“Calidad certificada”

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

Las cosas más nobles son también las más repugnantes cuando se descomponen
F. Schiller

La ruptura con los originales ideales de las instituciones llamadas de educación superior, se expresa fehacientemente en el hecho de que el fenómeno del humanismo, esa tradición que por tantos siglos acompañó a las más diversas universidades en el mundo entero, ha desaparecido en la proyección de sus quehaceres, sustituido por los intereses de índole empresarial y mercantilista.

Desde su nacimiento, en la escolástica Edad Media europea, las universidades buscaron el conocimiento como una forma de acercamiento al Dios de sus creencias y como expresión de apoyo y de servicio a los seres humanos, mediante la promoción y democratización de la medicina, el derecho, la filosofía y las artes y, en general, mediante la difusión de la cultura y la generación de nuevas experiencias y saberes.

Posteriormente, ya bajo el modo de producción capitalista, conforme lo exigía el desarrollo mismo de las fuerzas productivas, e impulsadas por el interés de generar nuevos conocimientos que le permitiesen al hombre un mayor dominio sobre el resto de la naturaleza, las universidades se fueron convirtiendo paulatinamente en centros para la investigación y el desarrollo científico y tecnológico.

Deslumbradas por los éxitos alcanzados por la fáustica racionalidad científica, las universidades contemporáneas han sido atrapadas, al parecer inexorablemente, por una especie de superstición hacia la ciencia y la tecnología. El paradigma cientificista y la persistencia de la ideología del progreso; así como la multiplicidad de nuevos saberes y tecnologías, han provocado la devaluación del mundo de la vida y la tergiversación de los viejos ideales humanistas.

Perplejos contemplamos la derrota de la universidad bajo el dominio generalizado de una racionalidad instrumental, la vigencia de unas instituciones de educación centradas en el profesionalismo, en el credencialismo, en la mera calificación de fuerza laboral y en la formación de lo que los tecnofascistas de hoy denominan el “capital humano”.

Nos encontramos, pues, con la perversión total de los ideales humanistas, paradójicamente, a nombre de un supuesto paradigma cientificista y de un pragmatismo estúpido que establece el encasillamiento de todas sus actividades en reglas y patrones de modernización y “racionalidad”, que le son impuestas por una normatividad mundial, que las alejan de sus propias especificidades regionales y de toda dimensión sensible…

Ya en 1795 en sus “Cartas sobre la educación estética del hombre” denunciaba Friedrich Schiller:

“el placer se desvinculó del trabajo, el medio de su finalidad, el esfuerzo de la recompensa. Ligado eternamente a un único y minúsculo fragmento del todo, el hombre mismo evoluciona sólo como fragmento; no oyendo más que el sonido monótono de la rueda que hace funcionar, nunca desarrolla la armonía que lleva dentro de sí, y en lugar de imprimir a su naturaleza el carácter propio de la humanidad, el hombre se convierte en un reflejo de su oficio, de su ciencia”.

Bajo el capitalismo tardío, pareciera que hemos llegado a la más completa homogeneización de los procesos técnicos, políticos y educativos. Las actividades, operaciones o fases requeridas para la obtención de un producto industrial o de mercado (un salchichón por ejemplo), son las mismas establecidas para definir el sistema de gestión de calidad de las universidades, lo que incluye el previo estudio de las necesidades y expectativas de la población-clientela, el empleo de las estrategias de mercado requeridas, otros mecanismos de soporte técnico e instrumental, hasta llegar a la evaluación final del producto (tipo de “profesional” fabricado), que garantice la plena satisfacción y el beneficio de los clientes…

En pos de la esquiva modernidad que nos fatiga desde los comienzos de la llamada independencia, los administradores de la educación en Colombia se conformaron con su simulación y fingimiento; recurrieron a acomodar, adaptar o endogenizar los valores y nociones empresariales que, tras el velo de una supuesta “sociedad del conocimiento” promotora de la libertad, de la democracia y del progreso, oculta una ya vieja práctica imperialista, con sus políticas de injerencia y de dependentismo. Así,  un concepto como el de “calidad educativa”, sería totalmente asimilado al de calidad de un producto mercantil y ello se hace movilizando todo un aparataje, una infraestructura organizacional, con una burocracia supuestamente intelectual y académica, pero realmente trivial, superficial e inepta, que se acompaña de un enorme protagonismo, como el de las llamadas Oficinas de Desarrollo Institucional de estas “empresas” educativas, que terminaron por suplantar la cotidiana abnegada labor de catedráticos e investigadores, haciendo mucho ruido en torno a un pragmatismo cínico y eficientista, que les certifican las entidades oficiales de vigilancia y control, comprometidas exclusivamente en velar por que se cumplan “los indicadores de gestión” para que la planificación institucional sea competitiva, independientemente de los plurales intereses culturales y emancipatorios, que antaño eran connaturales al espíritu universitario.

El fracaso de la Ilustración puede medirse en esa pérdida de las perspectivas humanísticas y emancipatorias de la Universidad.

Edición N° 00388 – Semana del 21 al 27 de Febrero– 2014

 
 
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