Elecciones, aristocracias y democracia

  Alfonso Cuéllar Solano
  Filósofo político, ex asesor de la ANUC
   
 

Las recientes elecciones han puesto de presente los fenómenos de la movilidad social y por tanto, hemos visto desfilar los más diversos análisis, muchos de estos centrados en los comportamientos de las clases medias y bajas, pero hay una omisión lamentable, como lo constituye, el análisis de las viejas y sobre todo de las nuevas “aristocracias” que ocupan hoy en día los estratos más elevados de la pirámide social. La votación por Zuluaga, esto es, por Uribe, indica que hay un sector de neo-aristócratas que han venido procurándose legitimación social y política y aunque provenientes del lado de los más variados negocios ilícitos: desde, el narcotráfico, la corrupción, las pirámides, las dolosas manipulaciones financieras, el contrabando, minería legal e ilegal, los sanandresitos, las exportaciones ficticias y toda una serie de comercios que se han multiplicado en serie a lo largo y ancho del país y a quienes les asiste, claro está, el derecho a expresarse políticamente. Lo deplorable es que lo hagan de la mano de las ideologías atrasadas y reaccionarias, pero, este es el resultado del espejo en que se miran: el de la pseudoaristocracia tradicional, una de cuyas escisiones de da la mano como es el caso de Pacho Santos, el expresidente Pastrana, los Gómez Martínez en Antioquia, los coqueteos de Peñalosa y la vertiente de Enrique Gómez Hurtado. Y de otro se dan la mano con reducidos sectores de lo que denominan la izquierda y también, de los grupos guerrilleros y no se diga, de los residuos de las autodefensas paramilitares.

La movilidad social también está expresada en un ascenso vertiginoso de clases medias, untadas con los comportamientos ilegales que mencioné antes, que tienen como abrigo común la lumpenización de sus componentes como lo dejó en evidencia el famoso caso “Colmenares”, aunque provengan de la expansión del sistema educativo y sobretodo del acceso a la universidad. La vieja pseudoaristocracia de las clases altas cerró filas a medias alrededor de Santos, pero tanto en ella como en los neos, “late un segundo corazón monárquico”, tal es el caso por ejemplo de Vargas Lleras y toda ese desfile de “delfines” por la Casa de Nariño y los Ministerios, que como “príncipes” aprenden las claves del manejo de la política en la administración.

Desde  tiempo atrás y como consecuencia del fenómeno paramilitar y guerrillero, el poder local, pasó a manos de estos poderes fácticos en busca de su reconocimiento político y lo hicieron a través de la intimidación y de la corrupción de la escasa democracia municipal, prestándose para apoyar a una escala amplia una u otra tendencia de las aristocracias más elevadas. Par ello, pusieron a su disposición  sus recursos y el bandidaje y el republicanismo y la democracia liberal que practicaron algunos de estos aristócratas Conservadores y Liberales se trocó en la tentación de dejar ver que les  latía un “segundo corazón monárquico” y afanosamente buscaron su “Rey” para entronizarlo en el poder, por el tiempo que él quisiera y para ello inventaron las reelecciones.

Por otra parte la profusión de “Reinas” de todos los pelajes y sus “Cortes” financiadas por el dinero caliente, ha puesto en evidencia la carencia de un “Rey”, con la parafernalia que estos implica y que no podría ser llenado por el “rey vallenato”, pues Diomedes no daba la medida. La “monarquía escondida” ha transportado esta circunstancia a la jerarquía política, esto es, el representante de la Hacienda, no del Ubérrimo, sino de cualesquiera otra, como el ideal para personificar al “patrón” y que con su congénita pobreza de lenguaje solo sepa pronunciar las palabras que solo tienen que ver con órdenes y que nos esté visitando con cierta frecuencia, al tenor de los “consejos comunitarios” y  los regalitos como demostración de su bondad, un lenguaje de sencillas metáforas para imponer el poder.

En la hacienda colombiana y en casi toda Latinoamérica subyace la “imagen jerárquica”  del mundo del catolicismo, que se ha entronizado en las creencias de cada quien, y esto es lo que le da calado a las ideas pre modernas de Uribe. Es el cuadro de costumbres que nos pinta El rejo de enlazar que nos ata al patrón como paradigma de seguridad.

Apertura política

Precisamente, cuando percibimos vientos de apertura política de uno de los portaestandartes de la “aristocracia tradicional” y que por fin después de cien años se busca dar “entrada” a nuevas fuerzas políticas, que no son solamente las que puedan representar a las guerrillas, y que se quiere desarrollar un ejercicio civilizado de la política y de compartir el poder; cuando se vislumbran  tendencias hacia la superación de los niveles aberrantes de inequidad y desigualdad, y hay una corriente encabezada por la Iglesia que trabaja arduamente por la reconciliación de todos los colombianos, los usufructuarios del negocio de la violencia, entre ellos, sectores de los jueces, policías, generales, comerciantes-especuladores, terratenientes ganaderos y toda clase de corruptos, sacan a flote sus ambiciones monárquicas  y preparan un escenario como si estuviera próxima la coronación del monarca Uribe en cabeza de su testaferro Zuluaga.

Tras un largo itinerario de abandono de las ideas liberales por parte de los Conservadores y de numerosos Liberales, se le ha hecho el quite a la modernidad, para esquivar la razón en pro de las diversas variaciones de la jerarquía católica, configurando así, un modelo de parroquia, donde el Presidente es sinónimo de obispo y los manzanillos y caudillos locales ofician como párrocos y el Parlamento hace coro catedralicio.

La materia prima de que disponen los sociólogos para desentrañar las características de esa neo-aristocracia, autoritaria y antidemocrática por la que quieren que voten los colombianos, hay que buscarla en las páginas sociales de los periódicos y de la revistas de farándula, que reseñan con amplio despliegue, por su puesto pagado, los acontecimientos que no encuentra diferencias con los de los “arribistas” que tanto desprecia la aristocracia y a los que se refiere a menudo como  de vulgares imitadores, pero con los cuales se ha venido entretejiendo en un mestizaje evidente. Hay una muestra en las tres bodas, que así lo indican. La primera, la de Jerónimo y la Cabrales en el hotel que sabemos de Cartagena, otra, la de “Fritanga” en una Isla caribeña y la tercera la de la hija del Procurador Ordoñez. En la lista de invitados había muchas coincidencias, pues es la aristocracia de Cartagena, tan parecida a la bogotana y siempre venida a menos, hasta que encontró este negocio del cual vivir refrendando a estos aparecidos.

No produce sino desazón, saber que sólo con un examen o mejor con una disección de estas nuevas realidades y existencias sociales, es que se puede desbrozar el matiz que deja pasar una luz para el progreso de Colombia, cuando se descubre que Santos, no es Ordoñez, ni Fritanga, pero tampoco Jerónimo y es la sutileza de estos matices lo que decide el curso político de los próximos 20 años del país. No es hora de ambigüedades, como la de renunciar a ser líderes o jefes y en un acto de cobardía política, renunciar a reconocer estos matices. Hace unos 20 años el profesor Llinás anunciaba que “Colombia es una Cenicienta que quiere ir al baile de los países desarrollados”. Por eso, el Proceso de Paz tiene que ver con la vida democrática del país. Desde la Guerra de los Mil Días el país reclama  a gritos la institucionalización de la entrada para las nuevas fuerzas políticas. Entonces cuando estaba excluido el partido Liberal de la participación parlamentaria por ser minoría. Con el transcurso del tiempo ganaron ese derecho y el de hacer parte del gobierno, pero las inequidades y desigualdades persisten en la vida política, social y económica. Hoy no se trata de definir quien representará a los indígenas, a las comunidades negras, a los campesinos, a las barriadas de nuestras ciudades, que llevan 100 años de ocultamiento. Más bien, lo que corresponde es que estas fuerzas tengan una oportunidad institucional de gobernar, de ejercer una parte del poder y de contribuir a construir la nación.

Hace más de 20 años el maestro Rafael Gutiérrez Girardot había constatado la tragedia y hoy estamos abocados a cambiarla,

“… los paramilitares, que sin saber por qué defienden con estilo de Capone los fundamentos morales y culturales de esa monarquía y, consiguientemente, sus jefes públicamente secretos, that is, la clarecía militar necrófila y sus víctimas: los “desaparecidos” de una u otra manera y la transformación de los defensores de la nación, por mandato constitucional, en sus ocupantes y verdugos; todo esto desplazó a un segundo plano las “aristocracias” hispanoamericanas y hasta la más provinciana, y por eso tenaz: la bogotana y sus imitaciones como la de Popayán o la de Medellín. Pero el desplazamiento no implica que hayan desaparecido sus hábitos y su ejemplo.”1

Los despistados de siempre no encuentran diferencias, ni matices, pero los colombianos los han identificado, no puede ser que si las cosas están mal, nuestra contribución sea a que se empeoren. Esto no es dar muestras de ninguna consideración por este pobre país. Me uno más bien a la corriente progresista que muestra su disposición ejercer el poder y a profundizar la democracia.

Edición N° 00401 – Semana del 30 de Mayo al 5 de Junio – 2014

1 Gutiérrez Girardot, Rafael, “La crítica a la aristocracia Bogotana”, en: Provocaciones, Bogotá, Ariel, 1997, 176.

 
 
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