Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

Un mundo sin dinero

  Fernando Senior
  Colaborador Semanario Virtual Caja de Herramientas
   
 

Nuestro planeta y los que lo habitamos, hemos llegado a un punto tan extremo, que solamente el cambio más drástico que pudiéramos imaginar, nos podría salvar.

Si renunciáramos concertadamente a todos los sistemas económicos actuales y los remplazáramos por un modelo donde no existiera el dinero como patrón de intercambio, podríamos hacer el milagro de lograr un estándar de vida equivalente para todas las personas y simultáneamente, dejar de destruir y contaminar la tierra al ritmo que lo hacemos hoy.

Baste observar cómo vivimos en la actualidad, para darnos cuenta que las actividades que más afectan la paz entre las personas y la conservación de los recursos naturales, están íntimamente ligadas a la existencia del dinero, a su concepción, a su materialización, a su expresión en billetes, monedas, acciones, bonos, títulos, al patrón oro que garantiza su valor, a su conservación, a su intercambio y muy especialmente a las pasiones que despierta.

¿Qué pasaría si entre todos concibiéramos un mundo sin dinero, pero que a pesar de este cambio drástico, ninguna actividad se suspendiera y que especialmente aquellas que propenden por el bienestar común, no solo no se detuvieran, sino que terminaran siendo el fin primordial de toda la humanidad?

La actividad humana se concentraría en desarrollar, fabricar y construir elementos para el bienestar de todos: casas, escuelas, universidades, centros de esparcimiento, campos de deporte, hospitales, teatros, museos, etc.; a cultivar de la forma más sana posible los alimentos que requirieran la totalidad de los humanos, a realizar las obras de infraestructura que permitieran dotar de vías y servicios públicos a todas las comunidades y de forma paralela, a reparar los daños que le hemos infringido a nuestro planeta.

¿Cómo puede lograrse todo esto sin dinero? sencillamente dejando de cobrar y de pagar por todas las cosas.

Si nadie cobrara salario, si los bienes se produjeran pero no costaran, si las materias primas que requirieran las industrias se entregaran y no se pagaran, si los servicios públicos se prestaran pero no se cobraran, si no se pagaran impuestos, si las cosas se produjeran sin importar si fueran caras o baratas, si las obras civiles se ejecutaran sin pensar en su costo sino en su beneficio, si todo el mundo tuviera acceso a todos los bienes y servicios sin pagar por ellos…

Al no existir el dinero, tampoco existirían los bancos, los déficits de los países, las deudas soberanas, las deudas personales, las hipotecas, los bancos centrales, el FMI, las bolsas de valores, las compañías de seguros, las empresas de vigilancia, los deficitarios fondos de pensiones, las tarjetas de crédito, las sociedades de cobranzas, las fiduciarias, las transportadoras de valores, etc., etc.

Los productos de toda índole podrían estandarizarse a nivel mundial, podrían no tener marcas, se venderían solamente por sus nombres genéricos: leche, mantequilla, azúcar, televisor, carro, etc., de esa manera podríamos acabar con uno de los mayores depredadores de nuestra tranquilidad y de nuestros recursos naturales: la publicidad; no necesitaríamos compañías de publicidad, ni facultades de publicidad, ni publicistas, ni folletos, ni empaques rimbombantes, ni etiquetas, ni colores estrambóticos para vender nada; podríamos disfrutar sin interrupciones las emisiones de radio y televisión, los periódicos y revistas no desperdiciarían tanto papel y tintes contaminantes. La generación de basuras bajaría drásticamente.

Si muchas de las cosas que he enunciado aquí se pudieran llevar a cabo, evitaríamos talar millones de árboles para fabricar el papel que se desperdicia en campañas publicitarias, empaques, papel moneda, escrituras, facturas, trámites burocráticos, litigios legales, recibos, comprobantes, etc., etc.; cuánto carbón, gas, petróleo, agua y materias primas se ahorrarían y además cuánta contaminación se evitaría.

Las universidades podrían reducir y ajustar notoriamente sus cátedras y carreras, pues nadie necesitaría banqueros, ni expertos en seguros, ni economistas, ni contadores, ni actuarios, …; la educación podría derivar hacia tareas cruciales para el cambio, como técnicas para desarrollar y mejorar cultivos, reforestación, veterinaria, energías alternativas, recuperación de suelos, ecología, zoología, más y mejores ingenieros, en fin… y ni hablar de la medicina, del desarrollo de las artes, la ciencia y la tecnología.

Si lográramos olvidarnos del dinero, podríamos eliminar uno de los mayores factores de contaminación: el transporte de ejecutivos y trabajadores por toda la tierra; las frecuencias de los vuelos, trenes, subterráneos, buses, autos, se reducirían sustancialmente, con ahorros tremendos en combustibles y gases de la combustión; los desplazamientos de vehículos en las ciudades quedarían reducidos en un porcentaje enorme, se acabarían los atascos de tránsito y de paso la contaminación bajaría notablemente.

Si redujéramos el transporte de personas podríamos simultáneamente consumir muchísimo menos petróleo, evitando las peligrosas explotaciones en plataformas oceánicas y reducir el caótico transporte de crudo por todos los mares.

Si paráramos la codicia, podríamos además dejar de depredar nuestras mejores tierras y páramos buscando oro y piedras preciosas, dejaríamos de contaminar los ríos con mercurio y ácidos. Al olvidarnos del patrón oro, las reservas internacionales servirían para abastecer las necesidades de este metal por siglos. Aunque, pensándolo bien, sería mejor olvidarnos por completo del oro y  de las alhajas.

Cuántos millones de edificios dedicados hoy a albergar trabajadores de bancos, corredores de bolsa, compañías de seguros, empresas publicitarias, entidades estatales, bufetes de abogados, etc., etc., etc., que dejarían de necesitarse en este modelo, se podrían apagar en todas las ciudades y cuánta energía se ahorraría el mundo, ahorro que igualmente podría apagar muchas contaminantes termoeléctricas, muchas plantas nucleares peligrosas y generadoras de desechos radioactivos; gran parte de la energía podría desviarse a los campos para tecnificar la agricultura y la ganadería, con el correspondiente mejoramiento de la ecología mundial y el decrecimiento de la temperatura global.

El mundo ya no necesitaría políticos sino administradores, se acabarían las pugnas caudillistas, las elecciones, los privilegios, la corrupción gobiernista y evitaríamos miles de muertes que el ejercicio político genera.

Quedaría disponible un enorme porcentaje de la población mundial, que serviría de mano de obra para acometer la mayor tarea de construcción de la historia, de casas, vías, acueductos, hospitales, colegios, museos, centros de tecnología, lugares de diversión sana, etc. Miles de personas podrían dedicarse a recoger y a reciclar técnicamente los millones de toneladas de basura que hoy contaminan nuestro planeta.

Otra parte de la gente podría dedicarse al cuidado de estratos muy sensibles de la población como los niños, los ancianos, las comunidades indígenas, los enfermos, los discapacitados, los alcohólicos, los narcodependientes, etc... Se acabarían el desempleo y la indigencia.

¡No habría necesidad de ser rico para tener acceso a todo y más importante aún, tampoco habrían pobres!

El monstruoso manejo de las medicinas, donde las farmacéuticas producen lo que les rente más y a precios inalcanzables para la mayoría de la población mundial; este fenómeno se acabaría, las farmacéuticas operarían a mayor escala, produciendo las medicinas que la humanidad necesitara, sin marcas competidoras, sin patentes, sin reparar en el costo y por supuesto, sin esperar nada a cambio.

Con la enorme reducción de los desplazamientos de personas, podrían ampliarse y racionalizarse las jornadas de los colegios, de tal manera que coincidieran exactamente con las jornadas de trabajo de los padres; qué mejor solución para todos los desarreglos actuales en el seno de las familias, donde los más perjudicados son los hijos; de paso, esto también mejoraría la interrelación de las parejas, solucionando otro de los grandes problemas de la sociedad moderna.

Si elimináramos el dinero, eliminaríamos también de un tajo la criminalidad, la competencia feroz entre empresas y personas; se acabarían las mafias, el terrorismo, las bandas criminales, las pandillas, los secuestros, las guerrillas, la envidia, la codicia, la corrupción y todas sus secuelas, inclusive los ejércitos y su carísima y contaminante operación.

No habría justificación para los conflictos internacionales, las fronteras empezarían a perder importancia, nadie necesitaría irse para otro país en búsqueda de un sueño que ahora podría encontrar en el suyo propio. Los conflictos por territorios y plataformas submarinas también perderían toda justificación, ya que los recursos naturales se explotarían para beneficio de toda la humanidad y no de unos pocos.

Sin codicia, se reduciría en gran medida la destrucción del medio ambiente por la siembra de cultivos como la coca, la marihuana, la amapola y el tráfico de estupefacientes dejaría de envenenar a tantos millones de habitantes; las peores mafias que son las que se dedican al narcotráfico, desparecerían.

El tráfico de personas y de fauna en peligro, ya no tendría ninguna justificación. La explotación del sexo como negocio desaparecería y así las oprobiosas prácticas a que se somete a una porción enorme de población, inclusive de menores.

Con el mejoramiento del clima de seguridad, los niños podrían volver a disfrutar de la vida afuera del refugio obligado de hoy en sus casas y específicamente en sus habitaciones; se acabaría la peste de las consolas y sus juegos violentos, de los teléfonos celulares, de los mensajes de texto y de las redes sociales; se lograría un mejor clima de comunicación con los padres y con otra gran cantidad de personas; el tiempo se emplearía en multitud de actividades sanas y benéficas.

Cuántas fábricas contaminantes se podrían clausurar si elimináramos todos estos juegos alienantes y la millonada de juguetes inútiles que los padres compran a sus hijos para llenar el vacío que dejan en el hogar, por estar ocupados en miles de labores que ahora serían inútiles.

¿Cómo se manejaría entonces la adquisición de los bienes, el control de los inventarios, los productos que se necesitarían y en qué cantidades? Sencillo, al igual que hoy todo el mundo tiene tarjetas de consumo, de igual manera, todo el mundo tendría una, pero solamente para efectos estadísticos: qué adquiere, cuánto adquiere, dónde lo adquiere y de allí obtener las tendencias para dirigir a las industrias y a los cultivadores, acerca de qué producir, cuándo y dónde.

Las cumbres mundiales para frenar el calentamiento global (Kioto, Doha, etc.) nunca van a lograr ningún avance, mientras los países consideren que conservar la naturaleza y el medio ambiente pueda afectar sus FINANZAS.

Nuestra codicia ha depredado y envenenado el planeta y lo peor, ha alterado el clima de tal manera, que la producción de alimentos está seriamente amenazada.

Ya estamos avisados, a nuestro planeta le toma año y medio reponer lo que el hombre consume en un año.

El séptimo continente ya está en formación: la descomunal isla de deshechos plásticos que flota en aguas internacionales del océano Pacífico.

Llegó el momento de actuar en serio.

Edición N° 00356 – Semana del 21 al 27 de Junio de 2013
 
 
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