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Resistencias y construcción de  paz imperfecta en las comunidades negras del Pacífico

  Héctor Alonso Moreno Parra
  Profesor asociado – Universidad del Valle
   
 

Desde que comienzan las primeras masacres en los ríos de Buenaventura y se inicia el terror por parte de los actores armados, las comunidades negras y las organizaciones étnico territoriales comienzan a crear y a poner en práctica acciones colectivas que configuran estrategias de resistencia pacífica en contra la guerra que tienen como objetivo preservar la vida, evitar la muerte, detener el desplazamiento, defender el territorio y enfrentar el terror. A partir de la conciencia que han resistido históricamente, definen la resistencia como las formas ancestrales que se han usado para mantenerse como sujeto social y político en el territorio, entendido como un Espacio Para Ser, en medio de los diversos conflictos que históricamente se han presentado y que actualmente se ven agravados por el conflicto armado interno, la indiscriminada e inconsulta explotación de los recursos naturales y del ambiente y la invasión territorial impulsada por las políticas de Estado en función de la globalización económica. (Proceso de Comunidades Negras (PCN), 2007: 3)

De tal manera que en el Pacifico colombiano pese a esa dinámica de la violencia estructural es también una región que se destaca por los grandes esfuerzos de construcción de paz, no sólo por parte de sectores mayoritarios del Gobierno, sino también, por parte de las comunidades organizadas en forma de resistencias. Las resistencias son ejes de un proyecto de construcción de paz que es preciso identificar en la dinámica de construcción  que se ha identificado como de  paz imperfecta.

Par tal efecto, es preciso denominar bajo el concepto de Paz Imperfecta, o inacabada, a todos aquellos episodios resultantes de la interrupción del conflicto político armado que como los acuerdos políticos de gobernabilidad y convivencia entre comunidades y actores armados a partir de las resistencias han servido para crear espacios de diálogo, discusión, y conversaciones a fin de consolidar hechos de paz así sean de manera transitoria.

Después de la masacre de “El Firme” en el río Yurumanguí, la Organización Étnico Territorial APONURY (Asociación Popular de Negros Unidos del Río Yurumanguí) en conjunto con el Consejo Comunitario del Río Yurumanguí y el Proceso de Comunidades Negras y con el acompañamiento de ONG internacionales defensoras de los Derechos Humanos realizan una asamblea general para oponerse a la guerra. En esta Asamblea surge la idea de declarar el río Yurumanguí un territorio de paz y alegría. Esta decisión tiene una fuerte carga simbólica que termina convertida en una estrategia de resistencia territorial a la guerra y de construcción de paz imperfecta. Declarar que un territorio es de paz es colocar fronteras imaginarias frente al conflicto y exigir que el territorio sea excluido de la guerra. Esto significa que ningún actor armado, incluso el Ejército, puede asentarse en el lugar de paz por lo que no puede ser escenario de guerra.

La estrategia de construcción de Paz imperfecta, se construye a partir de declarar el río Yurumanguí como un territorio de paz y alegría que se relaciona con la “lógica del río” y el “sentido del lugar acuático”. Lo anterior,  recrea y retoma la experiencia de “Las comunidades de paz San Francisco de Asís”. En efecto, en el año 1997, 53 comunidades del municipio de Río Sucio, en el departamento del Chocó, unos 7.000 afro descendientes, afectadas por el enfrenamiento entre guerrillas y paramilitares, se declaran como una comunidad de paz y exigen ser excluidas de una “guerra que no les pertenece”. En esta iniciativa las comunidades son apoyadas por la Diócesis de Apartadó que haciendo uso de su carácter de Iglesia logra ser intermediaria en la negociación con los actores armados y obtiene el retornó de más del 95% de la población desplazada de esta localidad. Siguiendo este ejemplo, cuando la gente negra del río Yurumanguí declara que constituye una comunidad de paz y alegría asume varios compromisos que materializan la resistencia. En primer lugar, todos se comprometen a acatar las decisiones que se toman colectivamente, lo que constituye una forma de democracia directa. En segundo lugar, nadie de la comunidad puede colaborar con ninguno de los actores armados, ni dando información, ni engrosando sus filas, ni brindando enseres y alimentos ni prestando apoyo logístico. En tercer lugar, las mujeres no pueden establecer relaciones sentimentales con guerrilleros ni paramilitares.

En la decisión de declararse Comunidad de Paz, la gente negra del río Yurumanguí ha contado con el apoyo del Proceso de Comunidades Negras y con la Pastoral Social de Buenaventura. Sin embargo, a pesar de estos apoyos, esta resistencia es muy débil porque son comunidades desarmadas que se enfrentan a actores muy poderosos que imponen su voluntad a las comunidades porque el “poder nace del fusil”. A pesar que hablan en nombre de las comunidades, los líderes de esta forma de resistencia son amenazados y asesinados por los actores armados. El caso más dramático en el río Yurumanguí es el del líder negro Naka Mandinga, amenazado en varias ocasiones, y a quien los actores armados le han asesinado cinco familiares.

Ahora bien, el mismo espacio físico, que ha servido a los actores armados, sobre todo a las FARC, para desarrollar su estrategia de guerra y control territorial, le sirve ahora a la gente negra de los ríos de Buenaventura para defenderse y resistir a los actores violentos desarrollando estrategias de construcción de Paz imperfecta y de resistencia territorial contra la guerra. En otras palabras, la gente negra “moviliza el espacio” para enfrentar al terror en los lugares que durante siglos han habitado. Las redes laberínticas de caños, cañadas, quebradas, afluentes y ríos le brindan a la gente rutas de escape mediante “microdesplazamientos” en el territorio. Son estrategias de ocultamiento que usan el conocimiento centenario sobre el lugar y el territorio para defender la vida amenazada ante la presencia de los actores armados. Dado que esta estrategia se caracteriza porque la gente negra pone en práctica las tácticas guerreras y de ocultamiento que utilizaban los cimarrones para huir de los campos de minas o de las haciendas esclavistas para construir los palenques o “sociedad de hombres libres”, Castillo (2006b) ha llamado a esta estrategia “cimarronismo moderno”.

En efecto, la gente se refugia en los afluentes, en los caños y en las quebradas donde permanecen por semanas y cuando la situación deja de ser crítica regresa a los lugares en que habita regularmente. Las comunidades llaman a estos sitios encaletados, “donde no nos encuentra nadie”. Por lo tanto, en lugar de ir al poblado, la estrategia para enfrentar el terror consiste en ir “monte adentro”, donde tienen mayores posibilidades de mantener la cohesión grupal. Por lo tanto, en un nuevo contexto, para salvaguardar la vida y el territorio, se repiten las técnicas guerreras de los cimarrones.

La aplicación de estas estrategias de resistencia en el marco de la construcción de paz imperfecta, va acompañada con tácticas de seguridad alimentaria que garantizan la permanencia en el territorio. De esta manera, muchas comunidades han optado no sólo por sembrar sus chagras para alimentarse, sino que organizan brigadas para ir monte adentro, en los encaletados, y “sembrar comida” en varios lugares. Esto ha implicado recuperar semillas tradicionales, rescatar antiguos cultivos y buscar nuevas fuentes de proteínas. El caso paradigmático es el de las comunidades negras del río Yurumanguí que después de 30 años, ante el cerco alimentario a que han estado sometidas por la guerra, han vuelto a sembrar arroz usando las semillas tradicionales (Castillo, 2007).

Edición N° 00347 – Semana del 19 al 25 de Abril de 2013
 
 
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