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Parafiscalidad y competitividad

  Amylkar D. Acosta M.
  Miembro de Número de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas
   
 

La disfuncionalidad entre crecimiento y empleo

“La prosperidad es el resultado de ser competitivos”
Michael Porter

Entre las principales metas que se planteó el Presidente Juan Manuel Santos en su programa de gobierno están la de alcanzar un mayor crecimiento de la economía y reducir sustancialmente la tasa de desempleo. En su Plan de Desarrollo Prosperidad para todos se hizo la apuesta por un crecimiento sostenido del PIB superior al 6% y una tasa de desempleo de un sólo dígito. Se partió del presupuesto okuniano a rajatabla, que el mayor crecimiento per se garantiza la disminución del desempleo, fundados en la teoría del economista estadounidense Arthur Okun, según la cual entre uno y otro existe una gran correlación. No obstante, en la última década en Colombia ha hecho carrera un modelo caracterizado por el crecimiento sin empleo1. A despecho de la teoría de marras la generación de empleo no responde a los estímulos del crecimiento, a tal punto que ni siquiera en el 2007, cuando la economía colombiana alcanzó el mayor pico en su crecimiento, cedió el desempleo, debiendo soportar el país una tasa de desempleo del 11.4%, que no se compadece con una tasa de crecimiento del PIB del 7.5%.

En los últimos tres años, después de un magro crecimiento del PIB en 2009 a consecuencia de la Gran crisis global (1.7%), la economía tuvo un repunte en el 2010 con un crecimiento del PIB de 4% y cerró el 2011 con un esforzado 5.9%. Pero esta mayor dinámica en el crecimiento del PIB no se vio reflejado en un descenso significativo de la tasa de desempleo para esos mismos años, la cual se situó obstinadamente en el 11.8% en 2010 y 10.8% en 2011, contra un 11.3% de 2009, que fue un pésimo año para la economía. El Gobierno se apresuró a celebrar el hecho de que en el mes de septiembre del año anterior se había alcanzado el objetivo de una tasa de desempleo de un solo dígito (9.7%), pero la dicha sólo se prolongó hasta el mes de diciembre, al consolidarse al final del año 2011 en dos dígitos nuevamente. Arrancamos enero de este año con una tasa de desempleo del 12.5% y los datos más recientes reportados por el DANE nos alejan cada vez más de la meta de un solo dígito en la tasa de desempleo.

En muy buena medida esta asimetría entre la tasa de crecimiento y la generación de empleo se explica porque el mayor crecimiento de la economía en la última década ha descansado sobre sectores que son intensivos en capital y no en trabajo, como es el sector de minas y petróleo. Este sector ha experimentado un hipertrofiamento en los últimos años, merced al auge de la demanda en los mercados internacionales de productos básicos y a la espiral alcista de sus precios. En efecto, según el más reciente reporte del DANE se obtuvo un inesperado crecimiento del PIB en el segundo trimestre de este año del 4.9%, pero deslucido por una caída de la industria manufacturera del 0.6% para dicho trimestre y del 0.2% para todo el primer semestre. Con un agravante, que las exportaciones del sector industrial crecen cada vez menos y pierden paulatinamente participación en el total de las ventas al exterior; entre enero y julio de este año las exportaciones del sector minero – energético crecieron el 17%, mientras que las exportaciones manufactureras crecieron sólo el 8% y ello gracias a que se incluyen las reexportaciones de aviones por importación temporal, ensamble y reparación. Por lo demás, durante dos meses consecutivos (junio y julio) fueron mayores las importaciones que las exportaciones, a causa de la caída de estas. En el mes de julio, según el DANE, las importaciones crecieron el 13% y las exportaciones cayeron el 4%.

Como lo señala el profesor Jorge Iván González, “el equipo económico de Santos debe reinterpretar esta mirada ingenua de la Ley de Okun. Solamente habrá simetría entre los cambios en el producto y las variaciones en el desempleo, si el producto aumenta en actividades que efectivamente generan puestos de trabajo como la agricultura y la industria, por ejemplo. Un crecimiento basado en la extracción de minerales y en la especulación financiera no favorece la creación de empleo”2. Y aún, en tratándose de estos otros sectores se presenta una gran desproporción entre su crecimiento y el empleo. Es muy diciente que en los últimos doce años mientras el sector manufacturero creció el 52%, en el mismo lapso el empleo, en lugar de ser mayor, cayó el 16%.

Entre el desempleo y la informalidad

En Colombia tan grave como el desempleo es el subempleo y la informalidad; en el mes de julio, además del desempleo del 10.9%, según el DANE el subempleo subjetivo del 33.7% se vino a sumar al subempleo objetivo del 13.2%, lo cual significa que casi el 47% de la población activa se considera inconforme con el trabajo que desempeña (10´783.000). Y lo más preocupante es que la informalidad es creciente, basta con decir que entre 2001 a esta parte aproximadamente 2.5 millones de personas se han venido a sumar a la escalofriante cifra de la informalidad, equivalentes al número también creciente de desempleados en el país. En concepto del Ministerio del Trabajo, si nos atenemos al registro de cotizantes al sistema de pensiones llegaríamos a la conclusión que alrededor del 70% estaría en la informalidad laboral.

La cifra de la informalidad enmascara en gran medida el drama del desempleo; es así cómo entre octubre y diciembre de 2011 los ocupados aumentaron en un número de 1.34 millones con respecto a los de un año atrás, pero de ellos entre los cuenta propia y los trabajadores sin remuneración alguna sumaron 900 mil (¡!). Es más, los llamados trabajadores por cuenta propia, que según el DANE constituyen el 43.8% del total de trabajadores, en su inmensa mayoría se en actividades de rebusque, lideraron el número de ocupados en el último trimestre del 2011, “tienen una tasa de informalidad del 89.5%”3, según el Ministro del Trabajo Rafael Pardo.

Julio Silva Colmenares

El alto grado de informalidad, a su vez, induce a un aumento de la tasa global de participación (TGP), la cual llegó en el trimestre diciembre de 2011 – febrero de 2012 al 64.4%. La TGP no ha bajado del 60% en los últimos 4 años y alcanzó el récord en octubre de 2011 con el 66.9%. Ello, junto con la precariedad de los ingresos de quienes se debaten en la informalidad, explica en gran medida, según el DANE la enorme presión de la oferta de trabajadores en el mercado laboral. Esta situación ya de por sí preocupante se traduce en la baja relación de contribuyentes a seguridad social/población económicamente activa, la cual se ha mantenido en el 33% durante los últimos 5 años. Es más, si tomamos en cuenta únicamente a quienes cotizan doce meses continuos, dicha relación se reduce a sólo el 15%, lo cual es una barbaridad. Lo propio puede afirmarse en relación a quienes cotizan para pensiones; de acuerdo con el Presidente de TG Consultores Carlos Díaz, de los 17.2 millones de afiliados sólo cotizan 6.2 millones4.

De acuerdo con las declaraciones del Ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas “el Gobierno está convencido de que la única forma de elevar la competitividad y la formalidad es reduciendo las barreras de entrada al mundo formal, a la economía moderna”5. Y para él, entre las principales “barreras de entrada al mundo formal” están las que consideran como “cargas” parafiscales, que no son otras que las prestaciones sociales, aportes a la seguridad social y los aportes parafiscales al SENA, al ICBF y a las cajas de compensación familiar. A juicio del Ministro Cárdenas, “propuestas como descargar a las empresas de algunos pagos, como los parafiscales o contribuciones a la salud, para estimular el empleo formal, son opciones que hay que evaluar”6.

En todo caso, hace la salvedad de que cualquier decisión que se tome para hacer más competitiva la contratación de mano de obra productiva y bien remunerada “no se hará a expensas de los beneficios que hoy tienen los trabajadores (salud, pensiones, afiliación a las cajas), pues de lo que se trata es de ver cómo se financia la política social”7. Y este es el gran problema; no han faltado quienes, como Fedesarrollo o el profesor Salomón Kalmanovitz, planteen que la alternativa sería financiar este “extracosto” laboral a través de Presupuesto General de la Nación. Pero, no estamos hablando de montos irrisorios; sólo por concepto del 9% de aportes al SENA, al ICBF y a las cajas de compensación se hicieron erogaciones el año anterior del orden de los $7.8 billones (¡!). De dónde saldrían estos recursos, en medio de las afugias fiscales que enfrenta la Nación, que viene arrastrando un déficit crónico en la última década. Esta salida facilista pondría en riesgo la estabilidad y hasta la supervivencia de estas entidades tan caras para el país nacional.

Un estudio reciente de la Universidad EAFIT concluyó que “en cuanto a la eliminación de los aportes parafiscales, generará en promedio 224 mil empleos, reduciendo la tasa de desempleo en 1.6% en el primer año. Pero ello a costa de un aumento del déficit fiscal de 0.7 puntos del PIB, haciendo más complejo el manejo fiscal…Si se toman medidas compensatorias para evitar el deterioro fiscal, los efectos se reducen considerablemente generando apenas 128 mil empleos en promedio. De esta forma, la medida (aunque atractiva desde el punto de vista de la simplificación de los mercados laborales) produce efectos más bien marginales, que distan de representar una gran revolución que transforme el mercado de trabajo en Colombia”8

Productividad y competitividad

No se de dónde saca el Ministro Cárdenas que “la única forma de elevar la competitividad y la formalidad” es “descargar a las empresas de algunos pagos, como los parafiscales o contribuciones a la salud”. En el más reciente Informe del Foro Económico Mundial (FEM) 2012 – 2013, a Colombia le fue requetemal en el ranking de competitividad que mide esta corporación. Colombia, en lugar de progresar en competitividad retrocedió al bajar del puesto 68 al 69 entre 144 países; perdimos 3 puestos en eficiencia (se pasó del puesto 60 al 63), 5 puestos en innovación (del 61 al 66). Y en lo que peor nos fue, fue en el indicador de las instituciones con una caída vertiginosa de 9 casillas, cayendo al lugar 109. Y entre los 12 pilares y las 114 variables que sustentan el Índice de Competitividad, no resulta relevante en la calificación o mejor descalificación que acaba de recibir Colombia lo atinente a las “cargas” de los aportes y contribuciones a través de la nómina. La única referencia que se hace al aspecto laboral es a la preocupación que despierta el deterioro en las relaciones obreros patronales (del 46 al 65), la pérdida de flexibilidad para determinar los salarios (del 50 al 80), contratar o despedir (del 70 al 88) y a la menor participación de la mujer en el mercado laboral (del 54 al 95).

De lejos, constituye un escollo mayor para la competitividad el aberrante retraso en materia de infraestructura que los mayores costos que representan para los empresarios tales cargas. Con razón el experto Andrés Espinosa, al comentar el desastroso panorama que nos pinta el FEM dice que: “el país nacional y el país político deben tomar conciencia del asombroso descalabro de la competitividad, que va más allá de la revaluación, para corregirlo antes de que sea tarde”9. Desafortunadamente, como lo sostiene Andrés Oppenheimer “Colombia está demasiado obsesionada con el TLC y poco obsesionada con la productividad” y ello es muy grave. Y a las falencias anteriores se viene a sumar las que acusa el país en materia logística. En este Índice no está mejor el país, según el ranking del Banco Mundial Colombia ocupa en el mismo el puesto 72. Al respecto dijo recientemente el Director de ANALDEX Javier Díaz que “ya nos equiparamos en términos de aranceles con nuestros competidores para llegar a los mercados, pero los extracostos logísticos nos matan10.

Es innegable, entonces, que Colombia tiene un largo camino que recorrer para recuperar el tiempo y el espacio perdido en materia de competitividad, la cual está íntimamente ligada a la productividad. Como lo afirma el Nobel de Economía Paul Krugman, En materia de competitividad “La productividad no lo es todo; pero, a largo plazo, lo es casi todo”. Con respecto a EEUU, que sigue siendo nuestro principal socio comercial, que se convirtió en nuestro principal competidor con la entrada en vigencia del TLC, Colombia un gran rezago en productividad que nos puede costar muy caro. En efecto, la productividad promedio de la economía colombiana apenas sí alcanza el 23.8% de la productividad de la economía de EEUU. Dicho de otra manera, lo que se demora en producir en EEUU en una hora, en Colombia se toma cuatro horas.

Unas son de cal y otras son de arena

No hay tal, entonces, que los costos salariales se hayan convertido en un pesado fardo que lastra la economía colombiana y que se constituyan en “las barreras de entrada al mundo formal, a la economía moderna”. Tampoco se le puede endilgar la responsabilidad de los altos niveles de desempleo e informalidad. Un estudio del Observatorio del Mercado Laboral de la Universidad Externado de Colombia dirigido por el profesor Stefano Farné, concluyó que “los sobrecostos laborales no pueden considerarse la principal causa del desempleo11. Además, una investigación adelantada por la firma Ernest & Young y Proexport en torno a la legislación comparada de siete países latinoamericanos es concluyente cuando advierte que Colombia es “altamente competitivo, respecto a los demás países, en cuanto a costos laborales se refiere12.

Lo que sí ha sucedido en Colombia es que a consecuencia de la enfermedad holandesa el peso es hoy por hoy la moneda más revaluada del mundo, lo cual le resta competitividad a las exportaciones no tradicionales, especialmente a las manufacturas. Uno de sus efectos perversos ha sido el aumento de los costos laborales, así: el costo mensual de contratar un empleado de salario mínimo equivalía en 2003 a US $200. Para 2008 ese costo se había duplicado y ascendía a US $404, por cuenta de la revaluación del peso con respecto al dólar. En 2012, calculando la tasa de cambio promedio de lo corrido del año (8%, aproximadamente) alcanzaría los US $557. Actualmente “ese costo es poco menos de la mitad del salario mínimo vigente en EEUU, pese a que el nivel de ingreso de ese país es 7 veces el de Colombia”13. Es decir, que este aumento en los costos laborales son una consecuencia de la revaluación, no imputables a excesivas “cargas” sobre la nómina. Pese a sus estragos, las autoridades colombianas han sido tímidas a la hora de tomar medidas para frenar dicha revaluación, como no lo han sido Brasil, Ecuador y Perú, por ejemplo.

Pero, hay que ver las dos caras de la moneda; porque si bien es cierto que la apreciación de la moneda pone en desventaja no sólo a nuestras exportaciones sino también a la producción nacional que compite con los bienes importados, también es verdad que abarata las importaciones de equipos, maquinarias e insumos importados. Y esto último beneficia claramente al aparato productivo, que ha sabido aprovechar tal circunstancia para modernizar y ensanchar sus factorías a bajo costo, lo cual le ha permitido ganar en productividad y competitividad. Como si lo anterior fuera poco, el Estado les ha compensado, así sea parcialmente, el efecto de la revaluación a través de un gran esfuerzo fiscal. A este se viene a sumar la decisión del Gobierno de desgravar las importaciones de aquellos equipos y materias primas que no se producen en el país. A ello se vienen a añadir una serie de costosos beneficios tributarios y fiscales dispensados por el Estado a favor de las empresas, los cuales se han traducido en mayores ganancias para las empresas. Medidas como el desmonte de la sobretasa a la tarifa de energía eléctrica que se cobraba a la industria del 20% y la del gas natural del 5.8%, le han significado a las empresas un alivio en sus costos operacionales. El sólo desmonte de la sobretasas a la energía eléctrica le va a costar al Estado este año la suma de $697.262 millones, aproximadamente. No es que anden tan mal las empresas, cuando la prensa da cuenta de que, en medio de un entorno de la economía internacional tan adverso como el actual, sus utilidades están disparadas. Daba cuenta el diario económico Portafolio que “el aumento al doble o al triple de las ganancias en grandes empresas colombianas se convirtió en algo normal durante el primer trimestre del presente año”14. Y ya en 2011 las utilidades netas de las empresas, según la Superintendencia de Sociedades, las utilidades netas de las empresas en Colombia crecieron el 31%, alcanzando la friolera de $33.2 billones.

www.amylkaracosta.net

Edición N° 00320 – Semana del 14 al 20 de Septiembre de 2012

1 Amylkar D. Acosta M. Crecimiento sin empleo. Agosto, 1 de 2005

2 Portafolio. Relación crecimiento y desempleo. Octubre, 21 de 2010

3 Portafolio. Abril, 30 de 2012

4 La República. Junio, 30 de 2012

5 Portafolio. Septiembre, 13 de 2012

6 Ídem

7 Ídem

8 EAFIT. Revista Ecos de Economía. Jesús Botero García. Impuestos al capital y al trabajo en Colombia: un análisis mediante equilibrio general computable. Julio-diciembre de 2011

9 Portafolio. El cangrejo de la competitividad. Septiembre, 12 de 2012

10 Portafolio. Septiembre, 17 de 2012

11 Portafolio. Abril, 19 de 2010

12 Portafolio. Junio, 23 de 2010

13 El Nuevo Siglo. Septiembre, 3 de 2012

14 Portafolio. Mayo, 6 de 2012

 
 
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