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¿Palos en la rueda al proceso de paz?

  Rubén Sánchez David
  Profesor Ciencia Política y Relaciones Internacionales – Universidad del Rosario
   
 

Los diálogos de paz se reanudaron en La Habana el pasado 11 de junio en un ambiente tenso, lleno de malos entendidos en un ambiente enrarecido por las tensiones entre Colombia y Venezuela y la insistencia de las FARC por añadir a la agenda temas que el Gobierno considera improcedentes.

En principio, el proceso que se desenvuelve en la capital cubana tiene como objetivo definir las reglas y los procedimientos que permitan, en palabras de Humberto de la Calle, “el tránsito de las FARC a una fuerza política sin armas”. Sin embargo, la guerrilla y algunos sectores políticos de izquierda como el que representa Iván Cepeda, representante a la Cámara por el Polo Democrático, lo que estaría en juego es más que la participación política del grupo guerrillero y a lo que se aspira es a “ampliar las condiciones democráticas para hacer política en Colombia”, planteamiento que se une a las exigencias farianas relacionadas con la convocatoria a una asamblea nacional constituyente, asunto que el Gobierno ha rechazado de plano por no estar contemplado en la agenda pactada. A este punto de controversia se suman otros como la exigencia de que en las unidades de reserva campesina no entren fuerzas armadas, o la negativa de los guerrilleros a entregar las armas después de la desmovilización.

La salida del libreto inicial y las propuestas que ahora quieren discutir las FARC en la mesa negociadora han perturbado el clima de optimismo que reinó después de acordado el primer punto de la agenda el pasado 26 de mayo y han alimentado las dudas expresadas por algunos sectores sobre los propósitos de las FARC en la nueva fase del proceso al desbordar la letra del acuerdo general firmado por ambas partes. Acuerdo que no contempla la reestructuración del Estado ni la redefinición de los poderes públicos, ni la eliminación del carácter presidencialista del sistema político como lo reclaman ahora los negociadores de las FARC en La Habana.

Al malestar reinante en el mundo político se han sumado las tensiones originadas por las declaraciones del Gobierno venezolano que insiste en un supuesto plan fraguado desde Bogotá para derrocar o asesinar al presidente Maduro evidenciado por el recibimiento que le hiciera  Santos a Capriles y la captura de nueve supuestos paramilitares colombianos en suelo venezolano. Aunque la mayoría de los analistas les han restado importancia a las acusaciones provenientes de Venezuela, reina un cierto desconcierto en el país, en parte también por algunas acciones polémicas protagonizadas el Gobierno colombiano como el anuncio de los convenios con la OTAN y su visita a Israel. De hecho, la guerrilla del ELN se ha hecho eco de la posición venezolana y ha declarado en su revista Insurrección que “El panorama político es de alto riesgo para la paz regional. Y lo que se viene cocinando, que son preparativos de guerra, nos lleva a reflexionar seriamente en tales circunstancias qué papel juegan los diálogos con la guerrilla, cuál  el objetivo y las intenciones del Gobierno de Santos con el proceso de paz que viene adelantando con los compañeros de las FARC-EP. […] lo que busca la oligarquía es lograr un acuerdo con las guerrillas para que se desmovilicen y desaparezcan de la zona fronteriza colombo-venezolana para dar paso a grupos armados de mercenarios que entrarían a desarrollar el plan, dando inicio a la guerra civil en la frontera hasta llevarla al centro del país y tumbar al gobierno legítimo del presidente Maduro, con el apoyo de la OTAN y el ejército colombiano.

Las propuestas de las FARC, junto con las declaraciones del ELN, podrían ser interpretadas como una estrategia dilatoria en el marco de las negociaciones de paz y no como un paso hacia la ruptura por cuanto, a pesar del endurecimiento de posiciones, los negociadores han reiterado que su objetivo es un proceso efectivo hacia una paz pronta y duradera. Así mismo, mediante un comunicado del 12 de junio, las FARC dieron a conocer que deseaban confirmar el acompañamiento de Venezuela al proceso de paz, pese a la crisis desatada por el encuentro entre el presidente Juan Manuel Santos y el líder de la oposición venezolana Henrique Capriles. Este hecho es significativo por cuanto sin el apoyo, el acompañamiento y las labores de facilitación de Venezuela el proceso no se habría dado y correría peligro.

En realidad, no se pueden perder de vista dos variables que contribuyen a la comprensión de lo que sucede alrededor del proceso de negociación y a aclarar un panorama que se vislumbra opaco y confuso: en primer lugar, el hecho de que el presidente Maduro tiene su vista puesta en las próximas elecciones para alcaldes en Venezuela y que necesita fortalecer una posición endeble que le resta gobernabilidad. El llamado a la unión para enfrentar a un tercero en discordia es una vieja táctica a la que recurren todos los gobiernos para despertar el fervor nacional. En segundo lugar, no puede perderse de vista que dada la débil presencia de Colombia y Venezuela en sus fronteras, y particularmente del colombiano, las actividades ilícitas y la acción de actores armados que operan en ambos lados de la frontera son fenómenos habituales cuya confrontación requiere una colaboración permanente de ambos países para contrarrestar sus efectos. Más allá del juego político mediático y de la “democracia de micrófonos” se impone la necesidad de cooperar y mantener relaciones cordiales para lograr resultados positivos.

Visto lo anterior se puede vaticinar que las crisis diplomáticas entre Caracas y Bogotá pueden entorpecer la marcha de la negociación que se desarrolla en La Habana, pero que no serán el palo que detenga la rueda que mueve el proceso. Hay obstáculos más poderosos que tienen su raíz en la polarización que caracteriza la sociedad colombiana y que entorpece cualquier entendimiento entre bandos opuestos.

Edición N° 00357 – Semana del 28 de Junio al 4 de Julio de 2013
 
 
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