Integración y TLC: caras sucias de una mala estrategia internacional

  Jaime Alberto Rendón Acevedo
  Centro de Estudios en Desarrollo y Territorio, Universidad de La Salle
   
 

Las estrategias comerciales de Colombia ante la comunidad internacional han sido bastante limitadas. Aunque la disciplina económica ha sido la característica primordial del país, las relaciones externas han dependido de las potencias, los organismos internacionales o las malas decisiones de política por pretender seguir sin discreción los mandatos erróneos de una política de libre mercado.

En realidad, las aperturas económicas comenzaron hacia finales de la década de 1960 cuando con el Estatuto Cambiario y la llamada devaluación gota a gota, se establecieron políticas fiscales y cambiarias de promoción a las exportaciones, tendientes a cambiar la estructura productiva que hasta entonces dependía íntegramente del café y la explotación de productos primarios. Esto dio sus frutos y el país logró dinamizar sus exportaciones no tradicionales basado en una política industrial clara y definida; una promoción coherente a la producción que posibilitó la conquista de mercados internaciones, en especial el de los países vecinos, donde la Comunidad Andina de naciones (CAN) fue el vehículo que permitió acceder a ellos con marcados privilegios.

La llamada apertura económica del decenio de 1990 solo fue el reverdecimiento de las ideas neoliberales que si bien en el continente se impusieron a sangre y fuego, como en Chile, Argentina o Brasil, entre otros, también se hizo por imposición directa de los organismos internaciones ante la urgencia de renegociar la deuda externa. En Colombia, no se tuvo que realizar por lo uno ni por lo otro, sin embargo se hizo por voluntad y convencimiento. Tampoco por consenso porque de discusiones y diseño colectivo de futuro no sabemos mucho. Simplemente las élites deciden, han decidido y así se ha hecho.

Desde entonces y tras la estrategia norteamericana de firmar TLC ante el fracaso del Acuerdo de Libre Comercio de la Américas, ante la estrategia de los Estados Unidos de divide y reinarás, nos hemos dado a la tarea de firmar no solo con ellos sino de buscar a otros países para hacerlo. Paradójico, es como si hubiésemos encontrado en estos tratados la estrategia para acceder a los mercados internacionales. Lo que pasa es que el problema no es falta de mecanismos para llegar a nuevos mercados, la cuestión es qué se produce para poder vender en ellos, con ventajas y esquemas comerciales definidos.

De esta manera, mientras buscamos mercados a través de tratados, en la política interna hacemos lo siguiente:

1. Abandonamos la política industrial y rural. Hoy lo que se tiene es una gran cantidad de normas y medidas dispersas que para nada forman un cuerpo coherente de promoción a la industria y al campo, por el contrario se han dejado estos al albedrío del mercado, es decir de quienes son capaces de imponer precios y condiciones, como es el caso de la gran empresa.

2. Se ha generado una normativa completamente permisiva para las empresas transnacionales  e incluso para las grandes empresas del país: incentivos tributarios y beneficios fiscales que les facilitan tener puestos de privilegio en el control del mercado. Incluso podría pensarse que estas medidas son ya tan laxas y facilitadoras, que este tipo de empresas no dependen de los TLC para su actividad económica en el país.

3. A esto se ha sumado una política monetaria y cambiara en apariencia neutral, con unas intervenciones sutiles por parte del Banco de la República, que en realidad ha permitido la revaluación de la moneda, terminando por minar el ya precario tejido industrial y agropecuario capaz de exportar.

Se podría preguntar entonces ¿Para qué tanta alharaca con la firma de los TLC? Ya se ha demostrado que el acuerdo con los Estados Unidos no ha servido para mayor cosa, ahora se pretende firmar uno con Corea donde las posibilidades nuestras son menores en términos comparativos que las de ellos. Se firma, o se pretende, porque por ahora está frenado el debate en la Cámara de Representantes, sin que importe que la economía coreana sea altamente proteccionista; que su industria ha crecido de la mano de políticas industriales, de Ciencia e innovación. Que su industria automotriz es capaz de pasar por encima de la nuestra incluyendo a los sectores de autopartes, que jamás competiremos con ellos en electrodomésticos y mucho menos en maquinaria, en el sector textil – confecciones o ni que se diga en cueros y calzado.

Definitivamente no hay que ser muy lúcido para enterarse de esto, pero parece que a nuestros hacedores de política, ministros y técnicos, el país no les cabe en la cabeza, y es sencillamente porque ellos no están interesados en ello. Es como si otros intereses primaran, aquellas fuerzas del mercado que probablemente los mortales simples no somos capaces de ver. Perdón pero no creo ni en tanta inteligencia ni en tanta ingenuidad. Estoy convencido que se trata de los más altos y mezquinos intereses individuales a costa del empleo, el crecimiento y el desarrollo del país.

Con la integración pasa otro tanto. Se optó por los tratados, las negociaciones bilaterales dejando por fuera el hacerle apuestas concretas al multilateralismo. En la era de Uribe al sur se le veía como una perdición, incluso generando conflictos graves con los socios de la CAN; el norte en cambio fue una opción a la que se le concentró todo el empeño. Santos ha matizado, le apostó a Unasur, pero ha seguido insistiendo en los TLC como estrategia de acceso a nuevos mercados (reitero, se realiza una política comercial sin políticas productivas). Ahora, realizó una jugada interesante frente a diseñar y trabajar por la Alianza del Pacífico, una propuesta con arrojo que sin embargo tiene el pecado de no integrarse con Unasur, creando distancias innecesarias. Para acabar de ajustar, el Congreso deberá rehacer la norma que la implementa en Colombia, de acuerdo con el fallo de la Corte Constitucional, que planteó a finales de abril  que este texto estaba incompleto y por ende inconstitucional.

Definitivamente, los caminos frente al comercio exterior, la integración e incluso las mismas alianzas y tratados con otros países se hacen sin que para ello medien propósitos coherentes de país. De nada sirven las luchas contra ellos, unos u otros, ya que las medidas dispersas y sin coherencia hacen que aun a pesar de las no integraciones o de los TLC las empresas transnacionales definan sus propias estrategias aun por encima de los intereses de la nación, como es el caso de Monsanto con sus semillas e insumos o de la Drummond con sus explotaciones mineras solo para citar dos casos.

Una política de comercio exterior y de integración no puede estar alejada de las políticas agrarias, industriales, monetarias o de ciencia, tecnología e innovación. Si no se produce para que tratados. Pero es que a todas estas se sigue persistiendo que la mejor política es no tenerla, para que funcione el libre mercado… de las grandes empresas, los grupos económicos dominantes y claro está, las empresas transnacionales.

Edición N° 00402 – Semana del 6 al 12 de Junio – 2014
 
 
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