Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

La refundación de la ciencia política moderna

  Miguel Ángel Herrera Zgaib
  Profesor asociado en Ciencia Política – Director Grupo Presidencialismo y Participación Universidad Nacional de Colombia, Presid.y.partic@gmail.com
   
 

A la memoria de Eric Hobsbawn

Una anécdota casual

El sábado pasado escribí una semblanza del historiador marxista Eric Hobsbawn, referida a parte de su libro Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo, 1840-2011, publicada por Caja de Herramientas. Además prometí dedicar la segunda parte a las notas que Hobsbawn dedicó tanto a la recepción de los aportes que  Antonio Gramsci hizo al marxismo contemporáneo.

Ahora, como homenaje en el deceso del prestigioso intelectual egipcio-alemán-inglés fallecido el pasado lunes 1o. de octubre, luego de padecer leucemia y una neumonía definitiva, comparto estas reflexiones en la antesala del VII Seminario Internacional Antonio Gramsci, en cuyas sesiones tendremos interlocución directa e indirecta con dos pensadores de izquierda de talla mundial, Antonio Negri y Jacques Rancière, quienes visitarán a Bogotá, y estarán en los espacios académicos de la Universidad Nacional, respondiendo a diversas invitaciones.

A propósito de Gramsci

El capítulo 12 del libro de Hobsbawn, Cómo cambiar el mundo, arranca señalando el notorio desconocimiento de la contribución intelectual y política de Antonio Gramsci, diez años después de su muerte, que ocurría en Roma, luego de un devastador encierro en las cárceles fascitas, en el año 1937.

En los siguientes diez años, esto es en la posguerra europea, Gramsci fue difundido en Italia por la editorial Einaudi, encargada de imprimir el material temático organizado por Felice Platone bajo la dirección y cuidado último de PalmiroTogliatti, dirigente máximo del comunismo italiano, y secretario privado de José Stalin durante el periodo de entreguerras. Togliatti había sido compañero de lucha de Antonio Gramsci desde el tiempo de los consejos obreros de Turín, 1919-1920, como militantes socialistas.

Ellos participaron de  la escisión y creación en el Congreso de Livorno del partido comunista de Italia, del que Antonio fuera el secretario hasta su encarcelamiento e ilegalización del partido por Benito Mussolini en 1926, cuando vivió el tortuoso trasegar por las prisiones italianas en las que escribió lo más significativo de su pensamiento en 33 cuadernos de notas, rescatados de las prisiones con el apoyo del economista Piero Sraffa, quien los entregó a la legación diplomática soviética en Roma, y fueron luego remitidos a Moscú bajo cobijo del Komintern, hasta que empezó a hacerse una publicación expurgada de aquellas notas.

Hobsbawn dice, que es durante la década de los sesenta que Gramsci adquiere significación internacional, y que es Gran Bretaña y en los países de habla inglesa en los que empieza a difundirse. Lo cual no es enteramente cierto, porque con anterioridad, en América Latina, y particularmente, en Córdoba, Argentina, el grupo de la revista Pasado y Presente, bajo el patrocinio a regañadientes del comunismo criollo, consiguen bajo el amparo de Héctor P. Agosti publicar primero las Cartas desde la Cárcel, en una edición recortada y censurada, y los seis volúmenes temáticos de los Cuadernos de la Cárcel.

Estas ediciones aparecen con pocos años de diferencia de las italianas. Así consta  en los seis tomos publicados por la editorial Juan Pablos, en Ciudad de México que ha hecho reedición de todos ellos. Pero Eric Hobsbawn recuerda, sin polémicas, que la edición rigurosa de los Cuadernos sólo aparecerá hasta 1975, a cargo de Valentino Gerratana. Antes en lengua inglesa circuló la más notable recopilación temática hecha por Quentin Hoare y Nowell Smith, dos volúmenes (1971), junto con la biografía de Gramsci escrita por Giuseppe Fiori (1970), es lo que opina Hobsbawn.

La reflexión de Hobsbawn se da como contribución y semblanza en el cuadragésimo aniversario de la muerte de Antonio Gramsci, y esto señala al respecto: “Gramsci se ha convertido en parte de nuestro universo intelectual. Su estatura como pensador marxista original –en mi opinión el pensador más original de Occidente desde 1917- está ampliamente reconocida”.1

En seguida orienta su escrito a la importancia que tiene Gramsci para la teoría de la política, diciendo que “El pensamiento de Gramsci es absolutamente original. Él es marxista y leninista…Sin embargo, para aquellos de nosotros educados en la tradición clásica del marxismo, previa a 1914 y a 1917, Gramsci a menudo resulta un marxista sorprendente. Por ejemplo, escribió relativamente poco sobre desarrollo económico, y mucho sobre política, incluyendo escritos sobre teóricos como Croce, Sorel y Maquiavelo, que no suelen aparecer demasiado o en absoluto en las obras clásicas”.2

Las condiciones históricas

Hobsbawn nos propone acompañarlo en determinar su originalidad, recurriendo a destacar lo que llama unas peculiaridades históricas de la Italia de Gramsci. Nos dice, que “Italia era, por así decirlo, un microcosmos  del capitalismo mundial en la medida en que contenía en un solo país metrópolis y colonias, así como regiones avanzadas y regiones atrasadas”. Más aún, por la realidad de su país, la de Gramsci era “una posición insólitamente buena para comprender la naturaleza tanto del desarrollo del mundo capitalista como del “Tercer Mundo”  y de sus interacciones…”3

En materia del sujeto político revolucionario, igualmente, señala que “el movimiento obrero italiano era industrial y también agrario, con base proletaria y campesina. En este aspecto (Italia) fue más o menos única en Europa antes de 1914 (…) Las regiones de más influencia comunista (Emilia, Toscana, Umbria) no son regiones industriales, y el líder más destacado del movimiento sindical italiano de posguerra, Di Vittorio, procedía del sur y era trabajador agrícola”.4

Otra peculiaridad tiene que ver con el devenir burgués de Italia como nación y sociedad. Ello estuvo singularizado por la entrada temprana a la civilización moderna y al capitalismo, “pero no fue capaz de mantener sus logros y quedó a la deriva en una especie de remanso entre el Renacimiento y el Risorgimento (…) en cierto modo, la burguesía italiana fracasó –o fracasó en parte- en la consecución de su misión histórica de crear la nación italiana”.5

Además, lo anota Hobsbawn, “la Iglesia era una institución específicamente italiana, un modo de mantener el gobierno de las clases dirigentes sin, y al margen de, el aparato del Estado. Era también un país en el que la cultura de la elite nacional antecedía al Estado nacional. Así, pues, un marxista italiano sería más consciente que otros de lo que Gramsci denominaba “hegemonía”, es decir, las maneras mediante las cuales se mantiene la autoridad que no se basan simplemente en la fuerza coercitiva”.6

Hobsbawn enlista dos razones más. De una parte, él indica que “Italia era, pues, una especie de laboratorio de experiencias políticas…desde Maquiavelo en el siglo XVI hasta Pareto y Mosca a comienzos del XX (…)”Y, por último, Hobsbawn destaca en este rosario de razones, que “Italia era un país en el que, después de 1917, parecían existir varias de las condiciones objetivas e incluso subjetivas de la revolución social -más que en Gran Bretaña y Francia, e incluso, creo, que en Alemania -. No obstante, esta revolución no se produjo. Por el contrario, el fascismo ascendió al poder”.7

La nueva teoría de lo político y la política

Enunciado el cuadro de razones y condiciones, el historiador Hobsbawn aborda como teórico marxista la tesis central de su ensayo, y señala que “la mayor contribución de Gramsci al marxismo es la de haber promovido una teoría marxista de la política. Porque aunque Marx y Engels escribieron mucho sobre política, eran reacios a desarrollar una teoría general en ese campo, en gran medida porque – como señaló Engels en las famosas últimas cartas explicando el concepto materialista de la historia”.
Ellos pensaban que era más importante destacar que “tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no podían comprenderse por sí mismas, sino que radican en las condiciones materiales de vida (prefacio de Crítica de la economía política)… Lenin sintió la necesidad de una teoría más sistemática del Estado y la revolución, lo cual resultó lógico en caso de acceder al poder, pero como todos sabemos la revolución de octubre sobrevino antes de que pudiera completarla”.8

Ahondando en el entendimiento y comprensión de este legado, Hobsbawn anota, para los años setenta, que en él se trataron “dos grupos diferentes de problemas políticos: la estrategia y la naturaleza de las sociedades socialistas… a Gramsci sólo le fue posible enfrentarse a ellos en sus escritos porque estaba en la cárcel, aislado de la política del exterior, y escribía no para el presente sino para el futuro”.9 Y en efecto, él mismo lo indico lúcidamente, citando a Goethe, y su divisa, escribir “für ewig”.

Eric Hobsbawn es, igualmente, concluyente sobre la contribución de Gramsci, diciendo que “llegó a desarrollar los elementos de una teoría política completa dentro el marxismo, y fue probablemente el primer marxista en hacerlo”.10 Y ello fue posible, porque pensó la política como una “actividad autónoma” dentro de las condiciones concretas del desarrollo histórico, a la vez que investiga acerca “del lugar que ocupa o debería ocupar la ciencia política en una concepción sistemática (coherente y lógica) del mundo”.  Y en esta indagación fue más allá de tomar en cuenta la contribución de Maquiavelo, a quien leyó con detenimiento y originalidad como lo comprueban las notas que dedicó a su obra en los cuadernos de la cárcel.

El resultado de esta posición y esta sostenida pasión intelectual se traduce en que para Gramsci  la política es “la actividad humana fundamental, el medio por el cual la conciencia individual entra en contacto con el mundo social y natural en todas sus formas”, como lo consignó en sus notas de la cárcel. Aquí, según lo observado en el texto de Hobsbawn sobre Gramsci, es posible hacer un deslinde que aquel no trae, pero que aquí propongo sobre la lectura de Gramsci.

Pensar en lo político como “la actividad humana fundamental”, y pensar a la política en su sentido lato como “la ciencia y arte de la política”, es decir, en sus propias palabras: “un cuerpo de reglas prácticas para investigar y de detalladas observaciones para despertar un interés por una realidad efectiva (aquí  incorpora a Maquiavelo: “la realidad efectiva de la cosa”) y para estimular un entendimiento político más riguroso y más enérgico”.11

Ahora bien, lo político así pensado es el núcleo duro de un saber nuevo, al que Gramsci denominó Filosofía de la praxis, retomando el legado de Antonio Labriola, y que no es ni más ni menos, que el consecuente desarrollo de una de las tesis de Marx sobre Feuerbach, en correspondencia con el materialismo activo, contrario a la posición materialista contemplativa de la cual siguen siendo parte tanto Hegel como su ilustrado crítico, Ludwig Feuerbach.

Para decirlo con los términos del mismo Hobsbawn, praxis es “lo que hacen, la historia que los propios hombres hacen, aunque en determinadas condiciones históricas –y de desarrollo– y no simplemente las formas ideológicas por las que los hombres se hacen conscientes de las contradicciones de la sociedad. Es, para citar a Marx, el modo en que “lo resuelven”. 12

Gramsci y la construcción del socialismo

El Gramsci confinado en las cárceles fascistas, y con posibilidad de escribir según su proyecto a partir de 1929, también tocó el espinoso tema de la urgencia de construir el socialismo en un solo país, la Unión Soviética, el único lugar en donde la revolución triunfó y se mantuvo.

Hobsbawn precisa su enfoque sobre este tópico recabando en las notas carcelarias, arguyendo que “para Gramsci lo que constituye la base del socialismo no es la socialización en sentido económico –es decir, la economía socialmente poseída y planificada (aunque ésta es obviamente su base y su marco) --, sino la socialización en sentido político y sociológico, es decir, lo que se ha denominado proceso de formación de hábitos en el hombre colectivo, que hará que el comportamiento social sea automático, y eliminará la necesidad de un aparato externo que imponga normas;”13 así dicho, la interpretación de Hobsbawn indica, que “Gramsci tendía a considerar, quizá a la luz de su experiencia en Turín, que las grandes fábricas modernas no eran tanto un lugar de alienación, sino más bien una escuela para el socialismo”.

¿Por qué razones? Debido a que la producción en el socialismo está orientada a la liberación del hombre, a avanzar en la dirección de la sociedad civil autoregulada, a la definición de un nuevo conformismo social en condiciones de libertad individual y colectiva. Luego la producción en el socialismo es “un problema de educación política y de estructura política”.

Cerremos, pues, este obituario singular, con ocasión de la muerte de Eric Hobsbawn, -este brillante cerebro forjado en la mejor tradición comunista-, con apartes de la cita que él hace a la carta escrita por Antonio Gramsci en septiembre de 1931, como un adecuado colofón para pensar a los intelectuales en la perspectiva de la filosofía de la praxis, que yo denomino en un libro que está para publicarse, refundación de la ciencia política:

“Mi estudio de los intelectuales es un ambicioso proyecto…Y amplío considerablemente el concepto de intelectuales más allá del significado corriente de la palabra, que se refiere principalmente a los grandes intelectuales. Este estudio también me lleva a ciertas determinaciones del Estado. Normalmente éste se entiende como sociedad política (es decir, la dictadura del aparato coercitivo para conducir a la masa del pueblo a la conformidad con el tipo de producción y economía dominante en un momento dado)”.

Para que Gramsci señale y destaque en seguida, una distinción fundamental para pensar lo político y la política bajo las nuevas condiciones: “y no como un equilibrio entre sociedad política y sociedad civil (es decir, la hegemonía de un grupo sobre toda la sociedad nacional ejercida a través de las llamadas organizaciones privadas como la Iglesia, los sindicatos, las escuelas, etc.). La sociedad civil es precisamente el campo especial de la acción de los intelectuales.”14

No hay duda, tomando este último parámetro, que tanto Antonio Gramsci como Eric Hobsbawn, ellos mismos se definieron en términos de sus fructíferas vidas en la función de intelectuales orgánicos, en el campo de la sociedad civil, el uno desde las prisiones fascistas, y el otro en el ámbito del capitalismo desarrollado, en procura de darle cuerpo y entidad a un quehacer contra-hegemónico, dispuesto a contribuir no sólo a la emancipación sino a la liberación del trabajo del yugo capitalista. En esa trinchera de la filosofía de la praxis ha quedado su rico legado tanto político como histórico.

Edición N° 00323 – Semana del 5 al 11 de Octubre de 2012

1 HOBSBAWN, Eric (2011). Cómo cambiar el mundo. Marx y el Marxismo, 1840-2011.  Editorial Crítica. Barcelona, p. 321.

2 Op. cit., Ídem.

3 Op. cit., p. 322.

4 Ídem.

5 Ibídem., p. 323.

6 Ídem.

7 Op. cit., 324.

8 Ídem.

9 Ibídem., p. 326.

10 Ídem.

11 Op. cit., pp: 326-327.

12 Op. cit., p. 327.

13 Ídem.

14 GRAMSCI, Antonio (1965). Lettere dal Carcere. Editorial Einaudi. Turin, p. 481.

 
 
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