La incertidumbre de la política o la política de la incertidumbre

  Carlos Payares González
  Sociólogo
   
 

Ensayo para tiempos electorales

En las sociedades que se tornan decadentes sabemos de dos cosas que son seguras: la poca esperanza de que los sufrimientos sean verdaderamente aliviados y, que sólo nos aguarda mucha más incertidumbre y sufrimientos.

Los humanos somos los únicos vivientes que sabemos de nuestra transitoriedad. Sabemos que no hay manera alguna de escapar de la muerte. Todos vivimos nuestras vidas bajo la sombra de la muerte. Aunque no todos vivimos para la muerte. Tal vez es por eso que los humanos pensamos en la existencia de una eternidad. En otra vida nada demostrable. En este caso vivimos procurando una evasión ante la fugacidad. Es por eso somos los únicos seres en establecer de manera deliberada que “estamos en el mundo”.

La muerte no es culpa de la persona que muere (no estoy hablando de los suicidas o de aquellos que deciden aplicarse medidas eutanásicas), así como el nacimiento no es algún mérito reclamable. Tal cual como ocurre con los afanados viajeros que nadie decide sobre el horario de partida o llegada, lo mismo ocurre con el sorprendente nacimiento y la inexorable muerte. No sabemos la hora de entrada y de salida de este mundo. A la larga, todos seremos lo que éramos antes de la concepción humana: nada de nada. Es probable que esa sea la causa por la cual los políticos viven ofreciendo por todas partes protección y seguridad. Es la política el único campo de la vida social en que se vive hablando de las curas para las desdichas o los infortunios tanto individuales como colectivos. A cambio, los sacerdotes y otros predicantes (o farsantes) nos ayudan a resolver nuestros problemas y necesidades preparándonos, como Dios manda, para la otra vida. Como en todo poder terrenal, en esta preparación se involucran mecanismos de alarma y miedo que recaen sobre sometidos o voluntarios creyentes.

Cualquiera que sea el lugar en que nos encontremos nuestro Yo es un Yo transitorio. La vida de cualquier persona está preñada de identidades fallecidas o asesinadas. En verdad cualquier Yo es posible dado que el proceso de fabricación del Yo nunca termina. Evoluciona o retrocede. La tal cacareada “autenticidad del Yo”, que por regla general conlleva a un etnocentrismo maniático, casi siempre ha sido un dulce sueño con un doloroso despertar y una empresa seudo-heroica que se torna insostenible en sociedades que son vigilantes e impositivas por medio de diferentes mecanismos de subjetivación de diferentes ideologías.

La protagonización del individualismo por encima de la colectividad ha terminado siendo, precisamente, una vía de escape o de evasión ante el miedo y las frustraciones. Entre más aislamiento y soledad para poder argumentar nuestra autenticidad, mayor ha sido el influjo de lo colectivo, que no por rechazarlo, se ausenta de nuestras vidas entre las alegrías y las penurias. Tal cual como no nacemos “humanos”, una vez adquirimos la condición de ciudadanos no somos necesariamente unos seres “libres”. No puede concebirse un interés por lo privado sin reconocerse la existencia de un interés por lo público. En nuestro tiempo todo pareciera caer en la esfera del “interés público”. Hoy la lista de los asuntos públicos engloba muchos ítems que con anterioridad pertenecían a los asuntos privados. En vez de pocos estar observando a muchos individuos, ahora son muchos los individuos los que observan a unos pocos.

El voto ha venido siendo considerado como una opción individual y secreta. Sin embargo, la acción de elegir viene siendo condicionada por los límites de las opciones disponibles y por un código de reglas que predeterminan la libertad de elección. Lo último está profundamente determinado por el grado de educación de los individuos. La educación es un esfuerzo institucional que se constituye en guía para poder hacer uso de la libertad de elección. La educación proporciona a los electores puntos de vista para que tengan una capacidad de discernir entre lo que conviene y lo que no conviene. Sin embargo, es triste reconocerlo, no es mucho lo que la educación puede aportar en este sentido, dada la actual postración de quienes determinan el ejercicio educativo. En buena medida los maestros han sido tanto víctimas como coparticipes de las peores manifestaciones de la libertad política. Vistos en conjunto, han sido unos “prisioneros” de la mediocridad y/o la politiquería. Es por eso que también, en buena medida, en dicha esfera educativa se despotrica locuazmente contra la política. La mirada “apolítica” (que es una posición retrograda) hace mella dentro de un grupo significativo de quienes precisamente están predeterminados para formar (¿o desinformar?) a los futuros ciudadanos sobre sus derechos políticos.

Es entonces cuando el ciclo se cierra al hacer uso del derecho de elegir bajo parámetros completamente diferentes a la naturaleza de la política. Los “postres” ofrecidos en el mercado electoral remplazan con facilidad cualquier opción de decisión de auténtica política. Incluso se llega a votar en veces por el “menos malo” o por el simplemente nacido en la “tierra”. Por eso las esperanzas nacen y se desvanecen en un instante… en corto tiempo la gente (uno a uno) termina dándose cuenta del grave error por la superflua elección que tomó. De esta manera, cualquier intento de un propósito colectivo se fragmenta en el devenir de cada uno de sus seres constitutivos.

Nadie responde por lo que hace o deja de hacer. Se me ocurre que la idea de “inmortalidad personal” conlleva este germen de irresponsabilidad y autodestrucción convenida. Por el contrario, la idea de “mortalidad personal”, con un límite nada negociable, es lo que hace que nuestros actos sean trascendentes. El de ayer y el de mañana. Esto nos hace reconocer a la inmarcesible mortalidad como la mejor de las bendiciones. Para todos. Hace que todos busquemos que cada día que nos viene sea diferente. Nuestra creatividad e imaginación tienen asidero en la conciencia de la inevitable muerte, para la búsqueda de una vida cada vez más digna (“buen vivir” según Savater) y gratificante, de nuestras comunidades y de la especie humana en su conjunto.

La “rutina electorera”, cíclica, aburrida y aburridora, no llega a ser percibida como la más auténtica tiranía de quienes ejercen el poder. Por el contrario, pareciera generarse por medio de esta tiranía una especie de seguridad estable. Es entonces cuando la negación en la práctica (“de hecho”) de la libertad de elegir, termina convertida en algo gratificante para todos. Soportable. Algo que terminamos aceptando sin mucha discusión. La voluntad de unos cuantos termina cumpliéndose sin contratiempo. Todo esto ocurre en detrimento de la autonomía y la auto-confianza de la gente: dos elementos vitales para la construcción de cualquier sociedad o comunidad sometida a la crítica y la revaluación.

Cuando se nos convoca a acatar la tradición, lo que se propone es pensar y elegir una manera de actuar. Nos empuja a creer que el pasado es mucho mejor que el presente, o que al menos lo condiciona. A diferencia de los hábitos y costumbres la tradición exige ser pensada. Con la tradición contrastamos otras maneras de pensar y de vivir. Los hábitos y las costumbres son hechos impensados e irreflexivos. Los tenemos porque no conocemos la existencia de otras maneras de actuar. De ahí que no sea lo mismo la tradición que un hábito o una costumbre.

Es desde la política patriotera o parroquial que se ha venido insistiendo en una “tradición consentida”, en un “pasado común”, que nos mantiene unidos y que obliga. Y esto ha venido ocurriendo, así se tenga que inventar dicho pasado. Hemos terminado aceptando que lo viejo es bueno por la naturaleza de ser viejo. Esta manera de pensar conlleva a la errónea conclusión de que la modernidad, con sus nuevos estilos de vida, se antepone a lo antiguo. El mundo entero está lleno de tradiciones compitiendo sin que alguna de ellas logre establecer una definitiva supremacía sobre las demás.

Al menos debemos considerar nuestra capacidad de elección para poder concluir si de verdad “todo tiempo pasado fue mejor” (cosa que significa una bofetada a la actual juventud)  El problema con toda clase de anticuarios o tradicionalistas es que perciben la vida con sintomatología compulsiva. No respetan la conciencia que elige… y, responde. De ahí su persistente e incurable incertidumbre en cuanto a la vida. La tradición, en un sentido estricto, obliga a negar nuestra capacidad de elegir, es, por lo tanto, aceptación y cumplimiento de una mirada heterónoma que no admite que leyes y estilos de vida tienen un origen humano. Por tal razón, concibe las instituciones y las maneras de vivir como creaciones supra-humanas, sempiternas y omni-respetadas. Todo lo hecho por el hombre puede ser desechado por él mismo hombre de manera autónoma.

Y no hay sociedades autónomas sin individuos autónomos. Nuestra llamada “herencia común” no es tan común ni tan compartida. Aun así, es el individuo el que tiene la opción de escoger. Lo que debemos tener claro es que en cada momento de la historia han coexistido varias generaciones, que interactúan e intercambian propuestas y servicios, y, por lo tanto, deben encontrar formas de una intercomunicación. Por esta elemental razón nuestras sociedades o comunidades están en permanente “crisis”; y, son las generaciones mayores, con más hábitos y costumbres adquiridas, las que tienden a percibir de forma inmediata el estado de “crisis”. Mi punto de vista es que no hay nada de crítico por el hecho de que una sociedad se encuentre en “crisis”.

Decir que “la sociedad está en crisis” es un pleonasmo. Las sociedades o comunidades se mantienen en permanente estado de equilibrio-desequilibrio y no en un permanente equilibrio. Un colectivo de humanos está en todo momento en auto-renovación, auto-constitución y auto-reproducción. Incluso, ninguna forma de vivir emergente tiene todo el tiempo del mundo para solidificarse y permanecer eternamente. Estar en crisis no es un lamentable revés de la existencia, sino un atributo inseparable de la especie humana, que nos convoca a construir un proyecto de vida, al menos, más lógico y más impecable.

De ahí que hablar de “crisis de valores” es un artefacto ideológico reaccionario en manos de ciertos fundamentalistas morales (de doble moral la mayoría de las veces) que presuponen la construcción de una sociedad normal, estática, alejada de cualquier incertidumbre y dirigida bajo una vocación servilista de sus ciudadanos.

Edición N° 00398 – Semana del 9 al 15 de Mayo – 2014
 
 
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