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Las privatizaciones de los pobres

  Hernán Suárez
  Asesor Editorial
   
 

La ola privatizadora que hace más de 3 décadas recorre nuestro país y ahora se ocupa del subsuelo, tenía como destinarios y beneficiarios exclusivos a los empresarios e inversionistas nacionales y extranjeros, pero los pobres no se han resignado a ser excluidos de este empeño nacional de privatizar lo público en beneficio de los privados sin distingos de clase. A diario echan mano de su ingenio y de su necesidad  para sacar partido de las boronas que deja caer el modelo. Aquí no se rinde nadie, sentencio en su momento Jaime Bateman con razón histórica.

A su manera, a su aire, para satisfacer su hambre, con las uñas, sin permisos, ni  licencia, en la marginalidad, en la informalidad, los pobres también privatizan lo público, las miserias de lo que va quedando de lo público para ser precisos y justos.

Los pobres en este afán privatizador no desarrollan una acción perversa y con calculado beneficio como los otros, simplemente buscan su supervivencia ante la falta de Estado de bienestar y oportunidades para el trabajo digno, como se estila ahora. Ellos también reclaman su derecho al emprendimiento. Al igual que los contrabandistas, los contratistas de servicios públicos, los Nule y los Murcia, los Interbolsa, los monopolios, los traficantes drogas, los vendedores ambulantes, reclaman a grito herido: ¡Dejen trabajar!

Allí donde el Estado incumple obligaciones sociales y públicas elementales, allí un pobre privatizador hace presencia. Algunos ejemplos.

Todos hemos observado en las calles bogotanas la picaresca acción de uno o dos pobres que con un montón de tierra y una pala simulan tapar un amenazante hueco. Su sistema de peaje y de cobro es una callosa mano estirada en busca de una moneda. La mayoría evade el pago del “impuesto”, otros lo cumplen, pero algo queda.

El dramatismo es mayor cuando se observa a otro hombre que armado de un chaleco raido, un garrote y un pito suple con creces la ausencia de la autoridad de transito responsable de facilitar la movilidad de los vehículos en los tradicionales trancones bogotanos. Investido de autoridad, que emana de su real gana, el hombre da paso a unos y otros y a todos pretende cobrarles. Algo logra hacer por la movilidad y para sus magros ingresos.

La atención oportuna en los establecimientos públicos mediante el sistema de turnos numerados, costosamente publicitada por las entidades, es rápidamente copada  por los mendicantes “capturadores de renta”, quienes organizados en familia se dedican a acumular fichas de atención, las cuales ofrecen luego a los urgidos ciudadanos dispuestos a pagar unos pocos miles de pesos con tal de ser atendido antes que los demás.

La deficiente prestación del servicio público de alimentadores en el sistema Transmilenio de Bogotá ha dado origen a una nueva fuente de emprendimiento y privatización de lo público por parte de los llamados bici-taxis. En penosas faenas de 12 o 14 horas, cientos de jóvenes se dedican a la inhumana tarea de trasportar una y hasta tres personas a cambio de los “mismos mil pesitos”, ante la mirada indolente de las autoridades de tránsito. Es un infame sistema de transporte por tracción humana que hasta el momento no suscita el interés de los defensores de los derechos humanos y de los otros.

Lo que empezó como una actividad individual de rebusque, hoy en día ha pasado a ser un jugoso y organizado negocio de “pequeños” empresarios que se lucran con la explotación inmisericorde de cientos de jóvenes desempleados  que alquilan los bici taxis y deben pagar cumplida y diariamente una renta al “dueño”. Tampoco faltan, no podían faltar, los políticos vivarachos que ya hacen campaña en defensa de la actividad del ciclo taxismo, sugieren organizarlos, carnetizarlos y claro pedirles que voten por el concejal amigo. El asunto se ha extendido de tal manera que la Secretaria de Movilidad se va a ver en la obligación de  incluirlos en el Sistema Integrado de Transporte de la ciudad, antes que el propio Metro o el Tren ligero.

El incumplimiento del Estado de habilitar zonas de parqueo, debidamente reglamentada y con el pago de tarifas, ha dado lugar a la privatización de calles, andenes y bahías por miles de angustiados cuidadores de carros, que tras penosas jornadas captan una renta pública en su beneficio. Su acción es posible gracias a la ausencia de parqueos públicos al alcance de todos y a las mordidas que deben pagar a los acuciosos policías que rigurosamente los visitan a mañana y tarde. Su oferta del servicio  es clara, “déjelo ahí monito, yo se lo cuido”. Y así podríamos seguir ilustrando las formas operandis del problema.

La próxima gran batalla que librarán los pobres en su rebusque privatizador será por quien recoge primero las bolsas blancas del programa Basura Cero del alcalde Petro, quizá el programa mas revolucionario por su contenido y alcance de la actual administración. Un propósito social, ambiental y cultural con el cual se ponen de acuerdo todos los extremos y todos los centros.

La basura en el programa de Petro se transforma en un bien público cuyo usufructo será entregado mediante convenios a los recicladores y sus organizaciones, para dar así cumplimiento al mentado fallo de la Corte Constitucional. Pero entre los pobres también hay disputas económicas, también hay competencia leal y desleal, también hay recicladores “monopolistas” que no quieren que otros, tan pobres como ellos, entren en la libre competencia por las bolsitas blancas. Por eso le pegaron a un alto funcionario del alcalde, por eso Petro no los ha podido convencer del todo.

La gran batalla está por venir: pelearse a brazo partido cuanta bolsita blanca se vea en la calle, se trata de billete “pulpito” y limpio. Habrá disputas e informalidad, tutelas de unos contra otros, decretos y sanciones, acciones de policía, pero al final, por fin, todos los bogotanos ganaremos. Manos a la bolsa. Recicladores del mundo uníos.

Edición N° 00333 – Semana del 14 al 20 de Diciembre de 2012
 
 
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