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La democracia bolivariana

  Héctor Alonso Moreno
  Profesor Asociado-Universidad del Valle
   
 

El pasado domingo 16 de diciembre el pueblo de Venezuela ratificó en las urnas el rumbo de su revolución socialista. Esta nueva cita histórica con los destinos de su patria estuvo enmarcada en la incertidumbre por la salud del presidente Hugo Chávez, que como de todos es sabido, padece una seria afección cancerigena que lo ha imposibilitado para ejercer transitoriamente los destinos de su patria.

El presidente Chávez desde su lecho de enfermo en La Habana, seguramente, pudo percibir que el triunfo de su proyecto político en las elecciones regionales, era a su vez, el respaldo de su pueblo y la mejor forma de expresar la solidaridad ante los difíciles momentos que en lo personal atraviesa el mandatario. Triunfo electoral que reitera, además, por segunda vez, en menos de tres meses, que la democracia que surgió en Venezuela a partir de 1999 sigue tan vigorosa como nunca.

El triunfo electoral en el Estado de Zulia, emporio petrolero con mayor población del país, donde el candidato chavista subió del 45 al 52 por ciento, permitió la consolidación de la revolución bolivariana en un Estado que había sido tradicionalmente hostil a los intereses chavistas. De la misma manera, el triunfo en el Estado de Carabobo, núcleo industrial del país, hace aun más importante el triunfo del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). A parte de lo anterior, se alzó también con la victoria en el Estado de Táchira, fronterizo con Colombia y ruta preferencial de paramilitares y narcos quienes siembran el terror en Venezuela.

La conquista de 20 de las 23 gobernaciones en disputa, permite precisar que las desigualdades sociales se seguirán combatiendo en esta Venezuela bolivariana, a través de gobiernos regionales inspirados en la revolución chavista, tal y como ha venido sucediendo hasta ahora, y como claramente lo demuestran los datos económicos de los 12 últimos años de cambios revolucionarios y democráticos.

Durante este período, la inversión social acumulada ha sido del 20% del PIB comparada con los años 1988 – 1998 donde sólo se invirtió un 8%. Según el Banco Mundial, la pobreza disminuyó de 70 por ciento en 1996 a 23.9 en 2009 y la pobreza extrema se redujo de 40 por ciento a 5.9%. El índice de Gini, para medir la desigualdad, se redujo en un punto, situándose en 0.4068, el más bajo de toda América Latina. La tasa de desempleo no supera 6.2 por ciento y el salario mínimo pasó de 185 dólares en 1998 a 462 en 2010. En 1998 los beneficiarios del sistema de pensiones alcanzaban a 387 mil personas, hoy suman un millón 916 mil 618 con una pensión homologada al salario mínimo, inexistente hasta antes de la revolución Bolivariana.

La participación de más del 54% de la población en capacidad de votar que concurrió a las urnas, demuestra la vitalidad de una democracia venezolana que se alimenta día a día de la inmensa participación ciudadana a través de las llamadas misiones. Herramienta fundamental que ha puesto en funcionamiento el Gobierno bolivariano a fin de definir y resolver los proyectos más importantes en materia de salud, alimentación, educación, vivienda, etc. Es decir, los proyectos tendientes a lograr la inclusión y las transformaciones económicas, sociales y culturales del pueblo bolivariano.

De la misma manera, esta democracia integral se nutre de la política de privatizaciones y del control de los recursos naturales y energéticos que como el petróleo han permitido obtener los recursos económicos necesarios para llevar a cabo las políticas públicas redistributivas, en favor de los más necesitados.

Tanto la derecha venezolana en cabeza de Capriles como la del ex presidente Álvaro Uribe acá en Colombia, van tercamente en contravía de la historia; se niegan a aceptar que la realidad geopolítica del continente latinoamericano está determinada en su mayoría por gobiernos democráticos de izquierda y de centro izquierda. Que Venezuela junto a Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Argentina, y Brasil, entre otros gobiernos, son producto de la voluntad popular de millones de los siervos sin tierra y de los cientos de miles de desheredados que han visto por muchos años extraer sus recursos naturales y desangrar las venas de nuestro continente.

Estos gobiernos democráticos decidieron cambiar la historia de años de corrupción, clientelismo, politiquería y enriquecimiento de los más avivatos; por modelos políticos que apuntan a superar las desigualdades sociales. Lo que avanza en el continente suramericano son gobiernos con una gran esperanza para los más pobres y los más humildes quienes durante años fueron testigos de cómo sus países eran desbastados por la avaricia de unas oligarquías, aliadas a los gobiernos más corruptos de la región. Son gobiernos de los hijos de un nuevo constitucionalismo y el de los de abajo que luchan contra la pobreza y la exclusión; que están construyendo en la región la nueva ciudadanía participativa del siglo XXI.

Edición N° 00334 – Semana del 21 al 27 de Diciembre de 2012
 
 
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