Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

El triunfo de lo conocido y la derrota de lo incierto

  Rubén Sánchez David
  Analista internacional
   
 

En el sistema político norteamericano, la reelección es el destino de un presidente. En los últimos 50 años, solo Jimmy Carter y George Bush padre no lo consiguieron, y en circunstancias muy particulares.

En las recientes elecciones  Barack Obama ganó apoyado por una coalición de jóvenes, mujeres e hispanos porque ante la incertidumbre del mundo actual supo proyectar una imagen de líder más confiable que la de su adversario republicano.

Frente a lo conocido, Mitt Romney, de convicciones fluctuantes, no pudo correr el velo de lo incierto que envolvió su campaña. Al discurso conservador y fundamentalista de los republicanos, los candidatos demócratas y Obama en primera fila ofrecieron un rostro más actual en un país que se mueve en dirección contraria a la que ha adoptado el Partido Republicano.

Al parecer, el lugar tan protagónico que tuvo el movimiento del Tea Party en el Congreso se ha debilitado: las puertas del Capitolio se cerraron para personajes como Todd Akin o Michael Murdock que en campaña hablaron de “violaciones legítimas” o de embarazos provocados por la voluntad divina pero se abrieron para Tammy Baldwin quien decidió no ocultar su homosexualidad.

Al recuperar una iniciativa perdida en las elecciones legislativas de 2010, los demócratas conservaron la preeminencia que tienen en el Senado desde 2006 y lograron modestos avances en la Cámara de Representantes derrotando a los candidatos del Tea Party en Florida, Nueva York, Illinois e, incluso, Utah.

Según la mayoría de los analistas de la política estadounidense, el factor decisivo en las pasadas elecciones fue la economía. Sin embargo, otras variables también deben ser tomadas en cuenta.

En efecto, además de la empatía hacia Obama por parte de una clase media laminada por la crisis, la presencia de los jóvenes, que constituyen un 19 por ciento de la población y que volvieron a votar en gran número, en su mayoría por Obama, y la votación de las mujeres asustadas por el programa de derribo social de Romney así como por la oposición de los republicanos al derecho de las mujeres a decidir lo que hacen con sus cuerpos, fueron factores determinantes del triunfo demócrata.

Vital fue también el apoyo de los hispanos que superan el 15 por ciento de la población y que acudieron masivamente a las urnas motivados por su oposición a las leyes de inmigración aprobadas por varios estados como Arizona y Alabama y por su deseo de representación en la esfera pública.

La elección del presidente de los Estados Unidos es un acontecimiento que moviliza las pasiones de la nación americana pero interesa también – y de qué manera – al resto del mundo por cuanto cualquier decisión del hegemón tiene repercusiones inmediatas en la dinámica mundial.

Así como para los norteamericanos el triunfo de Obama significa la continuación de lo conocido sin mayores sobresaltos, del mismo modo en el escenario internacional el horizonte sigue siendo el mismo y la continuación de una ruta no exenta de escollos en un mundo polarizado.

Para empezar, Obama tiene que liderar un país dividido y enfrentar una Cámara de Representantes en la que los republicanos conservan la mayoría y desde donde pueden seguir obstruyendo su proyecto; en segundo lugar, el gobierno no puede seguir haciéndole el quite al llamado precipicio fiscal, tan atacado por los republicanos, con las consiguientes repercusiones en materia de inversión pública.

Los obstáculos internos que debe sortear Obama para mantener vivo su proyecto imponen también límites a su política exterior. En las naciones que cuentan con instituciones fuertes, los jefes de Estado no pueden manejar la política exterior de sus respectivos países a su libre albedrío, al margen de los poderes fácticos y de intereses creados. Además, si bien el triunfo de Obama es meritorio, no ha recibido un mandato rotundo.

Hacia el mundo, con base en una amplia coincidencia para lidiar con China, la otra superpotencia, Obama tendrá que mantener el pulso de la retirada de Afganistán, anunciada para finales de 2014, sin perder de vista a Pakistán ni a Irán. Dadas las circunstancias, Estados Unidos está más ocupado en salir de sus guerras que de emprender nuevos conflictos y su política se ha centrado en la administración de adecuadas dosis de palo y zanahoria.

Con respecto a América Latina en general, ya a Colombia en particular, no se avizoran cambios profundos. Aunque Estados Unidos puede desempeñar un papel estratégico en el crecimiento económico de América Latina y contribuir al cambio de sus estructuras sociales, no lo ha hecho durante muchos años ni da señales de querer hacerlo. Se mantendrá la política de recortes financieros, medidas proteccionistas y mensajes mixtos para la región. En cuanto a una posible acción en el marco del diálogo entre el gobierno colombiano y las FARC, el gobierno de Obama permanecerá a la expectativa de su desenlace. Wait and see parece ser la consigna.

Edición N° 00328 – Semana 9 al 15 de Noviembre de 2012
 
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía. Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
   
 
 
comentarios suministrados por Disqus