La magia del fútbol y la política

  Alonso Ojeda Awad
  Ex embajador de Colombia, director Programa paz de la Universidad Pedagógica Nacional
   
 

Quienes crecimos escuchando y viendo las leyendas del fútbol brasileño como Pelé, Garrincha, Tostao en los estadios del mundo, no podíamos dar crédito a las imágenes en las pantallas de televisión cuando transmitían la forma certera como la disciplinada selección de Alemania sacaba del mundial a los idolatrados brasileros. Para algunos era un sueño esperado, pero para la inmensa mayoría de los hinchas, esto era una pesadilla que difícilmente se podría asimilar en el tiempo. Después del primer gol de Alemania, en los inicios mismos del partido, los brasileros quedaron totalmente anonadados y como no estaban preparados para perder rápidamente cayeron triturados por los “panzers” alemanes quienes sin ninguna consideración, respeto o compasión, les terminaron anotando  siete goles porque así es el fútbol.

Pero, el tsunami apenas comienza. Las grandes inversiones que hizo el gobierno brasileño, encabezado por su presidenta Dilma Rousseff, agotaron parte muy importante de presupuestos que en un principio estaban destinados para aliviar la grave crisis social que arrastra el Brasil. La poderosa Federación Internacional de Futbol FIFA, capitaneada por los más voraces capitales mundiales, incluidos los de dudosa procedencia, según denuncia de connotados futbolistas, impuso a rajatabla una agenda de condiciones que no dejaron margen para que la Presidenta pudiera entrar a defender compromisos electorales que había adquirido con los miembros empobrecidos de las favelas. En estas condiciones, contra viento y marea, atropellando sectores sociales, se impusieron las órdenes de construcción para terminar en los plazos fijados la realización de los monumentales estadios y de las anchas avenidas que conducen hasta ellos. La protesta social no se hizo esperar y entre piquetes de policías antimotines y agresivos manifestantes se realizó la inauguración del mundial, que fue muy destemplada y que acompañó en una larga silbatina las palabras de inauguración de su Presidenta.

Sin embargo, existía la esperanza real de que la selección de fútbol brasilera coronara con sobrados méritos el triunfo y pudiera alzar el próximo domingo 13 de julio, en el mítico estadio de Maracaná, la ansiada y soñada copa mundial “Jules Rimet”. Con este triunfo las autoridades brasileras consideraban que se aplacarían las protestas y Brasil se dedicaría a saborear el triunfo, tantos años esperados y su Presidenta podría iniciar, con el viento a su  favor, la campaña reeleccionista que la llevaría nuevamente a la Presidencia de la República. Y miren lo que pasó. La estruendosa derrota 7 a 1, echó por tierra todos los planes y despertó sorpresivamente a su Presidenta que solo acató a decir que este resultado no se lo había soñado ni en las peores pesadillas.

La magia del fútbol, capaz de paralizar los países, poner a soñar a poblaciones enteras, si no se maneja y se articula con laboriosidad dentro de los sufrimientos, sueños y esperanzas del pueblo, puede convertirse en un vendaval que es capaz de ocasionar los más graves desastres y dificultades.

Mientras esto ocurre en el Brasil, la suerte ha mirado con ojos de piedad a Colombia. La iniciación de los juegos olímpicos de fútbol se dio en Brasil cuando aquí estábamos a punto de terminar una compleja y confrontadora campaña presidencial. El holgado triunfo de la selección Colombia sobre Grecia comenzó a transmitirle una sensación de fe y esperanza a nuestra nación, que sin duda le aportó significativos votos a la imagen del presidente Santos quien en esos últimos días de campaña levantaba con fe y seguridad la bandera de la paz y la reconciliación de la familia colombiana. El mensaje de unidad y fraternidad que enviaba desde los estadios brasileros comenzó a calar en el alma de todos los colombianos, quienes sin distingos de ninguna clase comenzamos a homogenizarnos en ese fervor patrio que fue in crescendo y llegó hasta niveles nunca obtenidos de unidad nacional. En el remate final, cuando nos correspondió el último partido contra la selección Brasileña, Colombia ya había dado muestras de una gran madurez que le permitió entender, como nación, que la pérdida honrosa con Brasil era la terminación orgullosa de un proceso de formación y unidad, del cual habían dado ejemplo los muchachos de la Selección con Pékerman a la cabeza y por eso la arropó con todo su cariño y admiración, prodigándole ese apoteósico recibimiento en Bogotá.

En este caso la magia del fútbol es la brisa refrescante y esperanzadora que sopla por todos los rincones de Colombia trayéndonos el mensaje de que si persistimos en este sueño de unidad nacional y somos capaces de trabajar juntos, por un futuro de paz, reconciliación y justicia social, nuevos horizontes de esperanza se abrirán para las presentes y futuras generaciones.

Edición N° 00407 – Semana del 11 al 17 de Julio – 2014
 
 
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