aumenta la temperatura se incrementa en un 7% los niveles de humedad, dando lugar a los fenómenos extremos de lluvias torrenciales y sequías severas, cada vez más calamitosas. De allí se sigue la elevación del nivel del mar por derretimiento de los casquetes polares, el deterioro de los suelos debido a la caída de los niveles freáticos, la erosión y el más bárbaro proceso de desertización. Ello da pie para que se extiendan las bacterias y virus propios de las zonas tropicales hasta otras enantes templadas. Todo por cuenta de un modelo económico y un modus vivendi que atenta contra el desarrollo sostenible, entendido como aquel que asegura la satisfacción de las necesidades presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.  Bien ha dicho el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que “si todos los habitantes del mundo tuvieran el mismo patrón de consumo de quienes viven en los países con Índice de Desarrollo Humano (IDH) muy alto, y el nivel tecnológico actual, necesitaríamos más de tres planetas Tierra para soportar la presión que se ejerce sobre el medio ambiente”1.

Un estudio  reciente realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la CEPAL y el Fondo Mundial para la Naturaleza2, destaca que, si bien es cierto que Latinoamérica contribuye “sólo” con el 11% de las emisiones de GEI, si no cambia sus prácticas actuales, la región pasará de generar 4.7 toneladas por habitante de GEI que emite actualmente a 9.3 toneladas, lo cual no deja ser preocupante. Tanto más en la medida que acusa una mayor vulnerabilidad, en la medida que depende en demasía de la extracción para la exportaciones de hidrocarburos y minerales, amén de su deleznable infraestructura y por la presencia de áreas bioclimáticas críticas como la cuenca amazónica, el bioma coralino del Caribe, los humedales costeros y frágiles ecosistemas montañosos. Según el mismo estudio “se ha aumentado en dos grados centígrados, lo que ha provocado desórdenes en varios niveles, como en la agricultura, la exposición a enfermedades tropicales y cambios en los patrones de las precipitaciones pluviales, entre otros. El informe hace referencia a un estudio reciente que estima que la región experimentará pérdidas de entre 30.000 millones y 52.000 millones de dólares en sus exportaciones agrícolas en 2050”3. Esto es una verdadera tragedia, que agobia sobre todo a la población más vulnerable.

Colombia, particularmente, se ha visto afectada recientemente por una doble ola invernal, costosa en vidas y enseres, asolando campos y ciudades, al tiempo que ha colapsado la red vial y causado graves accidentes por la rotura de redes de oleoductos y gasoductos. Y ahora está abocada a la inminencia del fenómeno del Niño, que a diferencia del fenómeno de la Niña trae consigo los rigores de un verano extremo e inusualmente prolongado. La Constituyente y los constituyentes de 1991 avizoraron la importancia que tendría hacia el futuro el desarrollo sostenible, al punto que se cuentan en la nueva Carta cerca de cincuenta artículos alusivos al mismo, empezando por su artículo 80. Por ello Colombia llegó pisando duro a la Cumbre de hace 20 años en Río, puesto que tenía las mejores credenciales para ello. Desafortunadamente con este avance tan importante en el constitucionalismo colombiano ha ocurrido lo mismo que con el carácter de Estado Social de Derecho, que progresivamente se ha ido abandonando, en lugar de desarrollarlo y consolidarlo. Se llegó al extremo en el octaenio del ex presidente Uribe de subsumir el Ministerio del Medio Ambiente creado al socaire de los vientos ambientalistas de la década de los 90 a través de su función con vivienda y desarrollo territorial.

Por ello, ahora que se ha estado trabajando en el borrador del documento El futuro que queremos para la consideración de la Cumbre, Colombia no llega con la misma fuerza ni con la misma autoridad. No obstante, su propuesta, a falta de otra mejor, de acordar los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), a semejanza de Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), ha venido ganando espacio e interés. Hace más de un año la esbozó y consiste básicamente en un conjunto de objetivos globales, voluntarios, no vinculantes pero de aplicación universal, a diferencia del Protocolo de Kyoto que sólo comprometió, eso sí de palabra, a los países desarrollados, estipulando unos plazos perentorios y disponiendo de unos indicadores que permitan hacerle seguimiento a su cumplimiento. Se trata en el fondo de retomar los acuerdos de hace dos décadas y renovar los compromisos adquiridos en aquella ocasión, que se puede potenciar con otras propuestas que están sobre el tapete, tales como la de la economía verde y la gobernanza global del desarrollo sostenible. El mundo está expectante de lo que pueda pasar en Río, pero distraído con el desenlace que pueda tener la tragedia griega, a la que se le viene a sumar la comedia ibérica, que apenas empieza. ¡Amanecerá y veremos!

Edición N° 00307 – Semana del 15 al 21 de Junio de 2012

1 PNUD. Informe sobre el Desarrollo Humano. 2011

2 El Tiempo. Junio, 11 de 2012

3 Ídem

 
 
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