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Fortalecer el tejido social y político

  Héctor Alonso Moreno
  Profesor asociado – Universidad del Valle
   
 

El proceso de negociaciones de paz que se desarrolla en La Habana debería concretar una política que permita una mayor inclusión social y política, entendida esta como la posibilidad de activar nuevamente las dinámicas comunitarias y de participación política que se han visto seriamente afectadas por los más de cincuenta años de conflicto político armado.

El tejido social es el que más ha sufrido y se ha desarticulado a causa de la violencia de algunos actores armados que por años han ocupado los espacios de la protesta cívica-política en Colombia. Parte del déficit de participación democrática y política en el país y de la ausencia de la sociedad civil, se explica por el copamiento de los espacios de protesta y resistencia civil que hacen cotidianamente diferentes actores armados.

Se puede afirmar, también, que ha sido relegada la protesta ciudadana debido a que gran parte de las manifestaciones legales han recibido del establecimiento un tratamiento de represión y de orden público. La presencia, en ocasiones, de las organizaciones guerrilleras al interior del movimiento legal, cívico, popular y democrático, han servido como justificación, según sectores del Gobierno, para la acción represiva del Estado; también ha permitido en ocasiones que las gentes expresen sus temores y se incapaciten para adelantar la protesta cívica y pacifica.

Los actores armados han consolidado y colonizado espacios de la oposición democrática ante el debilitamiento de las organizaciones legítimas de la sociedad civil producto de la acción violencia. Y debido también a  la exclusión y aniquilamiento de las terceras opciones políticas legales, quienes en unos casos han sido liquidadas por la vía de la violencia directa y en otros incorporados al establecimiento por la vía de la adscripción mediante mecanismos de cooptación clientelar, propios del régimen paritario bipartidista.

Es urgente reconstruir esta fractura del tejido social y político colombiano. Es necesario re-crear y estimular las diferentes formas de participación democrática en la perspectiva de aumentar los espacios de participación política y social de las comunidades, en especial, de las comunidades rurales y de los sectores urbanos marginados en las cuales  impacta de manera directa y con gran ferocidad el conflicto político armado colombiano.

Un horizonte de pacificación como el que seguramente se está construyendo en La Habana podría trazar líneas que permitan re-hacer el averiado tejido social, y culminar exitosamente la desmovilización de las guerrillas fortaleciendo los diferentes movimientos sociales; de esta manera, superar así, casi 20 años de esquemas de paz con buenas intenciones con que hemos venido empedrando el camino al infierno. Ésa es una interpretación posible.

De no ser así, uno podría inferir que quienes han representado las guerrillas y el Estado en estos veinte años de diálogos y negociaciones discontinuos no han tenido intenciones de paz, o más bien han utilizado los escenarios construidos alrededor de los diálogos de paz  para ejercer sólo protagonismos.

En cuanto al desarticulado tejido político hay que decir que una de las deudas históricas de la Asamblea Nacional Constituyente de 1990, fue el no haber profundizado en el debate acerca de la democracia representativa. Si bien es cierto, se avanzó en las definiciones y procedimientos de la democracia participativa y directa; no ocurrió lo mismo con el carácter de la democracia de representación. Pues el modelo político, hegemónico bipartidista,  paritario y excluyente sigue vigente.

De ahí que en un poco más de veinte años de vigencia de la actual Constitución Política se puede percibir como el bipartidismo histórico Liberal-Conservador sigue mutando hoy con disidencias y nuevas siglas en lo que se denomina la Unidad Nacional. La conclusión, es entonces, que las viejas élites políticas se siguen reproduciendo en el atrasado gamonalato regional de antes de la Constitución de 1991 con sus prácticas, componendas y sinecuras clientelares, en algunos casos, apalancados por el narcotráfico y el paramilitarismo.

Es la hora de adelantar la discusión acerca de una gran reforma política que permita reconstruir un modelo de democracia multipartidista inclusiva con reglas del juego claras, y que garanticen la vida política de los disensos y de las minorías políticas. Con circunscripciones especiales electorales no sólo de minorías, sino también de paz. Una reforma política que permita estructurar un modelo partidista en la cual se exprese con claridad ideológica la derecha, el centro y la izquierda. Modelo político en el cual también debe quedar explícito que la muerte no hace parte de la actividad política como riesgo profesional, y que tampoco exista la menor posibilidad de ser cooptado con dadivas o canonjías al establecimiento político mayoritario. Es decir, hay que trabajar por construir un nuevo modelo político de profundo respeto a la actividad política de las diferentes formaciones ideológicas en el marco del fortalecimiento de la democracia. Hay que reinventar la política.

Edición N° 00340 – Semana del 22 al 28 de Febrero de 2013
 
 
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