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Ever Cordero

  Víctor Negrete Barrera
  Centro de Estudios Sociales y Políticos. Universidad del Sinú
   
 

“Mi nombre es Ever Antonio Cordero Oviedo, tenía 42 años cumplidos cuando me mataron el mismo día de las marchas por las víctimas, ese martes nueve de abril a las 6:45 de la mañana en una de las calles de Valencia, la cabecera del mismo municipio en el departamento de Córdoba.

La marcha por las victimas era muy importante para nosotros. La preparamos con mucho cuidado y entusiasmo. No dejamos nada al azar. Queríamos mostrarle al señor presidente Santos que contara con nuestro respaldo masivo y organizado en favor de  las víctimas. El, como era sabido, llegaría el día siguiente a entregar escrituras a campesinos despojados por la llamada Casa Castaño del predio Santa Paula, situado cerca de la cabecera de Valencia. Por estas razones todo era alegría y ajetreos. El jueves cuatro en horas de la tarde dejamos todo listo. Así que regresé a mi casa a las seis de la tarde. El viernes lo pasé en casa poniéndome al día por las ausencias reiteradas de mis constantes salidas. El sábado salí con mis hijos mayores a inspeccionar el apiario que tenemos. El domingo acompañé a mi mujer a revisar los frutales y los animales, nos metimos a la hamaca en compañía del hijo menor a recordar y a planear lo que vendría. El lunes asistí a la reunión de padres de familia y a la entrega de alimentos por parte del Plan Mundial de Alimentos. Como el volco que llevó los alimentos regresaba desocupado aproveché para trasladarme a la cabecera. Llegué en la tardecita. Esa noche dormí donde un hermano y a las seis de la mañana del martes ya estaba listo para salir a la plaza a verificar los preparativos. Cuando lo hice, a pocos metros de la casa, escuché los disparos…Me velaron en Fabra y enterraron en Santo Domingo el día jueves 11 porque en el pueblo no hay cementerio. Me di cuenta que numerosos amigos y funcionarios conocidos no estuvieron presentes en ninguno de los actos…

Por esta partida inesperada, obligada y definitiva dejé a mis padres, esposa, ocho hijos, una nieta que estaba a mi cargo, hermanos y hermanas con hijos, primos, sobrinos, amigos y conocidos. Con todos ellos tengo pena por no despedirme.

Espero me sepan comprender porque no fue culpa mía. Ahora quiero contarles que estoy tratando de acomodarme en el lugar donde me encuentro. Aquí, como el tiempo no pasa, es fácil recordar detalles que parecían olvidados o no les prestábamos atención cuando sucedían. Todos los días pienso en Fabra, el caserío de más de cien años donde nací, del corregimiento Santo Domingo en Valencia. Es un pueblito como muchos: con su quebrada larga, angosta y mansita pero traicionera cuando crece. A lo largo de ella, como un pesebre campesino,  61 casas dispersas, casi todas con techo pajizo y paredes de madera. Los caminos del pueblo, así como las trochas que comunican con otros lugares cercanos y lejanos  se mantienen en mal estado; no tiene puesto de salud, agua potable ni energía eléctrica; cuenta con un aula hecha de bloques con arena y cemento y dos ranchos con techo de palma donde apretujan a 105 estudiantes de preescolar hasta quinto de primaria y tres profesores. También como muchos creemos en brujas, espíritus malos y agüeros. Nos gusta echar cuentos, comer, enamorar y tratar de disfrutar la vida, aún en medio de la pobreza, la tristeza y el abandono.

No todo es malo en mi pueblo. La mayoría de las familias disfrutan de parcelas entre tres a cinco hectáreas en promedio mientras las fincas grandes son escasas; cultivan y venden maíz, plátano en cantidades, cacao y en los últimos años la apicultura la están volviendo una actividad rentable para la familia. Hay Acción comunal, una iglesia evangélica, un parque infantil, la cancha del colegio  y una pequeña acondicionada por los muchachos. El jornal es uno de los más altos de la zona: nos lo pagamos entre nosotros a 13.000 pesos por jornada de seis de la mañana a doce del día. Nuestra parcela debe conservar los árboles con mangos, mamón, guanábana, tamarindo, naranjas y mi mujer muy contenta me dijo dos días antes de mi muerte que ya teníamos seis carneros, tres burros, ocho marranos, cincuenta gallinas, dieciocho patos grandes y quince pequeños, tres perros, un gato, cuatro morrocoyes, dieciocho palomas y un pavo. ¡Toda una fortuna para campesinos como nosotros!

Yo estudié apenas hasta tercero de primaria. No teníamos  más oportunidades y a mí me faltó interés, es la verdad. Fue gracias a mi mujer que continué estudiando el acelerado todos los sábados en la cabecera.  Cuando me faltaban dos meses para culminar los estudios de bachillerato sucedió algo que nunca he podido olvidar. Durante una fiesta en el pueblo se formó una pelea, algo común en estos pueblos y sin querer terminé involucrado. Dos días después hombres armados llegaron a la casa con el cuento que me iban a sancionar por lo de la pelea. Así que me llevaron a la finca donde ellos se encontraban y desde el 13 de noviembre hasta el 8 de diciembre de 1999 me mantuvieron trabajando gratis, sin darme comida, ropa ni cama. En esa ocasión cerca de 25 hombres estuvimos en esta situación. Dormíamos en un rancho en canillas (con techo y horcones), donde colgábamos las hamacas que nos llevaban las familias, junto con ropa y comida preparada o cruda. El que no tenía le tocaba dormir sobre tablas de madera colocadas en el suelo. La jornada de trabajo era de seis de la mañana a dos de la tarde. Nos tocaba macanear, arrancar pajones, arreglar portillos, mejorar vías. No había manera de quejarse ni de pedir explicaciones. El tiempo de permanencia, el trabajo a realizar y el trato dependían exclusivamente de ellos, sin apelación alguna.

En ese tiempo yo era presidente de Acción Comunal. Lo primero que hice cuando regresé a casa fue decirle a mi mujer que había perdido la moral, la tenía por el suelo. De inmediato convoqué una reunión para presentar mi renuncia puesto que me sentía indigno después de lo ocurrido pero no la aceptaron. Seguí en el puesto pero no volví a terminar mi bachillerato. Cuando acabó mi periodo me nombraron delegado, cargo que ocupé hasta el día de mi muerte. Fui además secretario de la cooperativa de compra y venta de plátano, miembro de la mesa de junta de la Alcaldía y directivo de la mesa municipal de víctimas.

Aquí donde estoy tengo tiempo suficiente para recapacitar. Algo que me produjo mucha rabia y dolor fue la violación de mi hija de doce años por parte del profesor que nombraron los señores de  la finca. Sólo vino a saberse del abuso continuado dos años después por el embarazo que tuvo. Fue algo difícil de enfrentar. Yo lo denuncié ante las autoridades legales y el abusador terminó en la cárcel. Lo otro en que medito mucho es en la presencia de los  grupos armados ilegales. Siendo adolescente vi muchas veces pasar grupos de guerrilleros del Ejército Popular de Liberación a pie o a caballos o cuando hacían reuniones en el pueblo. No recuerdo bien lo que decían. Después en 1994 hizo su aparición la gente de las Autodefensas. Pasaron de largo, casi nadie sabía de ellos. Aunque hubo muchas conjeturas al principio poco a poco los fueron olvidando hasta que meses después, en el mismo año, llegaron, mataron  a cuatro miembros de la familia Padilla, un trabajador y a dos de los Arrieta. Esa fue la manera que escogieron para presentarse. A mí me tocó ayudar a recoger los muertos…muchos ayudamos porque los conocíamos, sabíamos de ellos y creo que nadie esperaba que terminaran así.

¡Llegamos para quedarnos! nos advirtieron a todos y en efecto así ha sido, con un pequeño receso del 2003-2005 con motivo del proceso de negociación que hicieron con el gobierno del presidente Álvaro Uribe en Santafé Ralito. De tal manera que un poco más de la mitad de la población, me refiero a los menores de dieciocho años, han vivido bajo el gobierno de estos grupos aunque la autoridad e instituciones oficiales estén presentes. No sé si pocos o muchos comparten su forma de pensar y actuar ni cuantos están en desacuerdo, pero su influencia ha sido grande, demasiado digo yo.

En ese ambiente y bajo esa presión siento una gran congoja en el corazón cuando me enteré que mi gente fue forzada a salir del pueblo por amenazas, supuestas o reales da lo mismo, dos meses después de lo que me hicieron. En total fueron 34 personas llenas de miedo e incertidumbre que no saben si regresarán algún día ni cómo será su vida de ahora en adelante. Sé que nos acostumbraron a vivir de esta manera, pero no es la correcta ni la deseada. ¿Cuántos años más han de pasar?, me pregunto a cada momento.”

Edición N° 00369 – Semana del 20 al 26 de Septiembre de 2013
 
 
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