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Elección entre “rufianes” y “canallas”

  Ricardo García Duarte
  Politólogo y abogado – http://ricardogarciaduarte.wordpress.com/
   
 

Entre los insultos que se cruzan, Santos y Uribe preparan la arena para la disputa electoral que tendrá lugar dentro de poco más de un año.

Los insultos

¡Rufián! le ha soltado Santos a Uribe para situarlo como el camorrero de barrio siempre dispuesto a desafiar a aquel con quien tropiece, sólo para marcar infatuado su territorio.

¡Canalla! le lanza Uribe a la cara del presidente, como si le arrojara un frasco con vitriolo… Ya descompuesto, le grita: ¡mentiroso!, calificación o descalificación esta a la que sus corifeos hacen eco con esa mueca de ahogo que caracteriza al epígono, vaciado de sustancia propia.

Al enrostrarle en todos los tonos que es un mentiroso, Uribe pretende fijar en el subconsciente colectivo la imagen de un Santos falso, de modo que por oposición él mismo se erija como el referente verdadero de alguna misión difusa; misión eso sí que germina como la maleza, al ritmo de esa retórica en la que resuena almibarada y cortesana la expresión: “mi patria”.

Antes, se había despachado contra el ahora presidente, acusándolo de que abandonó, si no es que traicionó, el sacrosanto principio de la seguridad democrática.

Un Santos mendaz, especie de presidente fantoche que no cumple con el deber de la seguridad encomendado por el pueblo y por el propio Uribe, es el grito de guerra con el que este último encabeza la oposición a un presidente que “él mismo eligió”, según adoran decir los miembros de su séquito.

Hegemonía integral en juego

Lo que está en juego es la hegemonía integral sobre, no digamos ya el universo social y económico en el que conviven los intereses de todos, sino específicamente el mundo político; ese mundo hecho con ingredientes tales como el gobierno, los partidos, los entes de representación y los electores. Es un mundo en el que florece la representación y surgen las decisiones obligatorias que impactan a la sociedad.¡

La pelea entre Santos y Uribe, más allá de sus manifestaciones groseras o de lo incomprensible que resulte el impulso fratricida,  envuelve la competencia feroz entre dos liderazgos; más específicamente, entre dos grupos de élites (ubicados ambos en una franja similar dentro del espectro ideológico) para hacerse a una hegemonía sobre el conjunto de la representación política, después de que quedaran destrozadas las identidades partidistas del liberalismo y del conservatismo. Y de que fueran remplazadas por una constelación de empresas electorales tanto como por el segmento de los votantes independientes.

Una hegemonía integral implica el control del aparato, de la representación y del discurso. En otras palabras: del Estado, de los partidos y de las ideas.

Un Uribe ex – hegemónico

A los acordes de su propia música, la de un populismo conservador no de ruptura sino defensivo, Uribe Vélez fabricó en sus 8 años el sueño de un caudillo en democracia. Controló gobierno y congreso; construyó una coalición dominante y formó su partido; también se echo los políticos al bolsillo, y por si esto fuera poco, se ganó la opinión. Amarró el poder, la representación política y el imaginario colectivo.

Dicho de otro modo, se inventó a sí mismo como la magnitud decisiva en la nueva forma de hegemonía que, después de la orfandad dejada por liberales y conservadores, galvanizaría las ansiedades de la gente, con una subcultura de la seguridad, mientras le ponía nuevas etiquetas de partido a los mismos clientelistas de siempre o a otros recién nacidos; ahora bajo su mando de patriarca. A los políticos, los mantenía con el Estado; a la opinión, con la Seguridad.

Este cuadro completo se descompuso, sin embargo, una vez estuvo por fuera de la presidencia. Es un cuadro que requiere de sustanciosas dosis de exageración con respecto a la amenaza inminente. Por cierto, promueve creíblemente una mezcla proporcionada de miedo, de presencia insoslayable de un enemigo, y de una pulsión combativa. Por tal razón, la construcción del apoyo en la opinión requiere de una agitación permanente alrededor de la seguridad.

Santos disolviendo al imaginario uribista

Así, Santos ya en la Presidencia terminó por dislocar la hegemonía que diseñaba Uribe; y cuya pieza maestra era él mismo.

Como quien no quiere la cosa, matizó el discurso contra el enemigo y desconcentró la agenda antes referenciada solamente en la seguridad. El sólo hecho de aceptar negociaciones con las FARC y proceder a entendimientos diplomáticos con Chávez disolvía con mayor eficacia que las palabras la figura del enemigo, el mismo que despierta miedos, odio y pulsiones de victoria.

A la vez que relajaba el discurso conservador sobre el enemigo (abandonado un poco melancólicamente a los pronunciamientos del Mindefensa), el presidente cometía sin mayores traumatismos el “saqueo” mayor a la herencia uribista. Como en un aluvión imperceptible; como si se tratara de un morboso hurto consentido; se apropiaba de los congresistas y del partido creado por su predecesor. Por algo se es jefe de Estado. Así, el presidente Santos se llevaba para su parcela a los caciques mientras sutilmente rociaba con disolvente el discurso uribista.

La reacción furiosa del ex-presidente es, a la vez, un acto de supervivencia política frente al acomodamiento inercial de los factores de poder que lo puede convertir en un inofensivo dummy; y un esfuerzo por recuperar una forma de control político basada en la forjación de enemigos y en los imaginarios del peligro.

Fractura política en las élites

Es una reacción que supone la fractura entre dos sectores de las élites, la santista y la uribista. El recurso inmediato en disputa no es otro que el Congreso y el control sobre la clase política. La carta mayor en juego será la forma como finalmente se construya la hegemonía en el universo político; la “fórmula”, diría Gaetano Mosca, un especialista italiano en élites y poder; una fórmula en la que la seguridad ocuparía un lugar central.

Por lo pronto, el escenario para el primer combate; esto es el de hacerse a una “clase parlamentaria” dominante, será el de las elecciones en marzo de 2014 para Cámara y Senado.

Ya sin partido de la U y sin un buen número de congresistas cuya fidelidad se embolató en las mieles del poder santista, Uribe, en la oposición, se verá compelido a encabezar una lista promoviendo un nuevo “personal político”, compuesto por pequeños empresarios electorales en cada región, por antiguos ministros suyos y por algunos de sus nuevos o antiguos “fieles” que le sirven de altavoces ante la opinión.

Apoyado en ese 50% que lo respalda en las encuestas; así mismo, en un discurso contra la inseguridad y los peligros del terrorismo, irá por un 30% del Congreso, reconfigurando el mapa electoral. No obstante, los comportamientos inerciales en la elección parlamentaria y su fraccionamiento lo pueden conducir quizá a una cifras más modestas; situación ésta que terminaría por limitarlo sensiblemente en su propósito de atraer al Partido Conservador para la configuración de una coalición mayoritaria de oposición; un partido al que precisamente le podría arrebatar votos y curules.

Edición N° 00336 – Semana del 25 de Enero al 1º de Febrero de 2013
 
 
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