Negociar en medio del conflicto no conduce a la paz

  Luis I. Sandoval M.1
   
 

En medio de la confrontación el Gobierno a través de sus Fuerzas Armadas golpea a los insurgentes con los cuales está dialogando. A su vez los insurgentes golpean a las Fuerzas Militares y de Policía del Gobierno con el cual están dialogando. Ambos actores producen incontables víctimas entre la población civil. El Presidente ha declarado que si persisten los ataques indiscriminados de las guerrillas, pueden suspenderse los diálogos de paz. Las guerrillas, a su vez, han declarado que si se sigue exterminado selectivamente a sus líderes podrían levantarse en forma definitiva de la mesa.

En mi concepto lo que hechos y declaraciones de las últimas semanas (julio de 2014) están comprobando es que negociar en medio del conflicto no conduce a la paz, que ese método está agotado y que es preciso dar el paso al cese bilateral de fuegos si se quiere recuperar y consolidar la credibilidad de la opinión en el proceso. Las observaciones siguientes, hechas en los meses anteriores, especialmente en mi columna de los martes en El Espectador, apuntan a ilustrar este definitivo asunto.

¿Son necesarias más víctimas?

Diálogos en medio del conflicto siempre son traumáticos. Las partes se agreden verbalmente y con acciones armadas y se acusan de producir víctimas entre la población. El malo es el otro. Olvidan la observación de André Gide: “En la guerra es torpe considerar que toda la nobleza está en la propia orilla y toda la estupidez en la orilla del enemigo”.

A la sociedad le exaspera el conflicto que se prolonga sin certeza de terminación. Le duele que a toda hora cobra nuevas víctimas entre los contendientes, soldados y guerrilleros, pero también – en alto número - entre civiles no combatientes. Sobran ejemplos.

La sociedad no está convencida de que los diálogos de La Habana van a producir resultado. A la sociedad la invitan a creer pero no la persuaden mediante palabras y hechos de paz. Su desconfianza es aupada abiertamente por los enemigos (spoilers) del proceso. Si la apatía de unos y la enconada oposición de otros no se neutralizan y superan con un sostenido apoyo mayoritario, el proceso no cumplirá con éxito las tres fases previstas: acuerdos, refrendación, transición a la paz estable y duradera.

Se hace ineludible examinar el método de negociar en medio del conflicto. No se puede volver a la experiencia de que la confrontación ahoga los diálogos (Caguán). Si el compromiso es adelantar diálogos conducentes a la terminación del conflicto, no se justifica bajo ningún punto de vista que sigan aumentado las víctimas de un conflicto cuya terminación se tiene decidida. Se requiere el cese bilateral de hostilidades mientras se trabaja en acordar los contenidos y formas de esa terminación. Las partes persisten en descalificarse y agredirse, no se ve cómo de ese alto nivel de agresión se pase súbitamente a los abrazos de la reconciliación. El clima es tan importante como los acuerdos.

La ciudadanía crece cada día su exigencia de cese bilateral en defensa del proceso y de sí misma. Tiene razón, no es un capricho, ni favorece a las guerrillas, ni desmoraliza a las fuerzas armadas, ni la tregua es inverificable, ni entraba la paz. Al contrario, facilitará enormemente todo el proceso. Es un imperativo ético y político porque la sociedad que vive el conflicto como tragedia no tiene por qué dejar que se prolongue un día, ni una hora, ni un minuto más.

La sociedad con fuerza persuasiva tiene que llevar a las partes a superar el espejismo de que el conflicto es para los insurgentes un proyecto de liberación y para el Estado un proyecto de legitimación. No es lo uno ni lo otro, el prolongado y envilecido conflicto político ha devenido en autodestrucción fratricida. Por eso tiene que parar ya y proseguirse la tarea de acordar, mediante el diálogo, la forma de desmontarlo en forma definitiva.

Esta postura no desconoce los términos ni el espíritu del Acuerdo General entre Gobierno y Farc-Ep. Quizá sea anticipar lo que está ya está previsto, pero la anticipación se justifica porque sería, si coincide con una clarificación del tiempo necesario para llegar a acuerdos, el músculo que hace falta activar para que el pulso entre guerra y paz se incline definitivamente a favor de la paz. 

Los acuerdos no serán resultado del albur de escalar el conflicto. Eso equivaldría a hacer depender todo de la inercia ominosa del pasado, se trata ahora de moldear el presente de conformidad con el futuro que avizoran tanto insurgentes como gobierno y sociedad: una paz imperfecta pero perfectible en virtud de una mayor posibilidad para hacer política con garantías ciertas, que se traducirá en profundización multiforme de la democracia, sueño razonable.

El pulso entre guerra y paz

Realmente el país es escenario de un cerrado pulso entre guerra y paz. La orilla de la guerra es diversa y la orilla de la paz también lo es. La definición del pulso estará ligada a la mayor iniciativa, la mayor cohesión, la mayor convergencia que una de las dos orillas logre obtener en los sucesivos momentos de la vida política.

Se supondría que en las diferentes ramas del Estado, o  al menos del gobierno, existe unidad en relación con el propósito de alcanzar la paz mediante el diálogo con movimientos armados a los que se reconoce el carácter de insurgentes políticos. La suposición se soporta en el hecho de que hay una mayoría política, una coalición de gobierno donde existe un amplio bloque de partidos que rodea al Presidente de la República.

Es claro que hay ramas del poder y altos funcionarios que no comparten el objetivo y el camino de paz que representa el Presidente. Una es la posición de éste y de las mayorías parlamentarias y otra la del Procurador General de la Nación. Parecería que el Fiscal General está más cerca del Presidente que del Procurador y lo propio puede decirse de las Altas Cortes según sus fallos y declaraciones. El Ministro de Defensa y los generales declaran sujeción al poder civil, pero sus palabras y sus acciones son de confrontación y belicismo dentro del esquema que el propio Presidente ha querido y definido de conversaciones en medio del conflicto.

Es claro que en la sociedad, en su inmensa pluralidad y diversidad, existen también los partidarios de la paz dialogada y los partidarios de la paz militar.  Lo más simple que puede decirse es que la sociedad refleja o reproduce las posiciones que se expresan en el Estado y en el gobierno, pero más allá de ello en su seno existe un factor, una presencia, una dinámica diferente que no se refleja en los espacios estatales y gubernamentales nacionales.

Esa presencia es la de un movimiento social de paz que tiene una riqueza extraordinaria, acumulada en las tres últimas décadas, y que al presente se expresa en sorprendente movilización por objetivos sociales (educación, salud, justicia, tierras, territorio, reparación, trabajo, pensiones, modelo, víctimas…).

Crueldad bélica y clamor por la paz

Colombia no quiere más esta nefasta confrontación armada que ya no es desde la orilla de las guerrillas una guerra de liberación social y política de los pobres, y que nunca ha sido desde la orilla de las élites gobernantes una defensa legítima del establecimiento. En ambas orillas la confrontación está absolutamente deslegitimada. A este conflicto armado colombiano, ciertamente político pero ahora pernicioso por autodestructivo, hace rato el país le infrigió una derrota moral. Más del doble de la población colombiana, esto es, cerca de 100 millones de personas han salido a la calle en los últimos 22 años para decirle no a cada actor armado y sí a la solución política.

Existe un mandato de paz del constituyente primario no superado por ninguna de las elecciones ganadas por la “seguridad democrática”. Aparte de ello el voto por la paz triunfó en las elecciones del 15 de junio cuando el Presidente Juna Manuel Santos fue reelegido con la bandera de la paz.

Frente a la prolongación y la crueldad agobiante del conflicto es creciente el clamor social por la paz que en primer lugar pide cese bilateral de fuegos o, cuando menos, acuerdos humanitarios que alivien el sufrimiento de la sociedad, los soldados y los guerrilleros, mientras se desarrollan y concluyen en acuerdo los diálogos de paz. En virtud del civilismo radical de las luchas sociales, la paz madura como un proyecto de país justo y democrático a través de un proceso de movilización, deliberación, mandato y unión por la paz en todas las regiones y sectores sociales: estudiantes, mujeres, indígenas, campesinos, víctimas, etc.

Nadie puede afirmar que el Presidente Santos haya ocultado su estrategia frente al conflicto armado. “La victoria es la paz” ha dicho, y ha explicado: se trata de “hablar asumiendo que estamos en guerra, y combatir como si no estuviéramos hablando”. Además, con frecuencia ha repetido: “la paz llegará, por zanahoria o por garrote, o combinando las dos, pero llegará”. Tampoco se puede plantear incoherencia con esos que para él son principios inspiradores. Se procuran acuerdos en La Habana mientras se prosiguen las acciones militares en todo el territorio nacional.

Esta estrategia de diálogos de paz y acciones de guerra es lo que los expertos llaman “una dinámica de naturaleza mixta, en la que al lado de la guerra coexiste la negociación, una cierta forma de cooperación” (García Duarte, 2014). Por su parte, la insurgencia de las FARC-EP acordó que tales conversaciones se adelantarían en medio del conflicto. La insurgencia asume que sus acciones podrían, en algún momento, ponerla en una correlación de fuerzas más favorable en la mesa de diálogo.

Lo anterior explica la doble faz, el doble discurso. La doble cara del dios romano Jano simboliza bien el proceso que estamos viviendo. Jano era el dios de las puertas, los comienzos y los finales, pasado y futuro. Se lo invocaba al comenzar una guerra, y mientras ésta durara las puertas de su templo permanecían abiertas; cuando Roma estaba en paz, las puertas se cerraban. Según los romanos, este dios aseguraba buenos finales. De Jano viene Enero (Wikipedia).

Pero el juego simultáneo de hostilidades y diálogo puede resultar, de hecho es, perverso y contraproducente porque en la experiencia colombiana las hostilidades han ahogado diálogos, treguas y aún acuerdos: acciones de FFAA en medio de la tregua en el gobierno de Belisario Betancourt (acuerdo de La Uribe con FARC, acuerdo conjunto con M19 y EPL), asesinato por EPL de Argelino Durán Quintero en el gobierno de Cesar Gaviria (diálogos de Tlaxcala, México), secuestro por FARC de un avión y del Senador Gechen Turbay en el Gobierno de Andrés Pastrana (diálogos de El Caguán).

En la fórmula mixta hostilidades-diálogo se acomodan y toman fácilmente la ofensiva los partidarios a ultranza de la finalización militar, no política, del conflicto; la opinión se confunde con el impacto, agigantado por los medios, de los hechos de guerra que ocurren en simultáneo con los diálogos de paz; lo más grave: la sociedad se exaspera al tener que soportar más dolor y muerte mientras se prolonga la llegada del fin del conflicto. Las partes, todavía en plan de combate tratan de asestar golpes de opinión y de fuerza al enemigo y no se esfuerzan en facilitar la comprensión del método de negociar en medio del conflicto. Difícil creer que en medio de la lucha despiadada los diálogos vuelvan inminente o cercano el último día de 50 años de confrontación.

Los hechos de las últimas semanas, en plena campaña electoral, tornan dramática la situación. Los insurgentes hacen tregua y luego acciones que la desdibujan, las fuerzas armadas parecen apegadas a que la paz vendrá no por el diálogo sino por la victoria militar. El belicismo del Ministro de Defensa así lo estaría indicando. Circunstancias preocupantes. Es preciso decidir ya el cese bilateral de fuegos o, al menos, el desescalamiento de los mismos. Justos el clamor y acción de la sociedad por este objetivo. Se necesitan señales positivas que alimenten la confianza en la paz política. Es tiempo de cerrar las puertas del templo de Jano.

Cese bilateral de fuegos

Es un hecho que las partes decidieron negociar en medio del conflicto. Las FARC, sin embargo, han manifestado reiteradamente que debe haber cese bilateral desde ahora y han procedido a dos treguas unilaterales. El Gobierno mantiene inmodificada la posición de que solo será a partir de los acuerdos de terminación del conflicto.

Sin duda existen razones estratégicas, o de particular conveniencia, del Gobierno y de FARC y ELN que los lleva a tener posiciones divergentes sobre este sensible problema. Pero la sociedad posee su propia lógica, su propia conveniencia y, podría decirse, su propia estrategia, que no tiene que esconderla, sea que coincida o que diverja de las partes que adelantan o se aprestan a adelantar diálogos de paz.

La sociedad apoya los diálogos de paz, pero no actúa frente al proceso alineada o dependiente del gobierno o de los insurgentes. La sociedad es autónoma, quiere el cierre político del conflicto y lo quiere lo más pronto posible para adentrarse en la construcción de paz integral, porque esa es la postura natural y elemental de las víctimas, la sociedad de conjunto ha sido víctima del conflicto armado interno.

Se conocen las cifras indicativas de los altísimos niveles de victimización que ha alcanzado el conflicto colombiano, aquí no las voy a repetir, pero cada día, cada hora, cada minuto que se prolonga la confrontación, se produce un incremento de dolor, muerte, y destrucción física y moral, absolutamente inaceptable. El conflicto mismo, por irracional, repugna a la conciencia de la humanidad, la demora innecesaria en la llegada del fin, hace aún más viva esa conciencia.

En realidad la postura de la sociedad es, debe ser, por imperativo ético-político, parar la confrontación ya y que las partes pacten los términos de su terminación. Sin embargo, comprensiva de las circunstancias, con detrimento de sí misma, la sociedad ha sido concesiva y ha aceptado negociación en medio del conflicto, solicitando acuerdos humanitarios y aplicación del DIH mientras se pacta el fin del mismo.

En la lógica de la sociedad que no quiere, que no acepta ser victimizada un minuto más, es que se exige el cese inmediato y bilateral de fuegos y hostilidades o, al menos, la reducción progresiva de éstas. Este pedido se ha hecho durante largo tiempo: así lo hizo el Mandado Ciudadano respaldado por 10 millones de votos en 1997, así lo ha hecho la Semana por la Paz durante 22 años; el pasado 10 de diciembre (2013), Día Universal de los Derechos Humanos, 140 organizaciones aglutinadas en el espacio de convergencia Clamor Social por la Paz reiteraron la urgencia humanitaria y la necesidad política del cese bilateral de fuegos.

“Señor Presidente, Señores Comandantes: negociar en medio del conflicto puede ahogar las conversaciones de paz porque conduce al descreimiento del constituyente primario llamado a refrendar los acuerdos. Por otra parte los amigos de la guerra, se aprovechan de los hechos de la confrontación armada para fortalecerse como opción electoral contra la paz”.

Las treguas unilaterales de la insurgencia, varias, se han cumplido en una proporción cada vez mayor. La sociedad y el gobierno deberían valorar mejor esos gestos y los medios ayudar con informaciones más ajustadas a la realidad. Razón  para seguir exigiendo y presionando: tregua general en elecciones y Semana Santa, todos saldremos ganando.

Hechos de guerra y pedagogía de paz

A estas alturas de diálogos formales avanzados Gobierno - FARC, y diálogos exploratorios también avanzados Gobierno - ELN, no es posible seguir produciendo indiscriminadamente hechos y más hechos de guerra por parte de los insurgentes y por parte del gobierno y sus Fuerzas Armadas.

Es una falsa táctica plantear, por parte de las guerrillas, que el accionar militar las hace fuertes en la mesa de negociación. Es otra falsa táctica del gobierno creer que los golpes militares a las guerrillas las obligan a negociar. Lo que unos y otros lanzan es un mensaje chocante que aumenta el descreimiento entre la ciudadanía.

Se está hablando mucho de pedagogía para la paz equiparándola a información y divulgación sobre el avance de los diálogos y su alcance. Sin duda pertinente, pero absolutamente nugatorio mientras los diarios atentados contra la infraestructura, bombardeos, incontables muertes y mutilaciones de civiles, policías, soldados y guerrilleros, sigan alimentando la percepción de que no se quiere terminar la confrontación.

Las mutuas descalificaciones y agresiones encaminadas a dañar a la contraparte política de los diálogos, lo que están produciendo es una deslegitimación del proceso en su conjunto. Se agotó el modelo de negociar en medio del conflicto.

Se impone cambiar la lógica de palabras y hechos. No se puede seguir mirando al pasado, hay que mirar al futuro. Si las conversaciones obedecen a la “decisión mutua de poner fin al conflicto como condición esencial para construcción de paz estable y duradera”, o sea, que las partes no se levantarán de la mesa hasta que haya acuerdos de paz, lo lógico sería que todo se hiciera para preparar la llegada de los nuevos tiempos, tiempos de reconciliación y convivencia, reconocimiento de adversarios no de enemigos, desarrollo de la conflictividad propia de la sociedad por canales de real democracia. El futuro que queremos debe sobreponerse a la inercia del pasado que buscamos superar.

Se ha reconocido carácter político al conflicto armado interno, pero no se han sacado todas las consecuencias de ese reconocimiento. Una consecuencia es dialogar para que lo que tiene naturaleza política tenga una salida también política. Eso se está haciendo y es necesario que se haga bien, no se detenga y llegue hasta el final. Otra consecuencia es hablar un lenguaje que dé tratamiento político a actores políticos. Otra ganar políticamente a la opinión para validar los acuerdos con el voto. Otra disponer el país para acoger a los actores que pasan de las armas a la política. Otra desarrollar inéditas posibilidades de relacionamiento, la diversidad de opciones, la protesta social y el ejercicio de la oposición con garantías.

Los movimientos sociopolíticos que están surgiendo, en un momento de precariedad de los partidos y la representación política, tienen un inmenso valor porque están convirtiéndose, junto con otras expresiones sociales y políticas, regionales y nacionales, en portadores de las reformas que conlleva la paz y en sujetos del proceso de transición en curso. Sujeto y proyecto son inseparables. Las reformas necesarias, serias y profundas, no se obtienen por una acción tecnocrática desde arriba o solo por la iniciativa de las instituciones públicas, se requiere el impulso, la visión y la pasión de auténticos movimientos de transformación y cambio.

Los insurgentes no se recuperan para seguir con más fuerza en la guerra, como se dice, si se establecen acuerdos humanitarios o, inclusive, se decide realizar un cese bilateral de fuegos. La que gana es la sociedad tan largamente victimizada. Solo hechos y gestos de paz devolverán a la ciudadanía la confianza en la llegada de la paz.

Necesidad del Frente Común por la Paz

Hoy – a siete días de la posesión del presidente Santos para su segundo mandato – resulta imperativo que las fuerzas sociales y políticas de izquierda, progresistas, centro y aún derecha no guerrerista, converjan y construyan entendimientos sobre objetivos como los siguientes:

1. Apoyar que Gobierno del presidente Santos y FARC-EP no se levanten de la mesa hasta acordar la terminación del conflicto, 2. Apoyar el cumplimiento de la agenda y de los acuerdos a que lleguen las partes, 3. Apoyar todas las formas de participación ciudadana eficaz en la discusión de los seis (6) puntos de la agenda, 4. Contribuir con elementos debatidos y compartidos cuando surjan dificultades en las discusiones de la Mesa de La Habana, 5. Procurar que todas las expresiones insurgentes, incluidos el ELN y el EPL, se vinculen al actual proceso, 6. Defender el derecho y asegurar que el diálogo político en función de la paz se pueda desarrollar entre todos los actores de la vida social y política del país, incluidos los movimientos insurgentes, al menos por medio epistolar y con los recursos electrónicos que hoy son corrientes, 7. Procurar el desescalamiento verbal y miliar progresivo del conflicto que le permita al país creer en la paz y avanzar hacia la reconciliación, 8. Avanzar hacia un Pacto Político Nacional que comprometa al máximo posible de actores de la vida del país en la construcción de la Paz estable y duradera.

¿Realmente se está avanzando en la construcción del Frente Común por la Paz que el país necesita?

lucho_sando@yahoo.es / @luisisandoval

1 Investigador Social, Coordinador del Centro Estudios Democracia HOY, Presidente Colegiado de Redepaz, columnista de El Espectador, colaborador del Semanario virtual Caja de Herramientas y del periódico mensual Desde Abajo. El presente texto toma en cuenta las columnas escritas por el Autor en el diario El Espectador en las siguientes fechas: 25 feb 2013, 13 mayo 2013, 9 dic 2013, 9 feb 2014, 17 feb 2014, 28 jul 2014.

Edición N° 00410 – Semana del 1º al 7 de Agosto – 2014
 
 
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