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¿Ciudades sostenibles?

  Gustavo Wilches-Chaux
  Consultor
   
 

Cada vez oímos hablar con más frecuencia de “ciudades sostenibles”. Ese es, incluso, el nombre y el objetivo de algunos proyectos en auge de instituciones nacionales y agencias internacionales. El desafío, por supuesto, es prioritario: de los más de 7.300 millones de seres humanos que hoy habitamos el planeta (1.300 millones más que en el año 2000), más de la mitad somos “seres urbanos”. Por distintos motivos la humanidad tiende a concentrarse cada vez más en las ciudades.

Por alguna extraña razón, sin embargo, se suele considerar que la sostenibilidad de las ciudades depende de lo que sucede de sus “murallas” hacia adentro. Por eso en la abundante literatura que hoy existe sobre el tema, el énfasis se encuentra en estrategias importantes, como la racionalización en el uso de vehículos movidos por combustibles fósiles, el ahorro de energía en casas y edificios (especialmente importante en los países con estaciones o donde el aire acondicionado y la calefacción son requisitos de supervivencia), la reducción y el adecuado manejo de desechos, la optimización en el uso del agua, la gestión del riesgo, el incremento de zonas verdes, la agricultura urbana, el aprovechamiento de la energía solar y otras medidas similares. Forman parte también de la sostenibilidad de las ciudades su competitividad y su gobernabilidad (o si se quiere: gobernanza), la primera como expresión de la sostenibilidad económica y la segunda de la social y la política. Todas son importantes y deben seguirse impulsando y apoyando.

Sin embargo, aunque todas esas estrategias tuvieran éxito en términos cuantitativos y cualitativos, no serían capaces por sí solas de garantizar la sostenibilidad de las ciudades. Porque ésta -entendida como la capacidad de las ciudades para ofrecerles calidad integral de vida a sus habitantes sin convertirse en factores de deterioro irreversible del ambiente-, no depende solamente de lo que sucede de sus límites hacia adentro, sino muy especialmente de las relaciones que la urbe sea capaz de establecer con la región circundante, gran parte de la cual (si no toda, como sucede muchas veces) es territorio rural. Y en esa ya citada abundante literatura sobre las “ciudades sostenibles”, esa es una consideración que suele brillar casi totalmente por su ausencia. La llamada “civilización occidental”, que ya gobierna la parada en todos los puntos cardinales, es esencialmente urbanocéntrica. A la hora de tomar las decisiones esenciales del desarrollo, se piensa y se actúa (claro está: desde las ciudades) como si efectivamente el campo fuera “ese lugar horrible donde los pollos se pasean crudos”, frase atribuida a distintos autores, incluido Julio Cortázar, pero que parece ser del escritor francés Max Jacob (1876–1944).

Las murallas que hoy siguen separando a las ciudades del campo y en general de la región dentro de la cual están inmersas, ya no son físicas, como las que rodeaban y protegían a las ciudades medievales, sino que hoy son ideológicas, mentales, burocráticas, culturales. El urbanocentrismo dominante sigue considerando como “extramuros” –con el sentido peyorativo que se le suele dar a la palabra- a todo aquello que queda por fuera de los cascos urbanos.

Un análisis elemental de la procedencia de los factores vitales que permiten la existencia de las ciudades (recursos naturales como el agua y el aire, materiales de construcción, alimentos, energía e incluso gran cantidad de mano de obra), demuestra que en su gran mayoría proceden del campo. Así como también proceden del campo algunos factores de “desorganización” o de entropía, tales como ríos que ya llegan con cierto nivel de contaminación o de sedimentación a las ciudades, o comunidades desplazadas por distintas violencias, muchas estructurales, vinculadas al mismo modelo de desarrollo que priva al campo de oportunidades.

¿Y qué genera la ciudad para el campo?

Algunos “servicios” como información, educación (en su mayoría para formar “ciudadanos” en el sentido más literal de la palabra), “salud” (atención médica y hospitalaria), oportunidades comerciales y laborales, y “gobierno” y “seguridad”, palabras que necesariamente hay que escribir entre comillas ante la incertidumbre sobre si esos servicios se prestan de la manera más pertinente posible frente a las verdaderas necesidades del campo.

Pero la ciudad también le entrega al campo una amplia variedad de factores de entropía, algunas tan evidentes como la contaminación de los ríos, de los suelos y del aire, la expansión urbana, y otras más sutiles como el ya mencionado urbanocentrismo con todo lo que ellos implica al momento de tomar y de ejecutar decisiones.

Esto, que parece tan obvio, no se reconoce de manera explícita en el discurso de las “ciudades sostenibles”.

Lo cierto es que al elaborar un balance entre lo que la ciudad recibe del campo y lo que la ciudad le devuelve, resulta evidente que la relación no es de simbiosis / mutualismo (tipo de interacción en la que las dos partes que interactúan se benefician mutuamente, como la que establecen un alga y un hongo para formar un liquen), sino de parasitismo (tipo de relación en la que sólo una de las partes se beneficia y muchas veces termina por ocasionar el deterioro y hasta la destrucción de la otra).

La ciudad forman parte integral de la región que la circunda y su sostenibilidad solamente será posible en la medida en que logre sustituir la relación dominante de parasitismo  por una nueva relación de simbiosis / mutualismo. Recordemos que en las relaciones de parasitismo muy probablemente acaba por destruirse también el parásito.

Construir este nuevo tipo de relación entre la ciudad y la región y particularmente entre la ciudad y el campo, significa adoptar en la teoría y en la práctica una serie de valores esenciales que deben orientar todas y cada una de las decisiones que se tomen: equidad, solidaridad, reciprocidad, hospitalidad, identidad. La hospitalidad no hace referencia de manera exclusiva a la capacidad para “recibir” adecuadamente al foráneo, sino muy especialmente a que las comunidades que forman parte de un territorio no solamente no sean expulsadas sino a que no pierdan su relación de pertenencia con el mismo. A que no se conviertan en espectadoras pasivas de decisiones que actores externos toman sobre sus territorios y que, aunque no las desplacen físicamente, las convierten en desplazadas in situ.

El reconocimiento de las mutuas dependencias que existen entre lo urbano y lo rural, permite entender que la única manera posible de alcanzar el llamado desarrollo sostenible –para el territorio en general y para las ciudades en particular- es a través de unas relaciones que permitan que a medida que el campo, sus ecosistemas y sus comunidades ofrezcan y presten a las ciudades más y mejores bienes y servicios, en esa misma medida resulten fortalecidos: que los ecosistemas consoliden su integridad y su biodiversidad y que  las comunidades obtengan mejores condiciones para hacer efectivos sus derechos humanos, empezando por el derecho a la vida con calidad y dignidad, sin tener que renunciar a cambio a su identidad campesina.

Como dijimos en los primeros párrafos, la mayoría de esas estrategias que se plantean para la construcción de “ciudades sostenibles” (particularmente todas las que tienen que ver con la racionalización en el uso de recursos y energía y con la consecuente reducción de desechos) se justifican, pero siempre y cuando se entiendan y apliquen, de conformidad con los valores mencionados, con miras también a reducir el impacto negativo que las ciudades ejercen sobre el campo.

Edición N° 00360 – Semana del 19 al 25 de Julio de 2013
 
 
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