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I. Neoliberales, libertarianos y derechistas devastan el tejido conectivo de la sociedad del mismo modo que lo hace una enfermedad degenerativa

   
  Tomado de www.other-news
   
 

Una sociedad industrial o post-industrial, que constituye una civilización fundada en una división del trabajo compleja que se extiende por una red de regiones metropolitanas conectadas entre sí y con ciudades de menor tamaño y áreas rurales, precisa de ciertos tipos de bienes y servicios que hagan las veces de conectores para mantener la sociedad y la economía en funcionamiento y cohesionadas.

A diferencia de los bienes que se compran y venden en los mercados, estos bienes conectivos o mediadores a menudo no son objeto de interés mercantil por parte de quienes los utilizan o sacan algún tipo de provecho de los mismos.

Sin embargo, los teóricos sociales y políticos influidos por los axiomas del pensamiento económico neoclásico consideran que estos bienes deberían ofrecerse a través de mercados y que los ciudadanos deberían pagar directamente por ellos como hacen en las demás transacciones mercantiles. Cuando estos axiomas pasan de la teoría a la práctica sin que haya un compromiso social y político ni una presión ciudadana suficientes en pro de provisión pública de estos bienes y servicios, entonces los individuos aislados y las empresas tienden a actuar de forma oportunista tratando de evitar pagar por los bienes y servicios conectivos que constituyen el armazón de la sociedad moderna.

Un armazón básico del que a menudo no hay una clara conciencia cotidiana. Aun cuando no existan mercados privados estables para la mayor parte de bienes y servicios conectivos, éstos hacen las veces de intermediarios fundamentales para la existencia y mantenimiento de algo parecido a lo que consideramos una civilización, una sociedad compleja habitable con una economía robusta.

El Estado es con diferencia el mayor proveedor y financiador de estos bienes y servicios, los cuales en primer lugar hacen posible la existencia misma de las comunidades locales, regionales y nacionales; hacen posible la existencia de una sociedad post-tribal y, por ende, como va dicho, de una civilización y una economía complejas.

En los últimos tiempos hemos podido observar que el crecimiento y los éxitos basados en el trabajo de voluntarios de los que han alardeado diversos emprendedores sociales y líderes de organizaciones no gubernamentales está fundamentalmente vinculado a la voluntad cambiante o al interés económico de ciudadanos privados y de inversores que deciden realizar donaciones para esas causas. A la vez que esto ocurre, algunas funciones de mediación menos glamorosas se colapsan por las sucesivas crisis en sociedades crecientemente despojadas de bienes públicos y de financiación estatal.

Los emprendedores sociales y muchas de las organizaciones sin ánimo de lucro se concentran fundamentalmente en los servicios conectivos más telegénicos o vendibles, capaces de atraer inversiones de una nueva clase de inversores sociales o filántropos caritativos, en vez de en los servicios conectivos mundanos proporcionados por el Estado. Si estos servicios conectivos básicos obtuvieran la mayor parte o la totalidad de su financiación de los filántropos caritativos o de los emprendedores sociales capitalistas nos hallaríamos por completo en un sistema neofeudal en el que los servicios públicos estarían directamente sujetos al capricho e intereses de la élite más adinerada. Desafortunadamente, la hipótesis de terminar en un sistema neofeudal no es por completo imposible en el actual estado de cosas.

De entre las funciones conectivas hay algunas de muy evidentes, como las infraestructuras construidas y/o mantenidas por el Estado, las cuales constituyen conexiones físicas entre los componentes de la sociedad y facilitan que las personas interactúen físicamente entre sí y pueden disponer de bienes y servicios que necesitan. A veces esto significa crear o mantener plazas centrales, como las plazas públicas de los pueblos, los mercados públicos de abasto, los parques o los centros comunitarios de las ciudades, aunque hoy muchas de estas plataformas comunes están constituidas por centros comerciales cuya explotación y propiedad son enteramente privadas. A medida que las sociedades ampliaron su alcance y desarrollaron su actividad comercial con socios comerciales lejanos, se hicieron más necesarias infraestructuras comunes como carreteras y puentes, y más recientemente en muchos países se ha considerado que es necesario un sistema de transporte público eficaz accesible a la mayoría de la gente.

Si este tipo de conexiones estuvieran enteramente bajo el control de empresas guiadas únicamente por el beneficio, como en los sólitos intentos de las últimas décadas, éstas tendrían la capacidad de estrangular la economía a voluntad mediante el ejercicio de su poder monopolista. La economía de peaje resultante sería propiamente neofeudal, con los propietarios de las infraestructuras fijando peajes sobre el comercio y la sociedad en su conjunto exactamente igual que hacían los señores feudales siglos atrás. Por eso, en el exitoso modelo económico mixto desarrollado durante el siglo XX, el Estado ha sido el proveedor, propietario y operador más habitual de las partes fundamentales de las infraestructuras sociales, de los lugares mediadores que conectan las propiedades privadas de personas y empresas. El modelo económico mixto fuerte, propio de las democracias sociales europeas, Australia, los Estados Unidos de mediados del siglo XX y Canadá, con un Estado que regulaba el sector privado y proporcionaba la mayor parte de los servicios vitales, es de hecho el único modelo apreciable que han dado una sociedad y economía industrial y post-industrial complejas. En el mundo desarrollado, cualquier alejamiento de este uno modelo económico mixto fuerte aboca necesariamente a experimentos sociales especulativos a gran escala, si bien muchas de las acciones que han significado un alejamiento de este modelo casi nunca se han presentado abiertamente como tales.

Las tan alabadas fuerzas del mercado en sociedades complejas producen relaciones personales con un grado de anonimidad característicamente moderno que han eliminado algunas de las relaciones de dependencia y de asistencia mutua asociadas a la vida de las pequeñas comunidades y la familia extensa. Las relaciones de mercados son necesariamente contingentes en razón de los precios variables y, consiguientemente, los deseos del comprador por un producto servicio varían con el tiempo de acuerdo con la oferta y son por definición inconstantes: cuando el potencial comprador considera que sus preferencias no serán satisfechas al precio deseado con un potencial vendedor, acude a otro. Cuando el servicio ofrecido es el trabajo de un individuo, éste a menudo debe venderse para encontrar un empleo o para tener alguna ventaja para conseguir un empleo mejor, a veces trasladándose físicamente lejos de la red tradicional de apoyo en la que creció. A causa de la anomia y del desplazamiento físico inducidos por las relaciones de mercado hemos podido observar una tendencia al crecimiento de las burocracias y de los empleados públicos, cuya finalidad es la de proporcionar los servicios conectivos necesarios, y que son vistos por la mayor parte de la ciudadanía como un bien o como un mal necesario para suplir las funciones que antes ejercían las familias y las relaciones más o menos espontáneas de las comunidades.

La disputa actual en Estados Unidos acerca de los niveles de beneficio y de los mecanismos de control de sistema de pensiones de la Seguridad Social es uno de los ejemplos más fundamentales y conmovedores del papel del Estado en la provisión de servicios conectivos (así como en la provisión de la liquidez necesaria en sectores sociales carentes de demanda) en una economía de mercado. Una economía de mercado tiende a socavar el apoyo a las redes de la familia extensa en el caso de muchos de los tienen que vender su trabajo para vivir, así como para pequeños empresarios que no obtienen suficientes ingresos de sus propiedades o negocios como para permitirse emplear o ayudar a su familia extensa. El mercado de trabajo en una economía de mercado avanzada o internacionalizada requiere individuos con una movilidad tal que sobrepasa la capacidad de apoyo físico que pueden ofrecer las redes familiares. Los más jóvenes deben alejarse de sus familias en busca de una oportunidad laboral o para lograr una mayor realización personal, a veces incluso fuera de las fronteras del propio país.

En este contexto, las personas mayores con dificultades para valerse por sí mismas a menudo deben pagar por bienes y servicios que antaño proveían familiares más jóvenes (o que simplemente no les proporcionaba nadie, llegándose a situaciones de miseria y sordidez dickensianas). Un sistema público de pensiones constituye un mecanismo de compensación de las muy distintas realidades del mundo social y de las trayectorias vitales de ingresos y capacidad de ahorro del trabajador medio, que cada vez gira más alrededor de la necesidad de obtener recursos monetarios, puesto que en el contexto actual las personas mayores deben comprar los bienes y servicios que necesitan en vez de vivir por completo en la red de reciprocidad desmonetizada de una familia extensa. Hoy no se puede vivir en una economía de mercado sin movilidad laboral y redes familiares extensas debilitadas; al fin y al cabo un sistema de pensiones de jubilación públicamente garantizadas que permita cubrir los gatos básicos de las personas mayores constituye una solución compasiva y civilizada que facilita que no dependan de la buena suerte, de la riqueza o del grado de cohesión de cada una de las familias.

Inspirándose en la esquemática teoría social y económica de la economía neoliberal de corte austríaco, la política neoliberal de los últimos 40 años ha idealizado el mercado y demonizado el Estado, llegando en la actual coyuntura de crisis post-financiera a propugnar una austeridad que vacía de contenido el papel del Estado en la sociedad y la economía. Con un desmedido ataque contra las funciones conectivas del Estado en la sociedad por medios propagandísticos y aplicando cambios en las políticas públicas, los neoliberales y su facción libertariana más idealista han actuado como agentes promotores de una enfermedad degenerativa crónica que consume las funciones conectivas del Estado y del conjunto de la sociedad. Hoy vemos los efectos de estos ataques, a medida que las infraestructuras físicas y sociales se desmoronan bajo el falso argumento de que no existen suficientes recursos financieros para satisfacer esas necesidades sociales fundamentales.

El presente ataque político orquestado sobre la base de los inasumibles costes del suministro de estos bienes y servicios conectivos parte del supuesto de la existencia de un orden social utópico, cuyos defensores casi nunca proponen de una forma abierta y articulada para que pueda discutirse. Este orden social fantasioso tendría el dinamismo y la movilidad de una economía de mercado y, a la vez, una cohesión familiar tradicional propia de una sociedad tribal. Algo que es físicamente imposible e históricamente inédito.

Empatía y solidaridad humanas

La conectividad surgida de las provisiones gubernamentales de bienes y servicios no tiene una función meramente económica sino que también coadyuva al desarrollo de aspectos fundamentales de la socialidad humana, en el que la cooperación y la competición son componentes necesarios. La teoría económica neoclásica convencional ignora por completo la socialidad y la cooperación humanas. En caso de detectarlas, las admite como meras incrustaciones sobre un ser concebido como fundamentalmente aislado y competitivo, supuesto este último en el que deben basarse todas las explicaciones de los fenómenos sociales y económicos humanos.

Sin embargo, contrariamente a estos supuestos de la teoría económica neoclásica hegemónica, la capacidad humana para la empatía y la solidaridad social que resulta de la misma son fundamentales para comprender las complejas sociedades y economías que construimos. La aportación del Estado a la economía no consiste sólo en la imposición de normas desde arriba para encauzar o restringir las acciones de individuos de naturaleza supuestamente rebelde y asocial, sino en la expresión de los lazos y la conectividad entre humanos convertidos hoy en interacciones más impersonales y en una sociedad en la que necesariamente existen relaciones entre personas que tienen un conocimiento mutuo directo. En ciertos ámbitos de la izquierda y la derecha políticas se concibe el Estado como una imposición sobre una especie de comunidad pre-estatal orgánica, lo cual da pie a considerar que las funciones estatales no reflejan la expresión de los deseos de los gobernados sino que se trata de algo bien meramente opcional, bien de la pura aplicación de la voluntad de los gobernantes. Muy al contrario de lo que suponen estas dislocaciones anarquistas ínsitas en el pensamiento contemporáneo de la izquierda y la derecha, la evidencia histórica no nos ofrece ejemplos de civilizaciones duraderas que hayan carecido de estructuras estatales, incluso en el caso de que una minoría de las mismas tenga elementos que puedan parecernos utópicos o ideales.

Las disputas políticas contemporáneas acerca de la naturaleza del Estado y de su papel en la economía en gran parte pueden reducirse a algo tan concreto como si las partes contendiente creen o no creen que la empatía es algo importante para el funcionamiento de una sociedad y si, por eso mismo, debe ser objeto de atención.

La derecha política tradicional concibe la empatía, excepto en circunstancias extraordinarias, como un signo de debilidad o como un fenómeno que ocurre puramente en la esfera privada, tradicionalmente circunscrito al ámbito del hogar familiar y marcadamente femenino, vinculado a la noción (misógina) de que la feminidad tiene un valor inferior a la  masculinidad. Los movimientos más identificados con la izquierda han tendido a luchar en favor de dar un papel relevante a la empatía en relación con las necesidades básicas y la solidaridad humanas en la esfera pública, centrándose  en gran medida en la preocupación por la igualdad de derechos y en tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran. En cambio, la derecha a menudo ha aprobado la crueldad como signo de firmeza o de lealtad a una causa, dejando espacio para la empatía sólo en el contexto de los rituales de hermanamiento místicos entre la mayoría de los hombres o entre un líder y sus seguidores.

A pesar del cúmulo de ideales atractivos que ofrece, un problema que ha tenido la izquierda al defender la virtud como algo opuesto a la derecha obsesionada con la crueldad y refractaria a la empatía ha sido caer en perversiones desastrosas de sus ideales, particularmente en sociedades en las que los revolucionarios de izquierdas han derrocado al corrupto ancien régime. La ausencia de una teoría efectiva sobre cómo funciona el Estado en la caja de herramientas teórica de la izquierda (tampoco aquí la derecha tiene demasiadas respuestas) ha conducido, entre otras cosas, al Terror tras la Revolución francesa y a la quiebra de la mayor parte de regímenes comunistas que emergieron durante el siglo XX para construir una buena sociedad que tuviera la legitimidad política y económica necesaria otorgada por los gobernados. La derecha ha sacado provecho de las políticas represivas y con resultados políticamente desastrosos de las revoluciones autoproclamadas de izquierda utilizándolas como la imagen de una cabeza de Medusa, símbolo del horror, para amedrentar a los políticos y a los  ciudadanos acerca de la mera posibilidad de considerar que la empatía y la solidaridad  humanas deben constituir valores de la esfera pública. La derecha ha tratado de embellecer la percepción de los viejos regímenes aristocráticos y oligárquicos para socavar los esfuerzos de la izquierda en tratar de mostrar las bondades de sus propuestas reformistas y revolucionarias para transformar la sociedad para mejorarla. El mensaje de la derecha ha consistido básicamente en: mejor dejar las cosas como están.

Si bien en las democracias occidentales la izquierda se ha orientado hacia reformas que muy poco han tenido que ver con la formación de regímenes totalitarios bajo el comunismo, no es menos cierto que la izquierda contemporánea, para contrarrestar esa imagen distorsionada, no ha desplegado una contraofensiva de calado basada en una concepción nueva y realista sobre cómo deberían funcionar la sociedad y el Estado. Esto ha llevado a 40 años de intentos de constituir una tercera vía o una teoría de la gobernación y de la regulación de la economía supuestamente superadora de las diferencias entre izquierda y derecha. La táctica de la tercera vía en la mayor parte de las ocasiones ha significado una estrategia intelectual de triangulación o combinación a la carta de un centrismo cada vez más huero.

La utopía oculta del neoliberalismo

A finales de la década de 1970 se produjo una reacción derechista contra los movimientos izquierdistas que impulsaron el cambio social en las décadas de 1960 y 1970, una reacción que muchos han calificado como neoliberalismo. El neoliberalismo se sacudió de encima al menos aparentemente parte de la imagen negativa de la vieja derecha racista y xenófoba, y se presentó como defensor de la libertad individual contra las tendencias existentes, tanto en los estados comunistas como en los estados sociales y de bienestar occidentales. El neoliberalismo se convirtió en el primer movimiento internacionalista de derecha desde el final de la Segunda Guerra mundial y la quiebra de la alianza fascista de las décadas de 1930 y 1940.

Durante un periodo de alrededor de dos décadas, el neoliberalismo fue ganando terreno como ideología entre la élite política gracias a la combinación de diversos factores muy propios de esa era. En la década de 1970, el consenso liberal de impronta keynesiana había quedado seriamente comprometido moral y políticamente tanto en el ámbito nacional como en el internacional. La legitimidad moral y política de los líderes del Estado de bienestar-militarista estadounidense, país que lideraba la alianza militar occidental, se estaba viendo seriamente socavada por la guerra de Vietnam. Una serie de guerras post-coloniales de liberación nacional y de guerras de guerrilla contra regímenes impuestos por Estados Unidos o por antiguas potencias coloniales pusieron en evidencia la incapacidad de contener la fuerza de las dinámicas de autodeterminación política y económica de esos pueblos no occidentales mediante el modelo keynesiano de post-guerra. El embargo de petróleo promovido por la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) en 1973, el aumento de los precios del crudo y el declive de la producción de los campos petrolíferos estadounidenses fueron las causas fundamentales del periodo de estancamiento económico e inflación, o de estanflación. El debate sobre la energía, que había sido soslayado por considerarse una vieja pugna entre keynesianos y anti-keynesianos durante la década de 1930, reapareció con fuerza en el contexto crítico mundial de la década de 1970.

Las soluciones que supuestamente debían aportar las políticas keynesianas para luchar contra la estanflación y el declive imperial, o bien no parecían funcionar cuando eran aplicadas por políticos que ya no recordaban con claridad las grandes crisis financieras de las décadas de 1920 y 1930, o bien eran desechadas por quienes tenían una filosofía por principio contraria a la solución keynesiana de mayor activismo estatal en tiempos de recesión económica. En Estados Unidos, el liberalismo y los radicales de izquierda dejaron de centrarse en un programa económico y en una concepción de una sociedad cualitativamente mejor en términos económicos. La izquierda moderada y radical occidental se centró cada vez más en una estrategia de mera redistribución más igualitaria de los recursos políticos, sociales y económicos existentes entre los nuevos agentes políticos (mujeres, minorías étnicas, países menos desarrollados, homosexuales) y la elite blanca euroamericana dominante, partiendo del supuesto que la sociedad próspera  ya existente podía ampliarse aún más o sus beneficios distribuirse de un modo más justo. En la izquierda liberal se veía como un asunto secundario desarrollar un programa político para la sociedad en su conjunto que integrara los aspectos políticos y económicos. La izquierda liberal institucionalizada de Estados Unidos acabó caracterizándose por centrase sólo en los otros, los oprimidos, y no en el asunto del interés propio como concepto general o aplicado concretamente a los varones euroamericanos blancos.

Como consecuencia de esto, en los países desarrollados no fue la izquierda moderada la que tomó la iniciativa de desarrollar un discurso político del interés propio dirigido a amplias franjas de la población, sino que apareció una nueva y minoritaria izquierda radicalizada escindida de la anterior que trataba de resucitar la noción de una clase trabajadora radical o revolucionaria que en muchas sociedades desarrolladas, y particularmente en Estados Unidos, ya no se reconocía a sí misma en este discurso. Entonces, el campo político-económico quedaba abierto a una posible redefinición de un interés propio socialmente aceptable que nominalmente fuera independiente de la raza, la etnia o el sexo. Y en ese campo abierto entró sin encontrar resistencia la derecha con su ideología neoliberal.

Aparecieron diversas teorías económicas, que conformaron el fin empresarial de las recomendaciones de política neoliberal, que sugerían que disminuir la presión fiscal sobre los ricos y relajar las regulaciones estatales impulsaría el crecimiento económico y también, en las proyecciones voluntaristas de la primera versión de la teoría de la oferta, paradójicamente aumentarían los ingresos fiscales globales. El modelo de individuo de la teoría política y económica neoliberal era el del emprendedor o inversor al que debía dársele la mayor libertad posible, entendida ésta como ausencia de intervención del Estado o de influencia sobre sus procesos de toma de decisión económicos. Según el neoliberalismo, la institución que debería gobernar la sociedad era el mercado, el área social en la que interactuaban los actores económicos guiados por el interés propio. Un área que debía estar "libre" de intervención o apoyo estatal de cualquier tipo.

Los políticos neoliberales también buscaron trabar alianzas con conservadores más tradicionales con quienes compartían un enemigo político común, la vieja y las nuevas izquierdas, que en su mayor parte se identificaban con las corrientes socialdemócratas y del marxismo en la Europa occidental o con distintas versiones de liberales en Estados Unidos. Los conservadores tradicionales o sociales de Estados Unidos tenían su base en áreas del Sur, Medio-Oeste y Este, en las que los cristianos fundamentalistas tuvieron un resurgimiento, que en parte también se explica como reacción a las revueltas de las décadas de 1960 y 1970. Aunque los conservadores sociales no estaban tan interesados en los aspectos económicos como los neoliberales, ambos compartían el rechazo y la oposición a los rápidos cambios habidos en las normas culturales relativas a la libertad de expresión individual, la sexualidad, los métodos de reproducción y el vestido, todos ellos efectos profundos y duraderos de las revoluciones sociales y políticas de las décadas de 1960 y 1970.

La síntesis neoliberal resultante quedó claramente expresada por Margaret Thatcher, recientemente fallecida, cuando en una entrevista en el año 1987 declaró que la sociedad no existe. Existen hombres y mujeres, y existen familias.

Mientras que en ese momento la afirmación de Thatcher fue entendida como un intento político de escorar la sociedad más a la derecha, hoy además perdura como una afirmación ilustrativa de la filosofía neoliberal. Si se analiza esta afirmación desde un punto global y psicológico más que como un asunto meramente polémico, se puede observar que creer en ella lleva necesariamente a una percepción sesgada y selectiva del mundo y en concreto a una ceguera obstinada acerca de las actividades conectivas que realizan el Estado y otras instituciones sociales. El comentario de Thatcher del que posteriormente trató de desdecirse expresaba una utopía: que las actividades del Estado no existen o no deberían existir; sin embargo, siendo éste el objetivo explícito o implícito del neoliberalismo, las sociedades complejas deben continuar existiendo y prosperando como lo hicieron en el pasado. Como mal menor, de no poder alcanzarse esa utopía, un Estado limitado, un Estado mucho más pequeño de lo que es común en todas las sociedades industrializadas avanzadas, proporcionaría la misma o mejor calidad de vida gestionando una menor cantidad de recursos para la realización de sus actividades y la provisión de servicios a la ciudadanía.

La concepción del mundo del neoliberalismo es utópica en este sentido puesto  que los neoliberales, así como la versión extrema libertariana del neoliberalismo, en gran parte toman como algo dado los cuantiosos beneficios ya existentes (para ellos) que les ha proporcionado el Estado y a los que también ha coadyuvado la compleja sociedad compuesta por un entramado interconectado de relaciones.

Puesto que este es el punto de partida dado, no tienen empacho en proclamar que el propio Estado debe desaparecer o reducirse, dejando atrás sus efectos. Así, en un ejercicio asombroso de pensamiento mágico o autoengaño racionalizado (o splitting), los neoliberales han llegado a creer que pueden crear una sociedad purificada de residuos estatales a la vez que suspenden el juicio acerca del Estado, los productos y servicios que provee o sus efectos positivos (algo así como el gato de Cheshire de Lewis Carroll [que tenía la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad]). De hecho, en su mayor parte, neoliberales y libertarianos no desean regresar a una sociedad compuesta enteramente por redes familiares extensas, lo cual de hecho sería el regreso a una sociedad tribal, y la mayoría de los que están en la posición hoy hegemónica en la derecha política no tienen especial interés en que surja un mundo del estilo de Mad Max.

El neoliberalismo, al igual que el conservadurismo reaccionario tradicional, evita reconocer el papel de la empatía en la esfera pública, viéndola como una debilidad o como una trampa de la que nos liberará la pureza limpia del mercado y la competencia. En la concepción del mundo neoliberal, los individuos actúan motivados por el interés propio y nadie, incluidos los líderes políticos, realiza nada interpretable en términos de solidaridad humana u obligación hacia la humanidad en su conjunto sino que únicamente se mueve por el cálculo auto-interesado. La teoría política neoliberal definitiva, la teoría de la elección  pública de Buchanan, reduce a la mínima expresión o descarta que el altruismo o la motivación de carácter común en la esfera pública jueguen papel alguno en las acciones de los líderes políticos. Uno se pregunta si una teoría como ésta en la que se basa la economía neoclásica en realidad llega a convertirse en una profecía autocumplida, pues conduce a concebir las decisiones políticas motivadas por este único factor. Las personas que con una disposición psicológica más altruista pueden tender a perder la motivación para participar en una actividad de servicio público a causa de la corrupción legalizada del actual sistema público estatal estadounidense.

II .Neoliberales, libertarianos y derechistas devastan el tejido conectivo de la sociedad del mismo modo que lo hace una enfermedad degenerativa

Corporatocracia/plutocracia: cómo entienden la realidad los neoliberales

Si bien no cabe duda de que existen creyentes verdaderos en el ideal neoliberal que se reúne en torno al libertarianismo o corrientes afines, también hay que decir que la mayor parte de la clase política y de la élite gobernante se ha visto empujada hacia la derecha por el neoliberalismo sin abrazar de un modo franco la utopía que esconde. Estos realistas o pragmáticos políticos y económicos tienden a ver a los creyentes verdaderos en la ideología neoliberal, bien como gentes que la utilizan como una coartada ideológicamente atractiva bajo la que esconden una vasta agenda de intereses privados, bien como unos fanáticos que causan vergüenza ajena cuando muestran unas creencias demasiado fuertes en los ideales libertarianos. La idea de reducir el gasto en servicios públicos y de disminuir la regulación del sector privado tiene un poderoso atractivo para los intereses de grandes empresas y personas adineradas. De hecho, esta idea tiene un atractivo tan fuerte que el concepto de libertarianismo, del que ahora se han adueñado la mayoría de esos místicos del espectro neoliberal, a los que algunos llamarían quizá idealistas, ya fue acuñado por un lobista estadounidense a finales de la década de 1940.

Esta parte idealista un tanto embrollada de lo que se califica como libertarianismo en la práctica pasa por el filtro de la política neoliberal. No se realiza una oposición a los monopolios y oligopolios, y mucho menos se desmantelan. El apoyo y el trato de favor del Estado a las grandes corporaciones no sólo no se reducen sino que a menudo aumentan, se relanzan y toman nuevos bríos. La idea neoliberal se lleva a la práctica sólo en el caso de que empuje a un lado a los más vulnerables y los que disponen de menos recursos y beneficie a quienes son más ricos y poderosos (siempre bajo la cobertura de políticas que exhiban el ideal neoliberal de un Estado modernizado y fiscalmente responsable). Se reducen las cargas fiscales a los más ricos a la vez que se aumentan las de las clases medias y bajas.

Con menos controles regulatorios de por medio y con un contrapoder laboral capitidisminuido, el poder de los ricos aumenta dentro del Estado bajo la tapadera del ideal de mercado libre. Lo que resulta de todo esto ha sido calificado utilizando distintos términos, pero el uso conjunto de corporatocracia y plutocracia describe muy bien el resultado: un Estado comprado e informalmente gobernado (y en algunos casos incluso formalmente) por los más ricos y por las grandes empresas. Puede verse como una forma particular de oligarquía, con una presencia fluida de la clase de los oligarcas en el Estado y en la economía nacional como no se había visto desde la etapa de las familias latifundistas de Centroamérica a finales del siglo XIX y principios del XX. En algunos casos, como la privatización de escuelas con financiación pública, de funciones militares, prisiones e infraestructuras, el Estado también gobierna a través de grandes empresas privadas. La etiqueta corporatismo se utiliza a veces para describir la corporatocracia (aunque en su sentido original en la ciencia política no describía el gobierno de las grandes empresas y la plutocracia).

Así, cuando se habla sólo de corporatocracia (o corporatismo ) no se capta por completo  el papel de los más ricos actuando básicamente en su propio interés privado y no necesariamente en concurso con aquellos que pertenecen a grandes empresas y que modelan la agenda de los legisladores. Aquí la palabra oligarquía o la expresión oligarquía incipiente serían adecuadas pero no lo suficientemente precisas. La actual receptividad de los líderes políticos a los caprichos de los más ricos y la veneración hacia los mismos queda mejor recogida en el término plutocracia, el gobierno del dinero y de los ricos. De modo que, aunque quizá no sea la expresión más adecuada en esta época de eslóganes políticos simples, es más preciso hablar de una corporatocracia-plutocracia o de una oligarquía corporato-plutocrática emergente. Aunque pueda ser ocasionalmente aceptable, decirlo de un modo menos preciso transmite al receptor una vaga sensación de es un mal sistema/cosa que al que habla/escribe parece que no le gusta.

La predilección neoliberal por el aparato coercitivo estatal

Aunque dentro del neoliberalismo haya disputas, lo cierto es que la gran coalición de fuerzas derechistas que ha impulsado la agenda neoliberal generalmente ha dado apoyo implícita o explícitamente a la construcción de un Estado de seguridad nacional de grandes proporciones. No deja de resultar paradójico que ciertas corrientes del neoliberalismo defiendan esta posición a la vez que sostienen aguerridamente su oposición a cualquier  forma de coerción estatal. Habiendo heredado un aparato militar y de seguridad procedente del keynesianismo militar de la Guerra Fría, los primeros líderes influenciados por el neoliberalismo (Pinochet, Reagan, Thatcher) apoyaron sin fisuras el refuerzo y utilización de la fuerza militar para el logro de fines políticos y económicos que favorecieron a las élites políticas.

Aunque Obama cimentó su oposición electoral en la campaña presidencial contra su predecesor neoliberal republicano, Bush Jr., a partir de su temprana oposición a la  segunda guerra de Irak, al ejercer de presidente de Estados Unidos ha continuado reforzando el sector de la defensa nacional en lo que se refiere a acciones militares encubiertas, desconsideración por los derechos humanos y libertades civiles y vigilancia de la población de su propio país. Puesto que los líderes neoliberales han exhibido distintos grados de connivencia con el uso de fuerzas coercitivas, la estrecha relación entre autoritarismo y neoliberalismo parece un sarcasmo pero en cambio constituye un vínculo real, históricamente presente en todos los desarrollos de políticas neoliberales. En la realidad histórica del neoliberalismo, la llamada al ejercicio de un ideal de libertad en condiciones de ausencia absoluta de restricciones va de la mano de prosternarse ante la autoridad cuando ésta viste de uniforme, habla en tono severo y dirige su poder destructivo contra aquellos que carecen de propiedades o tienen la condición de marginados en una comunidad cultural o nacional particular.

La filosofía aparentemente universalizadora del neoliberalismo, que basa su atractivo intelectual y su autoridad moral en la idea de que defiende la libertad a ultranza, en particular la libertad individual, evidencia su inconsistencia fundamental cuando se contrasta con las acciones reales de los neoliberales una vez alcanzan el poder político. La raison d être del neoliberalismo (la defensa de la libertad) se revela entonces más como una creencia de conveniencia de la mayoría de los neoliberales, como cuando utilizan el poder político y militar para alimentar sus agendas personales o cuando dan prioridad absoluta a las agendas económicas de sus patrones políticos. Incluso los libertarianos, que deploran la coerción estatal, dedican una cantidad ímproba de sus energías a denostar los impuestos mientras a menudo soslayan o minimizan el uso y el abuso de la fuerza militar, así como las violaciones de los derechos civiles tanto en su propio país como en el exterior. La libertad fundamental por la que se preocupan libertarianos y neoliberales es la libertad para poseer cosas y para ejercer los derechos de propiedad privada del modo más expansivo posible. Puede sostenerse razonablemente que la mayoría de los libertarianos son propietaristas, centrados básicamente en las amenazas reales e imaginarias contra la posesión privada de propiedades. La libertad se convierte entonces en una excusa ideológica para la codicia y la avaricia.

El velo neoliberal sobre la codicia

El misterio de la predilección neoliberal por los aparatos coercitivos y de vigilancia estatales se convierte en algo mucho menos enigmático cuando comprendemos que, en términos pragmáticos, los ideales neoliberales operan en la realidad como un mecanismo de penetración para lograr el control empresarial y plutocrático del Estado. A medida que aumenta la desigualdad social, política y económica, la defensa de los grandes conglomerados empresariales privados se torna más dependiente de las tácticas  coactivas para mantener a raya a los adversarios, incluyendo en este propósito cualquier intento político, por improbable que fuera su eficacia, de controlar y/o redistribuir las propiedades acumuladas por los más ricos y las grandes empresas. Cuando las reglas del juego se amañan cada vez más para el único provecho de los que ya son ricos, a los que carecen de recursos sólo les quedan las opciones de la protesta política en pos de la redistribución de los recursos o el camino mucho menos deseable de la criminalidad.

Por eso, en la práctica, a pesar de todas las distracciones filosóficas ofrecidas por los que profesan interés por la libertad, el neoliberalismo funciona como una justificación ideológica para el ejercicio de los poderes político, policial y militar en favor de los intereses de los grandes propietarios y, en los países más ricos, de los intereses financieros y empresariales. Ocasionalmente, hay libertarianos de derecha que llaman la atención de un modo coherente sobre las violaciones de las libertades civiles, pero lo cierto es que cuando se producen conflictos entre los derechos de propiedad privados de los ricos y aquellos que carecen de riqueza, los neoliberales y la mayoría de libertarianos se ponen del lado de las políticas que favorecen a los que viven holgadamente. Entonces, el neoliberalismo en la práctica se proyecta en series históricas de filosofías político-económicas de laissez-faire que han hecho las veces de cobertura ideológica para la élite capitalista gobernante que buscaba, por la vía del libre comercio y del mercado libre, abrir el mundo entero a la mayor explotación posible, que antaño beneficiara a la mayor parte de los euroamericanos y hoy también favorece a una élite gobernante más multicultural e internacional obsesionada con satisfacer sus insaciables intereses como propietarios.

En "Bitácora" de Uruguay, 11.06.13

Siempre hay algo de fascinante en el espectáculo de una insurrección popular, independientemente de que se produzca en Estambul, Fráncfort, Atenas, Madrid o Londres. En nuestro fuero interno, cada uno alienta con pasión estas luchas encarnizadas por la justicia porque, desde nuestra posición de ciudadanos pudientes, estimamos que el mundo es injusto, aunque en Alemania por lo general ya no se sufre represión ni miseria. Rápidamente cedemos a una visión romántica de la revolución.

Los manifestantes de la plaza Taksim llevan camisetas con el rostro del héroe de la revolución cubana, el Che Guevara, comentaba entusiasmado un periodista de la radio alemana, con lo que nos ponía sobre una pista falsa.

En los últimos años, el entusiasmo se ha transformado rápidamente en frustración. Los disturbios que estallaron en Grecia, en España y en Gran Bretaña hace tiempo que se desvanecieron, al igual que el movimiento global Occupy. Carecían del glamour revolucionario, de destellos, de fuerza. En realidad, al observador le faltan puntos de referencia. Porque, incluso en el siglo XXI, la imagen romántica de la revolución que prevalece sigue siendo la de 1968, el año que marcó el punto de inflexión.

Es difícil no sucumbir a esta imagen romántica de la insurrección.

Es cierto que 1968 tan sólo es un símbolo al que la percepción colectiva asocia todos los acontecimientos excitantes de los años 1954 a 1973, desde los conciertos de Bob Dylan a las guerrillas de Latinoamérica, pasando por las barricadas parisinas y las fiestas privadas (supuestamente) en los pisos compartidos alemanes. La cultura pop se caracteriza hasta hoy por una extraña nostalgia de esa época revolucionaria, que la mayoría de adultos de hoy sin embargo no han vivido o en todo caso, lo han hecho con la mirada de un niño. Pero como realmente influyeron en el curso de los acontecimientos, los levantamientos populares y los movimientos de defensa de los derechos cívicos de esa época hoy siguen siguiendo, incluso en el ámbito político, el modelo en vigor.

Romper con el pasado

No obstante, la diferencia fundamental entre 1968 y 2013 estriba en la estrategia. En 1968, el objetivo era romper con el pasado y cambiar el sistema. En 2013, se trata de mantener el pasado y lograr que las cosas cambien lo menos posible. En Europa y en Estados Unidos, es una lucha por los derechos adquiridos del siglo XX. En 1968, nadie quería parecerse a sus padres en ningún sentido. En 2013, queremos a toda costa vivir tan bien como ellos, aunque si es posible, no en sus casas. Y ese es precisamente el destino que les espera a demasiados jóvenes adultos que ya no tienen acceso a las carreras estables de la generación anterior. Y cuando se produce una crisis, la libertad que ofrece la vida profesional nómada se convierte rápidamente en pobreza.

El fenómeno no es algo nuevo. La generación "X" ya se quejaba de no vivir tan bien como sus padres. Esto sucedía a comienzos de los años noventa. Las prácticas, los contratos temporales, la creación de empresas por cuenta propia, pero también la cultura de las "start-ups", tan de moda actualmente, son signos de la rápida degradación de las perspectivas burguesas. Entre ellas, todas esas cosas que los insurgentes de 1968 consideraban como las cadenas de la vida pequeñoburguesa: la jubilación, el acceso a la propiedad, los seguros sociales, el contrato de trabajo, el carné del sindicato, la familia con las necesidades cubiertas. Sin embargo, los burgueses y los trabajadores habían luchado durante un siglo para conquistar todas esas redes de seguridad burguesas.

Lucha por la supervivencia

En España y en Grecia, esa vida burguesa ya no es posible. En Inglaterra y en Estados Unidos, corre peligro. El contexto de los disturbios que han estallado en Turquía es mucho más complejo que el de los demás países del Mediterráneo. Junto a las camisetas del Che flotan las banderas de los kemalistas conservadores y el estandarte del islam. Y sin embargo, en este caso el objetivo es el mantenimiento de los derechos adquiridos y no el derrocamiento del sistema.

El paralelismo con la oposición suscitada por el proyecto de la estación ferroviaria Stuttgart 21 no es una casualidad. El cambio estructural no es tan dramático en Alemania. Los costes de la crisis del euro son controlables. Y sin embargo, aquí también se entiende, poco a poco, que este furor revolucionario tan sólo es la expresión de la desesperación, que el levantamiento no tiene como objetivo la inversión del sistema, sino que se trata de una lucha por su supervivencia. Ahora bien, la defensa nunca es tan poderosa como el ataque. Porque a la defensa le falta el triunfo de la conquista.

Edición N° 00355 – Semana del 14 al 20 de Junio de 2013
 
 
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