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Bestiario político colombiano

  Álvaro González-Uribe
  Abogado, escritor y columnista. Investigador Universidad del Magdalena, Santa Marta. macondoelmundo@yahoo.es
   
 

La reciente historia de Colombia está signada por grandes animales que simbolizan la ignominia nacional: hipopótamos, elefantes, gorilas y dinosaurios son los reyes de nuestra selva política.

El hipopótamo se convirtió en un símbolo del narcotráfico desde que varios ejemplares fueron traídos por Pablo Escobar a su hacienda Nápoles en una muestra proverbial de la extravagancia y del desparpajo de la mafia. Aún son noticia, pues cuando la finca quedó abandonada varios hipopótamos huyeron y uno de ellos fue muerto grotescamente hace tres años luego de una larga y polémica cacería. Dicen que es posible que otros aún deambulen por la zona al igual que el narcotráfico aún deambula por toda Colombia.

Al elefante lo hizo famoso monseñor Rubiano durante uno de los capítulos más vergonzosos de nuestra democracia, el proceso 8.000, cuando el Cardenal irónicamente expresó su sorpresa ante el hecho de que Ernesto Samper no hubiera visto un elefante en la sala de su apartamento, léase la abundancia de dinero del cartel de Cali en su campaña presidencial. Son muchos los dirigentes que aún albergan elefantes en la sala de sus casas.

Los micos son aquellas normas de muy dudoso contenido camufladas por los congresistas en proyectos de ley que versan sobre temas diferentes. Cuando son muy evidentes o temerarios se denominan gorilas u orangutanes, como los que colgaron a la reciente reforma a la justicia, en la cual los simios eran más que las ramas o digamos mejor que colgaron ramas a los simios.

En los tres casos hay algo en común: se trata de animales selváticos inmensos que supuestamente nadie ve, lo cual habla de la vista gorda amañada de este país. No vieron ni ven los hipopótamos del narcotráfico, ni los elefantes de la financiación de las campañas, ni los gorilas que se balancean en el Capitolio.

Los dinosaurios tienen otra connotación, aunque a veces coincidan con la anterior porque en parte explican que Colombia nunca cambie: se trata de algunos dirigentes políticos y jefes guerrilleros a quienes les salen telarañas y les nace moho como tales, desafiando el paso del tiempo. El problema no es la senectud ni su terquedad sino que perpetúan sólo los viejos vicios, contagiando por demás a muchos jóvenes que tristemente resultan alumnos aventajados.

Si uno mira los sucesos de hoy en el departamento del Cauca se da cuenta de que se trata de un Jurassik Park colombiano, habitado y reinado por dinosaurios que por siglos han detenido el tiempo con sus pretensiones políticas, económicas y siempre violentas cubiertos con todas las pieles fáunicas posibles.

López Michelsen, delfín y a su vez padre de delfín de pecera, se inventó hace muchos años la “operación avispa”, que consistía en lanzar a las corporaciones públicas varias listas de la misma corriente política con el objeto de sacar más curules jugándole hábilmente al sistema del cuociente electoral en una crasa burla a la voluntad popular.

El presidente Belisario Betancourt puso de moda las palomas cuyas imágenes inundaron a Colombia, moda que se quedó como tal, pues el propósito se desangró con los miles de muertos de la Unión Patriótica, se quemó en las llamas del Palacio de Justicia, se diluyó en la ya histórica doblez de las Farc, y fue devorado por los famosos enemigos ocultos de la paz que como halcones siempre están al acecho de cualquier paloma que ose volar en su territorio.

También en la política abundan las ratas, los róbalos, los lagartos, las sanguijuelas, las mofetas, los pájaros, las hienas, los chivos (expiatorios), las vacas (sagradas), los zorros (políticos), los gatos (bandidos), los ornitorrincos (multimilitantes) y los conejos que se hacen entre sí y al pueblo. Hace poco en el congreso surgieron los topos: aquellos congresistas que no leen.

Pero, no todo es malo en esa fauna, pues hay congresistas y dirigentes que trabajan o camellan como hormiguitas, aunque otros sacan adelante sus propósitos obsequiando camellos a sus favorecedores, mientras algunos trabajan a paso de tortuga para pagar las culebras públicas y a trote de liebre para pagar las suyas. Sin querer demeritar al noble animal hay varios burros, pero también existen ratones de biblioteca. Otros llegan al Congreso ayudados por el perico que transportan las mulas.

También hay lobos con piel de oveja y ovejas con piel de lobo al estilo de perros que ladran y no muerden. Muchos líderes y partidos crían cuervos que luego les sacan los ojos, y otros son expertos en hacer el oso sin la más mínima vergüenza. Repugnan los buitres que aprovechan las situaciones difíciles para obtener el favor popular, a veces incluso peores que su homónimo real, pues contribuyen hipócritamente a crear la carroña y luego caen sobre ella.

En fin, interesante fenómeno ese de comparar con animales tantas conductas políticas, aunque se da en todos los órdenes y disciplinas. Sin embargo, insisto en los cuatro primeros animales como símbolo de este país fáunico: el hipopótamo, el elefante, el gorila y el dinosaurio, ¿cuál cree usted amable lector que tiene más méritos para remplazar al escaso cóndor de nuestro escudo?

Edición N° 00311 – Semana del 13 al 19 de Julio de 2012
 
 
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