El proceso electoral de 2014:
lecciones anticipadas y desafíos previsibles

  Juan Fernando Londoño
  Viceministro del Interior y consultor independiente
   
 

El nuevo Congreso que iniciará sesiones el próximo 20 de julio debe enfrentar problemas muy importantes con relación a la agenda paz. Pero, frente a este nuevo Congreso deberíamos reflexionar sobre su forma de elección y lo que la sociedad civil debería hacer si queremos realmente profundizar la democracia.

Lo primero que se debe resaltar es que la ingeniería electoral ha tenido resultados, pero no necesariamente en la dirección que el país necesita. La reforma de 2003 pretendía generar partidos más fuertes y democráticos, efectivamente se redujeron en número, pero eso no tuvo efectos en las prácticas políticas. La política continúa funcionando no sólo igual sino con los mismos.  La reforma de 2009, buscó eliminar la relación entre política y criminalidad, pero sólo lo hizo mediante medidas punitivas. Nada se hizo que permitiera cambiar la forma de ejercer el oficio político. Los castigos son para los que se dejan atrapar, los demás confían en la impunidad reinante.

Con razón, la misión de observación electoral ha advertido los riesgos electorales provenientes principalmente de la corrupción. No se ha hecho casi nada para evitarla, pues solo se piensa en castigarla. Lamentablemente, instrumentos claves como la creación de una Unidad de Delitos Electorales en la Fiscalía General se quedaron en el papel. La falta de compromiso de la fiscalía se convirtió en una invitación a delinquir.

Por esta razón predominan las campañas multimillonarias y las alianzas con organizaciones ilegales incluidos los carteles de contratación que dominan en el país. Mientras las denuncias aumentan las autoridades no hacen nada. El Ministerio de Hacienda debía realizar estudios que permitieran ajustar los costos de las campañas, pero también evadió su responsabilidad. Los topes son irrisorios y los grandes electores no tienen otra opción que evadirlos. La falta de transparencia permite el ingreso de dineros espurios de toda clase.

En estas condiciones es claro que quienes usufructúan el actual sistema tienen las mayores ventajas. Por esto la composición del Congreso que viene será casi igual al anterior. No habrá mucha renovación, pero si se producirá una cierta recomposición dado que las fuerzas de apoyo al Presidente, la llamada Unidad Nacional, se verán disminuidas. El margen de maniobra del jefe de Estado será menor. Pero, esto será muy conveniente para los reelegidos pues sus votos valdrán más.

Lo que sí es previsible es el cambio en las dinámicas políticas al interior del Congreso.

Un gran interrogante va a ser qué tipo de oposición ejercerá el ex presidente Uribe. Es claro que se opondrá a la Paz, ¿pero, en lo demás? Dado que las políticas económicas del presidente Santos no difieren mucho de las que él mismo impulsó no parece que la oposición de la derecha en los tópicos sociales tenga mucha credibilidad. Esto no significa que no la hagan, pero por esa vía configurarán una agenda política mucho más radical de la que el país ha conocido. ¿Facilitaran el debate de los temas, o actuarán para entorpecer el proceso legislativo? Muy probablemente terminen siendo el Tea Party colombiano.

Los partidos de la izquierda tendrán una agenda de oposición más enfocada en lo económico y lo social, pero tendrán la obligación moral de defender la paz.  Si no alcanzan una buena representación o si no coordinan sus esfuerzos en el Congreso, es probable que una débil vocería se traslade a una mayor movilización. Si los sectores que representan no encuentran un espacio en la agenda política se lo abrirán en las calles.

Mientras tanto, en las fuerzas oficialistas se irá produciendo un proceso creciente de convergencia que de seguro conducirá a la reunificación liberal. Esta reunificación no incluirá a Cambio Radical porque su jefe necesita seguir teniendo partido propio como instrumento de negociación  y de estrategia política. Los nuevos liderazgos dentro de dichos partidos tradicionales emergerán como respuesta a los retos que les impondrán los partidos de oposición a la derecha y ala izquierda.

La tarea de gobernar será mucho más difícil para el presidente Santos. La expectativa del proceso de paz será el principal motor de la cohesión partidaria, pero el costo del modelo clientelista que predomina en el Estado será cada vez más alto tanto para el Ejecutivo como para la ciudadanía. Para el Gobierno porque será muy difícil satisfacer todas las pretensiones, y para la ciudadanía porque la falta de eficiencia de la gestión pública será motivo de mayor frustración e incredulidad. Tal como sucede ahora no basta con los buenos indicadores, los resultados prácticos de las políticas públicas tendrán mayores niveles de exigencias por parte de una clase media más grande y que paga más impuestos.

Cuando se doble la página de la campaña parlamentaria con el resultado que hemos descrito el país tendrá que empezar a ocuparse del tipo de políticas  que permitirán producir reales cambios en temas tan sensibles como salud y educación. Difícilmente será aceptable proponer más de lo mismo.

Mientras tanto, el próximo 9 de marzo los ciudadanos tendrán la posibilidad de marcar la diferencia desde su cubículo.

Edición N° 00389 – Semana del 28 de Febrero al 6 de Marzo – 2014
 
 
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