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No soy un hombre: soy un pueblo

  Héctor Alonso Moreno
  Profesor asociado – Universidad del Valle
   
 

El Gaitanismo cumplió el pasado 9 de abril una efeméride más del día en que su caudillo y máximo líder Jorge Eliécer Gaitán, fuera asesinado en la capital colombiana. Gaitán es sinónimo de pueblo; de un populismo político como dinámica transformadora. Hablar de Gaitán es hacer alusión a un hombre que quiso revolucionar la política colombiana en el período de 1930 a 1948, en el marco de un proceso de transición de una sociedad agraria a una sociedad industrial.
 
Durante este período en que el negro Gaitán agitó con su viril voz a las muchedumbres ansiosas de Pan, Trabajo y Paz, Colombia vivía épocas de grandes transformaciones en todos los sentidos. Arreciaba una gran dinámica, no solo popular, sino también, de los sectores dominantes que se batían entre mantener las condiciones políticas de atraso y marginalidad propias de la ruralidad, y las posibilidades de avance y desarrollo en el marco de las nacientes relaciones precapitalistas de producción del país. Era en el fondo; una lucha entre la ruralidad y la urbanización de las relaciones de producción y de las fuerzas productivas en el marco de la lucha de clases.

Semejante descontento popular fue capitalizado por Jorge Eliécer Gaitán, hijo de una generación de colombianos que había vivido la influencia de grandes acontecimientos nacionales e internacionales de principios del siglo pasado. Hechos internacionales como la revolución Mexicana, El movimiento estudiantil de Córdoba Argentina y la propia revolución Rusa, marcaron parte de su imaginario político.

En el campo de la actividad política electoral en los primeros años de la década de 1930 del siglo pasado se expresaron en el país nuevos movimientos políticos diferentes a los tradicionales partidos institucionalizados ya en el régimen político colombiano. Situaciones derivadas de la crisis de la económica de la década del 20, aunado a las crisis sociales de desempleo y hambre, y a factores políticos en especial a los derivados de la crisis de la hegemonía conservadora (1886-1930), contribuyeron a crear el marco ideal para el desarrollo de movimientos y partidos de carácter anti – imperialista y anti latifundista que asimilaron toda una experiencia de formaciones socialistas de las primeras décadas del siglo pasado. La presencia del Partido Comunista (P.C.C) fundado en el año 1930, la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR) de Jorge Eliécer Gaitán, y El Partido Agrario Nacional (PAN) que fue una expresión política transitoria del movimiento campesino de la región de Sumapaz, así como una serie de organizaciones y agrupaciones políticas efímeras entre 1930 y 1940 así lo evidencian.

Estas nacientes organizaciones políticas guardaban algunas similitudes en sus objetivos, formas de presión, influencias externas y mecanismos de cohesión con otras organizaciones campesinas de América Latina, entre las cuales se pueden identificar las siguientes: el contacto con sectores urbanos instruidos y con otras fuerzas que generaban cierta capacidad organizativa; la creación de una conciencia sobre sus intereses más importantes y la posibilidad de defenderlos o conseguirlos mediante una acción conjunta; la presencia y formación de líderes locales, y la dinámica ascendente en el tipo de demandas, las formas de presión y el hecho de abarcar, por lo menos, una región geográfica”. (De Sousa Santos Boaventura, 2001:291)

Los sectores desposeídos, obreros, campesinos y gentes de clase media vieron en Jorge Eliécer Gaitán la posibilidad de la superación de la crisis y la reivindicación de sus anhelos de reformas democráticas y de paz. El curso de los acontecimientos aseguraba sin duda alguna un triunfo en las elecciones presidenciales de 1950 del caudillo liberal, si no hubiese sido por su asesinato el 9 de abril de 1948.

Se frustró de esta manera con la desaparición física del caudillo la aspiración de una gran masa de colombianos de ver cumplidos sus propósitos de tierra, pan, trabajo y paz, lo cual desencadenó una gran conmoción social y de violencia política. Violencia que antes del asesinato de Gaitán ya se venía vislumbrando, pues en el fondo, la violencia fue la expresión de una lucha económica, social y política que venía manifestándose en el país desde las primeras décadas del siglo y que tuvo su punto de agudización a partir de 1947. De tal manera que,  a un proyecto que apuntaba a ampliar las bases de legitimidad del sistema se respondió con violencia, cerrándolas o angostándolas. Si la urgencia de Gaitán en los años cuarenta era cómo resolver institucionalmente las relaciones entre la democracia política y la creciente desigualdad social, después del 9 de abril el problema se complicó por el desencadenamiento de la violencia partidista. (Palacios, 2001:35)

Asesinar a Gaitán no era cosa diferente que obstaculizar procesos políticos por vía represiva de la liquidación del adversario en la relación histórica de violencia y bipartidismo, obstaculización de procesos acudiendo a los mismos métodos criminales que varias veces ha presenciado el país en las diferentes etapas de la violencia política, y que han sido auspiciadas en ocasiones repetitivas por las élites políticas bipartidistas gobernantes.

La Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR) de Gaitán, fue una formación política que tuvo una gran incidencia en las luchas de los asalariados del campo y de la ciudad. En el campo desarrolló una gran actividad política mediante la organización de los campesinos; sus seguidores actuaron decididamente en la lucha de los colonos; siendo muchas veces  reprimidas sus manifestaciones por parte del gobierno de manera violenta. La UNIR de Gaitán, comenzó  bien pronto a ser víctima de la represión de los latifundistas a través de las llamadas “guardias departamentales”. En la primera etapa de agitación, la guardia de Cundinamarca disolvió a bala una manifestación de campesinos uniristas presidida por Gaitán en Fusagasugá el 4 de febrero de 1934, dejando un saldo de varios campesinos asesinados (Medina, 1989:281).

La organización política de Gaitán, también tenía una gran base social en el naciente sector obrero, en particular, el que laboraba en la industria de chocolates, energía y textil. De allí que la plataforma de lucha liderada por Gaitán incluía no sólo reivindicaciones como la reforma agraria, sino también, reformas de carácter social y laboral para beneficiar al naciente proletariado industrial.

El 9 de Abril se conmemoró entonces, un año más de la muerte del caudillo de la más extraordinaria dinámica transformadora política de los primeros años del pasado siglo, en el cual la insurgencia revolucionaria del movimiento popular, obrero y campesino, empezaba a construir con su sangre parte de la historia de la Colombia del siglo XX.

Hoy más que nunca es preciso reconstruir la senda de la gran revolución democrática que se ahogó en sangre con el crimen de Gaitán a manos de una oligarquía que se niega aún mediante la violencia a permitir los cambios y las transformaciones que desde el siglo pasado se vienen reclamando; que tienen como propósito hacer efectivas y reales las más sentidas reivindicaciones populares: pan, trabajo y paz. La Colombia de hoy, después de 65 años del crimen del caudillo popular se sigue batiendo entre la democracia y la barbarie.

Edición N° 00346 – Semana del 12 al 18 de Abril de 2013
 
 
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