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¡Al rescate de la política!

  Alberto Anaya Arrieta
  Economista y teólogo
   
 

La política, entendida como inicialmente la habían concebido los griegos, es decir, lo relativo a la ciudad y a los asuntos del ciudadano (“la ciudad en la Grecia clásica era la única unidad estatal existente”), sigue tan vigente como en aquellos tiempos. Aunque el uso de la palabra, ha sido descontextualizada y por consiguiente ha surgido otra definición de lo que significa política, se hace cada vez más necesario resignificar este sustantivo, es decir, reotorgarle toda su magnitud y grandeza; de la misma manera como lo idearon aquellos que dieron a conocer la importante y monumental obra literaria y teológica, que trascendió tiempo y espacio, me refiero a los poemas pedagógicos de la Ilíada y la Odisea.

Actualmente, hablar de política implica la incorporación a nuestro léxico cotidiano, de todos aquellos términos sinónimos de corrupción, de burocracia y de mafias. Coloquialmente se dice en los tertuliaderos o reuniones sociales, que: “si quieres hacer dinero, debes hacer política”. Ese concepto se encuentra muy arraigado en los colectivos e imaginarios ciudadanos. A pesar de las trabas legales que ha impuesto la institucionalidad, por presiones internas y externas, para frenar todas las actividades ilícitas que se derivan del ejercicio de la política en todos los lugares de la tierra, aun se vienen expresando los diversos delitos contra el patrimonio público, se vienen conociendo revelaciones de vinculados en conciertos para delinquir, cómo operaban las mafias del narcotráfico (en Colombia y el mundo) para penetrar el ámbito de la política, las esferas del Estado y de los partidos y movimientos políticos. Cuando la justicia u órganos de control toman decisiones favoreciendo abiertamente a los incriminados, se suele escuchar: “así es la política”. Esto evidencia cómo se ha deslegitimado el sustantivo, por causa de aquellos que han estado dirigiendo los destinos del Estado y de los partidos y movimientos políticos.

Los políticos (el adjetivo) y sus colectividades, en el ejercicio del poder, en su mayoría, en su inmensa mayoría, son los responsables de las catástrofes sociales, políticas y económicas. Los políticos y las estructuras del poder, son los responsables de las dos conflagraciones mundiales del siglo pasado, que arrojaron cientos de millones de muertos, heridos, desaparecidos, huérfanos, viudas. Los políticos, son los responsables de las invasiones bélicas a otros pueblos. Los políticos, son los responsables que Colombia permanezca sumida en un conflicto interno, de continua violencia, desde hace más de seis décadas.

Sin embargo, existen otros que han hecho de la política, una forma y estilo de vida, al punto que han dedicado u ofrendado sus vidas, en el ejercicio del servicio a los demás: Sócrates, el gran filósofo griego; Jesús, el galileo, el que vivió y se educó en Palestina, que cuestionó y condenó, en el ejercicio de la no violencia, al imperio romano, al gobierno títere y a la aristocracia religiosa del momento; Mahatma Gandhi, prócer hindú, luchó enérgicamente predicando la no violencia, contra el colonialismo británico; el pastor protestante Martin Luther King, Jr., activista y líder del movimiento por los derechos civiles de los negros y la no violencia, asesinado en el ejercicio de servir a los demás; también, es bueno mencionar al hijo de África, Nelson Mandela. Seguramente habrá más líderes con estas cualidades.

El análisis anterior nos lleva a evidenciar, de manera inequívoca, que cuando hablamos de política y políticos, nos referimos a dos concepciones muy diferentes, donde, son precisamente estos últimos, los responsables de mantener la identidad, la esencia y las cualidades de la política. El devenir del ser humano ha desacreditado el noble propósito de la política, del servicio ciudadano a la construcción de ciudad, de vida e historia, como inicialmente se pensaba y se actuaba. La política no es un oficio cualquiera, profesión o carrera. La política es un arte. Es el arte del Servicio. Política es servir al otro, servir a la sociedad y servir al Estado para que este pueda cumplir sus fines esenciales para los que ha sido creado.

Sin lugar a dudas, debemos volver al concepto inicial de política, a sus orígenes. Es necesario resignificar la idea que se tiene hoy día de la política. Es un compromiso que tenemos todos los que amamos la vida, la libertad y la paz, para que volvamos, como lo hacían los griegos en el ágora, a vivir y a construir la ciudad, a vivir y construir vida, y para que volvamos a vivir y a construir libertad, mediante el servicio a los demás.

En nuestro país, existe una franja de colombianos y colombianas1, según las encuestas2 a raíz de la coyuntura electoral, que se encuentran al margen de las decisiones políticas, sociales o de Estado. Mi opinión, es que este distanciamiento, por apatía, indiferencia o incredulidad, se debe, no tanto a la coyuntura electoral, sino a la deslegitimización de la política y a todo lo que provenga del Estado, de los partidos y de los movimientos políticos. “La política hizo que asesinaran, desaparecieran, secuestraran, desplazaran… a mi familia.” Y esto no es más que el uso de las armas y el aniquilamiento como forma de hacer política, es decir, la eliminación o neutralización física del contrario. Estas afirmaciones desgarradoras, suelen escucharse o leerse en los testimonios de hombres y mujeres que han vivido la experiencia de un ejercicio equivocado de la política. La violencia, en todas sus manifestaciones, no hace parte de la vida, no es inherente al ser humano. Sólo el reino animal de los bosques y selvas, en su mayoría, por instinto de sobrevivencia, ejercen la agresividad para cazar y alimentarse.

El hecho que más del 50% de los potencialmente sufragantes, no se acerquen a las urnas en las próximas elecciones de parlamentarios y presidente de la República, es una señal o lectura que podemos interpretar de muchas formas. Por ejemplo, la expresión y sentimiento más fuerte, que se viene manifestando, está fundamentada en la convicción del no cambio, del continuismo, por lo tanto: “para qué salir a votar, si todo seguirá igual”.

Por otra parte, y para aumentar el gran daño que se le está haciendo a la débil democracia colombiana, suenan continuamente voces de guerra, que arremeten contra las autoridades legítimamente elegidas mediante voto popular, cuestionando supuestas irregularidades administrativas en el ejercicio de las funciones de un Estado Social de Derecho. Voces auspiciadas por quienes se han alternado el poder y que ven en las nuevas gestiones y acciones de las administraciones territoriales, un peligro para sus maquinarias e intereses económicos. Es innegable, que cuando las ideologías extremas no ganan en franca lid las contiendas electorales, se valen de subterfugios para socavar las bondades de un modelo de ciudad, como el caso del Distrito Capital, que se viene construyendo a partir de un Plan de Desarrollo y Plan de Ordenamiento Territorial, que por primera vez en la historia de la República, ha puesto en el protagonismo de la política pública, a los desposeídos y marginados, a los pobres y excluidos. No es demagogia, no faltaba más. Es el resultado, de una Administración (como la del Distrito Capital), cuya política pública se viene construyendo en el territorio, que es donde verdaderamente debe estar la institucionalidad, generando un nuevo modelo de ciudad y de gestión pública.

La política, como identidad de una comunidad, grita desde la Bogotá Humana, es auténtica, por lo tanto es vivida y proclamada. Sus gritos, son gritos de esperanza, que se evidencian bien sea a través del silencio o de las voces que claman por un nuevo orden. La política, desde la Bogotá Humana, no es cualquier política. No se puede comparar, pues no existe ninguna semejanza con aquella “política” de los que han detentado el poder desde hace dos centurias. No señoras y señores. La política vivida y proyectada desde la Bogotá Humana, es la política que habla de la ciudad y de los ciudadanos. Es la política de lo social, de lo humano, de poner en primer plano a las personas y velar por los bienes y servicios naturales/ambientales.

Como parte de una ciudad incluyente, que avanza en el proceso de recuperación de la política, debemos ser obsesionados, apasionados y actuar en consecuencia. Decirle NO a los políticos corruptos. Decirle NO a las mafias de asesinos, narcotraficantes y paramilitares que han usufructuado el patrimonio nacional y se disfrazan de corderos, con discursos mal olientes e inspirados en la venganza y en las acciones bélicas.

Como miembros activos de una sociedad incluyente, debemos rescatar el sentido inicial de la política. Con ello muy seguramente no pretenderemos ser débiles, por el contrario, estaríamos utilizando una fuerza y poder instrumental para favorecer y construir una nueva patria, con nuevos valores, liderada por hombres y mujeres renovados, hombres y mujeres que velen incansablemente por hacer realidad los sueños y utopías de todos aquellos que con valor, convicción y sinceridad, han ofrendado sus vidas por la esperanza de ver y vivir una realidad distinta, a la que nos han obligado, los que históricamente han manejado el poder y en consecuencia han hecho mal uso de la política.

Rescatar el sentido inicial de la política, significa generar espacios que garanticen el disfrute, sin temor alguno, de cada uno de los lugares que hacen parte de nuestra ciudad, donde almas bondadosas y generosas transiten las calles, rían y se expresen en libertad; donde los parques, barrios y cuadras vuelvan a tener vida y colorido. Rescatar el sentido de la política, significa hacer de nuestro entorno un escenario donde se recupere la tradición que  aún se vive en algunas provincias y pueblos, al comenzar la tarde: la tertulia fraternal, amigable y divertida de la sociedad y sus aconteceres. Significa también generar y disfrutar de lugares legítimos para volver a leer y hacer arte. Lugares donde la danza de nuestros sueños y utopías no tenga fin. Lugares legítimos donde el amor y la vida transiten sin ninguna prevención.

A pocos meses de dos contiendas electorales en Colombia para elegir parlamentarios y presidente de la República respectivamente y antes de depositar nuestro voto, sería conveniente, revisar los criterios de nuestra política, entendida como lo relativo a la ciudad y a sus habitantes.

En este sentido, estaríamos en capacidad crítica para decidir si le seguimos apostando a las viejas estructuras de poder, regímenes que sólo han traído miseria y corrupción, mafias, violencia y homicidios; políticas neoliberales que han contribuido a aumentar la brecha social y económica; firmas de TLC que favorecen a un capitalismo imperial y nacional salvaje y perverso; autoritarismo y totalitarismo con matices fascistas; o capacidad crítica para decidir si aportamos en la construcción de un nuevo modelo, donde todas estas barbaridades e irracionalidades sean solamente parte de la memoria histórica que contaremos en la academia y a nuestras generaciones futuras.

Edición N° 00380 – Semana del 6 al 12 de Diciembre – 2013

1 Un total de 32.184.672 ciudadanos habilitados para sufragar, conforman el censo electoral colombiano hasta ahora, de los cuales 15.460.320 son hombres y 16.724.352 son mujeres. www.registraduria.gov.co/IMG/pdf/separata_nuevo_siglo.pdf (Consultado diciembre 02 de 2013).

2 Casi la mitad de los colombianos y colombianas, es decir ciudadanos aptos para sufragar, no encuentran atractiva ninguna de las alternativas sobre la mesa, según Gran Encuesta Colombia Opina. http://www.semana.com/nacion/articulo/encuesta-colombia-opina-analisis-de-francisco-miranda/366126-3 - http://www.elpais.com.co/elpais/colombia/noticias/santos-seria-reelegido-segunda-vuelta-segun-encuesta-gallup (Consultado diciembre 02 de 2013).

 
 
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