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Se alborotó el paraco:
las aclaraciones al acuerdo agrario de La Habana

  Alfonso Cuellar Solano
  Consultor – Ex asesor de la ANUC / acuellar31@yahoo.com
   
 

En plena Colombia del siglo XXI, la sola mención de legislar sobre lo agrario es motivo de emergencia nacional, pero, apenas fue noticia el haber quedado en rines después del cierre de una empresa industrial emblemática como Icollantas. El hecho que el Gobierno Nacional y las FARC, al termino de las sesiones del primer punto de la agenda que discuten en La Habana, hubieran hecho público en un comunicado escueto las líneas generales del acuerdo y las FARC se hubieran reservado seguir discutiendo puntos que no le satisfacen, “alborotó el paraco” y los grandes hacendados ganaderos (valga la redundancia) pusieron el grito en el cielo como si no estuvieran al tanto de las “coordenadas” del acuerdo alcanzado, tratando de ganar opinión pública haciendo creer que hay algo secreto que los puede perjudicar. Las aclaraciones no presentan nada nuevo distinto a al Acuerdo alcanzado, que según uno de mis maestros en asuntos agrarios Darío Fajardo “no es ninguna revolución ni nada por el estilo” en declaraciones dadas a Razón Pública.

Lo lastimoso de este alboroto es que en plena revolución informática, digital 4G, y en los avanzados estadios de “civilización” con que nos seducen algunos comentaristas, todavía en Colombia siga prevaleciendo la ideología de los bienes inmuebles y el agrarismo, en cambio, de estar discutiendo como industrializar al país o por lo menos que no se siga des-industrializando. De tal suerte, la riqueza de la nación parodiando a Adam Smith todavía sigue identificándose con los grandes terratenientes, mientras no sea solucionado en interés de la nación entera el problema agrario ubicado en el mismo punto que hace 50 años en cuanto a los problemas, actores y fuerzas políticas que lo enfrentan. Y es que en verdad este no es el punto central en las discusiones con las FARC en La Habana, ya que como lo escribió Pedro Santana en Caja de Herramientas el punto “nodal” es la política, esto es, la perentoria necesidad de desbloquear la política colombiana, instituyendo un sistema de inclusión de la organización o partido que los rebeldes elijan para su participación, lo mismo que de otras fuerzas políticas y sociales en las tareas de reformular la democracia colombiana, pues, si las elites dominantes no permitan la entrada de las nuevas fuerzas políticas y sociales a la vida orgánica de la nación, la lucha por el reparto del poder político seguirá teniendo las connotaciones violentas que hasta ahora ha tenido en casi dos siglos de pugnacidad, guerras civiles entre Liberales y Conservadores y los nuevos actores que vienen apareciendo en la arena política y que no gozan de un estatuto que les permitan un mínimo de condiciones de equidad para ejercer la acción colectiva.

Retrospectiva agraria

Sin un vistazo a la historia de lo relativo al problema agrario, careceríamos de perspectiva para acometer las soluciones de lo rural y las acciones de la futura política. Volvamos a recordar como hace un siglo lo han venido haciendo todos los analistas políticos y sociales que en la Colombia post-independencia se encuentran buen parte de las raíces de los problemas agrarios, rurales o campesinos. La palabra “campesino” apareció en Colombia en el siglo XIX como influencia de la revolución francesa y allá tuvo acepciones distintas a las consideraciones que le damos en la actualidad. Otra fuente de influencia fue la revolución norteamericana, pero la palabra “farmer” era intraducible a un país de siervos y esclavos. Entretanto, el proceso de industrialización de Europa y los Estados Unidos abrió los ojos de las elites en cuanto a nuevas oportunidades de negocio por la demanda de materias primas y alimentos de origen agropecuario derivada de estos eventos. Para aprovecharla los emprendedores y negociantes de entonces disponían del recurso tierra, que aunque con derechos de propiedad viciados lo balanceaban contando a su favor con el suficiente poder político que de alguna manera les legitimaría la ilegalidad. El poder Ejecutivo, Legislativo, Judicial y de Policía en lo fundamental ha estado de su lado.

La carencia para la elite de propietarios era la mano de obra suficiente para adelantar cualquier explotación con fines de exportación y entonces, se le fueron encima a los “campesinos” (habitantes del campo) que ocupaban parcelas disgregadas en inmensas zonas de baldíos de la nación en cuyos intersticios se encontraban asentados como colonos y provocaron la transformación de la frontera agrícola mediante la expropiación de tales parcelas, a través de reclamar derechos de propiedad sobre baldíos de la nación. La técnica consistió en reivindicar toda el área circundante a la tierra del colono como suya y claro está la del colono mismo. Se trató de un verdadero cerco –en la connotación militar de la palabra- para ahogar por todos los medios al colono y obligarlo a convertirse en arrendatario cuando aceptó pagar arriendo al terrateniente por la parcela que ocupaba, o en jornalero, al tener que abandonar la tierra. El proceso garantizó la mano de obra necesaria para su empresa. Esta infinitud de ilegalidades dio lugar a la resistencia de los colonos contra el atropello que viene a ser el origen inmediato del actual conflicto agrario colombiano, estudiado en profundidad por Catherine LeGrand, como también, dio lugar a la aparición de los nuevos negocios agrícolas en la producción de tabaco, algodón, quina, añil  que predominaron hasta 1875, a los cuales, siguió el café y el banano de comienzos del siglo XX y claro está, otra es la historia de la introducción de pasturas para conformar haciendas ganaderas de las llanuras cálidas y la costa Caribe.

Los propios colonos también utilizaron el mismo patrón de dominio y control sobre el territorio y por medio del trabajo de desmontar una o dos hectáreas por año conformaban una isla rodeada de selva como anillo de protección que también alegaban era de su propiedad para así impedir el ingreso de nuevos colonos, salvo que pagaran por el derecho a instalarse en esas tierras “ajenas”. Esta situación dio lugar a numerosas transacciones de compra y venta de “mejoras” muchas teñidas de ilegalidad y motivo de discordias y enfrentamientos entre los propios colonos.

A finales del siglo XIX la pujanza del café y el negocio bananero con la llegada de la United Fruit Company volvió a elevar la fiebre por la tierra. De manera expedita el gobierno otorgó más de 3 millones de hectáreas a los terratenientes que con el mismo patrón de siempre ensancharon de manera ilegal en una cantidad aun mayor según los estudios realizados. Hacia 1930 una comisión gubernamental reconocía que “más de un 70 % de la totalidad de los tierras adjudicadas entre 1830-1930 pasaba de propiedades de más de 1.000 hectáreas”.

Protesta social, Ley agraria y reforma política frustradas

Pero, ¡sorpresas te da la vida! En 1926 la Corte Suprema de Justicia estableció que la única prueba de propiedad de la tierra era disponer de un título original que sirviera como constancia de la cesión por parte del estado de esas tierras. Y ahí, se prendió el avispero. Los campesinos escucharon a los abogados, políticos locales y sobre todo a los tinterillos y con mucha atención siguieron sus consejas conociendo como conocían mas que nadie que las tierras donde trabajaban como arrendatarios de terratenientes carecían de títulos legítimos porque eran posesiones ilegales de baldíos pertenecientes a la nación. Entonces, los arrendatarios comenzaron la protesta social y comenzaron a llamarse a sí mismos colonos, alegando que la tierra que trabajaban era del estado y no propiedad privada, negándose a seguir pagando arriendo y servicios personales. Los casos mas sonados de conflicto tuvieron lugar en zonas de Cundinamarca, oriente del Tolima y la provincia del Tequendama con Viotá como epicentro. Los hacendados de esta localidad más astutos negociaron con los arrendatarios la parcela a bajos precios o les reconocieron la propiedad con tal de tenerlos disponibles como jornaleros para las labores del cultivo de café que ese momento era jugoso negocio, e inclusive, aceptaron vender sus haciendas que el gobierno parceló para entregar a los campesinos. Pormenores del conflicto indican que no se trababa solo de reivindicar la tierra, sino la promesa siempre burlada de permitir a los campesinos llegar a ser ciudadanos. La centenaria historia del conflicto social rural no se circunscribió a las zonas mencionadas, sino que, como lo documentó LeGrand había abarcado todo el país, que según ella contabilizó un total de 450 conflictos a lo largo y ancho del territorio en los que participaron un mínimo de 25 colonos por caso.

La búsqueda de ciudadanía en el campo colocó en un dilema a los políticos de la época de la República Liberal (1930-1946) o seguir con la coalición clasista que les permitía gobernar, o acometer la reforma política del Estado colombiano para permitir que las instituciones públicas dieran cabida a campesinos y trabajadores de la ciudad que pudieran equipararse con los rentistas terratenientes y los capitalistas urbanos en igualdad de condiciones, o sea, considerarlos iguales como ciudadanos y esto, precisamente no tuvo ocurrencia. Sin embargo,  la caída de la Hegemonía Conservadora (1886-1930) abrió un compás de esperanza y euforia. El gobierno de López Pumarejo presentó la Ley de Tierras de 1936 y la Reforma Política. La primera dejo tal cual el lugar de los grandes propietarios de tierra en la alianza de poder, lo que condujo a que la Reforma Política fuera derrotada y que la tan nombrada “función social de la propiedad” quedara reducida a mera retórica, abriendo un capítulo nuevo a la centenaria historia de exclusión social y política de los campesinos y de las también variadas capas de trabajadores pobres y clases medias de la ciudad. De esta manera, un asunto que tiene que ver con la vida política y ciudadana, quedó como siempre en manos de abogados,  tinterillos y jueces prevaricadores que en una combinación de todas las formas de lucha , unas veces por la fuerza y la coacción, otras por fraudulentos juicios de posesión, los dueños de la fortuna territorial como pivote del poder lograron “demostrar jurídicamente” que los colonos eran unos simples poseedores de parcelas ubicadas dentro de los linderos de sus latifundios y por ahí derecho los desalojaron.

Albert Berry analizó de manera muy brillante esta problemática mostrando que las elites del poder al no haber aprovechado la oportunidad para las reformas que se dio en la década de los años treinta, posiblemente testifican el “fracaso histórico” más evidente en la vida política del país, al levantar un gigantesco mojón que sirvió de trinchera para el proceso subsiguientes de La violencia, cuyos resultados sociales y políticos aun de mayor profundidad, vendrían a constituirse en una especie de herencia de la que partieron las FARC en la década del sesenta.

El escenario del presente

Si consideramos lo que argumenta el analista agrario Héctor Mondragón en este portal de que “el conflicto armado… se ha convertido en un gran obstáculo para que las comunidades rurales se movilicen en todo el país” este puedo ser uno de los aspectos sopesados por las FARC para aceptar las conversaciones de paz y recuperar algo del camino andado y con relación al gobierno, la solución del conflicto le permite despejar la vía para nuevos desarrollos productivos con una “pacificación rural” que vuelva a hacer atractivo vivir y trabajar en el campo, empleando claro está la metodología de siempre: esto es, atar al labriego al terruño ¿Cómo? facilitándole acceso a la tierra, alguna seguridad de poderla trabajar y dejarlo disponible como mano de obra para tales desarrollos que tendrá un periodo de transición largo del cual ya hay algunos avances.

Tareas mínimas

¿En las condiciones mencionadas, es significativo el acuerdo agrario alcanzado en La Habana? Pienso que si, por que abre el camino para reunir en un consenso progresista un amplio abanico de fuerzas políticas incluidas las que lo promueven –mientras llega la reforma agraria- en torno a unas tareas mínimas como son:

1. Restituir mas de 4 millones de hectáreas que le fueron arrebatadas a sus legítimos dueños, quieran estos volver o no a sus fincas para seguirlas trabajando o prefieran recibir el valor real de estas. Según el Ministro Estupiñán a la fecha han restituido 13.000/hectáreas.

2. Para la base social en que se apoya las FARC formalizar la propiedad de las tierras en las 9 ó 10 zonas de colonización escenario de la confrontación, que parecen ser otros 9 millones de hectáreas y en donde tendrían que ubicarse los reinsertados de todas las fuerzas que lo quieran hacer. El Ministro dijo a Yamid Amat haber formalizado 2 millones de hectáreas.

3. Restituir los territorios especiales a las comunidades indígenas que llevan 500 años reclamándolos y congelar la frontera agrícola en los bordes de la Amazonía dejando esta para su exclusivo beneficio y cuidado.

4. Restituir a las comunidades afrocolombianas las tierras arrebatadas y convertirlas en garantes del cuidado de los bosques.

5. Como una política para superar la crisis alimentaria reestructurar a 250.000 familias, esto es, a un 15 % de los hogares rurales minifundistas que disponen de 1.6 hectáreas cada una, por Unidades Agrícolas Familiares de 5 hectáreas, que suponen alrededor de 1 millón / has. para sumar a las necesidades del Fondo de Tierras.

6. Una agricultura o ganadería eficientes no se conciben sin la utilización del agua, por lo que sería obligatorio para acceder a crédito, tener garantizado el uso del riego.

7. Los desarrollos sociales de mejoramiento de las condiciones de vida de los habitantes rurales, la “lista del mercado” de que habla Santos, es apenas obvia.

Otros temas como la relación entre la reforma política y lo agrario, el Censo Agropecuario Nacional, el sistema de Catastro a nivel Municipal, la responsabilidad de las Universidades y el Sena en el diseño de modelos técnicos racionales o el papel de las comunidades y ONG’s en la creación de una nueva cultura de lo rural que tenga como núcleo la veeduría ciudadana, serán tratados en próximas ediciones.

Edición N° 00357 – Semana del 28 de Junio al 4 de Julio de 2013
 
 
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