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Un nuevo desafío para construir la paz y el desarrollo en Colombia ¿Ahora qué viene?

  Alberto Anaya Arrieta
  Economista y teólogo
   
 

Antes de desarrollar ¿ahora qué viene?, en este nuevo desafío para construir la paz y el desarrollo en Colombia, revisemos rápidamente algunos temas de la historia política, económica y social de Colombia. Es bueno contextualizar y textualizar, para luego presentar el pretexto de lo que será el desarrollo de la proposición o proceso que previamente se ha definido, para lograr el resultado esperado. Esto es, la propuesta bilateral de promover un espacio de negociación entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y los grupos insurgentes de Colombia. Por obvias razones, aquí no vamos a seguir la rigurosidad científica de un método de investigación.

El escenario de la vida política, social, económica -incluso- religiosa, actual de nuestra República, ha sido diseñado y construido por el «establishment»1, desde hace dos largas centurias. A partir de sus inicios, la exclusión, vista en todos sus aspectos, promovida y fortalecida desde el establishment, ha sido quizás, la conducta más relevante -desde luego reprobable- de los que han detentado no solo los centros oficiales de poder, sino a toda la matriz de relaciones oficiales y sociales dentro de la cual se ejerce el poder. Esto ha dado lugar a la marginalidad de la inmensa mayoría de los colombianos y colombianas. No nos hemos marginado, nos han marginado a la fuerza y sutilmente. Es pues, la carta de navegación vigente que sostiene el establishment, para permanecer con el control absoluto del Estado.

Los historiadores nos muestran todas las vicisitudes que tuvieron que pasar, aquellos y aquellas que alzaban su voz (en siglos anteriores), para que sus opiniones y propuestas (reivindicaciones de carácter regional), en favor de las mayorías desposeídas, fueran tenidas en cuenta en sus poblaciones. No eran opciones nacionales. Sin embargo, el establishment cerró filas y no permitió que se subvirtiera el orden establecido; y ya conocemos los resultados de esa época. Mucho más adelante, el establishment organizó y promovió un golpe militar, y para ello utilizó a Gustavo Rojas Pinilla. Más adelante, mediante la fórmula del Frente Nacional, pretende conjurar la violencia que se venía, que crecía como bola de nieve, promovida por ellos mismos, y se la jugaron por la alternancia del poder burocrático a través de la convocatoria a elecciones cada cuatro años de los dos partidos tradicionales, liberales y conservadores. La vocería política del establishment.

Es bueno recordar (recrear) la historia, porque trae al presente no solo los momentos de ingobernabilidad, de crisis generada por los desaciertos de las políticas estructurales de la administración pública, sino, los escasos y escuálidos éxitos y buenos juicios que probablemente se han dado en la construcción de la sociedad, la cual tiene todo el derecho de saber: ¿Qué ha pasado durante doscientos años de administración pública?, ¿Cómo y por qué estamos viviendo esta violencia? ¿Cuándo y por qué surgieron los actores armados irregulares al margen de la ley? (guerrillas y paramilitares), ¿Por qué este o aquel grupo armado asesinó a mi padre, madre, hermano…, familiares, vecinos y amigos?, ¿Dónde están los desaparecidos?, ¿Por qué abusaron sexualmente de mi…? Y sobre todo, ¿En qué momento me devolverán mis tierras y bienes violentamente arrebatados? Muy seguramente serán cientos de interrogantes más, que deberán ser atendidos y explicados con sumo cuidado por el establishment y los actores armados irregulares. Respuestas que deben darse para que la sociedad y en particular las víctimas del conflicto armado, conozcan la verdad, como un primer principio, es decir, el derecho “inalienable” a la verdad y el derecho y las garantías para hacer efectivo el derecho a saber; y sean reparadas integralmente2. Sin embargo, hemos avanzado un trecho del camino. La normatividad que el gobierno ha venido implementando en los últimos años (que será revisada nuevamente), a raíz de las desmovilizaciones de los paramilitares, debe ser una experiencia para tener presente.

Porque hacer memoria es tomar conciencia de nuestro ser. Indudablemente, cuando cientos de miles de víctimas de la irracionalidad de la guerra, narren y hagan memoria de los hechos, vivirán de nuevo la tragedia, pero luego, vendrá el proceso de duelo definitivo, porque conoceremos las causas que dieron origen a la exclusión y a la marginalidad, al terror y a los odios, a la venganza y al asesinato, a la desaparición y al desplazamiento forzado; en fin, a las violaciones de los derechos humanos e infracciones al derecho internacional humanitario. Hacer memoria es contarnos las cosas, es hacernos palabras. Es ver, oír y sentir los dos relatos. Porque en el mundo, siempre se ha creado una realidad desde los victimarios, es decir, la versión de los vencedores; ahora, es el tiempo de crear y visibilizar la otra realidad, la historia de las víctimas. La fuerza del relato convierte a las víctimas en sujetos, en ciudadanos visibles, implica visualizar la vida y la historia. Desde luego, hacer memoria es para no repetir los mismos errores o para mirar aquellos aciertos que podemos tomar. Bien dice el señor presidente Juan Manuel Santos, “buscaremos la paz, sin repetir los mismos errores”; y por otro lado, el comandante de las FARC-EP, médico cardiólogo Rodrigo Londoño Echeverri, manifiesta “que tanta manifestación de odio carece de sentido”, por lo tanto, “llegarán a la mesa de diálogo sin rencores y arrogancia”.

Todos los sucesos dolorosos, que los colombianos llevamos en nuestra conciencia, producto de la exclusión y marginalidad, de las desigualdades sociales, económicas y políticas, y del enfrentamiento bélico interno, no pueden dar lugar a pensamientos y decisiones escépticas, que frenen un eventual diálogo que conduzca a la paz, como ya lo vienen divulgando dirigentes del establishment, entre ellos el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado; algunos medios de comunicación interesados en perpetuar el statu quo, o más aun el expresidente Álvaro Uribe Vélez, quien tuvo ocho años de gobierno y fracasó en su modelo guerrerista de derrotar militarmente a la guerrilla. Estas posturas, me hacen recordar un pasaje bíblico cristiano metafórico, según el escritor de san Mateo 23,27-28, que pone en boca de Jesús las siguientes palabras: “… son como sepulcros blanqueados, bien arreglados por fuera, pero llenos por dentro de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así son ustedes: por fuera aparentan ser gente honrada, pero por dentro están llenos de hipocresía e iniquidad”.

El pueblo colombiano, que ha sido excluido y marginado de las tomas de decisiones de políticas públicas gubernamentales, que ha venido entregando a sus mejores hijos e hijas a la maquina del horror y de la barbarie, el más afectado en toda esta historia del conflicto armado, ese mismo pueblo, deberá  salir a respaldar (como en algunas partes lo viene expresando) el proceso para fortalecer la articulación y los acercamientos de diálogo que se viene dando desde la Presidencia de la República y la insurgencia en el país, para construir la paz, para volver a conocer y recordar qué es vivir y construir un país, una sociedad, una comunidad y una familia en paz, con trabajo, educación, salud, buenos servicios públicos y justicia.

Es momento también, para que los movimientos y grupos democráticos y de izquierdas en Colombia, se robustezcan con propuestas e iniciativas gubernamentales; es decir, construir (porque no existe) una oposición robusta, que proponga iniciativas, que convoquen e incluyan a toda la sociedad. No pueden darse el lujo de continuar con las divisiones internas y viscerales que hasta ahora han mostrado. Es hora de reflexionar y tomar posición, frente a la coyuntura política, pero demostrando primero al interior de sus colectividades que están dispuestos a la autocrítica y al cambio de actitud, de otra manera, será avanzar en una demagogia, con la cual nadie estará de acuerdo en consentir y escuchar. El sectarismo y la pureza ideológica deben cederle el paso, a un pragmatismo que busque, en primer lugar la unidad y después, presentarse como una alternativa real de poder.

Toda esta reflexión debe llevarnos a seguir preguntándonos ¿Y ahora qué viene?, ¿Qué nos toca hacer?, ¿Cuál será nuestro rol en esta nueva iniciativa de diálogo entre el gobierno y los grupos insurgentes?...

Como han escrito o manifestado muchos en estos días, hay que rodear y apoyar al señor presidente Juan Manuel Santos y la voluntad de los dirigentes de los grupos guerrilleros. La desconfianza de parte y parte, viene cediendo. Pero necesitamos más acciones que vayan construyendo una nueva cordialidad y seguridad, que blinde el diálogo. Acciones que seguramente se vienen dando desde el 23 febrero de este año, cuando el gobierno colombiano y la insurgencia de las FARC-EP se sentaron a hablar en el suelo caribe de la hermosa ciudad de La Habana. Hay mucho optimismo y la discreción con que las partes han venido manejando esta iniciativa, da lugar a pensar que la confianza está en las partes.

Hay posiciones favorables al diálogo y negociación, ampliamente difundidas por los distintos medios de comunicación nacionales e internacionales y ratificadas el 4 de septiembre por las partes. La comunidad internacional ha cerrado filas (organismos multilaterales como la ONU, la OEA, UNASUR, UE, gobiernos amigos y vecinos), dando un espaldarazo al gobierno y a las gestiones encaminadas a un cese total y definitivo del conflicto armado.

La prudencia con que se ha venido manejando estos preacuerdos hasta ahora, ha sido una buena estrategia, es una de las mejores herramientas para avanzar. Hasta cierto punto. Porque los colombianos necesitamos saber, una vez se ponga en marcha la mesa de diálogo, qué está pasando y cómo avanzan las conversaciones. Sin espectáculos, desde luego. Este proceso no puede ser una diversión o distracción folclórica, porque en este cuarto intento de diálogo con las FARC-EP, y muy probablemente con el ELN, nos estamos jugando el futuro inmediato o el presente continuo de un horizonte de buenos momentos.

Para finalizar, considero que deliberemos sobre dos asuntos: primero, mientras no cambie el sistema vigente no puede haber reconciliación. Y segundo, oremos y meditemos (no importa la creencia o posición espiritual, religiosa o atea que tengamos) enviando nuestros mejores sentimientos y propuestas, a todos los que van a integrar el proceso de negociación, para que el país esté en cada uno de esos corazones y el egoísmo y la intransigencia no puedan siquiera asomarse en la agenda y mesa de trabajo. Propongo, que el día que oficialmente el señor Presidente de la República de Colombia declare abierta la mesa de diálogo, TODOS enviemos nuestros anhelos y esperanzas de buenos augurios, porque será el comienzo de la reconstrucción colectiva del país.

Edición N° 00319 – Semana del 7 al 13 de Septiembre de 2012

1 Según el periodista británico Henry Fairlie, en septiembre de 1955, definió por «establishment», no solo los centros oficiales de poder -aunque ciertamente son parte de ello-, sino a toda la matriz de relaciones oficiales y sociales dentro de la cual se ejerce el poder. http://es.wikipedia.org/wiki/The_establishment (Consultado el 1 de septiembre de 2012). Dentro de esa perspectiva enuncio el término.

2 Según las Naciones Unidas, los principios y directrices básicos que deben tenerse presente en las formas no excluyentes de reparación, individual o colectiva, señaladas son: la restitución, la rehabilitación, la indemnización y las medidas de satisfacción y las garantías de no repetición.

 
 
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