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Rubén Jaramillo Vélez: una invitación a pensar

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

La enfermedad que aqueja al hombre se llama civilización…
Robert Musil

En estos tiempos de decadencia, cuando en el mundillo universitario se impone la superficialidad y la simulación y pareciera que ser intelectual es un defecto; cuando los lineamientos de los quehaceres académicos y culturales son dictados por la farándula y el espectáculo, y la imagen del “pensador” es sustituida por los animadores de cátedra y por los gurús de la tecnocracia y la mercadotecnia; cuando en Colombia persiste esa “cultura señorial y de viñeta” que ha dado a la mediocridad el valor de grandeza, como lo denunciara Rafael Gutiérrez Girardot; cuando la desmesura provinciana se oculta tras el velo de un supuesto cosmopolitismo y la racionalidad es atrapada por la estupidez; en fin, en esta época que marcha, “bajo el signo de la simulación” entre el cinismo y la trivialidad, se yergue como diáfana expresión de que aún existen los espíritus libres, la poderosa figura de Rubén Jaramillo Vélez como el intelectual integral que reclama la confrontación a la indiferencia, al conformismo, al nihilismo…

Federico Nietzsche, en el aforismo 343, del libro quinto de La gaya ciencia precisó:

“…Efectivamente nosotros filósofos y ‘espíritus libres’, ante la noticia de que ‘el viejo Dios ha muerto’, nos sentimos como iluminados por una nueva aurora; nuestro corazón se inunda entonces de gratitud, de admiración, de presentimiento y de esperanza. Finalmente se nos aparece el horizonte otra vez libre, por el hecho mismo de que no está claro y por fin es lícito a nuestros barcos zarpar de nuevo, rumbo hacia cualquier peligro; de nuevo está permitida toda aventura arriesgada de quien está en camino de conocer; la mar, nuestra mar se nos presenta otra vez abierta, tal vez no hubo nunca, aun, una ‘mar tan abierta’. ”

Hacia esa mar abierta de posibilidades críticas e intelectuales se ha enrumbado Rubén Jaramillo Vélez, desbordando la estrechez que agobia a todos esos militantes de una izquierda académica pseudo-radical, que deambulan como almas en pena -o como zombis- en busca de “reconocimiento”. Todos esos “intelectuales ambiguos, anfibios, camaleónicos”, simuladores que posan de anticapitalistas y dicen rendir culto al credo socialista con espíritu de secta, mientras hacen todo tipo de cabriolas para acomodarse y, por ello mismo, son soportados y tolerados, como opositores que siempre se mueven dentro de los límites establecidos por el ordenamiento institucional y la desvergonzada manipulación mediática. Estos individuos, que pululan en el medio académico y universitario, con sus protestas resignadas, son algo así como una especie de ornamento tragicómico, “inofensivamente amenazadores”.

Aceptamos que “Dios ha muerto” pero su fantasma, disfrazado bajo nombres y estructuras sucedáneas, nos sigue persiguiendo en la sustancia mitológica de todos esos términos a los cuales se rinde pleitesía: El estado, la patria, la nación, la raza, la clase, el partido, la empresa, la universidad… Nociones supuestamente universales, que más que conceptos son imágenes que sustituyen la memoria y el pensar crítico, por la adaptabilidad y el conformismo con la lógica de la dominación y el control sobre la vida.

Falaz mitificación de la realidad, mitología activa que, renunciando a las tesis y al proyecto de la Ilustración, nos muestra fehacientemente ese nuevo carácter “racional de la irracionalidad” que nos ha conducido a la unidimensionalidad, a la constitución de unos seres humanos, conformes, plenos, satisfechos… en estas democracias fascistas -demofascistas- en estos estados de “bienestar”, que ofrecen “una ausencia de libertad cómoda, suave, razonable y democrática” y fomentan la enorme confusión de hacernos creer en “la libre elección de amos”, como lo señalara Marcuse.

Liberarnos de los dogmatismos y de los sectarismos, superando el carácter manipulador de quienes manejan la educación y la cultura, ha sido la tarea emprendida por el profesor Jaramillo Vélez exigiendo también, que las universidades se comprometan en este mismo esfuerzo.

Toda su obra constituye un constante acto de provocación, una contienda contra las falacias que se prohíjan incluso desde los espacios culturales y universitarios, una abierta polémica contra las imposturas, la hipocresía y la menesterosidad ética y cultural, que pareciera caracterizar estos tiempos de ocaso y retirada del humanismo. Su permanente ocupación ha sido no sólo restaurar la vigencia de la utopía y la credibilidad de las propuestas socialistas, sino, divulgar la validez del pensamiento crítico e ilustrado, despojando a los simuladores de la iniciativa; desenmascarando a quienes con la pretensión de hablar desde “la verdad” y contando con el apoyo de silenciosos epígonos, cínicamente han convertido tesis y programas en simples argucias para la consecución de sus intereses personales.

Desde el Centro Cultural de la Universidad del Tolima y desde la revista Aquelarre, hemos querido rendir un especial reconocimiento a Rubén Jaramillo Vélez, porque consideramos que él representa un renacer de la esperanza, una aventura espiritual y un importante aporte a la liberación, en esta época de penuria moral caracterizada por la persistencia de un opresivo sistema basado en la subalternidad y la instrumentalización de masas amorfas y desesperanzadas; por la promoción de los intereses compensatorios, por la pérdida de la individualidad y -como lo ha establecido, precisamente, el profesor Jaramillo Vélez- por la irrupción de “un nuevo tipo de hombre: el que siempre está con el poder, sea cual sea su propósito, su sentido o su sin-sentido; el nihilista, amoral, fungible, esencialmente oportunista, que ha perdido todo decoro personal y toda consideración hacia los otros cuando no pertenecen a la misma cliqué, al mismo grupo privilegiado y abusivo, al mismo partido”.

Rubén Jaramillo Vélez, como Herbert Marcuse, no pretende ser una ‘moda’, piensa y escribe para el futuro, sin caer en simples pretensiones proféticas ni en delirios escatológicos o apocalípticos. Firmemente basado en la comprensión crítica de nuestra historia, busca con claridad, con argumentos, planteamientos y aportes sustentados en los intereses emancipatorios, reestablecer el significado y el sentido original de nociones como “libertad”, “democracia” y otras semejantes, hoy mitificadas, desprestigiadas y reducidas a mera publicidad, al arbitrio de unos regímenes decadentes, opresivos y deshumanizantes que han terminado por negar la esencia racional e ilustrada de estos conceptos, bajo la impronta del más irracional autoritarismo que se presenta como “lo racional”. Frente a este supuesto “orden” de cosas, Rubén Jaramillo Vélez nos invita a la alegría del pensar, y debemos asumirlo como portador de los valores, de la vigencia, de la validez de la utopía y de las posibilidades de un nuevo acontecer político que, más allá de los estragos causados por la irrupción del nihilismo, por el uniformismo gregario y la banalidad del mal, nos permitirán alcanzar los ideales ilustrados.

Su lucha ha sido constante contra el capitalismo y todos sus efectos y, particularmente, contra la permanencia anacrónica de ese régimen monárquico, señorial-hacendatario, que se ha instalado en Colombia, principalmente en las instituciones culturales y educativas desde la colonia. Nos conmina a superar este anacronismo de la mentalidad hispánica, esta nefanda herencia que nos legó la “Madre Patria”, mediante una nueva definición de las relaciones universidad-Estado que respete el papel del saber y la autonomía de estas instituciones, atrapadas hoy, al parecer irremediablemente, por los anhelos fáusticos que conforman toda esa mitología del progreso que oprime a los contemporáneos seres humanos, que no desean buscar caminos alternativos a la racionalidad instrumental, a ese viaje sin retorno, a ese itinerario de “civilización” y de “progreso” que, sin embargo, se sostiene mediante unos desuetos lazos míticos y religiosos, que como en el lecho de Procusto, nos atan al pasado.

El propósito del profesor Rubén Jaramillo Vélez en todos sus escritos, es guiarnos pedagógicamente hacia la superación no sólo de las trampas de la fe; de la dictadura espiritual de los credos, de las sectas y de las iglesias, así como del autoritarismo monárquico y clerical que ha pesado sobre toda la historia de Colombia y liberarnos también de las desmesuradas paradojas de la época moderna; del nihilismo, del conformismo y la inacción, que se vive y difunde desde el propio sistema educativo; nos insiste en desgarrar el velo mitológico que circunda todas las actividades políticas y culturales, abriendo nuevos horizontes a la crítica, y nos pregona, además, que ésta debería ser labor fundamental a realizarse desde las universidades.

Los planteamientos y las tesis expuestas por el profesor Rubén Jaramillo Vélez, con toda la coherencia y el rigor del intelectual orgánico (aquel que emerge sobre el terreno de las exigencias de una función necesaria y avizora las posibilidades de futuro, como lo expresara Gramsci), nos enseñan, a pesar de la opacidad del pensamiento libre que se vive en las universidades, que aún es posible alcanzar la autonomía, la mayoría de edad, para estas instituciones; nos dice que todavía tiene sentido la esperanza de superar los estragos causados por la simulación y la carencia de un pensamiento crítico. El profesor Rubén Jaramillo Vélez, siguiendo a Nietzsche, considera que a las universidades en Colombia -así estén atrapadas entre las confusiones de un pasado aún presente y la nebulosidad de un porvenir incierto-, se les presenta un “horizonte otra vez libre” para emprender “la aventura arriesgada de quien está en camino de conocer”, que existen posibilidades para retomar el camino del pensamiento libre y de la crítica. En todo caso, como lo sentenciara ese otro comprometido intelectual, Rafael Gutiérrez Girardot: ¿si no cabe esperanza de hacerlo en la Universidad, para qué están entonces las revistas?

Edición N° 00381 – Semana del 13 al 19 de Diciembre – 2013
 
 
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