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La desindustrialización es real
y se enfrenta con políticas sectoriales

  Jaime Alberto Rendón Acevedo
  Centro de Estudios en Desarrollo y Territorio, Universidad de La Salle
   
 

El señor Rudolf Hommes en una reciente columna manifestó abiertamente la escasa participación industrial en el Producto Interno Bruto respecto a los promedios de otras economías; propuso la obligatoriedad que tiene este país de realizar reformas estructurales y una política industrial correcta por fuera de alternativas sectoriales que, según él, conducen a mecanismos ineficientes e ineficaces como los subsidios. Para el efecto propone trabajar en: Infraestructura, educación, fortalecimiento institucional, ciencia y tecnología.

De entrada el exministro proyecta elementos que son necesarios a cualquier economía que se plantee un programa serio de reformas que contribuyan a su crecimiento y desarrollo. Aunque pone en duda la desindustrialización del país, reconoce que la industria aún dista de ser comparable con otras economías promedio. Alguna vez, en tiempos de inicios de la apertura económica que él lideró, planteó en un foro sobre la bonanza petrolera que las fórmulas económicas eran como las recetas de cocina, distintas dependiendo de quién y dónde se implementaban. Parece que se sabe una misma receta, la de efectuar políticas generales, llamadas horizontales, que sean para todos y que los agentes en el mercado las aprovechen de acuerdo con sus posibilidades.

No obstante y aun a pesar del alto poderío de las teorías del libre mercado que el exministro pregona, las posturas académicas y políticas empiezan a tomar distancia, se llenan de matices, definen intervenciones específicas, generan las condiciones que la política industrial sea lo que necesariamente debe ser: Unas estrategias, enfoques de intervención pública (que puede contemplar elementos mixtos de actuación e implementación) con propósitos definidos, permitiendo la incidencia de la política industrial para la promoción al crecimiento y al desarrollo.

En otras palabras, la política económica es una acción deliberada por parte de las autoridades. En este sentido, la política industrial siempre será activa, lo que deja sin piso la benevolencia de una política pasiva o neutra para potenciar el libre accionar de los agentes en el mercado. El concepto de política industrial se concibe como la forma en que se corrigen o se aprovechan las condiciones de producción, se fortalecen sectores productivos para su desempeño óptimo en el mercado o se modifican las estructuras industriales con el fin de maximizar la rentabilidad de las empresas. De esta forma, la política industrial es entendida como el conjunto de instrumentos y acciones que utilizan los gobiernos con el fin de lograr unos propósitos (objetivos) definidos tanto para los mercados internos como para los externos, procurando con ello afrontar fenómenos de las externalidades, economías externas, de escala o las imperfecciones de los mercados de bienes, servicios y de capitales.

De esta manera, y contradiciendo lo que debe de ser una política industrial, el país ha venido aplicando precisamente esas políticas horizontales, las mismas que hicieron desvanecer las intencionalidades de las reformas, convirtiéndola en una política de comercio y competitividad que se ha visto fortalecida en la actual administración a través de la firma de los TLC, donde se pasan por alto las asimetrías con los países firmantes, dejando expuestos a los sectores productivos colombianos.

El país, se ha visto abocado a unas decisiones de política de competitividad donde se han definido sectores líderes de talla mundial sin que por ello se les concreten condiciones propicias para su crecimiento y desarrollo: Tecnologías de la Información y las telecomunicaciones, sectores de tercerización de alto valor agregado (BPO, fundamentalmente transmisión de información), industria editorial y gráficas, textiles, confecciones, diseño y moda, autopartes, cosméticos, productos de aseo, turismo de salud, chocolatería, confitería y sus materias primas, agroindustria (carne bovina, palma, aceite, grasas vegetales biocombustibles y camaronicultura). La política los menciona, los prioriza pero no ha tenido los instrumentos fiscales, monetarios, de productividad o de comercialización para apoyarles y posibilitarles un crecimiento continuo, haciéndolos fuertes competidores en los mercados, sean estos en el país o fuera de él.

Desde la evidencia empírica se demuestra cómo incluso algunos de estos sectores de clase mundial, han venido perdiendo participación, producción y valor agregado, una desindustrialización que termina por golpear el empleo y por ende el ingreso y la calidad de vida.

También se han creado Consejos territoriales de competitividad donde se ha esperado que sean los escenarios de concertación de acciones en pro de una mayor capacidad productiva y exportadora. Pero los instrumentos monetarios (escasos por demás) y fiscales (ante todo tributarios) se han centrado en la gran empresa, en favorecer a los grandes capitales dejando a las micro, pequeñas y medianas empresas al libre albedrio del mercado, es decir, de las empresas transnacionales y de las grandes superficies comerciales.

En efecto, ante los sucesivos fracasos tanto de las políticas de comercio (esas mismas que sigue proponiendo el exministro) así como de la institucionalidad que debe enfrentar el contrabando y la importación de productos beneficiados en sus países de origen por políticas públicas sectoriales; los gobiernos deben de salir a “paliar” las crisis a través de subsidios transitorios a productores, como una fórmula de emergencia, con el fin de proteger la estabilidad de las familias.

Esto está lejos de ser una política sectorial, son medidas coyunturales, deben ser parte de un proceso que permita el trance ante el evidente fracaso del modelo productivo que conlleva al cierre de empresas, la destrucción de empleos y en general la pérdida de bienestar social. Las políticas sectoriales implican además de las acciones de orden general (infraestructura, educación, ciencia y tecnología, entre otras) los instrumentos para apoyar la reindustrialización y esta se hace sobre sectores particulares, por ejemplo, con el rescate y apoyo al sector de cueros y calzado golpeado por el contrabando pero también por la falta de recursos como créditos, reconversión tecnológica o logística comercial y un peso sobrevaluado ante el dólar, entre otras.

Será necesario olvidar aquello que la mejor política es no hacer política industrial. Es menester utilizarla como un mecanismo válido para potenciar y respaldar sectores productivos, hacerlos fuertes en el mercado interno y decidir, cuáles de ellos llegarán a otros mercados, tal y como lo han hecho otros países, tal y como lo hace la Unión Europea, los Estados Unidos o el Asia, aunque a nosotros se nos diga lo contrario.

Edición N° 00377 – Semana del 15 al 21 de Noviembre de 2013
 
 
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