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Necesitamos pasión para la paz, la reconciliación
y la reconstrucción de la Patria

  Alberto Anaya Arrieta
  Economista y Teólogo
   
 

Hace como una década, leí un artículo del jesuita Mauricio García Duran, acerca de la paz como tarea y como pasión [1996:51-65]. Volví a recordar la temática abordada en esos días, y sigue vigente la propuesta de García Duran, cuando afirma, “que la paz se hará realidad, cuando los distintos actores sociales logremos combinar adecuadamente las dimensiones de la paz como tarea social y política y la paz como pasión.” Por lo tanto, el espíritu del texto en mención, de alguna manera permea este escrito, que se pone a consideración, siendo el resultado de un compromiso eminentemente de acción social, pastoral y espiritual.

Considero oportuno, en estos momentos de la historia colombiana, rescatar y resaltar nuevamente el sustantivo Pasión (con mayúscula), como una apuesta más al fortalecimiento y blindaje del proceso de paz, de reconciliación y de reconstrucción nacional; no para afianzar al gran capital o al establishment, ni para terminar conciliando a favor de las estructuras que mantienen y consolidan la violencia, sino para incorporarnos como sociedad en los destinos teóricos y pragmáticos de construcción de un modelo estructural, que produzca dinámicas que forjen inclusión social, mayor justicia, democracia, fortalecimiento de los derechos humanos y fundamentales, consagrados en la Constitución de 1991.

La paz, reconciliación y reconstrucción de la patria, son categorías que siempre deberían ir de la mano y precisan de una reflexión, no sólo política, económica, social y cultural, sino también psicológica, filosófica, antropológica y desde luego teológica. Las categorías esbozadas no pueden existir la una sin la otra. Son inseparables. Hermanas políticas, sociales, económicas, filosóficas, como queramos expresarlas o estudiarlas, ahí estarán siempre juntas. Por lo tanto, estas condiciones deben trascender lo coyuntural e ir más allá de unas estables conversaciones y diálogos con la insurgencia revolucionaria. Esto nos lleva a pensar, que la paz será un instrumento inocuo si la miramos o analizamos (aisladamente) sin los componentes que comprometen el desarrollo integral de una sociedad. Dicho de otra manera, si las políticas públicas no apuntan a la satisfacción de las necesidades más elementales de la vida humana, estaremos hablando negativamente de la construcción permanente de la violencia, de la destrucción y del horror. Bajo estas circunstancias, no podrá desarrollarse la paz. Para que haya fuego, deben confluir tres elementos: oxigeno, calor y combustible. Si separamos uno de estos factores, no es posible producir el fuego. Este simple ejemplo, nos puede ilustrar sobre la conquista de la paz, la reconciliación y la reconstrucción nacional. Quitar tan siquiera un aspecto de las políticas estructurales que conduzcan al bienestar de las personas, sería crear condiciones propicias para el ejercicio y desarrollo violento y excluyente de las ideas.

Hemos escuchado, leído y visto muchas elucubraciones intelectuales y posiciones pragmáticas acerca de la paz. No puede haber paz si existe hambre, miseria, explotación, exclusión, opresión y violencia; una educación científica en favor de la humanidad, buenos servicios de salud pública, así como servicios públicos con calidad y cobertura nacional, son elementos indispensables para que reine la paz, dicen unos. Otros opinan, que mientras existan las causas que han dado origen a la violencia estructural, no podrá haber paz. Pasear tranquilo por los alrededores del vecindario, hablar con las amistades sentado en las bancas del parque del barrio, ¡eso es paz! Por último, y para que se siembre la semilla de la paz, se debe conocer qué pasó con los desaparecidos y secuestrados; es crucial la recuperación de las tierras y bienes arrebatados; y la materialización de la verdad, justicia, reparación y el compromiso de nunca más volver a construir dolores y horrores (fundamentos éticos, políticos y jurídicos de la justicia transicional) . Todo esto y muchas cosas más, es reconciliación y reconstruir la patria. Luego entonces, la paz, la reconciliación y la reconstrucción de la sociedad, son inherentes a las políticas públicas que se implementen para afianzar magno objetivo. Pretender separarlos, hablar de cada uno de estos elementos aisladamente, no es el mejor método, ni la forma para abordar conversaciones entre las partes en contienda.

Ahora, esto no se consigue de la noche a la mañana, es un proceso en el cual debe vincularse toda la sociedad, sin distingo político, social, credo o raza. Manteniendo siempre un reconocimiento, respeto y valoración por todos y todas las personas que vienen trabajando en esta misma dirección, pero en distintas orillas, es lo menos que podemos hacer, para que converjan todas las iniciativas reconciliadoras. Es un asunto que compete desde el más pequeño hasta el más grande. Nos corresponde desde la península de La Guajira hasta el Golfo de Urabá, del Chocó hasta Cabo Manglares (Nariño), pasando por San Antonio (Amazonas), y de este hermoso lugar de selvas amazónicas, llegamos nuevamente a las inigualables playas, viento y sol del Caribe. Todo ese recorrido es Colombia, a todos los que estamos habitando este lugar de la esfera terrenal, nos corresponde comprometernos con todo aquello que implique paz, reconciliación y reconstrucción de la patria. También, por supuesto, no faltaba más, deben estar presentes en este proceso, todos nuestros compatriotas que han tenido que salir forzosamente del país y se encuentran viviendo en otros lugares distintos a Colombia. Es una tarea compleja, dispendiosa, pero llena del atractivo de ver que mis ideas y tus ideas, mis manos y tus manos, mis capacidades y las tuyas están al servicio de este ingente esfuerzo. A grandes males, grandes decisiones, soluciones y movimientos. Por lo tanto, también deberíamos mirar todas las voluntades que vienen construyendo, de la mano de las ciencias sociales, esfuerzos dialécticos para erigir colectivamente una nueva realidad, sin sectarismo ni dogmatismo.

Las conversaciones y el diálogo de paz que se vienen adelantando y preparando, entre el gobierno colombiano y la insurgencia guerrillera, desde finales de febrero de 2012, en La Habana (Cuba), y que tomarán más forma a partir de octubre en Oslo (Noruega), no significan la paz ni la reconstrucción de la patria. No, es sólo un paso, importante y trascendental, desde luego, pero no deja de ser un paso, en la gran marcha para precisar y alcanzar los posibles horizontes que nos hemos propuesto.

No pasemos por alto, que durante todo este ejercicio, el compromiso consecuente de la crítica, debe estar en la miríada de los colombianos, en sus componentes individuales y colectivos; hay que estar conscientes, que aun en medio de las conversaciones o el diálogo, surgirán roces ideológicos, políticos, conceptuales y de opinión, pero por ello no debemos pensar que el proceso se vendrá a menos, producto de las fisuras que el debate genere. La voluntad de construir una mesa de diálogo, se considera como un avance, ante la disyuntiva de seguir enfrentando el conflicto social, que generan las desigualdades originadas por todas las cosas que se han venido enumerando, en distintos estudios y análisis, oficiales y privados, por la vía violenta y armada; o la posibilidad constructiva y colectiva de elaborar unas dinámicas que comprometan al conjunto de la sociedad.

Problematizar el proceso de diálogo en busca de la reconciliación de los colombianos, es un imperativo nacional, pero no debemos olvidar que hay otros factores inherentes al proceso de construcción de una nueva realidad, la cual debemos tener presente, tanto la institucionalidad, la insurgencia guerrillera, así como la sociedad en general. Esto tiene que ver, con la forma o manera como abordamos la realidad presente para transformarla, en lo que colectivamente decidamos. Es decir, ¿cómo nos encontramos interiormente? ¿Nuestra conciencia se encuentra sintonizada con los nuevos vientos de reconciliación nacional? ¿O sólo le estamos apostando a los intereses egoístas y de avaricia que nos han inculcado por centurias o milenios de vida social? Debemos repasar estas inquietudes y mirar si necesitamos, no acomodarnos a los intereses que dictan otros, sino cómo me encuentro como individuo frente a la sociedad, a las intenciones de la institucionalidad, de los movimientos guerrilleros y a la problemática de las conversaciones de paz, entre las partes en conflicto, hacia una eventual reconstrucción del tejido social.

En consecuencia, “la paz es tarea social y política, es exigencia ética y también deberá ser Pasión”. Debe tener un esfuerzo y transcurrir dialéctico, para que individual y colectivamente, nos comprometamos en “la perspectiva de integralidad que debe tener la paz.” Las categorías enunciadas anteriormente, analizadas y llevadas a la realidad, deben estar aseguradas por una convicción fuerte, que emerja de lo más íntimo de la persona, con el “entusiasmo que se pone en algo que se hace o se defiende.” Es decir, con Pasión1. Si consideramos que está en juego el futuro mediato y presente continuo de nuestra patria, además, de debilitar las teorías guerreristas, que de tiempo atrás se han afianzado en las estructuras de poder, y también una manera de fortalecer la perspectiva de la no-violencia, es hacer de la Pasión, un proceso ininterrumpido, que conduzca a los anhelos que estamos soñando: paz, reconciliación y reconstrucción nacional. Hay mucho en juego, y es posible, si nos lo proponemos, respirar un aire nuevo.

Subsiguientemente, y para que la Pasión tenga un mejor fluir, esta nueva iniciativa de voluntades de conversación entre el Estado, la sociedad en su conjunto y la insurgencia armada, deberá encontrar personas “dispuestas y reconciliadas consigo mismas,” de lo contrario, sus aportes serían inocuos y no facilitarían el proceso de diálogo. Y es aquí, donde podemos contribuir, disciplinas como la teología, comprometida con la vida y la causa material (o económica) y sociocultural, de los excluidos, de las minorías y de aquellos que han permanecido en la pobreza real.

Entendida esta última categoría, como “el uso de los términos pobre y pobreza, para referirnos a la carencia de los bienes que se consideran más elementales de la vida humana (comida, vivienda, vestido, salud, educación). Pobres reales o materiales (lo son en un sentido muy real y no metafórico). Este sería el significado al que se alude bajo la expresión pobreza real” [Lobo, 2003:860].

Para que exista una Pasión, no solamente como se siente o se vive en la actualidad, es decir, como se nos ha enseñado desde el hogar, la escuela, la iglesia o  el barrio; debemos tener presente o conocer tanto los temas políticos, económicos, sociales y culturales, de la coyuntura que estamos viviendo, como también los programas psicosociales y teológicos , entendiendo este último como una espiritualidad comprometida con la vida y la historia, que toma partido por todos aquellos que le apuestan a un proceso sincero de paz, reconciliación y reconstrucción del país, desde la no-violencia.

La Pasión no es solamente hacer alarde de mi favorecimiento por un equipo2, un deportista, la publicidad “Colombia es pasión”3, o por los ídolos que construyen en Hollywood, pasión por la lectura o los animales; o la pasión que experimentamos cuando nos enamoramos. También son movidos por la pasión, muchos seres humanos que ocasionan sufrimiento a otros, mediante el horror causado por una motosierra, por los regímenes dictatoriales, autoritarios de facto o elegidos por “voluntad” popular, que han desembocado en grandes tragedias (recordemos a José Stalin, en la extinta Unión Soviética, la Alemania nazi de Adolf Hitler, el cruento golpe militar de Augusto Pinochet en Chile, Alberto Fujimori en el Perú,…). La pasión que sienten cuando desaparecen o secuestran personas. Entonces, la pasión es inherente al ser humano, y según sea nuestro compromiso conmigo mismo, con nuestros semejantes y en general con la sociedad, podemos valorar la responsabilidad y sinceridad de la pasión. “No basta una lejana o etérea pasión por las acciones que se llevan a cabo en favor de la paz. Necesitamos verdaderamente militantes” con sentimientos y entusiasmos por la paz, reconciliación y reconstrucción de la patria, “a pesar de las dificultades, miedos y sufrimientos que tengamos que afrontar.”

No debemos soslayar esta discusión. Además, porque sin esa decidida Pasión conmigo mismo, por mi semejante y por la sociedad, no podría asimilar toda la violencia generada por el conflicto armado interno. Porque éste, ha ahondando en lo más íntimo del ser humano, ha dejado huellas indelebles que algunas disciplinas de las ciencias humanas no han podido erradicar. El ejercicio, dinámicas y procesos que buscan el acompañamiento, recuperación e inserción (reconstrucción del tejido social) de todas las personas afectadas por la violencia estructural, es una tarea que no debe dejarse al tiempo, ni a los mercaderes de ilusiones y baratijas, fórmulas que supuestamente conducen a la recuperación psicosocial y espiritual de las víctimas y de los mismos victimarios. Porque también debemos abordar con Pasión, la actuación de estos últimos. Ser actor de la guerra, también afecta a estos seres humanos. La guerra es cruel, daña y degenera la conciencia y la conducta, luego entonces, es importante que cada uno de los actores directos comprometidos con la violencia, deban ser atendidos y vigilados por profesionales de la salud física, emocional y espiritual. Y así evitar daños futuros, que pueden perfectamente ser previstos. Tenemos cantidades de ejemplos de hombres y mujeres que han sufrido los rigores de la guerra, y por no ser atendidos oportunamente, están padeciendo con mucha rigurosidad secuelas agudas y crónicas postraumáticas.

Finalizando y como un aporte a todas las recetas que se vienen construyendo, con buenas intenciones, al tema de la coyuntura nacional, donde se encuentra en juego un cierre definitivo del conflicto armado interno y una apertura a nuevas dinámicas políticas, sociales y económicas, es una apuesta que nos compete a todos sin ninguna distinción, porque daría inicio a un proceso de paz, de reconciliación y de reconstrucción de la patria, me atrevo a sugerir lo siguiente:

La paz, reconciliación y reconstrucción nacional, para un militante en la no-violencia, deberá constituir su Pasión de vida, por lo tanto, el gobierno nacional, la insurgencia armada y la sociedad en general, deben convocar a una cruzada nacional, por la apuesta de la Pasión en el proceso de conversaciones y en las distintas actividades que se realicen en todo el territorio nacional, como un acuerdo articulado por el amor y el servicio, traducidos en efectos políticos; y para que las dinámicas de la vida se apoderen de nuestras esperanzas y de todos los espacios que antes eran ocupados por los estandartes del egoísmo, del horror y de la barbarie. “Porque sólo un corazón conmovido (y apasionado) puede entregarse gratuitamente a servir a otro […], movido por una fuerza que lo habita y lo trasciende: no es uno el que actúa, es el Amor […] que, a pesar de nuestras resistencias, hace de nosotros sus instrumentos. […] La violencia y la guerra producen dolores y secuelas que piden una respuesta de nosotros, una respuesta (llena de Pasión y de Amor y) de misericordia, así ello no tenga ‘dividendos’ o consecuencias a nivel político.” [García, 1996].

Bibliografía

1. García Duran, Mauricio 1996. La paz como tarea y la paz como pasión: compromiso del creyente. Apuntes Ignacianos 18:51-65.

2. Lobo, José Antonio 2003. “Pobres siempre habrá entre vosotros”. Una reflexión ética sobre la pobreza. Cap. V La sociedad y sus dimensiones morales, en La ética cristiana hoy: horizontes de sentido. Madrid: PS Editorial – Instituto Superior de Ciencias Morales.

Edición N° 00320 – Semana del 14 al 20 de Septiembre de 2012

1 A menudo, los diccionarios definen Pasión, así. “La pasión (del verbo en latín, patior, que significa sufrir o sentir) es una emoción definida como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. Así, pues, la pasión es una emoción intensa que engloba el entusiasmo o deseo por algo. El término también se aplica a menudo a un vivo interés o admiración por una propuesta, causa, actividad, etc. Se dice que a una persona le apasiona algo cuando establece una fuerte afinidad, a diferencia del amor que está más bien relacionado con el afecto y el apego.” es.wikipedia.org/wiki/Pasión_(emoción).

2 “… Junior es tu papá”

3 La marca Colombia es Pasión es un tema de competitividad del Estado que trabaja en el fortalecimiento de la imagen de nuestro país en el exterior.

 
 
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