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La utopía y la razón de los vencidos

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

Walter Benjamin dijo que «el pasado no es ciencia sino memoria» y que la memoria puede abrir los expedientes que la ciencia ha archivado, es decir que, en todo caso, no podemos cancelar el pasado, porque el pasado pagó el precio del progreso que algunos disfrutan en el presente, cuando en realidad vivimos un presente cargado de injusticias y de inequidad; presente que se edificó y organizó en el pasado. Como lo ha expresado el filósofo español Reyes Mate: «La clave del conocimiento de la historia está en el pasado y no en el futuro...» y propone que «la ética política hoy tiene que hacer justicia a la injusticia de la historia». Es decir, si permanentemente se nos dice que hay que recordar para evitar que la historia se repita, es porque el proceso histórico ha estado errado, por ello es importante, entonces, recordar para hacer justicia, para que las víctimas cobren los daños, para que los opresores rindan cuentas, para que paguen las deudas contraídas, por la explotación, por el colonialismo, por la guerra...por una historia que, como se sabe, está centrada en la violencia.

Benjamin nos explica también que la historia ha sido escrita por los vencedores, que «lo que llamamos cultura no es más que la herencia acumulada y transmitida por los vencedores», pero el pasado tiene aspectos inéditos que hay que revelar, que hay que mostrar; se trata de las voces silenciadas, de los saberes subyugados y el conocimiento de los vencidos; de las versiones no oficiales de la realidad. En pro de una clara alternativa a esos ideales del «progreso» y en favor del Principio esperanza, hay que dar luz a esa parte sombría de la realidad, de la historia, hurgar e indagar en lo oscuro, en la marginalidad, en el arrabal, en el lumpen, a donde han sido arrojados inmisericordemente los vencidos. Es en la pequeña historia en donde se debe indagar. En los hospitales, en los manicomios, en las cárceles, en los cuarteles y en las escuelas; lugares en donde se ha hecho principalmente la historia de Occidente, como nos lo enseñó Michael Foucault. Con todas estas huellas se puede rehacer la historia, dando importancia a quienes han carecido de ella, a las anónimas víctimas que no registra la historiografía oficial.

La propuesta de liberación genérica del hombre determinada por el Racionalismo y la Ilustración, y contenida ya en la exposición de Descartes en el Discurso del método, indicando la necesidad de «hacernos dueños y poseedores de la naturaleza... para la invención de una infinidad de artificios que nos permitan disfrutar sin ninguna pena de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que en esta se encuentran», contenía ya la impronta de la dominación y la opresión. El desencantamiento del mundo fue viciado desde sus orígenes, por los intereses de lucro y de dominio; por la alienación y por el sufrimiento de las mayorías. Por ello la utopía ha de hacerse historia, para enfrentar esa dialéctica negativa basada en el «progreso» entendido exclusivamente como aumento de la productividad, del consumo y de la represión.

Si, como creía Weber, la modernidad, la Ilustración, es un proceso progresivo irreversible de racionalización, está demostrado hasta la saciedad, que dicha racionalización ha sido un proceso continuo de instrumentalización y de pérdida de la libertad, bajo el imperio de las relaciones sociales de producción capitalistas. La razón realizada hasta el presente, ha sido parcial e incompleta y ha conducido a la cosificación del hombre. La ciencia, antaño reputada como emancipadora, hoy sabemos que es ratificadora y destructora. No obstante en los conceptos de razón e ilustración, prevalece aún la utopía. La razón no puede ser únicamente la razón dominante-destructora, sino que hay en ella «momentos de verdad», ocultos si se quiere, pero que afloran bajo determinadas circunstancias. Esta es la idea que maneja el profesor Rubén Jaramillo Vélez al aseverar que vivimos una modernidad postergada…

Por todo ello hay que denunciar, no la Ilustración como dominio técnico de la naturaleza, sino la perversión de la Ilustración como opresión y represión sobre los seres humanos… No podemos hacer abstracción de esa realidad, incluso se debe entender, también, que en la llamada marcha triunfal de la historia, el fascismo es aliado del progreso, no su negación. Dejando intactas las relaciones de explotación del hombre por el hombre y la alienación, se ha impuesto, de manera global, la ideología del progreso con destructividad, generando las sociedades represivas y distópicas que conocemos, bajo las etiquetas de fascistas, democráticas o socialistas, resultando irrelevante el nombre, porque finalmente son semejantes, a pesar de presentarse como opuestas; coinciden plenamente en el proyecto de proclamar la muerte del individuo, mediante la permanente reglamentación de nuestras vidas, por la nivelación gregaria de los gustos, por el triunfo de la mediocridad, el uniformismo y la masificación. En resumen, por la sistemática destrucción de la individualidad y la subjetividad; por la conversión de los humanos en simples rebaños, gracias al empleo de violentos o sutiles mecanismos policivos y pedagógicos, establecidos en estas sociedades tecnocráticas de vigilancia y de control.

Fragmento del ensayo Entre el fracaso y la esperanza.

Edición N° 00373 – Semana del 18 al 24 de Octubre de 2013
 
 
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