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El otro John, impunidad y recuerdo

  Miguel Ángel Herrera Zgaib
  Director Grupo P y P – Universidad Nacional de Colombia, Ex rector Universidad Libre de Colombia, Catedrático U. Javeriana
   
 

“Yo soy un berlinés.”. J. F. Kennedy

Un excurso

Este 22 de noviembre se cumplieron 50 años del asesinato del presidente Kennedy, de dos de tres balazos disparados con un rifle Manlicher-Carcano por un joven de 24 años, Lee Harvey Oswald, con simpatías comunistas. Él fue ultimado por Jack Ruby, un oscuro personaje, quien se coló entre los mirones, y silenció la única potencial “garganta profunda”, que hubiera podido parar el derroche de tinta y papel, que desde entonces se consume en especulaciones sin prueba, desde los cientos de páginas de la monumental obra de William Manchester.

Era el año de 1963, cuando yo era un jovencito que terminaba 5o. primaria en el colegio Andrés Bello, con excelentes calificaciones; por lo que se me había comisionado leer el discurso de despedida del año, para emprender en seguida la incierta marcha del bachillerato en el Colegio departamental Atanasio Girardot.

Estaba en mi casa, leyendo en voz alta el discurso, una hoja de lo que iba a pronunciar en la noche. Lo había escrito a máquina, y corregido con esfero. Luego del almuerzo, al mediodía, me encontraba acostado en la cama, cuando, de pronto la transmisión intempestiva de la emisora Nuevo mundo de Caracol, trajo la noticia del asesinato de Kennedy en Dallas, después de su aterrizaje en el aeropuerto Love Field, cuando transitaba por la calle Elm, el descapotado, en el que iban las dos parejas, sin sospecharse siquiera la tragedia. Bastó una bala para ponerle término a una historia glamorosa, a la 1 pm., en el hospital Parkland.

Estaba fresca, para los colombianos que leían prensa, veían televisión o escuchaban noticias, la visita que hizo Kennedy a Bogotá, teniendo por anfitrión a Alberto Lleras Camargo, un peón de brega de la mayor confianza, desde los años 40, de la causa estadounidense en este hemisferio. Como quiera que él mismo había sido el escogido para ser el primer secretario de la OEA, con la que se cerró el ciclo de la Unión Panamericana.

Me compungió y consternó la noticia de esta muerte. Eso lo supe mejor, cuando transido de emoción, afloró de pronto en la noche del mismo día un torbellino de emociones contenidas, que en el acto de la sesión solemne se anudaron en mi garganta. Tuve que parar en el segundo párrafo de mi discurso, porque las lágrimas no se detuvieron. Pero, ese recuerdo y esa imagen se mantuvieron imborrables. El presidente sacrificado, su significación fue mutando con el paso de los años, y el conocimiento del contexto y la vida misma de los Kennedy contribuyeron a ello. Hoy cincuenta años después sirven de antesala memoriosa de este escrito.

Una saga y la impunidad como frontera

John Fitzgerald Kennedy, encarnación del reino de Camelot en la tierra, era la coronación de una ambiciosa, humilde familia irlandesa, cuya cabeza Joseph, sobrevivía con todas las armas y argumentos, a la humillante condición de emigrante de la Irlanda sometida a Gran Bretaña. Afincando sus cabales en una de las trece colonias, Massachusetts, había hecho la América como inmigrantes y realizado el sueño americano.

Para hacer realidad las ilusiones, este católico simpar, fortachón y sin escrúpulos, centro de la saga, The Bostonians, se dedicó a traficar con armas y whisky en los tiempos en que la prohibición daba jugosos réditos, por una parte. Por la otra, con el contrabando de armas contribuía, dicen, a la causa de la independencia de Irlanda, que a la postre terminó partida en dos, con la del norte, de mayoría católica resistiendo hasta pactar la paz el IRA, en el tercer milenio que corre ante nuestros ojos.

Por sus servicios a la causa de los demócratas, complementados con jugosas coimas, Joseph ostentó antes que su hijo el título de embajador del imperio estadounidense, y empezó una carrera política hacia el gobierno de la nación más poderosa de la tierra. El mayor de los hijos de Joseph debía abanderar la causa de ser presidente, pero, sabido es, que la muerte lo sorprendió en el camino.

El relevo era John, un chico “handsome”, exitoso con las jovencitas de los años de posguerra. Era el tiempo de los seriales Beverly ricos y Lassie. Siguieron a las dolamas de la generación perdida que se consumió en el conudrum de la II Guerra, le jaló a las drogas para espantar fantasmas y frustraciones, mientras escribía y disfrutaba la amargura de la gran literatura urbana.

John, como otros jóvenes de clase media adinerada tuvo que pagar el servicio militar. Estuvo en el lugar más decente, más encopetado, la marina de guerra. De allí regresó convertido en héroe, con una lesión en las espaldas. Al regreso a casa con vida y condecoraciones se promocionó como un “inmejorable partido” para las chicas casaderas de los círculos que su familia frecuentaba.

La Presidencia y los medios

Sin embargo, la mujer que escogió Jack fue una bella periodista, de real o inventada alcurnia, Jackeline Bouvier, quien se movía en el ambiente socialista de Washington como una “sirena de agua dulce”. El joven senador se casó con ella, y se dispuso a pelear su lugar al candidato republicano, Richard Nixon, quien tenía detrás la sombra titular de Eisenhower, el general que ganó la guerra, y empujó la recuperación de posguerra haciendo de la reconversión del complejo militar industrial un poderoso ariete económico para la prosperidad.

No era la palabra escrita, sino la imagen la que determinaba la gran diferencia, el tránsito de la pantalla grande a la pantalla chica. Claro, John no quería disputarle el lugar a Clark Gable, sino ganar el voto de los hogares estadounidenses, meterse entre ellos con su sonrisa, su simpatía y su familia de postal.

Así que en la caja que habla, con dicción y agilidad sacudió las aspiraciones de Richard Nixon, una figura acartonada, y una criatura dogmática hecha en los moldes del senador Joseph cCarthy, quien se especializó en agitar el terror comunista, persiguiendo y defenestrando a simpatizantes de Rusia y del llamado “comunismo”, dentro y fuera de Hollywood, sin parar en sus argucias y mentiras.

Eran los tiempos de la “guerra fría”, y todo se valía. Rusia soviética y Estados Unidos definían el horizonte de sus influencias, y hacían la guerra donde podían, esto es, en sus colonias y en los países recién nacidos. Sin embargo, en las narices de la todopoderosa nación capitalista.

Cuba hizo la revolución y expulsó a Fulgencio Batista, quien convivía con la mafia estadounidense. La correa de transmisión la tenía el gran padrino Charlie Lucky Luciano, quien conectaba Las Vegas de Bugsy Segal con La Habana en poder del polaco Meyer Lansky, todo un soberano en los bajos fondos de la isla, que seguía sometida, en cierto modo, al cobijo de la Enmienda Platt, y al derroche de la clase media estadounidense interesada en affairs con mulatas prostituidas, droga, y trago a granel durante los fines de semana.

La vuelta de tuerca

Pero, Fidel y sus conmilitones hundieron el sueño americano en la sucursal habanera y en las hermosas playas de Varadero. Pusieron condiciones al capital estadounidense, vinieron las nacionalizaciones de las principales industrias, y se agrió la fiesta en el Caribe donde dormía, escribía y pescaba Ernest Hemingway, hasta que se descerrajó un escopetazo, y puso fin a su aventura.

A partir de 1959, la revolución triunfó a 90 millas de Miami. Los estadounidenses, legal e ilegalmente, empezaron a preparar la contra, como ya lo habían ensayado con éxito en Centroamérica, hundiendo la libertad y la reforma en la Guatemala de Arbenz, y antes en la  Nicaragua de Sandino, el general de hombres libres.

La Cía, los cubanos y los mafiosos quienes abandonaron la isla, con el apoyo de los intereses binacionales del gran capital, prepararon la operación de Bahía Cochinos. Le tocó ejecutarla al presidente John Kennedy, quien hizo su debut en América Latina con una acción de intervención que fracasó estruendosamente. Una acción para la cual no quiso disponer de la fuerza aérea norteamericana como era el insistente pedido de los conspiradores para rescatar a Cuba para el mundo libre.

La dirigencia revolucionaria de Cuba, que no se había alineado, se dispuso a conseguir el apoyo militar antiaéreo, para precaver cualquier nuevo ataque. Todo parece indicar que quien fue encargado de esa misión fue Ernesto Ché Guevara, quien de incógnito concretó el traslado en secreto de las ojivas nucleares, en un periplo que lo llevó al tiempo por los tres continentes, dándole existencia y norte a la Tricontinental.

Este episodio de los misiles se volvió emblemático de los estudios políticos, comoquiera que enfrentó a Rusia y Estados Unidos en la primera gran crisis nuclear, y dio munición para el despegue de un gran movimiento por la paz, en el cual descolló la figura del filósofo Bertrand Russell. A lo que se sumó el movimiento por los derechos civiles, y la urgencia de poner fin a la intervención militar en Vietnam.

Un torbellino que no solo costó la vida a John, sino a Robert, quien encontró la muerte cuando se disponía a ser presidente, y fue también baleado. Y a figuras que forjaron lo mejor del siglo XX, desde los extremos de la paz y la guerra, Martin Luther King, en Memphis (Tenessee), y Ernesto Guevara en la Higuera (Bolivia)

Un desenlace y algunas lecciones

“La evidencia apunta a que Oswald actuó solo. Nunca diré nunca a cuestiones de conspiraciones…Algo podría surgir.” Juez Tunheim.

La causa judicial para esclarecer el asesinato de John F. Kennedy fue depositada en John Tunheim, el juez que escogió el demócrata Bill Clinton, para encabezar la Junta de Revisión de Registros del Asesinato (RAAB), en el año 1992. Para él no hay novedad, el asesino fue Lee Harvey Oswald, y autorizó la publicación de un sinnúmero de documentos, aunque claro está, quedan pendientes de conocerse materiales de la KGB que reposan en Bielorusia, y el expediente de la defensa de Jack Ruby.

Sin embargo quedaron cuando menos rondando cuatro teorías, una que responsabiliza en la sombra al expresidente tejano, L.B. Johnson, dizque porque quería hacerse presidente, a toda costa; y sabía que no haría parte del tiquete de la reelección. Era un asesinato confiado a la KGB, y Oswald un agente de confianza, comoquiera que estuvo en Moscú y tenía simpatías comunistas. Otra es la teoría que responsabiliza a la CIA, disgustada con las actuaciones de Kennedy, que supuestamente le disminuía poderes, dolida además por el abandono experimentado en el desastre de Bahía Cochinos, una hipótesis que Oliver Stone deshilvanó con truculencia cinematográfica en una de sus peor logradas películas en la que combina documental y ficción.

Por último, la teoría de la mafia, que tiene su dosis de realismo relativo, porque quien ultimó al asesino del presidente fue Ruby, conectado con las clanes del crimen, al cual el fiscal Robert Kennedy venía atizando, y en particular a los grandes intereses del transporte, donde Hoffa era la última palabra.

Eso sí, está claro que Kennedy pisaba muchos callos internos, y los antecedentes de familia alborotaban otras ambiciones, en el pasado y el futuro. El presidente católico llevaba en entretelones una vida disoluta, donde Marylin Monroe era uno de sus más tórridos amores. Jackeline oficiaba de guardiana de la fama y el prestigio de un hogar modelo, adornado por dos preciosas criaturas, John y Caroline, quienes quedaron inmortalizados en las fotos de las exequias de su padre.

Se vivían en lo internacional los ajustes del mundo de posguerra,  y  Kennedy agenciaba la Alianza para el Progreso para su traspatio, donde Colombia era un laboratorio de primera mano, donde se desplegó el Plan Laso, de contrainsurgencia para aplastar a la guerrilla de filiación comunista, una pelea que no lograr concluir hasta hoy. De otra parte, la apuesta fracasada por una reforma agraria y educativa de la Universidad Colombiana, el Plan Atcon.

Esta sí, con peripecias se fue aclimatando hasta imponerse, después del fracaso del co-gobierno en 1971, en el corazón del sistema de la educación superior pública: la Universidad Nacional de Colombia. Pero, hoy, asistimos a su colapso financiero, y a un deterioro en la proyección y aplicación cuando menos reformista de los saberes sociales, y una marcha reverente en pos de los beneficios a cuenta gotas que reparte el capital transnacional, y los contratos interadministrativos, que se supone que de contera ayudan a tapar los huecos que deja la descarada desfinanciación de la educación pública.

Hoy, la guerra fría no asusta a nadie, pero en ella sí se consumió la Unión Soviética y sus satélites. Kennedy puso la primera piedra, cuando al visitar Berlín, afirmó con gracia y desparpajo, en alemán yo soy un berlinés. Angela Merkel, oriunda de lo que fuera la RDA se ha encargado de culminar este legado. Luego de que el socialismo sin democracia, impuesto por el ejército rojo se hundió sin movidas espectaculares.

El experimento inducido había quedado atrapado entre la ineficiencia industrial para cambiar la vida de la gente en sus rutinas cotidianas, llenando de comodidades su existir anodino, y habiendo asfixiado en la cuna  cualquier rebeldía o contestación. La promesa del poder para los trabajadores había sido una charada que pronto quedó desvirtuada, en los acontecimientos de los años 50. De ahí para adelante solo había que esperar.

Kennedy, anunció con su brevísima frase la muerte de una revolución fallida, que pensó que sin libertades era posible construir una verdadera contra-hegemonía que hiciera del socialismo un episodio de grandiosa construcción democrática. En su lugar triunfó el liberalismo conservador, que se anticipó a dar muerte físico al intento que encarnaba el reformador hijo de irlandeses, quien quería darle peso específico a la causa de los derechos civiles.

Ponerle término a la tarea inconclusa de la guerra civil norteamericana que había cerrado el asesinato de Lincoln,  y cuyas heridas abiertas se  llevaron por delante a otro presidente, sacrificado en las calles de Dallas, hace 50 años, y postergando hasta hoy la ilusión de construir la igualdad social dentro de sus propias fronteras.

Edición N° 00378 – Semana del 22 al 28 de Noviembre de 2013
 
 
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