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Abel Rodríguez Céspedes:
Líder incuestionable de los educadores

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

En 1965, el mismo año en que Abel Rodríguez Céspedes recibía esperanzado el título de Maestro otorgado por la Escuela Normal de Ibagué, Theodor W. Adorno, uno de los más destacados filósofos de la Escuela de Frankfurt, pronuncia la conferencia titulada Tabúes relativos a la profesión de enseñar, en el Instituto de Investigación Docente de Berlín. En dicha conferencia señalaba Adorno que la docencia comparada con otras profesiones académicas como la abogacía o la medicina, posee cierto aroma de algo socialmente no del todo aceptado. La aversión que siente la opinión pública contra la profesión docente, obedece a una serie de consideraciones y motivaciones que tienen hondas raíces sociológicas y psicológicas.

No se considera al maestro como alguien digno de reconocimiento social y se señala el carácter subalterno de su labor, tal vez porque en sus orígenes históricos los maestros fueron esclavos y lacayos, además, porque los educadores, en última instancia, han sido los principales agentes de la adaptación, la normalización y la estabilidad social. Quizá por eso esta profesión provoca una fuerte reacción entre quienes, consciente o inconscientemente, se aferran al principio de placer, opuesto al principio de realidad y a la cordura que establece la normatividad social y el superyo. En este sentido la pedagogía, la escuela y los maestros tienen un carácter represivo y alienante, porque sistemáticamente modifican y adecúan los instintos y pulsiones a las exigencias de la vida en sociedad, a los procesos de estandarización y regulación, requeridos por los poderes establecidos, para el mantenimiento de las relaciones sociales de producción, que ellos detentan.

La precaria identidad de esos “grandes hombres incomprendidos”, como tan acertadamente denominara  a los educadores Fernando González en su texto de 1941, El maestro de escuela, expresa claramente el drama de un proletariado intelectual que, habiendo perdido bajo el influjo de los gamonales y los politiqueros su liderazgo social y cultural y con él  la seguridad de su yo, inexorablemente, anda en una constante búsqueda de  reconocimiento social y mejor trato, llevando  la pesada carga de su penuria, como lo muestra “Manjarrés”  el  personaje de la novela que, según el autor, era flaco pero “había nacido para gordo: era un enflaquecido, flacura de maestro de escuela”, quien -dice Fernando González-  arrastrando consigo una especie de olor a cadaverina, -que parece  incorporado a los menesterosos cuerpos de todos los maestros- llevaba siempre una absurda “conciencia de pecado” y de vergüenza.

Esa “menesterosidad de la práctica pedagógica”, tan cargada de necesidades, de fracasos y desilusiones, esa permanente “conciencia de pecado”, ha hecho que  muchos maestros consideren su profesión como algo pasajero, transitorio, fugaz. Y, por esa vía marchan a la deserción y al abandono, cuando no a la asunción de comportamientos acomodaticios, oportunistas, conformistas  y hasta nihilistas, con respecto a sus actividades y quehaceres. Consideran muchos maestros, no sin razón, que todo aquello en lo que los atarean y ocupan, carece de sentido y de importancia social.

Contra esas perniciosas nociones y tabúes respecto de la profesión docente, se alzaría tempranamente Abel Rodríguez Céspedes, buscando no sólo superar esa vieja categorización que le endilgaba a los maestros una mentirosa condición de “apóstoles” y de abnegados servidores públicos, sino, enarbolando las banderas de las justas reivindicaciones salariales y prestacionales de todo el magisterio colombiano, y promoviendo en ellos una nueva identidad cultural y política, para lograr  su liderazgo intelectual, en un medio social que sistemáticamente los ha subordinado y negado.

El Movimiento Pedagógico, que irrumpe en la década de los años ochenta, orientado por la Federación colombiana de educadores -tal vez el principal esfuerzo del magisterio colombiano por superar su invisibilidad y el maltrato social- tuvo en Abel Rodríguez Céspedes su principal conductor y orientador, en busca de transformar la praxis vital de los maestros, estableciéndoles, casi que a pesar de ellos mismos, precisamente, el liderazgo intelectual y cultural que les corresponde, e intentando ampliar de manera esencial las fronteras de la escuela, convenientemente estrechadas por los herederos del régimen señorial-hacendatario, proveniente de la colonia y aún vigente, en escuelas, colegios y universidades.

Luego de cumplir cabalmente con otros compromisos en torno de la idea de ofrecerle al país “otra escuela y otros maestros”, ya como promotor de organizaciones no gubernamentales dedicadas a asuntos pedagógicos y educativos, ya como director y gerente del Primer Plan Decenal de Educación realizado en Colombia, como Viceministro de Educación o como Secretario de Educación del Distrito Capital, -dando brillo a la deprimente administración del descolorido Lucho Garzón, que de no haber sido por las actividades desplegadas desde la Secretaría de Educación, habría pasado, “triste y vacío”, totalmente insustancial, anodino, insignificante, y “adornado” sólo por el  lenguaje dicharachero y fatuo que suele emplear para enmascarar su supina ignorancia.

Abel Rodríguez, a quien siempre se le vio haciendo gala de sus convicciones éticas y políticas de renovación y cambio, denunciando y develando “la inveterada costumbre de esos dirigentes políticos que ofrecen un programa como candidatos y realizan otro como gobernantes”, le vemos ahora ajetreado en un ya largo proceso en defensa propia, y no sólo por la afirmación y defensa de su limpio y honesto itinerario de educador y funcionario público, sino tratando de desvirtuar a los inveterados enemigos de la educación, de la cultura y del magisterio; luchando siempre por demostrar lo que en verdad representan los educadores como forjadores del cambio social y político, más allá de los particulares intereses de las mafias de contratistas, los turiferarios del poder y los mercanchifles de la educación y la pedagogía.

Estamos seguros, con Abel Rodríguez, de que superando todos los tabúes, el desconocimiento, la represión, las triquiñuelas y la persecución ejercida contra la profesión docente y contra sus líderes, tarde o temprano, han de ser los maestros los protagonistas principales de una posible revolución educativa.

Edición N° 00374 – Semana del 25 al 31 de Octubre de 2013
 
 
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