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Los campesinos desafían el monopolio de la información

  Maureén Maya S.
  Periodista e investigadora social
   
 

Si algo puso en evidencia el Paro Agrario Popular, que aún se sostiene en varias regiones del país -pese a los intentos y a algunos avances en las negociaciones a las que fue obligado el Gobierno ante la desbordada situación de orden público y las desesperadas y justas demandas de los sectores sociales más duramente golpeados por la inequidad, la persecución social y el aislamiento- fueron las contradicciones del sistema; el enorme abismo, pese a la introducción de normas garantistas de derechos, que existe entre la democracia formal y la real.

Mucha tinta ha corrido desde el inicio de las protestas, diversos periodistas, intelectuales, académicos, incluso las mismas víctimas de la represión policial y de las equivocadas políticas del gobierno, se han dedicado a publicar gran cantidad de  artículos informativos, de análisis y de reflexión, en los que se reconoce no sólo la innegable existencia del paro, siendo altamente llamativo, el desafió planteado a la hegemonía informativa de los medios masivos de comunicación, sino la precariedad en la que malvive el sector agrícola del país, entre otros.

Pocos ciudadanos fueron ajenos al impacto que produjo la publicación de videos, (grabados por los mismos campesinos) en Youtube y que luego fueron difundidos masivamente a través de las redes sociales. En estos registros se comprobó la violenta acción de la policía contra los manifestantes, la violación de múltiples derechos, crímenes, asesinatos, saqueos, invasión a la propiedad privada, hostigamientos, incluso, contra menores de edad, arrestos, estigmatizaciones, entre otros, demostrándose lo que desde hace años atrás se viene denunciado: que el ESMAD funciona como un escuadrón de muerte al amparo del Estado y que algunos agentes de la policía emplean armas letales no convencionales e infiltran la protesta social para generar pánico y caos.

La brutal acción de la Policía, adiestrada más reprimir con violencia que para garantizar vida, honra, derechos y convivencia ciudadana, como corresponde y como se establece en su manual de funciones1, no es nueva en el país, ni ajena a la realidad de violencias con las que se escribe nuestra historia, sin embargo, por primera vez se mostró de manera masiva su violento accionar contra la población indemne, desamparada y desarmada; por primera vez los ciudadanos como titulares de derechos denunciaron los hechos sin que mediara la oficialidad de los mass media; y, como hacía mucho tiempo no ocurría, millones de colombianos sentimos de manera colectiva un profundo malestar social, una devastadora indignación que nos impulsó a abandonar la vieja posición de cómodos y pasivos testigos para salir a las calles, acompañar esta exigencia de justicia y dignidad, gritar al unísono ¡Basta Ya! y decir: «Somos más y tenemos la razón. Si hay Paro señor Presidente, aunque pretenda no verlo, y si hay razones legítimas para parar y protestar»

Muchos sectores sociales, ondeando la bandera de la solidaridad, se unieron a este clamor, ya no sólo por garantías y derechos para el aporreado agro colombiano -por cuenta de gobiernos proclives a la intimidación foránea y a la aprobación de Tratados de Libre Comercio que entregan la soberanía y ofrecen hasta la vida de sus ciudadanos a cambio de migajas en desuso – sino para exigir ¡piedad para este pueblo!. La “Oración por la Paz”, pronunciada en la célebre "Marcha del Silencio” por Jorge Eliécer Gaitán, retumbó en nuestra conciencia como un clamor histórico, mil y mil veces, necia y miopemente aplazado:

Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra Excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria.

[…]Os pedimos que cese la persecución de las autoridades; así os lo pide esta inmensa muchedumbre. Os pedimos una pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad".

[…] Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.

Señor Presidente: Nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones solo os reclama: ¡que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queráis que os traten a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes!”2

Esta vez, como imagino sucedió a varios nacionales, fueron más las llamadas telefónicas y los mensajes recibidos y escritos en Facebook, convocando a marchar que invitando a ver un partido de fútbol. Era cierto que en esta jornada nacional algo había cambiado, que una fuerza dormida se había desatado y que identificados con el clamor mundial por una Democracia Real e invadidos por un hastío generalizado frente al orden mundial, Colombia se unía al llamado por las grandes transformaciones sociales y por modificaciones estructurales en la administración de los poderes constituidos y consentidos.

La ferviente respuesta de una sociedad que no está dispuesta a tolerar más abusos y mezquindades por parte de sus gobernantes, que puede sentir el dolor del campesino como propio, que intenta sobreponer a la desinformación reinante, las razones legitimas para la inconformidad, nos hizo pensar que se había roto el monopolio de la información por parte de los medios tradicionales, que había llegado el momento de integrar propuestas y asumir la directriz del poder real, el del constituyente primario.

Colombia se había acostumbrado a que en las jornadas de protestas públicas, (derecho que ningún Estado osaría desconocer, al menos no en sus leyes), las demandas pasaran a segundo plano de visibilidad porque los medios se limitaban a informar exclusivamente sobre los disturbios generados por los manifestantes o a repetir las necias e intolerables versiones oficiales, según las cuales la protesta había sido infiltrada por la guerrilla, manipulada por intereses políticos, y muchas veces carecía de sustento o de causas justificables.

Esta vez, el relato de la historia cambió y cambió gracias a las redes sociales y al uso del internet, gracias a la acción decidida de los campesinos, de los ciudadanos que decidieron asumir la labor social del periodista, la de informar de manera oportuna y veraz, mostrando la realidad que siempre se ha pretendido ocultar.  Cómo lo señaló  Omar Rincón en su columna publicada en el portal Razón pública: “Todas estas paradojas se pusieron en evidencia porque las redes sociales sacaron del libreto a todos los actores institucionalizados y mostraron que la realidad es más grande que los discursos oficiales. Había un país llamado Colombia que tenía dos relatos establecidos de la protesta social: uno de violentos y otro de terroristas, y ambos le gustaban al establecimiento y a los medios de comunicación. Pero llegó otro relato hecho de jóvenes, redes sociales e indignación colectiva y todo mutó.”3

La vieja discusión iniciada cuando se suprimió la tarjeta profesional para el ejercicio del periodismo, permitiendo que otros profesionales pudieran ejercer este noble oficio, siempre acatando los principios del código deontológico del periodista o los manuales éticos de cada país,  parecía zanjada, aunque realmente no fue así. Si bien se logró contar con amplia información (divulgada con inmediatez), con textos de análisis que en muchos casos evaluaban lo sucedido y planteaban alternativas viables de solución, la función del periodismo, de dar cuenta de hechos de interés social aspirando a alcanzar el mayor grado de precisión e imparcialidad posible no se hizo tan evidente, aunque el país conoció verdades testimoniales que nos comprobaron la gravedad de los hechos que torpemente Gobierno y medios pretendían ignorar. El debate quedo planteado.

La credibilidad en los medios de comunicación respecto a lo que se ha dado en llamar la verdad pública quedó fuertemente debilitada. Mientras departamentos como Boyacá, Nariño, Putumayo, Tolima, Santander, Meta y Cauca entre otros, eran aislados por cuenta de los bloqueos y sus habitantes eran reducidos por el miedo y la violencia, la marcha campesina se fortalecía, crecía, crecía -como crece la audiencia en “El sueño de las Escalinatas” de Jorge Zalamea Borda -como lo recordó el profesor Medófilo Medina en su magnífico análisis de los hechos4- y como crecía y sigue creciendo el registro (aun incompleto) de campesinos mutilados, tiroteados por la fuerza pública, asesinados y judicializados. A la par de ello, y de los cambios que nadie podía dejar de advertir, los medios masivos de comunicación se limitaron a repetir las desafortunadas intervenciones del presidente Santos y sus áulicos funcionarios: “No existe el paro”5, “hay grupos infiltrados que "quieren dejar una sensación de miedo en el país"; “el paro no lleno las expectativas”; incluso hubo quienes afirmaron que en las protestas habían más vándalos que ciudadanos. Todas estas torpes aseveraciones, una a una, fueron demarcadas de la verdad real, la fáctica la que se demuestra con hechos.

Las repetidas frases de cajón, aquellas que se suelen pronunciar sin convicción para prolongar el aguante perpetuo de una sociedad vulnerada y despreciada o reducir las certidumbres de los manifestantes -vistos como terroristas cuando protestan y ciudadanos cuando se les pide votar, como rezaba una pancarta callejera- fueron desnudadas en su real talante; se hizo evidente que los ciudadanos ya no creen en pañitos de agua tibia, en las promesas de los gobiernos de turno ni en lo que informan los medios de comunicación.

Santos afirmó categórico que la muerte del subintendente de la Policía, Luis Mauricio Torrado Marín, no se produjo por acción de los campesinos “…estoy absolutamente seguro que no fueron campesinos, no tuvieron nada que ver con este asesinato…”. Cierto, pero esta frase dicha por el mandatario sólo reveló la intención de congraciarse con los manifestantes, los mismos que su gobierno golpeaba sin piedad. También dijo  Santos: "Con los campesinos tenemos la mejor disposición, queremos trabajar con ellos y por ellos (...) sobre todo algunos que han sido despojados de sus tierras", y sucedió lo mismo: nadie creyó en estas palabras ni en tan loables intenciones; los hechos, la violencia desatada y los crímenes cometidos por la Fuerza Pública lo desmentían.

Todos los descontentos, los disgustos, las frustraciones, las fatigas, el malestar y la incredulidad finalmente se unieron para darle una lección a los gobiernos indolentes que perpetúan la tragedia de los pueblos, se lucran de su dolor y pocas veces, promueven acciones que los dignifiquen y transformen sus realidades oprobiosas en proyectos de vida justos, equitativos, producciones, con reales opciones de progreso y felicidad, como propone todo Estado Democrático Social de Derecho.  Colombia demanda hechos políticos, avances reales y transformaciones concretas, no frases edulcoradas  ni más mentiras disfrazadas.

El líder campesino Yule Anzueta dijo al portal Kien y Ke: “El sector campesino y agrario está reclamando derechos y le dice al gobierno que la solución es acordar. Si están pensando en la paz de los colombianos pues que realmente se sienten y busquen una solución y no arremetan con la fuerza pública para eliminar las protestas”. 6Así de simple, de profundo y de real fue el llamado campesino.

La fórmula de reprimir con violencia la protesta ciudadana demostró, una vez más, su fracaso, a más represión, mayor rebelión. La violenta y criminal acción del Escuadrón Móvil Antidisturbios y de la Policía Nacional, las provocadoras y patéticas declaraciones de los funcionarios del gobierno queriendo criminalizar la protesta ciudadana, surtieron el efecto contrario: Los manifestantes, que surgieron de todos los rincones de la geografía colombiana, no se amilanaron ni permitieron que a base de terror las voces del descontento fueran silenciadas; por el contrario temas que eran desconocidos para la gran mayoría de personas como semillas transgénicas, los efectos del TLC en el agro, la resolución 970 del ICA, el proyecto de TLC con China, se convirtieron en temas nacionales. Se denunció lo que antes el país político ocultaba o callaba: “Si el campesino enfrenta el monopolio de las corporaciones y guarda sus semillas «patentadas», se va para la cárcel o paga enormes multas. Estamos en las manos de las multinacionales y de lo que quieran meternos a la boca, a los precios que quieran”7.

Palabras, promesas, engaños, fueron por fin a parar al desagüe de la desesperanza; pocos ciudadanos hoy en día están dispuestos a tranzar sus derechos por pañitos de agua tibia que ocultan estruendosas e incongruentes risotadas de cinismo y cobardía; pocos ciudadanos hoy están dispuestos a conformarse con algo inferior a lo que por ley y por dignidad humana les corresponde, y mal harían los gobiernos, sobre todo uno que se la ha jugado por el fin de la guerra en Colombia, en desconocer estas claras advertencias.

El Gobierno y los medios subordinados a sus mandatos e intereses políticos, trataron de minimizar la protesta, negar un paro que sacudía 24 departamentos, esconder o justificar los desmanes, militarizar el campo y las ciudades, intimidar a los líderes sociales, pero finalmente no lo lograron, gracias a que la actividad periodística se diversificó y se desató la solidaridad masiva. Los ciudadanos, reconocidos como tales, asumieron su voz y su fuerza para procurar trasformaciones profundas y para aportar a la configuración de otra historia.

NOTA/ Se presentó en el Centro de Memoria, Paz y reconciliación el libro de Francisco Montaña, "El gato y la madeja pérdida", relato estremecedor sobre el genocidio de la UP que debe ser apropiado y leído por todos los colombianos. Editorial Alfaguara.

Edición N° 00367 – Semana del 6 al 12 de Septiembre de 2013

2 La Marcha del Silencio, convocada por el caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán el 7 de febrero de 1948, fue la más grande manifestación que hasta entonces se había realizado en la historia del país. Dos meses después, el 9 de abril, Gaitán caía asesinado en las calles de Bogotá provocando una sentida y violenta reacción en todo el país.

3 Omar Rincón; “El nuevo rostro de las protestas sociales en Colombia: de los miedos a las esperanzas”. Septiembre 2 de 2013. Bogotá. Ver en: http://bit.ly/1fus6bw

4 Medófilo Medina; “El paro nacional agrario: cuando el mundo del trabajo se levantó”. Bogotá, septiembre 2 de 2013. Publicado en el portal Razón Pública. http://bit.ly/136hgpL

5 Radio La FM; “Presidente Santos dice que el paro nacional no existe”. Bogotá, agosto 25 de 2013 Ver: http://bit.ly/1dOvW2J

6 (Camilo Hurtado; “Hablan los que sí creen que existe “el tal paro agrario”. Bogotá, agosto 26 de 2013. Ver en: http://www.kienyke.com/economia/existe-o-no-el-tal-paro-agrario/ ).

7 (Dharmadeva; “Tener una semilla es un delito: la nueva dictadura alimentaria”. El Espectador, agosto 12 de 2013. Ver en http://www.elespectador.com/opinion/tener-una-semilla-un-delito-nueva-dictadura-alimentaria-columna-439703 )

 
 
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