¡Por fin algo de devaluación!

  Jaime Alberto Rendón Acevedo
  Centro de Estudios en Desarrollo y Territorio, Universidad de La Salle
   
 

Cualquiera pensará que es un exabrupto estar anhelando una devaluación cuando ello, de acuerdo con los analistas y opinadores de los medios, es casi una tragedia para el país que muestra el agotamiento del modelo y la entrada a una nueva era de menor crecimiento, aspectos que son válidos para toda América Latina.

Considero que el tema es más profundo y va más allá de hacer apologías al modelo de desarrollo en curso o trazar una macroeconomía compleja que escasamente entendemos los economistas.

El país, que paulatinamente se ha venido insertando al mercado global a través de políticas de libre mercado, ha tenido en la política monetaria y cambiaria, tal vez en mayor proporción que la misma política fiscal, las líneas de encuentro con la ortodoxia económica, léase si se quiere, la autoridad monetaria ha estado apegada a los más estrictos cánones emanados desde los organismos multilaterales, especialmente el FMI y el Banco Mundial. Esto le ha valido felicitaciones y premios, sirviendo para que el país poco discuta los alcances e impactos de las decisiones del Banco de la República.

En efecto, tras aquella época gris donde el Banco mantuvo de manera férrea la política de bandas cambiarias, aun ante la especulación del sistema financiero, que produjo la crisis del crédito y de vivienda debido a las altas tasas de interés en 1998; el Banco conservó en estos últimos tres años una política de permitir una revaluación de la moneda, generando graves problemas a la industria y al agro, pero también es cierto beneficiándose por la baja inflación debido a los menores precios de los insumos, bienes y servicios importados al contar con un peso fortalecido. Es decir, los Estados Unidos nos exportaron su crisis debilitando su moneda a través de inversiones financieras, el Banco solo intervino en el mercado de manera sutil, permitiendo el fortalecimiento del peso. Un verdadero despropósito para los intereses del país.

Hoy por diversas razones se comienza a generar el efecto inverso, que bien era de esperarse: los fondos de inversión liquidan sus activos, esto hace bajar los precios en la bolsa de valores, convierten (monetizan) a dólares y se los llevan a otros lugares. Se estima que este proceso le implique a América Latina una salida de 8.893 millones de dólares en el año 2014. Los efectos ya se sienten con fuerza en el Continente y en Colombia la caída de la bolsa y la devaluación han sido noticias de primera plana.

Lo llamativo de todo esto es la extrañeza que el país presenta ante este fenómeno. Si se acepta la inversión en portafolios, si se acolita la entrada de capitales especulativos, también el país debería comprender que la salida de capitales es parte del mismo proceso, es algo natural que en esta lógica los capitales se muevan en busca de mejores rentabilidades. Los analistas se desviven en encontrar razones, plantean sin rubor que la crisis en Estados Unidos ya acabó, que en Europa ya se superaron los peores momentos, que el crecimiento de China tiende a ser menor. Esto no lo comparten ni los mismos gringos ni los europeos, bueno los que saben de economía no los que especulan con las finanzas. Y lo de China, pues si demanda menos materias primas sí que nos va a afectar, aunque tampoco hay que armar tanto escándalo, se trata del 5.2% de las exportaciones, explicados fundamentalmente en minería y petróleo.

Así que bien le viene a los exportadores colombianos, a la agroindustria, un respiro a través de una mayor devaluación. También es un alivio para los productores agrícolas que van a sentir como sus productos recuperan competitividad ante los bienes importados que necesariamente entrarán al país a un mayor precio.

Esto necesariamente deberá acarrear una mayor inflación, vía mayores costos de insumos, recuérdese que nosotros somos una economía que produce con base en insumos y maquinaria importada. La mayor inflación entonces es el costo de nuestra dependencia. Así como también se demandarán más bienes y servicios nacionales, donde se esperaría un fortalecimiento del mercado interno, así que no está del todo mal un poco más de inflación tras lograr un fortalecimiento de la economía.

Una década de crecimiento no se va a ir al traste por un proceso de devaluación, que yo preferiría llamarlo el volver la moneda a sus valores. Un peso fortalecido oscurece las deficiencias estructurales de la economía, esas que solo salen cuando se menciona el desplome de la industria o los paros de los agricultores. Los países tienen la autonomía para gestionar su moneda, nosotros en cambio la hemos dejado al vaivén del mercado aun con la consciencia de la especulación financiera internacional a favor del dólar.

De esta manera, el escenario que se vislumbra no va a cambiar mayor cosa en nuestra economía, seguiremos exportando los mismos bienes y el efecto sobre las cantidades demandadas los podrá compensar en parte el mayor valor en pesos que los empresarios recibirán por las ventas al exterior. Probablemente compraremos menos bienes importados y haremos menos turismo internacional, lo que no está mal para mejorar en la balanza de pagos.

Así que el modelo ni se acaba ni se agota, es simplemente su esencia, la movilidad de capitales y la especulación financiera. Un sistema fracaso, en tanto no satisface las expectativas colectivas, pero que se recompone de sus crisis a pesar que cada vez son más profundas e inmorales. Si porque inmoral es permitir que se quiebren nuestros pequeños empresarios del campo y de la industria para sostener un dólar débil y saciar los intereses de los capitales especulativos.

Muchos aspavientos con la salida de capitales que solo produjeron revaluación y juegos financieros en bolsa y acciones. Ya era hora que se retiraran y permitieran ver la realidad de nuestra economía. Hoy más que nunca, en vez de sentarnos a llorar sobre lo que podría pasar, el país tendrá que hacerse propósitos comunes frente a la economía, a su estructura productiva, frente a la industria y al sector rural. El país espera una bonanza minera que no llega pero que tampoco sabe que va a hacer con ella. Y para esto la Política monetaria debe de convertirse en un instrumento esencial para el crecimiento y la generación de empleo como bien lo sentenció la Corte Constitucional.

La única manera de protegernos ante los vaivenes provocados por la especulación internacional es con una estructura económica sólida, centrada en los intereses nacionales y de cara a la economía mundial, con un Banco de la República al servicio del país promoviendo la inversión con tasas de interés de fácil acceso y un tipo de cambio que le posibilite a los empresarios fortalecerse y competir en los mercados.

Edición N° 00386 – Semana del 7 al 13 de Febrero– 2014
 
 
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