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Ecos de la convención liberal

  Rubén Sánchez David
  Profesor universitario
   
 

Aparentemente los liberales están de plácemes: terminó su convención que tuvo lugar a comienzos de diciembre en Cartagena y los vaticinios se cumplieron. Simón Gaviria fue ratificado como jefe único de la colectividad, Horacio Serpa fue designado como cabeza de lista para el Senado, el partido siguió haciendo parte de la Unidad Nacional, quedó comprometido con la reelección de Juan Manuel Santos y asumió con él, el compromiso de defender la paz. En palabras de su jefe único: “El Partido Liberal está renovado y unificado…con una refrescada agenda ideológica y en las listas van a estar importantes candidatos que representan la renovación en diferentes regiones del país,… con la experiencia para afrontar lo que será un Congreso constituyente” (EL TIEMPO, 3 de diciembre de 2013, p. 4). Así mismo, la encuesta de Cifras y Conceptos, publicada el jueves 5 de diciembre, confirmó que si las elecciones al Congreso fueran hoy, los liberales ganarían la mayoría en el Senado con un 17 por ciento de los votos, por encima del uribismo con 15 por ciento de la votación y el partido de la “U” con el 11 por ciento.

De hecho, todo estaba armado para producir unos resultados que las bases del partido refrendaran sin mucha discusión y la polémica entre Juan Manuel Galán, quien aspiraba a encabezar la lista de Senado como símbolo de la aspiración de muchos de proyectar una figura joven y Horacio Serpa, viejo luchador del liberalismo, no pasó a  mayores, motivo por el cual muchos militantes del partido consideran que este sigue en manos del establecimiento, de la maquinaria política.

Posiblemente, la gran mayoría de los liberales respeten las decisiones de su partido pero, muy probablemente también la brecha existente entre las dos alas del partido se ensanche.

El que el Partido Liberal encabece las preferencias de los que elegirán hoy al Senado, no permite obviar el que el partido ha descendido a sus niveles más bajos en la opinión de los colombianos y que de partido predominante en la política colombiana pasó a ser un partido cuya supervivencia se debe al reencauche burocrático que le ofreció este gobierno al invitarlo a ser parte de la Unión Nacional. Aunque el imaginario mayoritario del pueblo colombiano siga identificado con el liberalismo, no puede perderse de vista que así como el partido ha sido el promotor de grandes reformas y el defensor de iniciativas legislativas como las leyes de víctimas y de recuperación de tierras, también ha albergado en su seno a insignes políticos que han mantenido vínculos con actores ilegales, de modo que la mayoría de los parapolíticos condenados o investigados hicieron su carrera política en ese partido. El que a estas alturas un 33 por ciento del electorado no sepa por quién va a votar en las próximas elecciones es un dato que da para muchas especulaciones.

En la actualidad los liberales se agrupan alrededor de dos grandes tendencias: la gavirista, hoy predominante, identificada con la doctrina neoliberal y la samperista, afín a una descolorida socialdemocracia.

Diciente es el hecho que Ernesto Samper no haya asistido a la convención liberal y haya criticado que el partido le hubiera cerrado las puertas a los sectores sociales, a la vez que anunció la realización en enero  de “unos retiros socialdemócratas” con el fin de defender una línea más progresista y tratar de recuperar algunos representantes de los sectores sociales que siguieron los pasos de Piedad Córdoba cuando la ex senadora dio el salto a Marcha Patriótica.

Lo cierto es que el Partido Liberal, hoy es un partido manejado por los parlamentarios y que su renovación no está dada por la entrada de nuevas figuras que mantienen las viejas estructuras o permiten gobernar “en cuerpo ajeno”. La renovación del partido y su consolidación como expresión de intereses reales de la sociedad, depende del funcionamiento de mecanismos de democracia interna que amplíen la participación de diversos sectores y propicien la descentralización de la toma de decisiones.

Una renovación del partido implica una manera distinta de hacer política a la que han adelantado sus dirigentes, atraídos ayer por las lentejas, hoy  por la mermelada o las mieles del poder proveniente del reparto del botín burocrático. Más que empeñarse en  calmar los mercados –cuya voracidad no tiene límites – el liberalismo debe trascender las estrategias electorales, retomar la senda de las controversias ideológicas, la defensa del Estado laico, del principio de la separación de poderes y de los mecanismos que los regulan. Acercarse a las fuerzas vivas de la nación e interpretar los silencios de los que no tienen voz o no son escuchados, ser el intérprete de los que sueñan con un nuevo país.

Hoy reina un cierto optimismo en el partido, nutrido por las encuestas, pero no está de más recordar que los votos solamente pueden contarse con certeza el día de las elecciones. Recordar que el electorado de hoy, cada día más volátil, no conforma una opinión pública y vive a la espera de liderazgos fuertes que le solucionen su existencia; liderazgo que no parece encarnar el jefe único del Partido Liberal, aparentemente controlado por los barones electorales de la colectividad.

Edición N° 00380 – Semana del 6 al 12 de Diciembre – 2013
 
 
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